Tira Cuba

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jueves, 17 de septiembre de 2015

Hierro ardiente en el rostro de la humanidad

Los niños son los más vulnerables, y una experiencia semejante los marca para siempre. Foto: trabajo.excite.es
Sí, hay esclavos en la actualidad, y aceptarlo es el primer paso para cambiar una realidad que mantiene sometidos a casi 36 millones de seres humanos.

Tomado de Juventud Rebelde
Por Nyliam Vázquez García.

Es el momento. Se pone en la piel del personaje y sale a la calle. Le susurra bajito a quienes llevan el negocio. Es más fácil de lo que pensaba. Hace una mueca, sonríe como tantas veces ha visto que lo hacen los hombres a quienes ahora imita. Le da asco la escena, la certeza…


«En un burdel ilegal de Rumania me ofrecieron una chica joven con Síndrome de Down a cambio de un automóvil de segunda mano. En una ciudad de Haití negociaron conmigo por una niña de diez años a cambio de unos cien dólares», contó el investigador Benjamin Skinner al portal AlterNet.


Skinner se hizo pasar por comprador de esclavos, logró ser creíble, y los resultados de su estudio son una bofetada en las entrañas de la humanidad. Cuando han pasado más de 60 años de la abolición definitiva de ese flagelo, resulta que hay más esclavos que entonces.


Skinner asegura que 27 millones de personas en el mundo son esclavos, aunque otro estudio de la ONG Fundación Walk Free asegura que son casi 36 millones y que la conocida esclavitud moderna no hace distinción de sexo, edad, en la medida en que hombres, mujeres y niños están siendo sometidos a trabajo forzado contra su voluntad.


Quizás ahora el asunto no pasa por cadenas, grilletes y látigos —aunque también se han registrado casos de ese grado de barbaridad—, pero igual la vida no vale nada e incluso, reconoce Skinner, las personas son más baratas de lo que lo eran antes. No se trata de ser dueño de gente como en otras épocas, sino de utilizarla como herramienta fácil para hacer dinero.

Un negocio muy rentable


«La esclavitud moderna es rentable, ya que genera ganancias de por lo menos 32 000 millones de dólares por año. Y no es un problema de países lejanos y pobres nada más: casi la mitad del total, que se calcula en 15 500 millones, se produce en países ricos e industrializados», asegura la Fundación Walk Free.

«Hay tráfico de mujeres jóvenes y de niños para la explotación sexual comercial. Hay esclavitud en el tejido de alfombras, en la minería y los desarmaderos de barcos», aseguró en marzo de 2014 Kevin Bales, profesor de Esclavitud Contemporánea en la Universidad de Hull, en Reino Unido.


Los «esclavistas» actuales, es decir, los que someten a otras personas a trabajos forzosos, suelen ganar como media 4 000 dólares por cada persona explotada, según las estimaciones de la campaña Not for Sale.


Es fácil hallar pruebas de que no se trata del pasado, pero el puritanismo de no pocos países pone trabas a aceptar el término «esclavitud». Resulta duro aceptar el retroceso, pero ¿acaso no lo es más la certeza de millones de historias de vidas marcadas con ese hierro ardiente?


«En la esclavitud moderna ya no hay cadenas de hierro para atar a los esclavos, pero sí hay la ausencia o poca remuneración económica, acompañada de intimidación emocional o física. A veces el empleador les quita el pasaporte o los obliga a vivir en el negocio», dijo Kay Buck, de la organización Coalition to Abolish Slavery and Traffic (CAST).


La forma más común de esclavitud es la llamada «servidumbre por deudas colaterales», que involucra a personas que han pedido dinero prestado y se han comprometido ellos mismos y su familia a servir al prestamista o el esclavista. Completar el pago puede tomar varias generaciones, así que a veces los hijos, nietos, bisnietos… cargan con este peso. Mientras algunos países exigen compensaciones por la esclavitud durante la época colonial, se enraízan prácticas de posesión y millones de seres humanos sufren los horrores del sometimiento.


Se trata del mismo problema, solo que ha mutado con los tiempos. Lo peor es que no existe legalmente, pero sí en la cotidianeidad. Ahora está dentro de grandes fábricas que buscan abaratar los costos, en las amplias extensiones agrícolas donde todo brazo es necesario, incluidos los de los niños, en las largas y complicadas cadenas humanas que se entretejen con los sueños ajenos y culminan con la trata, incluso, está dentro de los propios hogares, cuando el trabajo doméstico no recibe prestación alguna.


«Hoy en día se siguen viviendo formas de esclavitud que no se reconocen como tales, pero cuando hay trabajo forzado, donde no hay condiciones ni prestaciones como las que deben existir, estamos hablando de formas de sometimiento; el trabajo doméstico, el trabajo en el hogar es uno de ellos, en donde las trabajadoras no tienen prestaciones, no tienen reconocimiento, pero como esos hay muchos; también el trabajo que hacen los migrantes es esclavitud contemporánea; la trata de personas también», explicó María Elisa Velázquez, presidenta del Comité Científico del proyecto internacional la «Ruta del Esclavo», de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

La llamaba mamá


Al principio todo iba bien. Tenía techo, comida y, por un tiempo, la consideración de la familia que la empleó. Cada día, de 9:00 a.m. a 8:00 p.m., alisaba montañas de ropa. Era agotador, pero estaba conforme con sus 20 dólares semanales.

Ella, cuyo nombre no fue revelado por las autoridades, no recuerda cuándo todo comenzó a cambiar.

Primero las acusaciones de robo y de daños en la ropa con la que tanto se esmeraba, luego llegaron las cadenas, los azotes, las quemaduras con la plancha de la que apenas podía despegarse. Mucho nylon del que se usa para cubrir la ropa que masticó para entretener el estómago.

Contrario a lo que podría esperarse, todo ocurría no en un recóndito lugar del planeta, donde esta historia sería igual de terrible, sino en pleno DF mexicano. Dos años duró el martirio. Hace apenas cinco meses atrás la muchacha fue rescatada por las autoridades, gracias a que, en un descuido de sus captores, pudo escapar. No habría resistido mucho más: estaba desnutrida y con anemia crónica.

La muchacha «tiene un aspecto físico de 14 años, pero sus órganos internos representan a una persona de 81 años, debido al daño que se le causó durante su cautiverio», apuntó la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

A menudo era golpeada hasta que sangraba «y cuando las heridas iban cicatrizando le arrancaban las costras», informó la agencia gubernamental.

«Yo vivía con la familia. Me daban de comer y dormía con ella (la dueña) y sus hijas en la casa, arriba de la planchaduría. Hasta le decía mamá», relató en una entrevista a El Universal, cuando su caso conmocionó a la sociedad mexicana.
Cicatrices de las quemaduras de la plancha y los golpes. Foto: BBC

Las marcas permanecen.

Aunque el fenómeno se concentra en países pobres de Asia, América Latina y África, no es exclusivo de ellos. Según Reuters, anualmente, en Estados Unidos se trafican entre 14 000 y 17 000 personas para trabajar dentro de sus fronteras, sin ninguna remuneración, bajo la amenaza de violencia. Si bien Europa tiene el más bajo porcentaje de personas sometidas a esclavitud (1,6 por ciento), en su territorio hay 566 200 víctimas sometidas a explotación sexual o económica, apunta Walk Free.


Un dato alarmante es la prevalencia del flagelo en relación con la población y en ese sentido Mauritania, Uzbekistán, Haití, Qatar, India, Paquistán, República Democrática del Congo (RDC), Sudán, Siria y República Centroafricana ocupan los diez primeros lugares.


«Yo acepté el trabajo porque me ofrecieron 1 000 dólares al mes y tenía contrato para tres años», contó Rotchana Sussman, quien fuera rescatada  hace 20 años de una fábrica en Tailandia donde estaba retenida, aunque había llegado al país con visa de trabajo. Hasta 18 horas al día la obligaban a trabajar junto a otras mujeres en iguales condiciones.


Cada año son rescatadas cientos de personas, pero duele saber que existen muchas más que no tienen esa suerte.


En las vidas de tantos a lo largo del mundo, cuando han vivido experiencia tan traumática, si sobreviven, quedan las heridas psicológicas, que tardan más en sanar y, muchas veces, no lo hacen. Los niños son los más vulnerables y, según los expertos, los daños psicológicos de la esclavitud moderna suelen ser en ellos irreversibles.


Digamos que aceptar el hecho de que existe la esclavitud en la actualidad, penalizarla y combatirla de manera global con toda fuerza es un primer paso, pero habrá que hacer más para que una niña con Síndrome de Down no sea vendida para que abusen de ella; para que otra joven no sea maltratada por una supuesta madre que no duda en quemarla y golpearla hasta dejarla desfallecida; para que otros seres humanos no sean vejados a diario, mientras el mundo prefiere mirar a otro lado.
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