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martes, 13 de octubre de 2015

Fidel en Harvard: “Vayan a Cuba y conozcan la verdad por ustedes mismos”

Fidel habla a los estudiantes de la Universidad de Harvard. Foto: Revolución
Tomado de Desbloqueando Cuba
Por Rosa Miriam Elizalde

Sábado, 25 de abril de 1959. El Primer Ministro del Gobierno Revolucionario de Cuba llega a las 3:45 de la tarde en tren, procedente de Nueva York. Es su sexto día en Estados Unidos y no se ha dado tregua casi ni para dormir. Más de 2000 personas lo esperan en la estación de Back Bay, en Boston, una ciudad que se parte en dos: Cambridge, al oeste de la desembocadura del río Charles, donde en 1636 se abrió la Universidad de Harvard, y el propio Boston, en la otra orilla, centro del área metropolitana homónima, capital del Estado de Massachusetts y principal ciudad de Nueva Inglaterra, esa región de la costa este que el más cerril conservadurismo norteamericano suele imaginar rebosante de peligrosos intelectuales y de familias aristocráticas con ideas radicales.

Acto seguido se dirige al Hotel Statler, donde otra muchedumbre aguarda su llegada. Desde la tienda de música, cuya especialidad son los órganos y está situada frente al hotel, se ejecutan los acordes del Himno Nacional al mismo tiempo en que Fidel y su comitiva hacen su entrada en el Statler. Deben sonar extravagantes las notas graves que salen de los tubos de estaño y de las cajas de abeto y nogal de los instrumentos. Una foto registra la sonrisa del líder guerrillero, y otra, tomada unos segundos más tarde, lo muestra con el brazo en alto, saludando a los insólitos músicos que están del lado opuesto de la calle.

En el vestíbulo del hotel cuesta dar un paso entre los cubanos con brazaletes del 26 de Julio que esperan y reclaman a Fidel antes de que tome el ascensor para dirigirse al piso 13, donde es acosado por numerosos periodistas. Pasadas las 6 de la tarde, Fidel asiste a una recepción en el Club de la Facultad de Harvard, donde conversa con los alumnos y con varios profesores de la Universidad, entre ellos el decano de la Facultad de Derecho, McGeorge Bundy –quien ocuparía dos años después el cargo de asesor del Consejo de Seguridad Nacional de la administración Kennedy-, y el joven presidente del Harvard Forum, Robert Seidenberg.

“Después de esta comida, Fidel Castro iba a enfrentarse con la más trascendental de todas sus presentaciones públicas en los Estados Unidos”, asegura el diario cubano Revolución. Se dirige al Dillon Field House del Estadio de Harvard: “Iba a hablar en un idioma que no domina a un auditorio mayormente estudiantil, conservador, culto e independiente. Iba a lanzar su mensaje revolucionario en el centro que ha dado más estadistas a Norteamérica, en la primera Universidad de los Estados Unidos, en la ciudad que posee los mejores planteles educacionales del país, en el Boston de los hijos de millonarios y de mente suspicaz. Donde se habla el mejor inglés americano y la circunspección toma nombre de ciudad”, describe el periódico de circulación nacional en la Isla.
Fidel Castro habla en Harvard, el 25 de abril de 1959. Sentado, el primero junto al balcón El Decano de la Facultad de Derecho, McGeorge Bundy. Foto: Archivo de Harvard.

Seducido

Robert Ellis Smith tiene 19 años, estudia Leyes y está estrenándose como periodista en el Harvard Crimson, periódico universitario de Boston –donde, por cierto, se publicó por primera vez la palabra facebook, referida al “libro de las caras” de los estudiantes de la escuela: “Utilizábamos el facebook para ver qué pinta tenia la gente […] a veces una foto basta para hacerse una idea”, escribió en 1979 una joven Susan Faludi, que más tarde ganaría el premio Pulitzer al periodismo divulgativo.

La mayoría de los periodistas experimentados no están interesados en trabajar fuera de horario, recuerda Ellis Smith, y el encuentro de Fidel con los estudiantes se programa para las nueve de la noche, una hora de infarto de los cierres de los periódicos y los noticieros televisivos. “Debido además a que era sábado — un sábado de abril justo antes de la época de exámenes — no encontraban suficiente personal para cubrir el evento. Me ofrecí, aceptaron, y me dieron una cámara para tomar las fotos. Me coloqué el pase de prensa amarillo alrededor de mi cuello — credencial que poseo todavía — y que es como de oro para mí”, añade.

El presidente de Harvard, Nathan Pusey, ya había anunciado que iba a estar fuera de la ciudad ese fin de semana, evitando así tomar la decisión difícil de asistir al discurso e introducir al revolucionario recibido en Washington con “cauteloso escepticismo crítico”, como ha denominado el investigador Carlos Alzugaray la actitud adoptada hacia Cuba por los funcionarios de EEUU tras el triunfo del Primero de Enero de 1959. “Poco después del viaje de Castro, el Harvard Crimson demostró que Pusey, de hecho, no había estado fuera de la ciudad”, asegura Robert Ellis Smith.

La distanciada actitud del gobierno contrasta con la cálida expectativa de los estudiantes. A pesar de la hora en una región de primaveras frías como Nueva Inglaterra, son tantos los interesados que el encuentro se convoca para un lugar donde caben multitudes: las áreas del estadio de Harvard. Algunos reparan en que aquí están los edificios más antiguos de la casa de estudios, con nichos oscuros y gigantescas columnas que no resultan el lugar más seguro para quien llega precedido por amenazas de muerte de los batistianos en Estados Unidos. Pero no aparece mejor opción que el descampado frente al Dillon Field House, donde se ubican finalmente las diez mil sillas para los estudiantes y profesores que pagan por asistir. El balcón posee una plataforma ideal para un invitado de alto calibre, con su techo elegante en el que sobresale una torre con un reloj inglés y el escudo de la universidad dominado por las tres sílabas del lema –veritas, que es verdad en latín-. Está a pocos pasos del estadio y del río Charles, y a menos de un kilómetro del campus principal en Cambridge.

“Era una noche suave y clara”, evoca hoy el veterano abogado y escritor, que ha publicado parte de estas memorias en el diario digital Havana Journal. Fidel asciende a una tribuna elevadísima, a unos 20 pies del suelo. Las palabras de presentación se oyen nítidas. No tarda en decir que se encuentra incómodo tan lejos del público, y que él, que nunca habla desde tan alto, también ahora comprende por qué las luces de frente suelen ser un instrumento de tortura para arrancar confesiones. El público aplaude, y lo hará muchas veces durante las próximas dos horas. Alguien repara en que el Primer Ministro solo tiene puesto su traje de campaña y le acerca una chaqueta que viene a tono con su uniforme guerrillero.

“No puedo decir que yo recuerdo mucho de lo que él dijo allí. Lo que sí recuerdo es que la mayoría de los estudiantes después de la charla manifestaron curiosidad hacia Cuba y un vago apoyo al nuevo líder cubano”, y añade: “Pero yo estaba seducido por este hombre”.

Los diarios de Boston, al día siguiente, son exhaustivos con las palabras de Fidel, quien ha contado que 11 años antes había visitado esta universidad para conocer el programa sobre materias económicas: “No realicé mi sueño de venir aquí, pero quiero agradecer a esta universidad el haber estudiado mucho para poder entrar aquí”. El cubano diferencia claramente la democracia práctica, de la teórica que esgrimen muchos que no son verdaderamente demócratas: “La Revolución cubana –dice- tiene sus propios ideales. Creemos fuertemente en ideales de libertad, derechos humanos y justicia social. Pero la libertad es imposible si millones de personas no saben ni leer ni escribir. Un hombre no puede ser libre si tiene hambre.”

Ante una pregunta que revela el signo de desconfianza en Washington, el Primer Ministro responde cortante: “La Revolución es la misma en el poder que en la Sierra. Nunca hemos hecho concesiones”, aunque amablemente, poco antes de finalizar, lanza una invitación que sería el leitmotiv del viaje de Fidel Castro a Estados Unidos en 1959: “Vayan a Cuba y conozcan la verdad por ustedes mismos”.
El escudo de Harvard.

¿Really?

Es domingo de un día de agosto de 2015 en el Dillon Field House del estadio de Harvard. El campus está casi desierto. Los universitarios se han subido al tren de las vacaciones y solo deambulan por ahí algunos turistas chinos y una pareja sesentona que conversa a la sombra de un olmo, sentada en sendas sillas plásticas. Pregunto si trabajan en la Universidad: “No, solo estamos aquí para parecer inteligentes”, responde con buen humor el hombre y ambos se ríen de buena gana. A pocos metros se divisa el río, por el que navegan unos jóvenes en un bote de remos, y sus gritos entusiastas llegan hasta nosotros.

“¿Sabían que en ese edificio, desde el balcón del primer piso, habló Fidel Castro en 1959?” “Really?” (¿realmente?), reacciona ella, y ambos miran incrédulos el palco de ladrillos rojos, con escaleritas a los costados. “Castro, un buen tipo… El único que se atrevió a ir a Harlem y reunirse con Malcolm X; el único que ayudó a Madiba”, dice él, que es quien pregunta ahora: “¿A que no sabe usted lo que le dijo Malcom X a Castro cuando se vieron en Nueva York?… ‘Mientras el Tío Sam esté contra ti, sabes que eres un hombre bueno’”. Y otra vez se ríen, nos reímos.
Fidel Castro junto a Malcom X, en Harlem, Estados Unidos, 1960

domingo, 13 de julio de 2014

El imperialismo estadounidense: genocidio contra Cuba. Introducción.

Por Gustavo de la Torre Morales

LA REVOLUCIÓN CUBANA

"En razones y principios se asientan los pueblos y no en traiciones"

Fidel Castro.
Proclama a la juventud cubana para enfrentar el golpe de Estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952.

Desde que el gobierno de  los Estados Unidos conoció de la existencia de una fuerza rebelde en Cuba, la cual poseía la fuerza suficiente para derrocar a su servil lacayo Fulgencio Batista, dieron los pasos para conocer si era un movimiento burgués con sólo intenciones de sentarse en la silla del poder o era, como lo constataron después, un movimiento revolucionario de liberación nacional y antiimperialista.

jueves, 4 de abril de 2013

Luther King, De Dallas a Memphis

Martin Luther king
Tomado de Granma.
Por GABRIEL MOLINA FRANCHOSSI.

El atentado contra el líder afroamericano Martin Luther King, abatido a tiros el 4 de abril de 1968 en un motel de Memphis, hace ahora 45 años, es considerado por no pocos investigadores como parte de un cruento complot que implicó los asesinatos del también dirigente negro Malcolm X y de John y Robert Kennedy.(1)


En la tormentosa década de los años sesenta la radicalización de ellos a favor de los derechos civiles, la coexistencia pacífica y otras causas populares hizo arder a Norteamérica, pues dos meses después, el 5 de junio, se produjo el crimen del senador Robert Kennedy. Previamente, el mundo se estremeció con el magnicidio de Dallas el 22 de noviembre de 1963 y la conspiración para acabar con Malcolm X, el 21 de febrero de 1965.

King y Malcolm desafiaron el régimen de Apartheid montado en Estados Unidos para sustituir al de la esclavitud, abolida por el presidente Lincoln. Los padres fundadores de la primera república en América mantuvieron desde 1776 a los esclavos negros como parte de su patrimonio, bajo un estricto ordenamiento legal de separación racial.

Los negros vivían hacinados en paupérrimos ghetos y les estaba prohibido acceder a los sitios públicos reservados para blancos, como los transportes, servicios sanitarios, establecimientos comerciales, escuelas, etc. A ellos estaban destinados los empleos más duros y peor remunerados.

El muy restringido acceso al voto garantizaba la durabilidad del sistema que sus propulsores se encargaban de exportar a las regiones donde se expandían. Una muestra de cómo era el racismo en el sur de Estados Unidos se concretó el 19 de octubre de 1960, cuando el reverendo Luther King fue arrestado en Atlanta por negarse a abandonar una tienda por departamentos donde se negaban a atenderlo. Meses antes, el Reverendo había sido declarado culpable, con sentencia suspendida, por una menor transgresión del tránsito en el condado DeKalb, en el sureño estado de Georgia. El juez local encontró que el arresto en Atlanta era el motivo esperado para condenarlo a cuatro meses de trabajos forzados.

La sentencia hizo temer por la vida del Reverendo a quienes podían conocer lo dura que puede ser en Atlanta una condena al trabajo forzado, especialmente a los negros. King fue "bruscamente despertado y sacado a las 4 y 30 de la mañana de su celda en el condado, esposado de manos y piernas y transportado por oscuros caminos campestres hasta depositarlo en una penitenciaría en la profunda Georgia rural" (2)


El gobernador de Georgia, Ernest Vandiver, ante el pedido de J. F. Kennedy, entonces candidato a presidente, de que revocase la sentencia, dijo que sería desastroso electoralmente en el sur, a un mes de las elecciones. Aseguró que perderían al menos tres estados. Robert Kennedy tuvo que llamar al juez, quien primero lo criticó, pero ante la indignada reacción del hermano del aún senador por la prejuiciosa sentencia, se aconsejó y al día siguiente liberó a Luther King.
EL LÍDER AFROAMERICANO ES RECORDADO POR DISCURSOS, COMO EL FAMOSO "YO HE TENIDO UN SUEÑO"
Los valerosos líderes afroamericanos se colocaron a la cabeza de la resistencia negra contra el sistema, que asumió eficaces formas como sentarse en asientos prohibidos en transportes y lugares públicos, así como el boicoteo de comercios y teatros. A partir de leyes auspiciadas por los Kennedy, se intensificaron las luchas. El gobierno federal tuvo que recurrir a la guardia nacional y a alguaciles para proteger a Luther King, James Meredith y otros líderes, cuando durante las acciones pacíficas que emprendían eran amenazados y golpeados por hordas de sureños que se oponían violentamente a los cambios.
MULTITUDINARIO FUNERAL DE LUTHER KING EN 1968.

King y Malcolm en particular se convirtieron en objetivos, ya no solo de los racistas, también del complejo militar-industrial, cuando las propias luchas raciales y sindicales los llevaron a radicalizarse y organizar movimientos como el mitin de 250 mil personas en Washington contra la guerra de Vietnam, donde King hizo su famoso discurso "Yo he tenido un sueño".

Esa progresión caló también en exabanderados de la guerra fría como los hermanos Kennedy, cuyo apoyo a esos movimientos les fueron enajenando de la élite del poder establecido y sus principales agencias, la CIA y el FBI. El director del FBI, J. Edgar Hoover, dijo a Herbert Jenkins, jefe de la policia de Atlanta que dos de los tres enemigos que odiaba más eran Kennedy y King (3).Robert Kennedy consideraba a Hoover un chantajista y una amenaza para la democracia.

El zar de la Agencia Central de Inteligencia, Allan Dulles, organizó las conspiraciones contra Cuba y otros países del Tercer Mundo, de un modo que Kennedy decidió sustituirlo.

La estrecha vigilancia de las actividades y la vida privada del cuarteto, se fue transformando en persecuciones y amenazas que convirtieron a Dulles y Hoover en sospechosos de estos cuatro crímenes. Poseían el motivo, la posibilidad y los medios.

(1) James W. Douglass. JFK and the Unspeakable. Simon and Shuster, p XVII
(2) Arthur Schlesinger. Robert Kennedy and his times. Random House 1978, p. 233
(3) Ibidem, p.280



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