Tira Cuba

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sábado, 12 de diciembre de 2015

¡Gracias Fidel! En Cuba nos hicimos latinoamericanos

Foto: Granma.
Tomado de Pensar en Cuba
Por Rodolfo Romero Reyes.

Entrevista realizada a Sonia Alicia Fariña Batte -nacida en Alto Paraná que está a unos minutos de las fronteras con Brasil y Argentina- y a Alihuen Antileo García, un joven mapuche-chileno que vive en Santiago de Chile. Ambos estudiaron medicina en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). Se conocieron en Cienfuegos, donde ambos compartían la universidad. Ahora comparten sus experiencias y opiniones.

La voz de Sonia Alicia Fariña Batte serviría para narrar los cuentos más tiernos y profundos de Eduardo Galeano. Su peculiar acento paraguayo y su cadencia maternal hechizan. Pero ella no es narradora de cuentos: estudió medicina en la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), se graduó este año y ahora regresa hacia Alto Paraná, su ciudad natal, que está a unos minutos de las fronteras con Brasil y Argentina.
Su novio, cuatro años menor, recién ha cumplido los 26 y también se gradúa de Cien­cias Médicas. Se conocieron en Cienfuegos, donde ambos compartían la universidad. Él se llama Alihuen Antileo García, es mapuche-chileno y vive en Santiago de Chile. Después de seis años viviendo en la Isla, los recién graduados comparten sus experiencias y opiniones.
¿Por qué deciden venir a estudiar a Cuba?
Alihuen: En Chile la posibilidad de estudiar en la universidad no existe para la gran mayoría de la población. Yo pertenezco a un sector que no tiene concepción de clases. Mis padres son luchadores sociales, padre mapuche y madre chilena; siempre hubo una cercanía familiar con Cuba. Por eso decidí venirme acá a estudiar medicina, por lo que significan los servicios médicos cubanos. Sin menospreciar la salud en Europa, el sistema público en Cuba es un referente a nivel mundial. Todo eso me llevó a optar por las becas de la ELAM.
Sonia: Yo trabajo desde los 14 años. Allá en Paraguay limpiaba casas, cuidaba niños… Cuando terminé el colegio estuve un año sin estudiar. Yo tenía claro que quería estudiar algo relacionado con la medicina. Entonces cambié de trabajo y así conocí a un grupo de personas que pertenecían al Movimiento José Martí en Paraguay y eran simpatizantes del Partido Co­munista. Fue gracias a ellos que supe que existía la posibilidad de estudiar en Cuba.
¿Cuán diferente fue la Cuba que imaginaban antes de llegar y la Cuba que conocen ahora, después de haber transitado por sus calles?
Sonia: Uno nunca se imagina la alegría de los cubanos, no llegas ni a pensar cómo es su día a día. Afuera crees conocer lo que es Cuba, pero cuando interactúas con ellos, cambias totalmente tu concepción.
Alihuen: En mi caso, por ejemplo, idealizaba mucho a Cuba. Leí sobre su historia desde pequeño, por mis padres. Me gustaba mu­cho Martí. En general fue la opinión de mis familiares la que me hizo formar un ideal. Fue fantástico chocar con su realidad, no solo por las experiencias que adquirí, sino también por haber encontrado aquí a mis maestros políticos. Ahora sigo creyendo mucho en el proceso socialista, pero me llevo también una mo­chila con lo que no quiero que sea el socialismo.
Vivir en Cuba supone placeres, disgustos, asombros…
Alihuen: De las cubanas y cubanos me encantó su alegría, su capacidad de entregarse, sus conversaciones, los abrazos, la forma de compartir todo lo que tienen. Me gustaron sus cuerpos, el físico, es una mezcla hermosa, son muy lindos, las cubanas y los cubanos. Me asombró mucho la cantidad de mensajes, la propaganda. En la vida moderna no hay una pausa para un pensamiento, para una reflexión.
Sonia: La capacidad de abrirte las puertas de su casa y no sentir desconfianza ni miedo. El querer compartir siempre el plato de comida. En los hospitales se dejan examinar una y otra vez con tal de que los estudiantes aprendiéramos. La primera vez que sentí el mar, así con toda su inmensidad fue en Cuba. También tienen mucho acceso al arte, van siempre al teatro, al cine.
No me gustó que hay quienes no siempre saben valorar lo que tienen y todo lo relacionan con las necesidades materiales. En nuestros países todo es más agresivo. La educación, la salud, la seguridad social… aquí yo regresaba de madrugada por la calle hasta la universidad… eso allá es impensable.
¿Cuál fue el momento más difícil de estos 6 años?
Sonia: ¡El examen estatal! (se ríe). El mo­mento más difícil es este. Recoger mis cosas, pensar en todo lo que dejo atrás e ir a insertarme en mi país, que ha cambiado mucho en los últimos seis años. Es como volver a empezar, pero con una mentalidad y objetivos distintos.
Alihuen: Para mí fue el primer mes, porque sabía que no volvería en años a Chile y siempre he sido muy apegado a los sentires de mi país: sabores, ruidos, olores… La patria es donde están tus sentidos. Aquel primer mes fue duro, extrañaba mucho… Es un sentimiento que nunca pasa, pero que con el tiempo empieza a ser soportable.
¿Cómo se las arreglaron para seguir ligados a sus luchas políticas aquí desde Cuba?
Alihuen: Cuando llegué a la ELAM encontré mucha diversidad y una caja de conocimientos impresionantes. Muchos de mis compañeros procedían de diferentes movimientos: sindicalistas, farabundistas, antiguos colaboradores tupamaros, pastores por la paz… Tra­bajé mucho, primero en la directiva de la Junta Estudiantil de la ELAM y cuando pude entrar en la FEU lo hice desde allí, aunque debo decirte que su sentido de la militancia no es igual al de las organizaciones estudiantiles latinoamericanas que yo conocía. Entonces me integré a otras organizaciones nacionales de chilenos y de mapuches, como la Coor­dinadora de estudiantes chilenos y pueblos originarios en Cuba y la Asociación de médicos egresados de la ELAM. Cuando fui en las vacaciones me vinculé allá al movimiento estudiantil, para aportar desde donde podía, y no pasar seis años en Cuba y desaparecer del tejido social de mi país.
Sonia: Yo no pertenecía a ningún movimiento en específico cuando vine. Ya en Cuba empecé a participar en eventos, talleres de formación política… eso e interactuar constantemente con el pueblo cubano, creo que esa fue la mejor escuela.
Para dos jóvenes latinoamericanos, ¿qué significa estudiar y graduarse de la ELAM?
Alihuen: Graduarse es el término y el principio de algo muy significativo. Me pasó algo en Cienfuegos cuando fui a devolver los libros y las sábanas. La compañera del almacén me preguntó qué me faltaba por devolver. “Todo”, pensé. Porque es con eso que me voy de Cuba, con TODO. Yo aquí en Cuba me hice latinoamericano. De vuelta a Chile no es ser médico, para eso hay que seguir estudiando. Yo seré médico después de cinco o diez años. Por el momento soy un trabajador social. Hay que devolver todo el agradecimiento que ahora mismo siento.
Sonia: La ELAM significó vivir la experiencia y saber que todo es posible. Ver que hoy mis 88 compañeras y compañeros paraguayos sentimos lo mismo. Fue la posibilidad de que decenas de madres y padres humildes del Paraguay tuvieran la posibilidad real de tener un médico en la familia. Sin dudas, era la meta más grande.
¿Cuál es el próximo paso?
Sonia: Primero, revalidar el título. Debo hacer un mes de farmacología epidemiológica y cinco meses de servicio social para poder ir entonces a trabajar en la salud pública, en consultorios, en las comunidades. Es el momento de entregarme a mi pueblo. Yo terminé de recibir, ahora debo hacer que el sueño de otros se cumpla.
Alihuen: Revalidar también. Allá es complejo, porque el Colegio Médico representa la élite de la medicina exclusiva para los hijos de papá… Pero se va a hacer. Hay que demostrar lo que aprendimos en Cuba. Luego me insertaré en una comunidad como parte de un proyecto en el que pretendemos elevar los indicadores de la salud en cinco años y así demostrar que somos mejores que el Colegio Médico. También realizaremos trabajo político en el gremio de la salud para sumarnos a lo que piensan otros compañeros y avanzar por un Chile mejor.
En síntesis, Cuba fue para ustedes…
Sonia: Cambio, asumir responsabilidades sociales, alegría, mucha alegría, el amor a los seres humanos.
Alihuen: Humanización personal, expresar mi amor, creer en la solidaridad, un poquito más de madurez política.
Nos despedimos con un abrazo, intenso, abrazo de camaradas. Es un placer, dice él mientras ella me comenta con voz pausada: «Si de verdad puedes publicar la entrevista, sería bueno que escribieras en algún lugar, en nombre de las dos mil personas que hace seis años llegamos a Cuba: ¡Gracias Fidel! ¡Gracias pueblo cubano! Ponlo así, en letras bien grandes».
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