martes, 1 de febrero de 2022

Pueblo y Revolución

 

Tomado de La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana

Luis Toledo Sande

Entre los factores objetivos y subjetivos que una revolución necesita para realizarse cuentan —no son los únicos— la situación que la haga posible, un liderazgo acertado y, con él, una vanguardia en que no faltarán individualidades relevantes. Pero hay una fuerza que no puede faltarle: la del pueblo, por muy heterogéneo y complejo que sea.
Los propios imperialistas, para quienes los pueblos poco valen, aprecian, a su pesar, el papel que estos desempeñan en una revolución. Hace ya más de sesenta años el gobierno de los Estados Unidos instauró el bloqueo contra Cuba, con el propósito expreso de privar al líder Fidel Castro —es decir, a la Revolución forjada y encabezaba por él— del amplio apoyo popular que tenía.
Afincado en la senda histórica de la nación, ese apoyo intervino en el triunfo del Ejército Rebelde, y se fortaleció luego, al demostrar la Revolución que era un proceso verdaderamente democrático. De lo contrario, los esfuerzos del líder y la vanguardia que lo seguía no habrían podido enfrentar con éxito los obstáculos surgidos o fabricados desde el propio 1959, con la feroz hostilidad imperialista.
La resistencia del pueblo cubano ante las penurias generadas o agravadas por el criminal bloqueo no se explica como efecto de resignación o cobardía alguna, ni como expresión de ignorancia. Es el mismo pueblo que hizo posible la derrota del colonialismo español y del neocolonialismo estadounidense, y que se enfrentó a tiranías cruentas, que torturaban y asesinaban sin miramientos, en particular la batistiana.
Su apoyo a la Revolución lo fundamenta un hecho: desde el comienzo ella lo benefició con el desarrollo de un sistema de salud y otros bienes esenciales, como la dignidad, la seguridad laboral, el derecho a la vivienda y la instrucción masiva, que dio solidez y carácter consciente a la respuesta dada a los reclamos revolucionarios.
La Campaña Nacional de Alfabetización fue una conquista de valor irreversible. Sus efectos llegan hasta hoy y se prolongan en frutos como el avance científico del país. Librada en 1961, estaba implícita en el programa del Moncada, y fue la coronación de pasos que se dieron desde 1959.
Los fusiles que brazos del pueblo levantaron resueltamente el 16 de abril de 1961 al proclamarse el carácter socialista de la Revolución, evidenciaron la confianza en que había llegado para Cuba una era de los humildes, con los humildes y para los humildes y, por tanto, de renovada lucha antimperialista.
La proclamación la hizo el Comandante en Jefe al despedir el duelo de las víctimas de los bombardeos con que en la víspera el gobierno estadounidense intentó destruir la defensa aérea de Cuba para facilitar lo que sería la tarea de los mercenarios en Girón. Y pronto el apoyo al socialismo se ratificó de modo rotundo: en poco más de sesenta horas de lucha heroica fue aplastada la invasión mercenaria, que empezó el 17 de abril.
Si en 1959 y en 1960 la Casa Blanca y su vocinglera caja de resonancia miamense, catalizadora de actos diabólicos, brindaron en navidad y en noche vieja por “el último año de la Revolución Cubana”, aquella derrota —a la que se sumaría la de los mercenarios alzados en distintos puntos de la Isla— selló lo que sigue siendo la sostenida frustración del gigante imperial ante un pequeño país indoblegable.
En respuesta a esa realidad, la voraz potencia recrudeció el bloqueo y sus campañas de terrorismo, odio y mentiras en busca del ablandamiento ideológico entre las filas revolucionarias. Por su parte, la Revolución sabría y sabe que es urgente acometer todo lo necesario y digno para darle al pueblo el bienestar y la vida amable que merece y el bloqueo le impide tener.
En medio de ese deber sería injusta ingratitud olvidar el esfuerzo de quienes, sin esperar siquiera por salarios a la altura de su esfuerzo, han trabajado durante décadas para satisfacer las necesidades de la patria. Hoy la heterogeneidad del pueblo se hace más visible, en lo que influirá el cese de la prolongación de restricciones que la Ofensiva Revolucionaria fijó en 1968. Por indispensable que fuera en sus inicios, su permanencia puede haber creado obstáculos: por sí misma y por los escollos que la realidad, bloqueo incluido, le ha impuesto al país.
“Si el pueblo no protagoniza protestas contra sus penurias, y —sobre todo cuando la información funciona con la agilidad y la claridad necesarias— no secunda llamados a marchas supuestamente pacíficas y destinadas a reclamar el bien que él merece, no será por ceguera ni por obediencia”.
Efectos heredados de la Ofensiva Revolucionaria pueden hacer más llamativas las transformaciones hechas para rebasarlos, como la diversificación de actores económicos, que no se debe satanizar ni idealizar. Pero se diría que en ocasiones la divulgación de méritos escora hacia el “sector no estatal”, rótulo en el que a veces se percibe, como en “cuentapropistas”, un eufemismo para no hablar de “sector privado”.
Alabar y estimular a quienes hoy desde ese sector resuelven problemas de la nación a la vez que pueden lograr para sí ingresos apreciables, no autoriza a olvidar a quienes se pasaron la vida emprendiendo por la vía colectiva para bien del pueblo, a menudo con remuneración más que magra: al menos en efectivo, porque los servicios sociales son también una forma de retribuir el trabajo, del que ellos nacen. Pero esa realidad puede haberse visto opacada por nociones “paternalistas”.
Se habla aquí de propiedad social. La que a menudo con excesiva tranquilidad se califica de estatal es la propiedad social de todo el pueblo. Si por algún motivo o desenfoque no lo es, o no lo es del todo, o no funciona plenamente como debe funcionar, han de tomarse con prisa y sin pausa todas las medidas necesarias para que lo sea, y se vea que lo es.
Es justo enaltecer lo que le haga bien al país por parte de todos los sectores, incluido el privado. Pero duele que a veces no se mencionen con la claridad y la intensidad necesarias los aportes de quienes trabajaron toda su vida en el área de la propiedad social, y siguen haciéndolo, sin la aspiración de obtener ingresos con que enriquecerse.
El dolor aumenta al pensar en quienes trabajaron a cambio de lo que se puede considerar “salarios simbólicos”, y al haberse jubilado reciben pensiones insuficientes determinadas por esos salarios, mientras quienes empiezan a trabajar en la actualidad lo hacen con salarios “reales”, lo que está bien. Aunque la inflación, calamidad que nos corroe y urge revertir, puede hacer que no haya salario que valga para encarar la criminal embestida de los precios.
Que aun en medio de esas condiciones la Revolución siga teniendo el apoyo mayoritario que merece —aunque sería iluso suponerlo libre de mellas causadas por un entorno corrosivo—, confirma que su significación sigue estando clara en la conciencia popular. Y ratifica el deber que la Revolución sigue teniendo con la suerte del pueblo. Lo han expresado con honrada claridad sus principales dirigentes, y urge que los hechos sigan calzando esas declaraciones con logros cada vez más palpables.
En las arduas circunstancias que vive el país, con una potencia imperialista genocida empeñada en asfixiarlo con el recrudecimiento del bloqueo, y ahora con una pandemia letal, no es seguro que puedan alcanzarse todos los frutos necesarios. Pero se ha de intentar con la mayor celeridad y con toda la inteligencia posible, porque es un deber mayor, y para que nadie pueda tener ni promover dudas sobre el carácter popular de la Revolución.
Si el pueblo no protagoniza protestas contra sus penurias, y —sobre todo cuando la información funciona con la agilidad y la claridad necesarias— no secunda llamados a marchas supuestamente pacíficas y destinadas a reclamar el bien que él merece, no será por ceguera ni por obediencia. Se debe a que sabe dónde está la principal causa, no la única, de sus penurias, y sabe asimismo que sus expresiones de insatisfacción servirían de pretexto para justificar acciones de lesa humanidad contra el país, no “humanitarias”.
El pueblo merece respeto, y que se sepa que, además de no ser abulia ni resignación, su capacidad de resistencia no es un cheque en blanco del que extraer crédito indefinidamente. Se trata del pueblo que ha sido y es consecuente con su “¡Patria o Muerte, Venceremos!” como el modo digno de asumir y defender la vida.

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