Tira Cuba

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lunes, 14 de marzo de 2016

Pensar la Revolución Cubana


Tomado de Pensar en Cuba.

Por Delia Luisa López García.

La Revolución Cubana es la primera revolución de liberación nacional y socialista que triunfó en Occidente y uno de los acontecimientos trascendentales del siglo XX en la región. Sus tácticas insurgentes de lucha, las posteriores acciones dirigidas a la transformación anticapitalista de su estructura social y su inclaudicable postura de enfrentamiento al imperialismo estadounidense y sus agencias decididos a desaparecerla, se diseminaron por toda América Latina identificándola como ejemplo a seguir; así desde los primeros años sesenta emergieron nuevos movimientos políticos nacidos desde los condicionamientos ideológicos que la Revolución había legitimado con su triunfo e hizo posible que Latinoamérica fuera visualizada desde el centro capitalista como una región a la que había que tomar en cuenta.
La Revolución Cubana es un proceso social profundamente revolucionario cuyos inicios y triunfo se enmarcaron en un escenario internacional paradójicamente poco propicio: surgió en los años de auge del capitalismo monopolista en los Estados Unidos y de su hegemonía político-militar, cuando el capital estadounidense se expandía libremente hacia América Latina, y en la casi totalidad de los Estados de la región se llevaban a cabo procesos de industrialización acelerados denominados «desarrollistas» que intentaban el crecimiento del sector secundario mediante la sustitución de importaciones y la inversión extranjera.
Sin embargo, la correlación de fuerzas políticas signada por la bipolaridad establecida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial comenzaba a balancearse a favor de procesos de liberación nacional en la periferia: tales son los dos casos de profundos movimientos revolucionarios que dieron lugar a Estados socialistas, tales como la República Popular China y la República Democrática de Vietnam; además se había producido la independencia de la India del Reino Unido y en la década de los sesenta varios países africanos comenzarían un proceso de liberación de sus respectivas metrópolis. Los Estados socialistas creados en los países de Europa Oriental instauraban su dominación al interior de sus territorios y la Unión Soviética lograba exitosamente recomponer su dañada infraestructura social.
Por qué triunfó una revolución de liberación nacional y socialista en Cuba en los años sesenta es la pregunta que intento responder mediante diez proposiciones teórico-históricas presentadas en orden de generalidad. No intento historiar la Revolución Cubana ni hacer un balance de sus 56 años de vida, solo presentar las que pudieran considerarse bases para la interpretación de su génesis y decurso durante los años sesenta y propiciar el ejercicio reflexivo y el debate sobre el tema.
Diez proposiciones para interpretar la Revolución Cubana
Cuba, incorporada al mundo occidental y cristiano desde finales del siglo XV, colonizada primero y neocolonizada mucho después, forma parte del polo periférico del sistema-mundo, por tanto, en cualquier análisis de su sociedad la caracterización del subdesarrollo es la primera proposición interpretativa:
El subdesarrollo es la forma que asume el desarrollo capitalista en los países que fueron colonizados y más tarde neocolonizados. El subdesarrollo constituye una realidad compleja, es una condición holística de las sociedades periféricas y como tal debe ser estudiada. ¿Qué es el subdesarrollo? se preguntó Che Guevara en 1961, y se respondió:
Un enano de cabeza enorme y tórax henchido es “subdesarrollado” en cuanto a sus débiles piernas o sus cortos brazos no articulan con el resto de su anatomía; es el producto de un fenómeno teratológico que ha distorsionado su desarrollo. Eso es lo que en realidad somos nosotros, los suavemente llamados “subdesarrollados”, en verdad países coloniales, semicoloniales o dependientes […].[1]
El capitalismo subdesarrollado es propio de uno de los polos del sistema-mundo: la periferia. Su especificidad reside en que él es un objeto de explotación por parte del centro del sistema mundial del capital. Este proceso se consolida en la fase monopolista del capitalismo, en la cual están dadas las condiciones objetivas y subjetivas para ello.
Se trata entonces de distinguir lo que teórica y metodológicamente es fundamental: que en el polo subdesarrollado la estructura social y su funcionamiento son los adecuados ya que permiten al sistema en su conjunto obtener la alta ganancia monopolista, su razón de ser. Ambos polos del sistema establecen una relación contradictoria de dominación-supeditación; así, el subdesarrollo se reproduce y perpetúa como condición del proceso de reproducción social del sistema burgués a escala internacional y al interior de las formaciones sociales.
El papel y las funciones monoproductoras asignadas a Cuba en el siglo xx, fueron los adecuados para el sistema capitalista en su conjunto. En la división capitalista del trabajo la periferia cumple dos funciones básicas: de abastecimiento de productos primarios hacia el centro capitalista y de mercado de los productos manufacturados allí elaborados. La clase dominante dedicada a la monoproducción azucarera fue librecambista desde su génesis colonial y se trasmutó en oligarquía librecambista neocolonial durante el siglo XX. Sus intereses económicos, políticos, sus preferencias culturales y, en fin, su modo de vida giraba en torno al negocio agroexportador que servía a los intereses imperialistas y a los suyos propios. Así, hablar de imposición de patrones productivos y de acumulación basados en la exportación por parte de los intereses azucareros estadounidenses hacia Cuba es, cuando menos, inexacto.
La especificidad de la república burguesa cubana fue su neocolonialidad. Nacida en 1901 como República de Cuba, fue reconocida internacionalmente por su régimen de derecho burgués, pluripartidista, es decir, competitivo, y por ende democrático,[2] solo transgredido constitucionalmente durante dos gobiernos dictatoriales (1925-1933) y (1952-1958). Sin embargo, durante todos esos años fue en la práctica política, económica y social, una dependencia estadounidense dominada por la oligarquía azucarera asociada orgánicamente al capital financiero norteño. Nació como república neocolonial, el primer Estado que ostentó a escala mundial semejante condición. [3] Una república sumida en la corrupción en la cual la política era sinónimo de negocio lucrativo y rápida movilidad social.
Desde 1934, la economía cubana de base azucarera atravesó un período de estancamiento hasta el punto en que su estructura productiva atravesaba una crisis permanente debido a la implantación del sistema de cuotas de exportación azucarera por los Estados Unidos; la situación social de la época era deplorable: desempleo, subempleo, carencia de servicios médicos y educacionales, pobreza generalizada en los campos y ciudades en contraste con polos de riqueza ostentosa en la capital acompañada de corrupción económica y política en grado supremo.[4] Ante este escenario complejo las demandas populares apuntaban hacia la necesidad de un nuevo rumbo en la vida nacional. En 1952, el golpe de Estado protagonizado por Fulgencio Batista dio al traste con el orden constitucional republicano neocolonial y se entronizó una dictadura militar insoportablemente represiva y aún más proimperialista.[5]
La identificación de la estructura clasista de Cuba prerrevolucionaria (e incluso de América Latina), sin formatos ajenos a su propia realidad.
En este propósito, una singular importancia tuvo el concepto «pueblo» desarrollado por Fidel Castro en La historia me absolverá, que estimo como un instrumento gnoseológico de gran validez para el estudio de la estructura de clases de los países dependientes. El pueblo es el verdadero motor de la historia en los países neocoloniales y subdesarrollados en la medida en que la estructura social está diseñada para exportar; en otras palabras, el sector primario-exportador es predominante. La estructura de clases, por tanto, no puede ser homologada con la existente en el centro capitalista desarrollado. Sin embargo, el concepto pueblo tiene una base clasista: a él no pertenecen los explotadores. A mi juicio, la incomprensión de esta singularidad convierte el análisis de los acontecimientos/procesos pasados y recientes en un ejercicio intelectual estéril.[6]
La comprensión de la Revolución Cubana en su condición de proceso que trascendió la derrota militar de una dictadura proimperialista –sin olvidar jamás que la derrotó en el campo de batalla rural y urbano–. 
La Revolución es resultado de un profundo proceso de cambio social surgido desde las raíces históricas de la nación cubana que se desenvolvió en un tiempo histórico muy breve primero, como insurrección armada contra la dictadura, y después, como revolución socialista de liberación nacional. Del primer aspecto señalo como importantes: a) la capacidad de Fidel Castro para identificar en Cuba la leninista «actualidad de la revolución», fundar un movimiento político y a partir de él organizar una lucha nacional popular contra la dictadura; b) la capacidad de ese movimiento para desencadenar una insurrección armada rural y urbana contra el ejército y las agencias represivas de la dictadura; c) la capacidad para aglutinar a otros movimientos insurreccionales, partidos y asociaciones cívicas antibatistianos y derrotar militarmente a la dictadura así como los planes proimperialistas para frustrarla; d) identificar la trascendencia de la lucha más allá del derrocamiento del tirano.
Una vez vencida la dictadura y logrado el triunfo, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio fue capaz de sustituir al ejército profesional y todas las agencias represivas del régimen dictatorial por las fuerzas insurgentes, lo que ha garantizado hasta la actualidad la soberanía nacional y la defensa de las transformaciones revolucionarias.
Como parte de su programa revolucionario, el núcleo inicial del Movimiento Revolucionario 26 de Julio había identificado desde muy temprano la necesidad de llevar a cabo radicales transformaciones de la estructura subdesarrollada de la sociedad, comenzando por la institucionalidad republicana neocolonial. El siguiente fragmento es explícito:
[…] El derrocamiento del dictador lleva en sí el desplazamiento del Congreso espurio, de la dirigencia de la CTC [Confederación de Trabajadores de Cuba] y de todos los alcaldes, gobernadores y demás funcionarios que, directa o indirectamente, se hayan apoyado para escalar el cargo en las supuestas elecciones del primero de noviembre de 1954 o en el golpe militar del 10 de marzo de 1952.  […] El nuevo gobierno se regirá por la Constitución de 1940 y asegurará todos los derechos que ella reconoce y será equidistante de todo partidismo político. […] El ejecutivo asumirá las funciones legislativas que la Constitución atribuye al Congreso de la República y tendrá por principal deber conducir al país a elecciones generales […] y desarrollar el programa mínimo de diez puntos expuestos en el Manifiesto de la Sierra Maestra. […].[7]
Incluso la certeza de que ello no era posible sin el enfrentamiento al imperialismo estadounidense. «Cuando esta guerra acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos [los estadounidenses]. Me doy cuenta que ése va a ser mi destino verdadero».[8]
La concepción crítica de la Revolución como un proceso ininterrumpido de transformaciones de liberación nacional y socialistas.
Valorar la naturaleza autóctona y popular de la Revolución, los retos a los que se enfrentó –externos e internos– las vías que utilizó para llevar adelante los objetivos de emancipación de la nación cubana y las decisiones político-ideológicas que asumió, llevó a la autora a realizar un corte epistemológico al trascender las concepciones de la izquierda tradicional sobre el primer año y medio de la revolución como una «revolución democrática, agraria y antimperialista».
El criterio de una revolución con dos fases se corresponde con el esquema de clasificación de las sociedades coloniales y semicoloniales como feudales o semifeudales promovido por el movimiento comunista internacional después de la muerte de V.I. Lenin. En él, la burguesía nacional encabezaría una revolución dirigida a crear las condiciones para el desarrollo del capitalismo y así, la futura posibilidad del socialismo. Una visión etapista, objetivista, determinista del proceso social consolidada después de los años treinta cuando el estalinismo la elevó a su máxima expresión como ideología oficial. En el caso cubano, la derrota de la dictadura y el consecuente despliegue de la democracia, la realización de la reforma agraria y la aplicación práctica de una política antimperialista por la vanguardia revolucionaria eran elementos suficientes para validar esta concepción, mucho más si la lucha insurreccional contra el dictador no había sido dirigida por el partido marxista tradicional ni la fuerza principal que se enfrentó a aquel, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, estaba vinculado orgánicamente al movimiento comunista internacional.
El Programa del Moncada no hubiera podido cumplirse sin la ruptura de las ataduras neocoloniales; la liberación nacional cubana tenía necesariamente que asumir objetivos anticapitalistas y como alternativa consecuente, los socialistas.
El precursor en América Latina de la concepción de la revolución ininterrumpida es el comunista peruano José Carlos Mariátegui; su principal herejía fue creer en la posibilidad de una revolución socialista en Perú sin necesidad de una etapa previa, la «revolución democrático-burguesa, antifeudal y antimperialista». Mariátegui había identificado la incapacidad de las burguesías latinoamericanas para llevar a cabo las tareas democrático-burguesas, de ahí, que solo la clase obrera fuese capaz de resolverlas y, en ese proceso, transformar al continente en socialista. Propuso así la línea de una revolución ininterrumpida.[9] Años después, la vanguardia de la Revolución Cubana, con conocimiento de su realidad social, asumía que el «pueblo» era el motor del cambio social socialista y que en efecto, una verdadera revolución anticapitalista desde el subdesarrollo y la dependencia no podía confiar en la inexistente burguesía nacional como clase; pero lo más importante aún: Cuba había sido desde 1902 hasta 1958 una sociedad basada en los cánones de la democracia burguesa, de ahí que fuera totalmente erróneo, desde el punto de vista teórico y político, plantearse la realización de una revolución burguesa en las condiciones de Cuba en los años sesenta. La burguesía nada tenía que ofrecer en términos de programas de desarrollo nacional.
Sobre este importante problema Fidel Castro argumentó:
Al llegar la Revolución al poder tenía dos caminos: o detenerse en el régimen social existente o seguir adelante […] Nosotros teníamos que optar entre permanecer bajo el dominio, la explotación y la insolencia imperialista […] o hacer una Revolución antimperialista y hacer una Revolución socialista […] Ese es el camino que hemos seguido: el camino de la lucha antimperialista, el camino de la revolución socialista. Porque además no cabía ninguna otra posición. Cualquiera otra posición era una posición falsa, una posición absurda […] La revolución antimperialista y socialista solo tenía que ser una, una sola revolución, porque no hay más que una Revolución. Esa es la gran verdad dialéctica de la Humanidad: el imperialismo, y frente al imperialismo, el socialismo”. [10]
La toma del poder por las fuerzas revolucionarias solo fue un hecho a mediados de la década de los sesenta. 
Se repite hasta la saciedad que con el triunfo de la Revolución el 1ro. de enero de 1959 las fuerzas revolucionarias toman el poder; este enfoque pierde de vista que el poder es una relación de dominación ejercida por unos grupos sociales sobre otros mediante la imposición de sus intereses (en primer lugar los económicos) y consecuentemente, ampliando su control político e ideológico como mediaciones de esa dominación.
La Revolución Cubana cortó el nudo gordiano de la dependencia imperialista a partir de las nacionalizaciones de las propiedades extranjeras realizadas en junio de 1960 y consolidó su control sobre la economía al nacionalizar las empresas productivas, mercantiles, bancarias y de servicios de propiedad local en octubre de ese mismo año. Como ya hemos dicho, el entrelazamiento del capital local y el capital extranjero es una de las características del subdesarrollo y la dependencia: el primero se reproduce (o desaparece) gracias a las condiciones creadas por el modelo de acumulación basado en la monoproducción y la monoexportación de ahí la estrecha interrelación entre la burguesía cubana y la burguesía imperialista. Hasta tal punto era así, que la decisión de una segunda reforma agraria se tomó en 1963, debido a la actividad contrarrevolucionaria desplegada por la mediana burguesía agraria sobreviviente de la ley agraria de 1959.
Pero no hay que olvidar que otro aspecto central de la toma del poder tiene que ver con la utilización revolucionaria de los medios masivos de comunicación, la fundación de instituciones culturales de nuevo tipo o la readecuación de las ya existentes a las nuevas condiciones políticas y, sobre todo, la creación de las organizaciones de masas y la unificación de las tres fuerzas revolucionarias que intervinieron en la lucha contra la dictadura en un partido político de corte leninista, todo lo cual sucedió entre 1959 y 1962. Si incorporamos a este conjunto la constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en octubre de 1965, estaríamos en condiciones de afirmar que la toma del poder por las fuerzas de la revolución socialista no se constituyó en dominante hasta mediados de los años sesenta.
La concepción crítica del socialismo como una «transición socialista» es decir, como un movimiento histórico entre dos épocas: el capitalismo y el comunismo. 
Al considerar el socialismo como una transición socialista me apropio del concepto de transición elaborado por Carlos Marx en sus investigaciones sobre el modo de producción capitalista y en particular en su Crítica al Programa de Gotha. Esta concepción desestima los puntos de vista ideológicos del marxismo-leninismo estalinista sobre la construcción del socialismo/transición al socialismo. Quedó sistematizado que la transición al socialismo constaba de tres etapas, en la segunda se procedía a la construcción del socialismo entendido como un modo de producción cuyas relaciones sociales no eran ya capitalistas pero tampoco comunistas. [11] La noción de transición al socialismo/construcción del socialismo como modo de producción ganó autoridad, se teorizó y divulgó internacionalmente.
El término socialismo tiene una historia en el pensamiento y las experiencias de cambio social revolucionario desde el siglo xix; hasta finales de ese siglo –después del descalabro de la II Internacional– el término tuvo una connotación anticapitalista aunque el ideario comunista era más radical y asentado en las luchas obreras. A esta corriente comunista se adscribieron Marx y Engels desde muy temprano y hasta el final de sus días. Marx concibió el cambio anticapitalista como un proceso de tránsito del modo de producción viejo hacia el nuevo que va emergiendo, más bien, haciéndose emerger de las manos de la clase obrera y de todos los interesados en él.
El socialismo cubano tuvo que recomponer un complejo entramado de creencias y prácticas establecidas por la concepción construcción del socialismo/transición al socialismo que llegaba del campo socialista y en determinado momento las debatió abiertamente, sentando propuestas que retomaban el pensamiento marxista originario y se concretaban como disposiciones revolucionarias en el escenario de una formación social subdesarrollada de la periferia mundial.[12] Transición socialista refiere a que el proceso es en sí mismo socialista.
La concepción crítica de la transición socialista como un proyecto cultural de emancipación social e individual en contraste con los socialismos economicistas prevalecientes en la época.[13] 
Sus exponentes más auténticos son Fidel Castro y Ernesto Che Guevara; Fidel, explicando al pueblo, desde las particularidades de su liderazgo, las propuestas más avanzadas, educándolo siempre en la ética que debe acompañar a la política revolucionaria socialista y convirtiendo las propuestas en políticas sociales para el beneficio de las mayorías; Che, nos legó pautas fundamentales para la comprensión de la transición socialista entre ellas, que su atributo fundamental radica en el papel central de la subjetividad. [14] Enfatizó hasta el cansancio que las estructuras de funcionamiento económico en la transición deben proponerse la eliminación del egoísmo y el individualismo de la conducta humana; en otras palabras, la generalización de una nueva conciencia es el resultado del proceso gradual de transformación de las estructuras sociales y de la correcta selección de las palancas incentivadoras de la acción humana. «Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer el hombre nuevo».[15]
El modelo económico de la transición socialista debe proponerse la extinción paulatina de las condiciones que permiten la existencia y proliferación de las categorías económicas del régimen burgués y sus reflejos ideológicos y políticos en la conciencia. La transición socialista no es un modo de producción que debe consolidarse antes de emprender la construcción del comunismo. Durante la transición socialista debe transformarse la sociedad radicalmente en un sentido comunista; el proyecto comunista no emerge por sí solo, en dependencia del dinamismo y desarrollo de la economía. La transición socialista, cuya meta es el comunismo, tiene como propósito central no solo la liberación nacional de los pueblos sino la liberación de los individuos de toda dominación; el socialismo no es un fin en sí mismo sino una conjugación dialéctica de factores que favorecen la total liberación humana. De ahí que una vez lograda la toma del poder se desata una lucha más difícil aún por la creación de una vida y una cultura opuestas a las burguesas, caracterizadas por una espiritualidad nueva, una nueva moral, una conciencia diferente, las cuales se forman gradualmente en el proceso de transformación social.
La identificación de la Revolución Cubana como un proyecto social promotor de la más irrestricta solidaridad e internacionalismo con los pueblos del mundo subdesarrollado, esto es, con las luchas de liberación nacional de Asia, África y América Latina e incluso con los pueblos dañados por fenómenos naturales coyunturales.
Desde 1959, Cuba lanzó la idea de realizar una conferencia mundial de países subdesarrollados, pero esta no prosperó; en 1961, se integró al Movimiento de Países No Alineados, en su primera conferencia. En 1965, propició la adscripción de varios movimientos revolucionarios de América Latina a la Organización de Solidaridad Afroasiática, surgida con fuertes motivaciones antimperialistas, e invitó a su dirección a realizar su próxima reunión en La Habana, la que tuvo lugar en enero de 1966. De esa exitosa conferencia nacería la Organización Tricontinental.
La línea de apoyar de forma decisiva a los movimientos de liberación nacional en cualquier parte del mundo subdesarrollado se concretó en hechos conocidos: el 1 de abril de 1965, Che Guevara, con un selecto grupo de combatientes cubanos se integró a la lucha en el Congo. Fue denunciada la escalada agresiva del imperialismo estadounidense en Vietnam y Fidel Castro planteó públicamente la disposición del país de brindar a Vietnam la ayuda necesaria para repeler la agresión. Durante el período, todo el apoyo posible fue dado a las diversas organizaciones latinoamericanas que llevaban a cabo la lucha armada por la liberación nacional en países del continente y también continuaron los preparativos para la gesta del Che en Bolivia la que comenzó en 1966 y culminó con su asesinato el 9 de octubre de 1967. Acciones de todo tipo se realizaron en estos años a favor del pueblo Palestino, de cuyas luchas Cuba no se ha olvidado jamás.
Otros ejemplos de la solidaridad que se ha ejercido sistemáticamente en el tiempo y ha tenido un fuerte impacto social se refieren a la asistencia médica. Desde 1960, esta se ofreció de forma emergente y gratuita en ocasión de terremotos, huracanes, inundaciones y otros fenómenos naturales acaecidos en América Latina, África y Asia. En 1963, nació el internacionalismo médico cuando fue enviada la primera brigada médica a Argelia; con posterioridad, brigadas similares integradas por médicos y otros especialistas arribaron a decenas de países subdesarrollados.
No es el propósito del presente texto exponer las múltiples acciones de solidaridad e internacionalismo llevados a cabo por la Revolución Cubana, que llegan hasta hoy.
Me interesa destacar que solo un pueblo revolucionario educado en valores humanistas es capaz de ofrecer y dar aquello que no le ha sobrado jamás, sino compartir lo que ha llegado a tener con mucho esfuerzo a pesar de la larga guerra económica imperialista, de dificultades, errores, insuficiencias y deficiencias acumulados que debemos resolver sobre la base de los principios y del compromiso con el pueblo.
La Habana, noviembre de 2014.
[1] Ernesto Che Guevara: «Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?», en Obras 1957-1967, t. II, Casa de las Américas, La Habana, 1970, p.409. Hay que resaltar que Che Guevara realiza su interpretación del fenómeno cuando aún no habían sido publicados los estudios de los teóricos de la dependencia sobre el subdesarrollo. (Las cursivas pertenecen a la autora. N del E.).
[2] Según lo que es entendido como democrático por la praxis política burguesa.
[3] Las neocolonias forman parte de la periferia del sistema-mundo. El neocolonialismo como sistema de dominación mundial se extendió durante el siglo xx en las antiguas colonias cuando ya no era necesario el control directo sobre las mismas.
[4] Es un hecho que el pueblo cubano no se resignó ni se echó a la espalda la frustración de una independencia pospuesta; desde los años veinte se alzaron voces y se organizaron movimientos estudiantiles, de intelectuales y populares contra la penetración imperialista y el dominio oligárquico, tanto, que en 1933 fue derrocado el tirano Machado por la movilización popular.
[5] No es posible dejar de señalar que durante la República burguesa neocolonial se logró acumular un desarrollo intelectual que si bien reducido a una minoría, descolló en Latinoamérica y legó a las generaciones posteriores una invaluable herencia de atributos cívicos y patrimonio material e inmaterial.
[6] «Cuando hablamos de pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo […]. Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa […] la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma […]». Más adelante, Fidel Castro describe el concepto, identificando los distintos sectores sociales que lo integran. La descripción no se adjunta a esta nota por su extensión. Ver: Fidel Castro: La historia me absolverá, (edición anotada), Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1993, pp. 208-210.
[7] «Carta de Fidel Castro rompiendo el llamado Pacto de Miami, 14 de diciembre de 1957». En: José Bell Lara: Fase insurreccional de la Revolución Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, pp. 135-136.
[8] Fragmento de la carta enviada por Fidel Castro a Celia Sánchez el 5 de junio de 1958. Tomado de Boletín Digital Nº 26 de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, La Habana, junio de 2013. ISSN 2306-2171
[9] Michael Löwy: «Mariátegui, la revolución permanente»,en revista Viento Sur. Consultado en línea desde la dirección URL http://www.avanti4.be/debats-theorie-histoire. 30/6/2014. José Bell ha introducido el concepto sobre este período revolucionario en sus textos.
[10]Fragmentos de la charla ofrecida por Fidel Castro el 1ro. de diciembre de 1961 al iniciar el noveno ciclo de la Universidad Popular. Tomado de: Bell, J., Delia L. López y Tania Caram: Documentos de la Revolución Cubana 1961, Colección 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 2008, pp. 459- 465.
[11] Véase de Jorge Luis Acanda: «Transición», en Autocríticas. Un diálogo al interior de la transición socialista, Ruth Casa Editorial y Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009.
[12] Un debate excepcional fue la polémica económica, pública, sin restricciones, sobre temas aparentemente económicos promovido por Ernesto Che Guevara. Los artículos fueron publicados en las revistas Nuestra Industria Económica del ministerio de Industrias y Cuba Socialista. Tuvo lugar entre 1963 y 1964.
[13] Véase de Fernando Martínez Heredia: «Socialismo», en Autocríticas. Un dialogo al interior de la tradición socialista, Editorial de Ciencias Sociales / Ruth Casa Editorial, La Habana, 2009, pp.14-41.
[14] «[…] el comunismo es una meta de la humanidad que se alcanza conscientemente [...] Marx pensaba en la liberación del hombre y veía al comunismo como la solución de las contradicciones que produjeron su enajenación, pero como un acto consciente […] el hombre es el actor consciente de la historia. Sin esta conciencia que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo”. Ernesto Che Guevara: «Sobre el Sistema Presupuestario de financiamiento», en José Bell, Delia L. López y Tania Caram: Documentos de la Revolución Cubana 1964, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2012, pp. 227 y 222.
[15] Ernesto Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba. Centro de Estudios Che Guevara y Ocean Press, La Habana, 2005.

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