Tira Cuba

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domingo, 11 de septiembre de 2016

El perfil subversivo de la política de Estados Unidos contra Cuba: un análisis crítico (1959-2008)

Tomado de Pensar en Cuba
Jacinto Valdés-Dapena Vivanco.

El triunfo de la Revolución Cubana el 1ro. de enero de 1959 puso en crisis la hegemonía nor­teamericana en el continente latinoamericano. Las bases políticas del sistema de domina­ción de Estados Unidos, sustentadas en los principios de seguridad nacional, no podían asimilar la existencia de un proyecto revolucionario que se gestó fuera de los mecanismos de los centros de decisión del Estado nortea­mericano.
Este es el punto de partida para comprender por qué la subversión se insertó en la política que promueve Estados Unidos contra Cuba.
Después del fracaso de la Brigada 2506 en Playa Girón, en abril de 1961, Estados Unidos tuvo que reconocer una realidad nueva: Cuba no podía ser aplastada por la vía de golpes militares internos o externos, respaldados por campañas de propaganda y la manipulación de organismos regionales, método seguido hasta entonces para enfrentar a los movimien­tos revolucionarios latinoamericanos.
Todavía en el siglo XXI, en el año 2009, con­servan su vigencia para Cuba los análisis de la Comisión Taylor en 1961, cuando dictaminó: «dichas operaciones deben planificarse median­te un organismo gubernamental capaz de poner en juego, además de las técnicas de protección y militares, todas las fuerzas políticas, económi­cas, ideológicas y de inteligencia que puedan contribuir al éxito […]».
El bloqueo, desde estos tiempos, constituía una de las principales acciones encaminadas a ren­dir o hacer morir por hambre a un pueblo entero. Si se asume la premisa de que la política es la forma concentrada de la economía, la guerra económica es la expresión de la guerra política, y esta se expresa mediante la subversión. Un aspecto esencial en lo que respecta a la política seguida por los Estados Unidos hacia Cuba en la década de los años cincuenta co­rresponde a la intención de la administración Eisenhower de apuntalar hasta el máximo el régimen de Fulgencio Batista, por una parte; en tanto, por otra se diseñaban escenarios por el Departamento de Estado, con el propósito de impedir la victoria del Ejército Rebelde en­cabezado por Fidel Castro Ruz en su condición de Comandante en Jefe y Secretario General del Movimiento Revolucionario 26 de Julio.
Toda la información consultada nos permite confirmar que en ningún momento se consi­deró por la administración norteamericana reconocer y admitir el papel desempeñado por Fidel Castro al frente del movimiento revo­lucionario cubano.
De esta visión se deriva la táctica de fomen­tar, desde el Departamento de Estado, una ter­cera fuerza que distanciada de la dictadura, se convirtiera en una alternativa política que ase­guraría la hegemonía y el control político en la Isla mediante un ejercicio de mediación política ensayado exitosamente durante la Revolución del 30. En tal sentido se concertó una alianza entre el gobierno norteamericano y los gru­pos de oposición a la dictadura batistiana de orientación conservadora y reformista en el que desempeñaba en rol importante los auténticos y oficiales del ejército vinculados a la misión militar norteamericana radicada en Cuba.
La estrategia y tácticas político-militares desplegadas por Fidel Castro en diciembre de 1958 y primeros días de enero de 1959 evitó el complot contrarrevolcuionario urdido por la diplomacia norteamericana para impedir la asunción al poder de las legítimas fuerzas re­volucionarias, representadas por el MR-26-7, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular (PSP). Al frente de estas, por derecho propio, se encontrada Fidel Castro.
La instauración del gobierno revolucionario en 1959, no estaba concebido, como fue, por los escenarios diseñados por los planificado­res de la política exterior del Consejo Nacional de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.
Los intentos por erosionar la Revolución desde adentro mediante la utilización de figuras políticas opuestas a Batista, reformistas, proce­dentes de la burguesía nacional dependiente, determinados grupos de la pequeña burguesía, todos con una fuerte conexión con el capital extranjero invertido en la Isla, en especial de origen norteamericano, fracasaron en el propio año 1959. Sería la Reforma Agraria de mayo de ese año el factor detonante de una verdadera lucha de clases en la sociedad cubana y el mo­mento histórico en que Estados Unidos percibe la capacidad y fortaleza de la Revolución Cuba­na para avanzar/alcanzar/afianzar un programa político de orientación democrático popular y antiimperialista.
Fracasada la conjura trujillista en agosto de 1959 y el complot urdido por Hubert Ma­tos en la provincia de Camagüey en octubre de ese mismo año, para dividir a las fuerzas revolucionarias, la administración Eisenhower decidió en marzo de 1960 integrar un progra­ma subversivo integral para derrocar la Revo­lución Cubana. En sus direcciones principales se identificaba claramente el carácter rector del gobierno de lo Estados Unidos en los pla­nes de subversión contra Cuba.
Toda la planificación política, militar, lo­gística y de organización correspondió a las agencias federales de los Estados Unidos de­signadas para ejecutar la operación encubierta que derrocaría al gobierno revolucionario. La estrategia no descartaba la opción del aten­tado político para eliminar la dirigencia revolucionaria en el momento en que se produjera la invasión militar el 17 de abril de 1961.
La oposición contrarrevolucionaria estaba subordinada y era dependiente de las directivas de la nueva administración demócrata de J.F. Kennedy. En su esencia, era un instrumento de la política de subversión de los Estados Unidos.
Carecía de entidad propia, no era autóctona, ni legítima y carecía de base social propia en una sociedad que entre agosto y octubre de 1960 había nacionalizado el gran capital de la burguesía nacional y extranjera, en especial el capital norteamericano. Al pronunciar el carác­ter socialista de la Revolución Cubana, el 16 de abril de 1961, se reconocía pública y política­mente un hecho histórico y político consumado meses antes.
Después de la derrota de Playa Girón, y de la Crisis de Octubre en 1962, los Estados Unidos pudieron reconsiderar su política ha­cia Cuba en dos direcciones: 1. modificar su estrategia subversiva y buscar una normaliza­ción en sus relaciones con Cuba, a partir del reconocimiento del carácter socialista de la Revolución; 2. continuar una política susten­tada en la promoción de la subversión desde posiciones legales e ilegales.
La opción escogida fue promover a toda costa la subversión para desestabilizar y de­rrocar el poder revolucionario.
Quedan todavía por aclarar incógnitas en torno a la disposición de la administración Kennedy en cuanto a estudiar vías, medios y métodos para explorar una relación construc­tiva entre ambas naciones.
Lo cierto es que hasta el presente la sub­versión ha sido la matriz fundamental que ha gestado la política hacia Cuba.
La realidad histórica en estos cincuenta años indica que los Estados Unidos han inten­tado promover, en fases diferentes, un movi­miento político de oposición a la Revolución.
¿Cuáles son las características que han es­tado presentes en estas acciones?
- Operaciones de inteligencia con vistas a medir el contenido de las acciones de las fuerzas revolucionarias, sus perspectivas, proyecciones;
- Crear redes de agentes para la realización de actividades de espionaje, terrorismo, sa­botaje y propaganda subversiva;
- Desarrollo de forma sistemática y organizada de campañas de propaganda dirigidas a desa­creditar el programa político de la Revolución;
- Crear condiciones internas en el orden so­cial y económico para provocar un clima político contrarrevolucionario;
- Aislar diplomáticamente a la Revolución Cubana;
- Desplegar los medios de guerra económica para impedir el desarrollo social y la crea­ción de una base técnico-material y humana para impedir la invulnerabilidad económica del país y estimular conductas políticas, hostiles y desestabilizar psicológicamente a sectores escogidos de la población; Forma parte de esta guerra económica el blo­queo económico, financiero y comercial;
- Localizar e influir en posibles grupos socia­les que sean susceptibles a ser manipula­dos en función de la subversión;
- Fabricar, mediante métodos encubiertos, grupos «disidentes» para presentar ante la opinión pública internacional la imagen de la existencia de una oposición política inter­na que opera como una fuerza alternativa a la Revolución. Se trata, en verdad, de una «oposición virtual», fabricada en el exterior o para el exterior, sin ningún impacto en la sociedad civil cubana. Un investigador no puede ser ajeno a las apre­ciaciones y consideraciones de los que forman parte de lo que denomino «el escenario de los que se oponen y enfrentan a la Revolución».
En principio deben reconocer los siguientes elementos:
- La capacidad defensiva y de seguridad na­cional de Cuba.
- Consolidación política permanente e inin­terrumpida del sistema político cubano y creciente institucionalización del aparato estatal cubano.
- Existencia de una estrecha vinculación entre el Partido Comunista de Cuba y las masas populares, lo que se evidencia en la capacidad movilizativa para responder a cualquier provocación gestada por los Es­tados Unidos.
Las dificultades económicas y financieras existentes en la economía cubana, por sí solas, no pueden crear condiciones políti­cas adversas de importancia para la segu­ridad nacional.
- Los grupúsculos de orientación contrarre­volucionaria, de minúscula significación sociológica, no son capaces de vertebrar internamente agrupamientos relevantes o de importancia.
- Las organizaciones contrarrevolucionarias y terroristas radicadas en el exterior care­cen de capacidades objetivas y subjetivas que les permitan operar como instrumentos efectivos de la subversión. Sin legitimidad histórica y política son «máscaras» de la extrema derecha norteamericana y cubano americana.
Aspectos teóricos del papel subversi­vo de la política de los Estados Unidos contra Cuba.
A partir del trabajo investigativo desplegado podemos definir el perfil subversivo de esta manera: Acciones encubiertas y enmascaradas dirigidas a confundir y debilitar gradualmente a perso­nas, grupos, organizaciones e instituciones, corromperlos políticamente y desarmarlos ideo­lógicamente de modo que sean susceptibles a la labor de influencia y contactos políticos pro­movidos por las agencias federales del gobier­no de los Estados Unidos en correspondencia con sus planes para promover una resistencia política activa a la Revolución.
Se puede añadir, en esta definición teórica las siguientes consideraciones: La subversión no es una acción espontánea de individuos aislados, organizaciones u orga­nismos particulares; se encuentra organizada, planificada, y se ejecuta en función de los prin­cipales centros de decisión política del gobierno norteamericano. A fin de asegurar su labor subversiva contra Cuba el gobierno norteamericano se ha apo­yado en los siguientes medios:
- Actividad de diplomáticos acreditados en la Sección de Intereses Norteamericanos que, transgrediendo sus funciones, han desarro­llado acciones subversivas;
- Utilización de diferentes instituciones nor­teamericanas de corte científico y académi­co para cumplir tareas subversivas, ajenas a los objetivos de trabajo de estas.
- Promoción de vínculos con ciudadanos cubanos que puedan ser instrumentos de las acciones subversivas programas por agencias federales de los Estados Unidos contra Cuba. Las fonías contrarrevolucionarias, y las trans­misiones radiales y televisivas subversivas de Radio y TV Martí, que están incorporadas en estructuras oficiales de la Agencia de Informa­ción de los Estados Unidos.
En la década de los ochenta se produce un interesante fenómeno en la política de Estados Unidos contra Cuba: los enunciados subversivos en documentos políticos, entre los que se destaca como el más representa­tivo el Informe I del Comité de Santa Fe que traza lineamientos estratégicos para la sub­versión en Cuba. De esta forma, la subver­sión se convierte en un instrumento legal de la diplomacia norteamericana contra la Isla. Es precisamente en este contexto en que los primeros años de esta década se forja el Proyecto Democracia y se crea la NED (Na­tional Endoument for Democracy/ Fundación Nacional para la Democracia), que operará de manera sistemática como un canal importan­te para fomentar la subversión en los países socialistas con presupuestos millonarios. Asociado a este fenómeno se elaboró por la Agencia de Información de los Estados Uni­dos el Proyecto Verdad para el despliegue de la guerra cultural contra el socialismo a esca­la mundial.
Para Cuba el colapso del socialismo en Europa en los años noventa significó un reto y un desafío excepcional, que nos demostró que una revolución vale tanto como sea capaz de defenderse. En esta difícil coyuntura las ad­ministraciones de William Clinton y posterior­mente George W. Bush concebían el fin de la historia de la Revolución Cubana. Documen­tos como la Ley Torricelli (1992), la Ley Hel­ms-Burton (1996), el Plan Bush de 2002, y el Plan Bush de 2006 legitimaron las operaciones subversivas con el propósito de aniquilar una cultura, una nación y una ideología, y sobre las ruinas de una sociedad destruida convertir a la Isla indómita en una neocolonia o un estado asociado de los Estados Unidos. Cientos de millones de dólares fueron asignados para la subversión interna en el país.
Significantes como transición, democracia, sociedad civil, democracia, derechos huma­nos poseen en este contexto un significado que se denomina subversión y un sinónimo que es terrorismo, como se hizo evidente en los actos terroristas perpetrados en la segun­da mitad de la década de los años noventa así como los planes de atentados planificados por la mafia cubanoamericana de los Estados Unidos contra el Comandante en Jefe en sus viajes al exterior.
Los objetivos subversivos de la diplomacia subversiva de los Estados Unidos con la más­cara de diplomacia pública fueron derrotados por la certera, inteligente, creadora estrategia política adoptada por la dirigencia revolucio­naria conducida por la vanguardia histórica de la Revolución Cubana.
Bajo la dirección del Comandante en Jefe, el PCC, la sociedad cubana, los patriotas cubanos, con el mismo espíritu de los revolucionarios de las guerras de independencia, la Revolución del 30, la lucha contra la tiranía batistiana, Girón, la Crisis de Octubre y las gestas internacionalis­tas, desactivaron los planes subversivos de las administraciones norteamericanas elaboradas en la posguerra fría.
Con el advenimiento de una nueva admi­nistración en Washington, a los investigado­res cubanos se nos abre una interrogante: ¿habrán aprendido las lecciones de la historia en estos cincuenta años de guerra subversiva inútil e incapaz contra un pueblo que es due­ño de su propio destino?
El tiempo dirá, pero Cuba seguirá cada más invulnerable, política, militar, económica e ideológicamente para hacer más socialista la Revolución de Martí y Fidel.

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