Tira Cuba

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viernes, 14 de noviembre de 2014

Yo voy a pedir pa’ ti lo mismo que tú pa’ mí

Las creencias suelen ayudar a llenar vacíos espirituales; quienes las profesan, suponen tener mayor control de lo que acontece a su alrededor.
Tomado de CubaSí
Por Vladia Rubio.





Cuba es simplemente un país históricamente religioso. En la integralidad de su tradición cultural late, junto a otros componentes, una espiritualidad religiosa.

Cuando faltan segundos para las 12:00, se inclina junto a la ceiba, Iroko, y musitando palabras solo audibles para el árbol sagrado, deposita su ofrenda. Instantes después, Yéssica es solo una breve figura, cuyo manto y saya blanquísimos insinúan apenas una claridad, que cada vez se hace más tenue mientras se aleja en la media noche de Rancho Boyeros
 
Décadas atrás, esta mujer hubiera acudido junto a la ceiba con sigilos u ocultamientos. Pero hoy no es difícil observar escenas como esta y tampoco comprobar cómo han proliferado las cubanas y cubanos de todas las edades que motean las calles de cualquier territorio de esta Isla con sus vestimentas blancas de Iyawwó, es decir, de quienes se inician en la religión yoruba.

Tampoco es inusual escuchar en espacios televisivos o radiales a muy diversos líderes de opinión, sobre todo del mundo artístico, agradeciendo a deidades del panteón yoruba como incidental de su intervención, quizás referida a comentar su próxima presentación.

Expresiones como «estoy iré» o «aché pa’ ti» se han incorporado al habla popular, sobre todo a partir de la cancionística, en tanto atributos como el iddé o mano de Orula pueden verse en las más disímiles muñecas, lo mismo asomando bajo la manga de un elegante traje o guayabera, que junto a los pulsos tintineantes de un brazo desnudo y a veces también tatuado.
Cada comienzo de enero, la Letra del Año se difunde, sobre todo por canales alternativos, con tanta o más eficacia que disposiciones y regulaciones con el sello oficial de la República.

En general, estudiosos del tema aseguran que: «A la par de la crisis y en estrecha relación con ella, se ha verificado una reactivación religiosa que, entre otras consecuencias, ha permitido una mayor presencia de la religión en la sociedad cubana…». Así aseguraba, por ejemplo, el ya fallecido doctor Jorge Ramírez Calzadilla, quien fuera jefe del Departamento de Estudios Sociorreligiosos del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).

Pero estas líneas versan en particular sobre la santería sin por ello desconocer otras filiaciones, por lo visible de esta adhesión y porque, como el también Profesor Titular de la Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, Ramírez Calzadilla afirmara, «se acentúa la tendencia al movimiento hacia las formas religiosas popularizadas asociadas a la cotidianeidad y a la solución milagrosa, menos comprometedoras en el plano ético y organizacional, a la vez que, por otra parte, hay una búsqueda en la religión de solidaridad, de ideales de vida, de valores morales, de modelos de conducta y esperanzas. Lo carismático, por su incidencia en curaciones con la sanidad divina, sus cantos movidos, el trance, que hacen que su liturgia esté próxima al modo con que el común de los creyentes cubanos acostumbra a expresar su religiosidad, parece ser que tiene condiciones favorables para un crecimiento, como ya se advierte».

Lo que se sabe no se pregunta

Inés María, habanera de 50 años, trabajadora del campo intelectual, y cuyos otros datos personales pidió permanecieran resguardados, es de las que sube y baja la calzada ataviada de blanco de la cabeza a los pies. Aunque el sol raje las piedras, el manto va sobre sus hombros, y medias también blancas le cubren las piernas. Tampoco le faltan nunca el pañuelo a la cabeza y la sombrilla, bajo la cual regala una pudorosa sonrisa perlada de sudor.

En el código ético de Ifá, Okana Sorde indica: Lo que se sabe no se pregunta. Sin embargo, lo que no se sabe…, por eso fuimos junto a Inés María, quien en tono casi confidencial refirió a Cubasí que se había decidido por el camino de la santería «debido a que me estaban haciendo mucho mal, había demasiados malos ojos puestos en mí y un babalawo, a quien conozco desde niña, me aconsejó que esta podía ser la solución porque yo sola no podía y él sentía que el santo lo estaba pidiendo. Me iba a hundir. Sin embargo, ahora la vida me ha cambiado, te lo puedo demostrar».

Los motivos que mencionan aquellos iniciados en la llamada Regla de Ocha-Ifá pueden ser similares a los de Inés María, o por enfermedad, por la llamada del santo o buscando desarrollo espiritual, entre otros.

Lo cierto es que la crisis económica de los años 90 marcó un punto de giro en el ámbito de las creencias. Ello no es ninguna peculiaridad cubana y tampoco la primera vez que sucede en el acontecer nacional: las guerras de independencia, los conflictos sociopolíticos de los años treinta, y los finales de la década de los cincuenta, también fueron contextos para una reemergencia de la fe.

El doctor Ramírez Calzadilla lo sintetizaba sabiamente: «No veo misterio sobre las causas. Cuba es simplemente un país religioso. Históricamente religioso. En la colonia, en la república postcolonial, y en la revolucionaria. De reconocida religiosidad sincrética. Quiere esto decir que en la integralidad de su tradición cultural late, junto a otros componentes, una espiritualidad religiosa».

¿Por qué va de blanco el iyawó?

Según la doctora María Elena Molinet, en su libro Vestimenta ritual tradicional de la santería cubana, Premio Catauro Cubano, durante el primer año, el iniciado deberá vestirse de blanco, usando prendas que ayuden o guarden el pudor del iniciado.

Varios iyawó a quienes interrogó esta reportera explicaron que la ropa debe ser toda blanca porque «representa la pureza y también a Obbatalá», «el blanco es la suma de todos los colores, y por tanto, del color de todos los Orishas», «porque estamos en un proceso de purificación, en un nuevo nacimiento, que necesita de la tranquilidad interior y también de la exterior, de las buenas energías que capta el blanco».

Alguien habló también de un patakín fábula donde se cuenta de Osi (ganso), que decidió ir a vivir al cielo porque en la tierra pleiteaba con todos, y al volver del cielo lo hizo vestido de blanco, se había hecho santo y su vida cambió. En vista de la mejoría, decidió partir con toda su familia hacia las alturas, de donde retornaron también con albas vestimentas. Desde entonces, el plumaje de los gansos es blanco, y por eso los iyawó se visten de blanco, relató el interrogado.

La destacada etnóloga Lydia Cabrera refería que «el lyawó es la persona niño, mujer u hombre que ha pasado por las pruebas de iniciación en la Regla Lucumí y ha sido Asentado, durante un año deben adoptar este vestuario porque blanco es el color del Orishanla Obatalá, Dueño de las Cabezas, símbolo de su pureza inmaculada, y someterse a un régimen muy severo de castidad y abstinencia. En este período que sucede a la iniciación Kariocha, vivirán en olor de santidad, evitando el menor contacto que pueda mancharlos».
Del mismo modo que evidencia riqueza cultural conocer cómo y por qué vestían de determinada forma los mambises, o el ejército de Napoleón, o el Papa, o el Cisne Negro, de El lago de los cisnes, también lo evidencia saber sobre la vestimenta de estos iniciados. Y sobre todo considerando lo cercano que hoy nos resulta el tema, con el cual convivimos.

Aseguran los entendidos en estos rituales que la ropa debe ser toda estrictamente blanca durante un año, sin faltarle al hombre la llamada camisetilla bajo la camisa de mangas largas durante los tres primeros meses, y también la gorra. Las mujeres, además del chal, deben llevar sayuela, medias largas, quilla y turbante, todo lo cual va acompañado por los ilekes collares y los ildeses del orisha tutelar y de Orula.

Invocaciones en CUC

Una colega nacida entre canastilleros y elegguá me comentaba sobre ciertos motivos ilegítimos que se han abierto espacio en el mundo de la santería: la especulación, usado el término como sinónimo de ostentación, según la más reciente acepción dada al término por el diálogo cotidiano.

Como hacerse santo cuesta, y bastante, parece que algunos han elegido esa vertiente para pavonearse por lo abultado de sus billeteras. Y si hay quien ostentosamente proclama que solo usa «ropa de marca», estos imprimen la marca de su capital a lo fastuoso de sus ceremonias religiosas y prendas afines.

Junto a esos, tampoco puede olvidarse a quienes lo hacen simplemente como una moda más, y por tanto, lo hacen mal.

El profesor, crítico e investigador Aurelio Alonso Tejada, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2013, califica tales procederes como agentes de deslegitimación. Recuerda que a tenor con los impactos del mercado, las comunidades religiosas, como reacción legítima, acentúan sus lazos de solidaridad, internos y hacia el exterior.

«Pero la frontera oscura de la legitimidad se franquea cuando la capacidad de respuesta se convierte en un instrumento de influencia. (…) En la santería, la mercantilización da lugar a otra deformación: la de la iniciación precipitada, con fines de lucro, de ahijados en la emigración, lo que en todas partes se conoce ya como el negocio de los “diplobabalawos”».

Alonso subraya al respecto que «estos fenómenos de deformación mercantil (no rechazo aquí al mercado, sino a su extralimitación) introducen un efecto deslegitimador en la ética religiosa. Y la legitimidad ética es sustancial para que los valores que son defendidos como propios participen con efectividad en la reconstrucción del paradigma».

En el mismo caldero

Con sus sombras y luces, el mundo de la religión yoruba y todas las otras religiones de los cubanos sigue mereciendo renovados estudios en profundidad. Además de enriquecernos sobre sus aristas cualitativas, las más importantes, también informarían acerca del comportamiento cuantitativo de la religiosidad, lo cual no deja de resultar interesante, a pesar de que los números en este ámbito no siempre resultan buena brújula.

Emprender dichas indagaciones y dar a conocer sus resultados porque a todos y cada uno nos compete el tema por ser parte de la identidad nacional que conformamos permitiría ampliar lo que la doctora Maricela Perera Pérez, del Departamento de Estudios Sociorreligiosos del CIPS, sentenciaba durante la Cuarta Conferencia de Estudios Sociorreligiosos, hace ya diez años: «Lo religioso se resignifica. Sus funciones como refugio o compensación, referente de significados alternativos, se potencian. En este sentido, pueden orientar la conducta de modo evasivo o exaltador del ser útil, con una proyección social. Conocer la dirección de estas tendencias es sin dudas una necesidad».

Probablemente, Yésica, al depositar su ofrenda junto a la ceiba, no lo diría así; tampoco Inés María ni los otros iyawó entrevistados para este trabajo. De todos modos, la voz de cada uno de ellos y también sus silencios, los de todos y todas, practicantes o no, son importantes para este tema, porque aquí el que no tiene de congo, tiene de carabalí, y como dice Adalberto Álvarez en su popular estribillo: «Yo voy a pedir pa’ ti lo mismo que tú pa’ mí».

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