Tira Cuba

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miércoles, 24 de febrero de 2016

El ejercicio de pensar


Tomado de Pensar en Cuba
Por Fernando Martínez Heredia.
Este artículo fue publicado en El Caimán Barbudo n. 11, La Habana, enero de 1967. Reproducido en Lecturas de Filosofía, Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, 1968, t. II. ps. 777-786.

Saber dudar... nada más contrario al ejercicio normal de nuestras actividades mentales; gustamos de lo categórico, y nada nos enamora co­mo un dogma.
Enrique José Varona
Los planteamientos del comandante Fidel Castro –en cuanto a la necesidad de pensar con cabeza propia, desarrollar la conciencia socialista, asumir las implicaciones de la solidaridad internacional–, expresan la creciente profundización de nuestra Revolución y sitúan a los trabajadores intelectuales cubanos ante tareas importantísimas. La actividad intelectual tiene sus funciones propias –y sus insuficiencias propias–, lo que es nece­sario tener en cuenta para aumentar su efectividad. Este artículo intenta contribuir a esa tarea desde un campo específico: la filosofía marxista.
1. Teoría, ideología, espíritu de partido
Entre la producción teórica misma y sus funciones emerge la necesidad de que exista un orden de relaciones, que en la práctica marxista se denomina genéricamente «espíritu de partido». Examinar las raíces de la cuestión puede ser el primer paso para comprender mejor su significación con­creta actual.  
El marxismo originario fue resultante de una conjunción de factores: el despliegue económico del capitalismo europeo occidental; su triunfo político, principalmente en Inglaterra y Francia, que implicó la implantación de la democracia burguesa y la difusión del individualismo; el desarrollo de ciencias sociales como la economía y la historia; la bancarrota de la meta­física ordenadora de los sistemas filosóficos, a la vez que el desarrollo y profundización de la investigación del proceso de conocimiento con una alta consideración del papel del sujeto, por los filósofos clásicos alemanes; sin olvidar, naturalmente, la genialidad personal de Marx y Engels. Pero, sobre todo, la concepción del marxismo originario se integró a partir de la posibilidad más profundamente revolucionaria de la época: la de la clase proletaria. Esto les permitió a sus creadores basar el desenvolvimiento de su actividad teórico-práctica en el ideal de la liquidación de toda explo­tación de clase y el desarrollo de la persona a través de la toma revolu­cionaria del poder político y de la transformación ulterior de todos los aspectos de la vida social.
La situación concreta en que vivieron Marx y Engels adecuó su actividad organizativa y, hasta cierto punto, el objeto de su investigación; por tanto, influyó también en los resultados. Esto nos indica también la importancia que tienen, en el examen de actitudes individuales, las relaciones entre los ideales y la teoría. Con ayuda de una rigurosa actitud científica, Marx consiguió superar a las utopías comunistas y las formas reformistas de organización obrera que ya entonces existían. Lenin escribió sobre las limitaciones de los productos espontáneos del movimiento obrero y la «importación» que el marxismo significó para aquél.[1] Esto no debe oscurecer, sin embargo, una realidad: la identificación con los intereses de clase proletarios, actitud práctica revolucionaria que deviene intuición apasionada e hipótesis del trabajo teórico, es el elemento subjetivo que impulsa a Marx al encuentro de sus propias tesis, y que con­diciona después el desarrollo mismo de su teoría. Por ejemplo, la afirmación de que el proletariado es la clase más revolucionaria, que puede liberar a toda la sociedad, [2] es anterior a la profundización de los estudios de Marx sobre economía política.  
El descubrimiento cientí­fico de la naturaleza y las funciones de las ideologías en la formación social capitalista no elimina la existencia (por tanto, la naturaleza y las funciones) de la ideología proletaria, aunque es cierto que la afecta grandemente. El rechazo de toda posición iluminista, cientificista, es, a mi juicio, imprescindible para intentar una comprensión marxista del marxismo, y para que el marxismo sea un instrumento teórico útil en cualquier situación concreta.
No es la ocasión para tratar extensamente el tema. Sin embargo, considero necesario señalar dos aspectos:
1) Con el marxismo aparece la posibilidad de comprender científicamente las ideologías, como el aspecto de la realidad a través del cual los hombres se representan y entienden la sociedad en que viven, y a partir de sus ideologías la sostienen o transforman.[3] Esto implica --por lo menos para el ideólogo en posesión de la teoría-- la reducción de su “falsa conciencia”, la posibilidad de llegar a comprender las manifestaciones y la naturaleza de una forma ideológica dada, con la cual --o contra la cual-- trabaja; y aun más, la de programar su acción en el campo ideológico, para hacer confluir hacia su fin político determinadas manifestaciones existentes, combatir unas, convivir con otras y, en fin, fundamentar su actitud en cada caso. Apa­rece, por tanto, una comprensión tal del fundamento y del condi­cionamiento social de la ideología, que podemos calificarla como científica; y con ella, la posibilidad de trabajar científicamente en el campo de la política y de las transformaciones sociales necesarias para llegar al comunismo.
   Lo anterior contiene limitaciones implícitas: en toda ciencia, el investigador opera a partir de concepciones preexistentes que él acepta (o en cuya problemática se mueve, aunque las niegue), y de los pasos anteriores del conocimiento del fenómeno que estudia; en la ciencia social, esa incidencia es muchísimo más marcada, ya que incluye más fuertemente la noción de interés de clase, aunque el investi­gador no tenga conciencia clara de ello. Se comprende que en el uso de la ideología como objeto de ciencia habría que encontrar la forma de describir y conceptualizar sin excluirse del juego –lo que no es posible– ni incluirse hasta el punto de ser meramente un factor ideológico más.
2) El que se expresa corrientemente al decir que la «teoría» de Marx tiene la función «práctica» de ser la ideología del proleta­riado. En un sentido estricto, el conocimiento científico puede pasar o no a tener una función ideológica, ser esta de órdenes dife­rentes, y aun constituir un elemento negativo o positivo para los que lo han puesto en circulación. Ejemplos: El Capital es una tesis científica sobre el nivel económico de la formación social capitalista, que cumple una función ideológica revolucionaria como una especie de hermano mayor del militante, el cual generalmente no puede explicarlo, pero puede invocarlo. La teoría de la plus­valía significa que uno es personalmente robado, explotado, que se pertenece a una clase que es solidaria en su enemistad contra los burgueses. La teoría de la agudización de las crisis capitalistas y del eventual derrumbe de ese régimen ha tenido interpretaciones revolucionarias y no revolucionarias, y a la negación de su validez se le han dado también interpretaciones ideológicamente opuestas.
La teoría brinda certeza a las aseveraciones de la ideología, da fe de que el interés se corresponde con la «verdad», con la ciencia o con el «determinismo»; y todo esto refuerza el valor de los pro­gramas, unifica la orientación de las acciones tácticas, ofrece guías de principios a las organizaciones y aumenta la convicción, o la simple fe, en el militante. En determinadas condiciones, puede ayudar a desalojar la ideología religiosa y otras concepciones del mundo, e incluso llega a participar en la formación de nuevas formas y normas de conducta. Por otro lado, el objetivo ideológico organiza y dicta precedencias en los objetos de la investigación científica, hace más claras las exposiciones, establece proporciones entre el rigor de la teoría y su capacidad de hacerse comprensible a las masas, etcétera.
Por su papel en la lucha revolucionaria, y principalmente en la época de la dictadura del proletariado, el partido comunista se constituye como la organización política marxista que dirige y guía a la sociedad hacia el comunismo. El partido debe ser, por tanto, vehículo de la acción revolucionaria para convertir la teoría en realidad y, en un sentido político e ideológico, vínculo entre la con­cepción marxista y la vida del pueblo. Dada la necesidad de trans­formar todos los aspectos de la sociedad para alcanzar ese fin, la actividad del partido se extiende también al trabajo intelectual, en la significación más restringida del término. Es en esta situación específica que el espíritu de partido --noción que expresa, en todo caso, la vinculación de la elaboración teórica con las posiciones clasistas-- puede ser considerado como una vál­vula de relación entre la producción teórica (o, más exactamente, intelectual) y la necesidad política (o más bien, a veces, sus enunciados).
La misma generalidad de los enunciados anteriores exige, naturalmente, su conversión en instrumentos de trabajo teórico en cada investigación concreta. La prueba de la situación concreta para todo principio es una garantía metodológica básica para el marxismo; sin ella se retorna sin remedio al pen­samiento especulativo, del cual no salvan –como del infierno– ni las mejores intenciones.
2- Marxismo y revolución en América Latina
El mundo que desarrolló el capitalismo produjo también las corrientes fundamentales del pensamiento contemporáneo. Recordar que es necesario ser cauto en materia de correlaciones económico-filosóficas no resta validez a ese aserto: las corrientes liberales, la democracia cristiana, el socialismo reformista, el comunismo, nacieron en Europa. El Tercer Mundo ha tomado –o le han servido– estos productos para enriquecer teóricamente sus ejer­cicios políticos. Sin embargo, esta transferencia cultural presenta sus requisitos.
Una teoría social se arraiga y da frutos sólo si el país receptor presenta, aunque sea en un estado mucho más primitivo, elementos de las realidades que condicionaron el origen o desarrollo de aquella. Por otra parte, la recepción cultural es, a la vez, un acto de transformación del cual sale la teoría ade­cuada no sólo a la especificidad estructural del medio en que se ha insertado, sino también a su complejo ideológico, a la sucesión cultural propia del país receptor y a elementos como la idiosincrasia nacional. De acuerdo con esos requisitos entendemos, por ejemplo, el arraigo del marxismo en Cuba en la tercera década del siglo, como radicalización del movimiento antimperialista que encuentra la dirección de la liberación definitiva sin perder su pupila nacional. Y vemos a Julio Antonio Mella como expresión sobresa­liente de este encuentro.[4]
Hemos descrito –de la forma más simple– los elementos más salientes de la transferencia cultural. Pero en la realidad del subdesarrollo no se deforma solamente la estructura económica: las formas políticas e ideoló­gicas son también «subdesarrolladas», y tienden a integrarse en una tota­lidad colonizada.
La democracia política y su ideología, en América Latina, son un
ejemplo de lo anterior: en tanto carecen de una base social real, constituyen un aparato desnaturalizado e inoperante; en tanto cumplen la función social de adecuar y adormecer a los explotados políticamente activos –aquí la vanguardia es la democracia cristiana– son un factor hegemónico eficaz para sostener un régimen de explotación que es mucho más anticuado que el correspondiente al orden democrático burgués. En este, como en muchos casos, la resultante de la transferencia ideológica es deforme, el fruto es estéril, o hasta monstruoso. Y es que la colonización cultural penetra fuertemente en todos los órdenes de la vida, hasta influir en el pensamiento (y en la acción) de los propios luchadores contra el colonialismo, sea directa o indirectamente, por sí misma, o bien como una negación de ella que se produce en su mismo terreno; como un molde mental de castración, de incapacidad para representarse un destino alcanzable con fuerzas propias.

En América Latina, el marxismo no se ha salvado totalmente de pro­ducir resultantes deformes, estériles, o aun monstruosas.
El traslado al escenario americano de la posición revolucionaria marxista correspondiente a un proletariado desarrollado al que se le señala su papel histórico, ha significado muchas veces la formación de una secta que pugna dramáticamente por representar a una «clase principal, polo de la contradicción antagónica» entre burgueses y obreros; secta inoperante para aglutinar consigo una fuerza popular que realice la tarea histórica inevitable para estas sociedades: la liberación nacional antimperialista. Comprender la necesidad de realizar esa tarea no impediría, por cierto, poseer una comprensión del papel de las luchas de clases y del proletariado como agente histórico del comunismo, pues solo teniendo acceso revolucionario al poder político y, por tanto, al poder económico y militar es posible generar relaciones que proletaricen a la mayoría de la nación, proletarización que es la premisa para intentar alcanzar el comunismo.
Ya en este camino equivocado, nos encontraremos resultados paradójicos respecto al aparente sueño de futuro de aquella utopía. La lucha por refor­mas económicas, necesarias por la situación precaria de la mayoría de los proletarios, engendra actitudes políticas reformistas, forma de ade­cuación práctica a la hegemonía de los explotadores. La concepción estra­tégica de la «lucha de masas» como factor revolucionario determinante, que parte de la creencia en que es factible la incorporación masiva de la población a la actividad política sindical y partidista a un grado tal de profundidad y permanencia que lleguen a hacer posible un cambio social, es sólo concebible –al menos teóricamente– en aquellos países capitalistas desarrollados en los que una historia de lucha de clases contra la burguesía pueda materializar la polarización de intereses burguesía-proletariado, unida esa posibilidad a la existencia de instituciones y de hábitos políticos arraigados que la favorezcan.
Sin embargo, hay un «marxismo» que ofrece la estrategia de «lucha de masas» como la alternativa para «ganar la democracia», frente a la alter­nativa revolucionaria de la lucha armada. Democracia que no es «ganable» ni siquiera por los tibios portadores de reformas que, asistidos también por los votos marxistas, acceden al poder en circunstancias determinadas en que le es conveniente o necesario a los que dominan que eso suceda, para a la larga restablecer en su pureza el régimen neocolonial, ellos mismos o sus peludos sucesores, repre­sentantes de la única institución latinoamericana estable: el ejército.[5]­ La democracia se convierte así en una utopía «marxista» reaccionaria.
No hago más que describir sucintamente algunos elementos –atinentes, eso sí, a lo fundamental de la actividad marxista, que es hacer la revolución– que caracterizan a un estado determinado de deformación y abandono del marxismo, cuya crítica principal se hace mediante la propia lucha armada revolucionaria. Por otra parte, no pretendo ignorar ingenua­mente la importancia de otros factores, entre los cuales ocupa lugar destacado la existencia de desaciertos e imposiciones en la historia del movimiento comunista internacional. Naturalmente, no intento pasar balance en esta nota a la actividad marxista en América Latina. Ni siquiera me asomo a otras manifestaciones, como las trotskistas, o al producto «indígena» del viejo aprismo. Cuando eso se haga, habrá que consignar la heroica lucha antimperialista de muchos militantes y dirigentes comunistas, el papel de la teoría marxista en la profundización del antimperialismo, los aciertos y errores de la III Internacional, la estructura organizativa de los partidos comunistas.
¿Y las relaciones entre teoría e ideología? En la etapa escolástica del pensamiento marxista la teoría, considerada «la única científica», jugó el triste papel de cobertura de las declaraciones y posiciones políticas, con escasas excep­ciones. Al florecer violento del año 30 –Mariátegui, Mella, Rubén–, sucedió un decaimiento general. Se ha explicado, a partir del XX Congreso del PCUS, lo que fue esa etapa de dogmatismo. Pero, cabría preguntarse, ¿por qué en estos diez años transcurridos desde aquel congreso no se han hecho profundos análisis, cuyos resultados renovadores ayudaran a las organizaciones marxistas a su labor de transfor­mación del mundo? ¿Dónde está la fructífera comunidad de la teoría y la ideología?
Durante demasiado tiempo, el espíritu de partido ha consistido en alegar cualquier cosa, y cosas opuestas sucesivamente, con la misma pedantesca afirmación de que aquello es lo único científico. Se ha conde­nado política y moralmente toda opinión no marxista, se ha llegado a imponer criterios científicos y artísticos sin otra base que una decisión polí­tica; la «ciencia» marxista ha partido de conclusiones para arribar a con­clusiones, siempre enfática e inapelable. Lo que se piensa pertenece a la «línea» o a las «desviaciones», y hasta el simple error se ha explicado por la estructura de clases de la sociedad. En pocas palabras, la militancia ha implicado la existencia de un preconcepto ideológico opuesto en general al desarrollo creador del marxismo.
El acontecimiento contemporáneo más importante en América Latina, la Revolución cubana, ha tenido trascendencia internacional en múltiples aspectos, inclusive el teórico marxista. Ella realizó la liberación nacional, la revolución agraria, la alfabetización, nacionalizó a los yanquis y sus socios indígenas, después de destruir el ejército tradicional y crear un nuevo ejército popular. Y proclamó que era marxista y socialista. En estos últimos años se ha recrudecido la acción popular antimperialista, al extremo de em­prenderse la lucha armada, que en varios países se mantiene y progresa; el imperialismo también ha incrementado su acción represiva, por sí mismo y a través de sus lacayos, así como mediante otras formas de acción política e ideo­lógica (reformismo, cuerpos de paz, penetración entre los intelectuales, etcétera).
Esta lucha va llevando, en mayor o menor grado, a las organizaciones marxistas del continente a la prueba decisiva: la capacidad o no para hacer la revolución. Ya algún partido ha salido triunfante, pero más de una directiva comunista ha demostrado que no podía. Otros hacen grandes esfuerzos por encontrar el camino; alguno por no encontrarlo.
Hay que convenir en que ese efecto revolucionario es posible porque el conjunto de la situación latinoamericana está marcado por una explo­tación creciente, combinada con la impotencia del propio régimen imperialista para resolver las crisis mediante reformas.[6] Las vanguardias revolucionarias actúan para hacer real esa posibilidad. Creo que para derivar enseñanza del desvalimiento teórico y organizativo en que la coyuntura revolucionaria en­cuentra a muchos partidos comunistas, es necesario también convenir en que estos no se planteaban la actualidad de la revolución.
En el plano estrictamente teórico se introdujo el antidogmatismo, el antiestalisnismo, el humanismo, la enajenación; pero no se produjo una investigación de los factores estructurales, del papel del partido en la revolución antimperialista latinoamericana, de la correlación de los factores subjetivos y objetivos, de las relaciones entre clase y nación, etcétera, porque no estaban a la orden del día de la necesidad política. Y es que la posición ideológica revolucionaria es un elemento interno a la elaboración creadora en la teoría marxista de la sociedad. El libro ¿Qué hacer?, de Lenin, no es la fría elaboración «imparcial» de un teórico, sino la obra apasionada de un revolucionario; su preconcepción –que la teoría se aproxime a la realidad, y la realidad a la teoría– se trasmuta en logro teórico de valor actual por la conjunción de la actividad científica con el interés ideológico revolucionario. Mariátegui, que no temió ser lla­mado europeizante por llevar a Perú el marxismo revolucionario, nos advierte al comienzo de su obra principal: «Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socia­lismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario».[7]
3. Problemas y perspectivas
La Revolución ha abierto un enorme cauce al desarrollo del marxismo en nuestro país, ante todo incorporando a la convicción marxista a cientos de miles de personas que la desconocían y que eran afectadas, en mayor o menor grado, por la tremenda campaña anticomunista, desplegada sin des­canso por los explotadores. Pero aquella incorporación masiva y permanente ha sido posible sólo porque:
1) Una vanguardia revolucionaria llevó audazmente al pueblo, cada vez en mayor número y organización, a obtener la libertad nacional, liquidar la maquinaria militar de los explotadores, expropiar a los terratenientes y burgueses extranjeros y nativos y aprender a dirigir y sostener los procesos productivos, participar en el funcionamiento de la compleja y deficiente máquina del Estado, sobrecargada de inicio al tomar gran número de atribuciones nuevas; a desempeñar, en fin, nuevas tareas sociales, como la alfabetización, que jamás habían sido siquiera soñadas.
2) Todo lo anterior ha producido la modificación radical de las estructuras del país –esto es, una revolución social–, que convierte a los trabajadores, a quienes se unen los pequeños agricultores, en la clase determinante en la vida económica y política nacional. La propiedad social sobre los medios de producción, una nueva disciplina del trabajo en que la utilización de estímulos se propone contribuir a la formación de un individuo que viva cada vez más su bienestar en el bienestar social, una democracia de trabajadores que real­mente trata de ir incorporando a las mayorías al ejercicio del poder (elección de ejemplares, poder local, tribunales populares, etcétera), la extensión del trabajo a toda la población capaz, y de la protección social a niños, ancianos y desvalidos. Estos son algunos rasgos de la formación de una nueva sociedad, que encuentra en el marxismo la ideología más apropiada para vivir sus transformaciones y fijar sus ideales, para comprender su des­tino y su lugar en el ámbito mundial de luchas de liberación, de clases y de sistemas sociales.
Con la declaración del socialismo, nuestro pueblo se abalanzó al estudio del marxismo, con un fervor sólo comparable al de su actividad práctica revolucionaria. Todo lo que se declarase marxista era consumido inmediatamente. Después hemos vivido un proceso más lento de decantación. Nuestra posición marxista se ha afilado en la lucha contra el sectarismo, la necesidad de combatir al marxista-burócrata, al marxista-oportunista, etc., las debilidades del marxismo de algunos comu­nistas latinoamericanos –a las que nos hemos referido--, la necesidad de encontrar soluciones a nuestros problemas reales, y la de sostener una posición revolucionaria comunista ligada a la lucha tricontinental antimperialista, en medio de una compleja situación internacional agravada por la división del movi­miento comunista.
La versión deformada y teologizante del marxismo que contenía gran parte de la literatura a nuestro alcance resultó ineficaz para contribuir a formar revolucionarios capaces de analizar y resolver nuestras situaciones concretas. Al contrario, amenazó agudizar la pereza y «manquedad» mental típicas del individuo colonizado, en una etapa en que el atraso económico y las dificultades de todo orden exigen el desarrollo rápido del espíritu creador. En realidad esto ha sido, parcialmente, una forma de pervivencia del «marxismo» subdesarrollado, que une la pretensión de ortodoxia a un abstractismo totalmente ajeno a Marx y Lenin. El sectarismo, la inca­pacidad de salir de la prisión de un determinado esquema económico, político, organizativo, o de comprender la necesidad de ser radicales en la formación de la conciencia socialista, han sido combatidos por nuestro máximo diri­gente, y se trata de extender cada vez más esta actitud, a través de la actividad del partido, el Estado y las demás organizaciones revolucionarias.
La realidad de nuestra «herejía» revolucionaria frente al seudomarxismo no puede traducirse en un desprecio a la teoría. Pero si esta prevención no quiere verse reducida a una simple frase de intelectual es necesario recordar algunos factores:
a) la historia de la revolución ofrece numerosos ejemplos de solu­ciones prácticas opuestas a presupuestos teóricos o, en otros casos, al margen de ellos; esa realidad, absolutizada, no inclinaría a valorar las posibilidades de utilidad del trabajo teórico;
b) lo anterior está ligado al cuadro de detención del desarrollo de la teoría marxista y de deformación de sus funciones ideológicas, antes mencionado;
c) el intelectual, separado del trabajo manual por una tradición de milenios, y, por otra parte, menospreciado habitualmente por la mayor parte de la propia clase dirigente, que no aprecia claramente el papel que desempeña en la integración de su hegemonía sobre la sociedad, es depositario de un individualismo y una marcada tendencia a la incom­prensión de la necesidad social, que el marxismo teorizante no elimina: su formación ha de sufrir profundos cambios para integrarse plenamente a la sociedad socialista;
d) la reducción de la mayoría de los trabajadores al lindero de la animalidad, producida por la explotación, no genera, naturalmente, aprecio por los teóricos e intelectuales en general. En las ideologías proletarias esto ha conducido a extremos absurdos –como el de la supuesta prioridad de la mano sobre el cerebro–, que conducen a considerar pecaminosa toda actividad intelectual;
e) la necesidad de trabajar cada vez mejor en el terreno ideológico, teniendo en cuenta que la simple abundancia material no traerá el comu­nismo, y que la voluntad organizada se puede constituir en fuerza inven­cible. Los ideales de Marx, un siglo después, siguen apuntando a la posi­bilidad más revolucionaria de nuestro tiempo: el comunismo;
f) es un deber internacionalista realizar estudios acerca de la estruc­tura social, la vida política, la historia, etcétera, de los países dominados aún por el imperialismo, así como ofrecerles las experiencias de nuestra lucha por la liberación y el socialismo; todo ello desde un ángulo marxista revolucionario; y
g) la teoría marxista no solo «se convierte en fuerza material al encarnar en las masas», como escribió el joven Marx. También sigue teniendo un gran valor metodológico para la actividad científica e ideológica; algunos de sus principios pueden ser puestos en la base de la comprensión de las ciencias sociales; y expresa, en categorías como «modo de producción» o «dictadura del proletariado», logros teóricos de valor permanente.
Si tenemos en cuenta, entre otros, esos factores –para combatir lo negativo y auspiciar lo necesario–, puede resultar más rápido y profundo el desarrollo del marxismo entre nosotros. Creo que estamos en condiciones óptimas para lograrlo, a pesar de las deficiencias de nuestra formación. La necesidad, que puede más que las universidades, lo exige.
Quizás sea conveniente señalar algunas características de los trabajos que se emprendan. Ante todo, tener como objeto problemas concretos de Cuba, o de nuestros deberes internacionalistas. Esto no significa, naturalmente, que toda la actividad intelectual esté dirigida a ellos. La creencia en la inmediatez entre los objetos y el conocimiento más general, por una parte, y la reducción de los objetos de investigación a lo inmediatamente necesario, por otra, son dos errores que hay que prevenir. Existe el trabajo estrictamente formativo, que también es necesario.
Todo lo anterior denota la especificidad del trabajo científico: «ligar la teoría a la práctica» sólo es realmente posible si la teoría tiene objetivos «prácticos», y si a la vez la teoría es reconocida como una práctica determinada. Esto se expresa en la exigencia de un control partidista del trabajo y sus resultados, que garantice el oportuno uso ideológico de estos últimos, y que, en gran medida, establezca las necesidades de investigación y la pre­lación de los temas. Por otra parte, se expresa en la necesidad de libertad de investi­gación científica, que incluye la existencia de una atmósfera favorable a la actitud indagadora que no parte de conclusiones, sino que intenta llegar a ellas, y que no teme equivocarse y volver a buscar, ni reducir, ampliar o derribar lo que parecía verdad inconmovible.
La formación como militante revolucionario –trabajador productivo y combatiente dispuesto– es indispensable para teñir las hipótesis de trabajo marxistas. Ella se completa con el ejercicio indeclinable de pensar con ca­beza propia. De este conjunto emergerá un nuevo espíritu de partido, cuya extensión será un paso más hacia el comunismo.
Diciembre de 1966
[1]Sobre este y otros aspectos tratados aquí, ver el interesante artículo de Louis Althusser: «Teoría, práctica teórica y formación teórica. Ideología y lucha ideológica», Casa de las Américas n. 34, La Habana, enero-febrero de 1966, pp. 5-31.
[2] En la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho público de Hegel (1843).
[3] Carlos Marx: Prólogo de Contribución a la crítica de la economía política, Editora Política, La Habana, 1966, pp.12-13.
[4] Fernando Martínez Heredia: «¿Por qué Julio Antonio?», en El Caimán Barbudo n. 1, La Habana, febrero de 1966.
[5]Julio del Valle: «Contra la tendencia conservadora en el partido», Pensa­miento Crítico, n.1; La Habana, pp. 130-156; Osvaldo Barreto: «Revolución o resignación de América Latina» (inédito).
[6]Un serio intento por demostrar lo contrario hace Henri Edme en su «amistoso» artículo «¿Revolución en América Latina?», en Les TempsModernes, no. 240, París, mayo de 1966. El citado artículo de Osvaldo Barreto también responde a Edme y, en mucho, a una corriente ideológica seudorrevolucionaria que está siendo difundida por Amé­rica Latina.
[7]José Carlos Mariátegui: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Editorial Casa de las Américas, La Habana, 1963, p. XIV.
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