Por Abel Prieto
Artículo
de Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos
Sociales En Defensa de la Humanidad.
Por estos días La Habana se ha llenado de visitantes que vienen de todas partes, de Europa, de América Latina, de los EEUU y Canadá, de África, Asia y Oceanía, activistas, intelectuales, artistas, líderes de organizaciones de izquierda y de movimientos sociales, jóvenes y menos jóvenes, gente solidaria, efusiva, luminosa, gente linda que trae medicamentos y materiales escolares para donar, que quiere compartir este momento difícil con el pueblo cubano, manifestar su respaldo a la Revolución, ferozmente cercada y calumniada, y celebrar con nosotros el Centenario de Fidel.
En la jornada de inauguración del Coloquio Internacional FIDEL:
LEGADO Y FUTURO, se puso de manifiesto la vocación internacionalista de nuestro
comandante. Un delegado vietnamita recordó, emocionado, aquella afirmación de
Fidel, “¡Por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre!”—y
esto lo dijo nada menos que en Quang Tri, en septiembre de 1973, cuando se
convirtió en el primer y único jefe de Estado extranjero que visitó en plena
guerra la zona liberada de Vietnam del Sur. Y otro delegado del Coloquio, João
Pedro Stédile, líder del MST de Brasil, intervino para subrayar que, en la
Escuela Latinoamericana de Medicina, creada por Fidel, se habían graduado más
de mil 500 médicos brasileños, por supuesto, sin pagar un centavo. En esta
jornada habló también el primer ministro de Namibia: “Para nosotros en Namibia,
el comandante Fidel Castro es un héroe consagrado. Hoy nadie puede hablar de la
libertad en África austral sin mencionar a Cuba”.
Por eso tiene tanta razón Díaz-Canel cuando afirma: “Fidel ya no
es solo nuestro, se agiganta y se multiplica”. Y también la tiene cuando añade:
“¡Fidel vive y promete seguir librando batallas por un mundo mejor!”
Hoy, en medio de la crisis cultural y ética que sufre el mundo,
cuando se ensancha dramáticamente, hasta límites inimaginables, la brecha entre
las élites acaudaladas y todopoderosas y las mayorías hambreadas, cuando se
quiebran las normas de convivencia civilizada entre naciones para imponer la
ley del más fuerte, Fidel, su pensamiento, sus ideales, sus principios, se
hacen más necesarios que nunca.
Sus aportes fueron muchos y muy trascendentes. Marcó de manera
definitiva la historia de Nuestra América y de todo el Sur. Y marcó la segunda
mitad del siglo XX y también lo que va de este siglo XXI como un símbolo
extraordinario de dignidad y grandeza moral, humanista y revolucionaria. Su
mensaje llegó de un modo u otro a toda la gente honesta de este planeta que se
ha negado a aceptar la infamia cotidiana, la exclusión, la injusticia, la
lógica competitiva y cruel del capitalismo.
Recuerdo las palabras de Mandela cuando nos visitó en 1991. Dijo
que Fidel y los internacionalistas cubanos habían hecho una contribución única
a la libertad de África. Una contribución incomparable, sin paralelo alguno,
porque se basó en los principios y en el desinterés.
Esos principios, ese desinterés, esa generosidad, ese sentido
ético, caracterizaron siempre la actuación de Fidel. Era ajeno por naturaleza a
los cálculos y juegos sucios, mezquinos, propios de los sectores políticos
corruptos, autotitulados “democráticos”. Aquel “sol del mundo moral” que
estudió Cintio Vitier con tanto rigor y pasión encarnó, sin duda alguna, en
Fidel.
Siempre me ha impresionado la última frase de nuestro comandante
en Cien
horas con Fidel, cuando se despidió de Ramonet invitándolo a
regresar a Cuba, a seguir conversando, a continuar respondiéndole nuevas
preguntas, y recalcó: “No le diremos nunca una mentira”.
Eso, “no mentir jamás ni violar principios éticos”, uno de los
pilares del concepto fidelista de Revolución, nos debe guiar todos los días en
medio de la llamada “posverdad”, de las fake news contaminándolo todo, de los
discursos xenófobos, racistas, de la difamación grosera del adversario, de la
política como reality show.
Otro aspecto que nos muestra la estatura de Fidel como líder
mundial es la preocupación que manifestó muy tempranamente ante el peligro del
desastre medioambiental. Ya en diciembre de 1964, en el entierro en La Habana
del científico francés André Voisin, habló de esos peligros. Hizo más tarde
otras intervenciones de enorme repercusión sobre el tema. Sus palabras en 1992,
en Río de Janeiro, en la Cumbre de la Tierra, constituyen un manifiesto
ineludible.
Fidel rescató el concepto de “humanismo” propio del Renacimiento
—que alude al desplazamiento de las figuras sagradas del centro de todo para
instalar allí al ser humano— para emplearlo contra el modelo neoliberal. Había
que desalojar del centro al Dios Dinero y poner en su lugar a los pobres de la
tierra.
Condenó del mismo modo, en todos los foros, la carrera
armamentista, como algo siniestro, irracional, en medio de tantas necesidades y
carencias. Y reiteró que la humanidad necesita médicos y no bombas. Las bombas
pueden matar a los hambrientos, pero no acaban con el hambre, pueden matar a
los pobres, pero no a la pobreza.
Creía, como Martí, que las trincheras de ideas valen más que las
de piedras. Y defendió la necesidad de la educación y la cultura como la única
vía posible para alcanzar la auténtica emancipación.
Hay que releer el discurso de Fidel del 17 de noviembre de 2005
en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Allí Fidel se preguntó y les
preguntó a los jóvenes y estudiantes asistentes a ese acto cómo una persona
ignorante, analfabeta, “puede saber que el Fondo Monetario Internacional es
bueno o malo, […] y que el mundo está siendo sometido y saqueado incesantemente
por […] ese sistema). Y se respondió: “Sencillamente, no lo sabe, no puede
saberlo.”
Y fue más lejos en su análisis de la maquinaria de dominación
cultural ejercida por las grandes potencias imperialistas: hacen gastos
millonarios “en publicidad cada año (para) crear reflejos condicionados […] La
mentira afecta el conocimiento”; pero “el reflejo condicionado afecta la
capacidad de pensar”.
Estas agudas observaciones de Fidel adquieren mucha relevancia
hoy cuando crecen las denuncias por la falta de ética en el uso de las redes
sociales y de los datos de los usuarios para manipular campañas electorales y
llevar adelante planes de subversión contra gobiernos de diferentes países del
mundo.
Fidel señaló asimismo: “Dicen que ‘el socialismo es malo’, y,
por reflejo, “todos los ignorantes y todos los pobres y todos los explotados
repiten: El socialismo es malo. El comunismo es malo”. El Imperio dice
“Cuba es mala” y “vienen todos los explotados de este mundo, todos los
analfabetos y todos los que no reciben atención médica, ni educación, ni tienen
garantizado empleo, no tienen garantizado nada y repiten que ‘La Revolución
Cubana es mala’”.
La suma de la ignorancia y la manipulación engendra una criatura
patética: el pobre de derechas, ese infeliz que opina y vota y apoya a sus
explotadores, a millonarios demagogos, a fascistas, a quienes lo desprecian y
lo utilizan vilmente.
“El peor error que puede cometer un revolucionario”, nos dijo
muy a menudo, “es el error de no pensar”. Resulta inevitable volver sobre esta
idea cuando descubrimos todos los días en las redes sociales a personas que han
perdido todo vestigio de mirada crítica, de aptitud para el análisis, que son
capaces de creer cualquier patraña. A personas así pueden conducirlas de un
lado a otro y empujarlas al odio, al racismo, a la misoginia, a la homofobia, a
posiciones de ultraderecha y a votar, incluso, por demagogos fascistas.
Su obra, su pensamiento, su ejemplo, sus principios, componen un
tesoro de valor incalculable. Nos pertenece a los cubanos, sin ninguna duda, y
pertenece igualmente a la mucha gente en el mundo que lo necesita. Debemos
leerlo y releerlo a la luz de las circunstancias actuales, y seguiremos
encontrando respuestas.
La Habana, 10 de agosto de
2026

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