Tira Cuba

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martes, 28 de febrero de 2017

Cuba y EEUU antes de Girón

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Tomado de La Pupila Insomne
Por Fabián Escalante


“Fidel Castro, bajo la influencia de sus colaboradores más cercanos, particularmente su hermano Raúl y el Che Guevara, se han convertido al comunismo. Cuba se prepara para exportar su revolución a otros países del hemisferio y generalizar la guerra contra el capitalismo”.1
Con esta lapidaria frase, la CIA condenaba a muerte a la Revolución Cubana.
Días más tarde, el 11 de diciembre, el coronel King escribía un memorándum confidencial al jefe de la CÍA en el que afirmaba:
“En Cuba existe una dictadura de extrema izquierda, que si se le permite mantenerse, estimulará actividades similares contra posiciones norteamericanas en otros países de La­tinoamérica”.2
King recomendaba varias acciones para solucionar el “problema cubano”, una de las cuales era la elimina­ción de Fidel Castro, afirmando que “ninguno de los restan­tes dirigentes cubanos atraía a las masas de manera tan hipnótica, por lo que muchos conocedores de la situación política en la Isla piensan que la desaparición de éste aceleraría considerablemente la caída del actual régimen”.3
Allen Dulles, jefe de la CIA, presentó en los días siguientes el memorándum de King al Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, en cual aprobó la sugerencia de formar un grupo de trabajo en la Agencia que en un corto plazo diera “solucio­nes alternativas al problema cubano”. Así nació el proyecto “Bumpy Road” o “Camino de las dificultades”, que sería monitoreado por el Consejo Nacional de Segundad que estaba presidido por Richard Nixon e integrado por el almirante Arlington Burke, Livingston Merchant, del Departamento de Estado; Gordon Gray, asesor de Seguri­dad, y Allen Dulles por la CIA.
El alto mando de la Agencia designó al experimentado Tracy Barnes como jefe de la Fuerza de Tarea Cubana. Barnes convocó una reunión el 18 de enero en sus oficinas situadas en Quaters Eyes, unos barracones cercanos al monumento a Lincoln, en Washington, que la Marina había prestado mientras se construían las nuevas edificaciones de Langley. Allí concurrieron el nada convencional Howard Hunt, futuro jefe del equipo de Watergate; el autosuficiente Frank Bender, ami­go de Trujillo; Jack Engler, quien venía directamente de Venezuela donde dirigía el grupo de la CIA, David A. Phillips, especialista en guerra sicológica, y otros.
El equipo que tuvo bajo su responsabilidad los planes para derrocar al régimen de Jacobo Árbenz, en Guatemala, en 1954, estaba nuevamente reunido, y en las cabezas de todos se encontraba la repetición del mismo programa. Barnes habló durante largo rato de los objetivos a alcanzar. Explicó que el vicepresidente Richard Nixon era el “oficial del caso” cubano, quien había reunido a un importante grupo de hombres de negocios, encabezados por George Bush y Jack Crichton, ambos petroleros de Texas, para la recaudación de los fondos necesarios de la operación. Con padrinos así, afirmó Barnes, era imposible fracasar.
Se pusieron a trabajar de inmediato. Presumían que la Revolución Cu­bana no resistiría una acción combinada de guerra sicológica, presiones diplomáticas y económicas, operaciones clandestinas, respaldadas por una estructura política inte­grada por hombres del exilio, quienes, llegado el caso, declararían un gobierno en armas, al cual Estados Unidos y sus aliados reconocieran y ayudaran públicamente.
Sin embargo, existían varios inconvenientes. Uno de ellos, el principal, consistía el arraigo de Fidel Castro en la población cubana. Por ello, su eliminación física fue considerada una de las prioridades de la CIA desde el primer momento.
También se encontraba el hecho de que Cuba no tenía países fronterizos desde los cuales dirigir y organizar inva­siones de fantoches. El grupo operativo analizó en detalle esta peculiaridad, y se propuso finalmente la estrategia del “alzamiento generalizado”, que consistía en sublevar a todo el pueblo cubano para legalizar una intervención militar.
Dos elementos sustanciales del programa a emprender debían ser la organización de una “responsable oposición del exilio” y la infiltración de varias decenas de agentes en la Isla que, convenientemente entrenados, se pondrían a la cabeza de la contrarrevolución y propinaran el golpe mortal.
Así de fácil y elemental veían estos especialistas el crimen premeditado que fraguaban contra la Revolución. Estaban convencidos que la Conspiración Trujillista y el intento golpista de Huber Matos habían fracasado por errores humanos en el planeamiento de las acciones. Esta vez las cosas serían distintas, pues el mismo imperio sería el encar­gado de proyectar la ejecución de la operación.
Una de las primeras ocupaciones de Howard Hunt tan pronto llegó a Miami fue la de buscarse un ayudante eficiente. Eligió a Bernard Baker, un agente de la CIA que meses antes había ayudado a Manuel Artime a huir de Cuba. También habló con los batistianos, organizados en la Cruzada Anticomunista. Ellos eran una poderosa fuerza que no podía ser obviada. Además,” J. C. King lo había instruido para que diera una atención prefe­rente a este grupo. Allí se encontraban personas que tenían muy buenas relaciones en Norteamérica y con las cuales podría hacer negocios cuando su causa triunfara. Hunt había escalado hasta el tope de sus posibilidades en la CÍA y sabía que no tendría oportunidades para ser jefe de División; por eso, esta misión le venía como anillo al dedo. Cumpliría con la Agencia y se prepararía para la nueva vida de hombre de negocios que avizoraba después de la caída del “régimen de Castro”.
Sin embargo, Langley tenía otros planes. Tracy Barnes y Frank Bender conocían que los batistianos estaban muy desprestigiados en Cuba y en América Latina. Sus fechorías fueron tales, que nadie con un nivel elemental de juicio los apoyaría. Sabían, además, de las aspiraciones de J. C. Kingy su pandilla, por lo que buscaron sus propios candidatos. Existían tres hombres que les agradaban en particular por­que representaban diferentes generaciones de políticos cubanos: uno, Tony Varona, el otro, Manuel Artime Buesa y el tercero era el desertor Pedro Luis Díaz Lanz, quien había sido jefe de la fuerza aérea rebelde.
Los intereses personales enfrentaron a los operativos de la CIA. Finalmente se concluyó un trato: en el frente político estarían representadas todas las tendencias del exilio, in­cluidos los batistianos. Howard Hunt respiró más tranquilo; sin embargo, aún continuó cuestionando la decisión de Barnes y Bender de no darles un trato preferente a los batistianos.

El 4 de marzo de 1960 explotaba en la bahía de La Habana el buque de bandera belga La Coubre, que traía armas y municiones destinadas a la defensa de la Revolu­ción. Fue una operación de la CIA, mediante la cual varios saboteadores penetraron al buque en su puerto de origen y colocaron explosivos detonantes por un dispositivo de alivio de presión, que funcionaría cuando la carga fuera movida en su lugar de destino. Setenta y cinco muertos y más, de 200 heridos fue el saldo de aquella agresión. Todo el pueblo, en impresionantes honras fúnebres, despidió a los caídos en una guerra que comenzaba y todavía no había sido declarada;
Al día siguiente, Richard Bissell se reunía con los integran­tes del grupo operativo cubano de la CIA. En su oficina se encontra­ban, además, el coronel King y el inspector Lyman Kirkpatrick. Todos tenían ante sí un documento TOP SECRET, que esbozaba las ideas generales del proyecto cubano:
“Crear una responsable y unificada oposición al régimen de Castro fuera de Cuba; desarrollar una fuerte campaña de propaganda dirigida al pueblo cubano, con los fines dé rebelarlo contra los comunistas que lo gobiernan; fomentar en la Isla una organización secreta de inteli­gencia y acción que, acatando las órdenes de la oposición en el exilio, lleve a cabo operaciones de subversión, sabo­taje y desestabilización, y prepara la “sublevación interna”; desarrollar una fuerza paramilitar, fuera de Cuba, que después de infiltrada en la Isla, sería la responsable de organizar la lucha guerrillera en las montañas y proveer de saboteadores y terroristas a la resistencia clandestina en las ciudades y asesinar a Fidel Castro.”
Finalmente se analizó la justificación que debían manipu­lar las transnacionales de la información sobre la agresión que, se fraguaba. David Phillips aportó la idea: la Revolución “traicionada” sería el argumento.
El 17 de marzo de 1960, el Presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, firmaba la directiva del Consejo Nacio­nal de Seguridad, por medio de la cual se aprobaba “el programa de acciones encubiertas contra el régimen de Castro”, A partir de ese momento la Casa Blanca dio luz verde a sus ejércitos de mercenarios, politiqueros, depredadores y asesinos a sueldo para derrocar la Revolución Cubana. Sin embargo, la historia les deparaba muchas amarguras.
Los primeros pasos de Hunt se encaminaron a formar la infraestructura política que posibilitara al gobierno norteamericano esconderse tras ella. Era necesario unir a la “responsable oposición” formada en la Florida. Tarea nada fácil. Se trataba de conciliar a los viejos tiburones de la política cubana, que oteaban el inminente regreso a la Isla. Las luchas estallaron inmediatamente. Los batistianos querían obtener la mejor parte, argumentando su importante representatividad en el exilio. Contaban además con cuadros militares y una estructura en las principales ciudades norteamericanas. Por otro lado se encontraban los seguidores de Prío y comparsa, y, finalmente, los nuevos exiliados, que exigían su cuota de poder.
Así, después de muchas discusiones se escogió al “pro­minente” político Manuel Antonio de Varona Loredo, alias Tony, con influyentes amistades entre empresarios y mafiosos norteamericanos interesados en Cuba. Varona había huido a la Florida después del golpe de Estado de Batista en 1952 y allí se refugió. Era un próspero hombre de “negocios” y a finales de la década del cuarenta había invertido en una sociedad de bienes raíces que radicaba en el sur de la Florida, en contubernio con el sindicato del crimen. A la sombra de sus amigos del Departamento de Estado se convirtió en un capitán araña, pues donó cierto dinerito, “embarcó” a algún que otro revolucionario, y devino así tribuno de una guerra verbal contra la dictadura de Batista, desde su seguro refugio.
El otro personaje seleccionado fue el ex coronel Eduardo Martín Elena, quien obtuvo sus grados en las oficinas del campamento militar de Columbia, antigua sede de la jefatu­ra del ejército de la tiranía. Su responsabilidad sería la selección y preparación de los futuros mercenarios que se infiltrarían en Cuba para “liberarla del comunismo”.
Pero había más. Howard Hunt tenía otra carta dentro de su manga. Se trataba de Manuel Artime Buesa, el “héroe” de la clandestinidad cubana, que ya se había formado una reputación de hombre de acción. Éste tenía sus propios proyectos y contaba con el apoyo de las principales orga­nizaciones católicas laicas en Cuba. Con ellas pensaba estructurar un movimiento contrarrevolucionario que capitalizara la atención de la CÍA.
En abril se crearon las Brigadas Internacionales Antico­munistas, una organización mercenaria dirigida por el agente de la CIA Frank Sturgis, con el propósito de acondicionar una red secreta de casas de seguridad, instalaciones nava­les, barcos, aviones, almacenes, en fin, lo necesario para que los reclutados pudieran actuar desde una base segura en Miami. También estarían responsabilizados con la conscripción de exiliados, la administración de los campamentos de entre­namiento y la coordinación de las misiones para el abaste­cimiento de los grupos contrarrevolucionarios en Cuba.

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