Tira Cuba

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martes, 8 de octubre de 2013

Daniel, el Che y la guerra en el Congo


Tomado de Che Guevara Poryecto Editorial. (Reseñas)
Por Rodolfo Romero Reyes

Daniel pasó por la biblioteca temprano con la intención de saludar a Lucía, la bibliotecaria, y para su sorpresa regresó a casa con un libro en las manos de la editorial Ocean Sur. Últimamente Lucy solo le recomendaba libros de perfil histórico, pero este tenía un detalle añadido: el libro había sido escrito por el Che.

«Léetelo, que es un best seller», había dicho su amiga a modo de sugerencia. Esa misma tarde comenzó. Además de la singular portada –el Che sentado encima de la paja, tabaco en mano, leyéndose un periódico–, le llamó mucho la atención la primera línea de aquel epígrafe titulado Advertencia preliminar. El primer capítulo de los Pasajes de la guerra revolucionaria (Congo) comenzaba diciendo: «Esta es la historia de un fracaso».

Daniel, al igual que todo adolescente cubano, había recibido el día de su graduación de la enseñanza secundaria, el libro Pasajes de la guerra revolucionaria, que contaba las peripecias del médico argentino devenido guerrillero cubano desde su incorporación como expedicionario del Granma hasta el triunfo revolucionario el primero de enero de 1959. El volumen que ahora tenía en sus manos, al parecer con estilo similar, narra los sucesos de una guerra para él desconocida: el conflicto militar en el Congo, en el cual Cuba había participado. La historia la contaba nada más y nada menos que uno de los líderes más universales de América Latina, sin embargo, el tono de esta narración resultaba un tanto pesimista.

La primera parte –cómo el Che llegó al Congo de forma clandestina– la leyó sin mayores motivaciones. Más que enterarse de los detalles del conflicto, Daniel quería descubrir al Che hombre y para eso se proponía hurgar en los sentimientos más íntimos del jefe guerrillero sumergido en plena selva. En las siguientes páginas encontraría el primero de esos «sentimientos encontrados».

El 22 de mayo, dos días antes de cumplirse el primer mes en el Congo, el Che recibe «la noticia más triste de la guerra». Osmany Cienfuegos le comunica que en Cuba supieron, vía telefónica, que Celia de la Serna estaba enferma con un tono «que hacía presumir que ese era simplemente un anuncio preparatorio». Daniel imaginó cuanta incertidumbre pudo agobiar a Guevara desde ese momento hasta que, un mes después, recibiera la confirmación de la muerte de su madre.

El Che contaba que su mamá había intentado verlo poco tiempo antes de la partida pero en ese momento él se encontraba ultimando los detalles de la expedición. La esposa de Ernesto Guevara Lynch moriría sin leer la carta de despedida que su hijo les había dejado en La Habana y que solo se haría pública unos meses después. La imprevista muerte lo había dejado devastado, sin embargo, Daniel en todo el libro no encontró otras referencias sobre el tema con excepción de una nota al pie que lo remitía al libro Che desde la memoria, también editado por Ocean Sur. Guardó Pasajes… en una gaveta y salió para la biblioteca. Otra vez Lucía acudió en su ayuda. Daniel abrió el grueso libro y en una de las páginas encontró un breve relato titulado La piedra.

Además había que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me pregunté si se podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es impersonal; no es que se le niegue el derecho a sentir, simplemente, no debe mostrar que siente lo de él; lo de sus soldados, tal vez (…)

Uno sobrevive en la especie, en la historia, que es una forma mistificada de vida en la especie; en esos actos, en aquellos recuerdos. ¿Nunca has sentido un escalofrío en el espinazo leyendo las cargas al machete de Maceo? Eso es la vida después de la nada. Los hijos; también (…)

Al día siguiente retomó la lectura de su libro. Así supo el primer tropiezo para la tropa cubana en Front de Force. Fue el 29 de junio de 1965 y allí cayeron el 1er. Tte. Norberto Días Pichardo, Nne, y otros tres combatientes cubanos, en «una acción de arrojo indiscutible» donde Nne hizo –según el Che– «lo que consideraba su deber moral, aunque no su cometido específico, se lanzó al ataque frontal».

El ánimo de la tropa cubana continúa en descenso y el Che se cuestiona el rigor de sus compañeros de lucha: «La selección realizada en Cuba no era lo suficientemente buena, eso es evidente, pero es difícil atinar a hacer una buena selección en las condiciones actuales de la Revolución Cubana. No hay que basarse solamente en la historia del hombre con las armas en la mano, ese es un gran antecedente, pero los años posteriores de vida cómoda también cambian a los individuos. Y luego está la inmensa mayoría a los que la Revolución hizo revolucionarios».

Algunos cubanos manifiestan su deseo de regresar a Cuba pero ese era el menor de los problemas. Los soldados congoleses huyen de los combates y dejan solos en las trincheras a los guerrilleros cubanos. Es un ejército parásito que obliga a los campesinos a abastecerlos de comida mientras ellos pasean por las lomas con las armas en la mano sin apenas combatir.

Abrumado por estos pensamientos, Guevara redacta el 12 de agosto de 1965 un documento que titula Mensaje a los combatientes, y que es leído en cada uno de los frentes donde se encuentran los poco más de cien cubanos que participan en la gesta.

Culmina agosto y el jefe de la tropa cubana escribe el más optimista de sus análisis durante la contienda. Allí, en su diario, se propone salir al combate y limar las asperezas que existían entre los jefes del Congo. En la última línea agrega esperanzado: «todo se ve de otro color, al menos hoy».

Daniel dejó de leer por dos días y cuando retomó el libro, ya era 4 de octubre de 1965. Llega al campamento José Ramón Machado Ventura, quien funge en Cuba como Ministro de Salud Pública. Por esa fecha se lee en Cuba la carta de despedida que el Che le dejó a Fidel. Daniel pensó: «Seguramente Machado fue quien le llevó la información, déjame seguir leyendo». Pero no. En Pasajes… el Che no hace ningún comentario, solamente cita un extenso mensaje que envía a Fidel para explicarle la situación real del frente, que había sido versionada por algunos líderes congoleses que estuvieron de visita en La Habana.

Apenas 20 días después de aquel encuentro, donde a pesar de la situación Daniel pudo descubrir entre líneas a un Che todavía optimista, ocurre un hecho que probablemente sentencia el ánimo de los combatientes cubanos.

El 24 de octubre, ante lo inmediato que resulta un cerco enemigo, el Che decide hacerle frente hasta que oscurezca para poder retirarse en la noche de forma organizada. Pero el enfrentamiento solo dura unos minutos pues alguien llega con la noticia de que los soldados están muy cerca, son muchos y bien armados. El jefe guerrillero da la orden de retirada.

Un pequeño grupo no la escucha y sigue combatiendo. «Bahasa y el compañero Maganga lo habían hecho, salvando el cañón y, después de entregarlo a los congoleses para que lo pusieran a buen recaudo, se quedaron luchando junto con Siwa, Azima y algunos compañeros (…) que fueron los que salvaron nuestro honor en la jornada», comenta el Che.

Daniel leyó con detenimiento cada página de aquel capítulo titulado Desastre. El soldado Orlando Puente Mayeta, Bahasa, recibe un disparo y es llevado en hombros de sus compañeros hasta un poblado donde finalmente muere dos días después. Otra vez agobiado Guevara reflexiona: «de todas las muertes acaecidas en el Congo, para mí la más dolorosa era la de Bahasa, porque había sido el compañero al que había reprendido seriamente por su debilidad y porque había respondido como un verdadero comunista en la forma en que lo hizo, pero yo no había sabido estar a la altura de mis responsabilidades y era el culpable de su muerte».

«No, no –se cuestionó Daniel–en la guerra no hay culpables. ¿Cómo es posible que el Che pensara eso?». Pero al continuar la lectura entendió que ese había sido un duro revés. El combate no solo causa la muerte del sexto combatiente cubano. El Che siente que con esta retirada la tropa cubana se ha desacreditado.

Daniel se interesó por conocer como transcurría la comunicación del Che con La Habana. Volvió sobre uno de los documentos: un telegrama con fecha 4 de noviembre. En los momentos finales de la contienda, era evidente el apoyo incondicional de Fidel, no solo como jefe, sino también como amigo.

Con emisario va carta de Fidel, cuyos puntos principales son:

1ro. Debemos hacer todo menos lo absurdo.

2do. Si a juicio de Tatu (nombre de guerra del Che) nuestra presencia se hace injustificable e inútil debemos pensar en retirarnos. Deben actuar conforme situación objetiva y espíritu hombres nuestros.

3ro. Si consideran deben permanecer, trataremos de enviar cuantos recursos humanos y materiales estimen necesario.

4to. Nos preocupa que ustedes erróneamente tengan temor a actitud que asumen sea considerada derrotista o pesimista.

5to. Si deciden salir, Tatu puede mantener statu quo actual regresando aquí o permanenciendo en otro sitio.

6to Cualquier decisión la apoyaremos.

7mo. Evitar todo aniquilamiento.

Las páginas restantes del libro pasaron a una velocidad increíble por delante de los ojos de Daniel. Los países del área, incluyendo Tanzania, deciden retirar el apoyo al Congo. Después de un extenso análisis que realiza el Che, incluyendo correspondencia enviada y recibida desde La Habana, se decide que solo si los congoleses solicitan la retirada de las tropas cubanas de forma oficial, ellos embarcarían de regreso.

Un momento particularmente difícil es cuando el jefe guerrillero le pregunta a la tropa cuáles de ellos confían aún en la posibilidad del triunfo. Solamente José María Martínez Tamayo y Víctor Dreke, Mbili y Moja, levantan su mano, en lo que el Che interpreta como un gesto de fidelidad e incondicionalidad más que la certeza real de una posibilidad de éxito.

El 20 de noviembre de 1965 llega la hora de regresar. Para el Che quedarse en el Congo no era un sacrificio. Ni uno ni cinco años: «Era parte de una idea de lucha que estaba totalmente organizada en mi cerebro». En el último capítulo confiesa: «En realidad, la idea de quedarme siguió rondándome hasta las últimas horas de la noche y quizás nunca haya tomado una decisión, sino que fui un fugitivo más».

Líneas más abajo agrega: «Me daba la impresión de que después de mi carta de despedida a Fidel, los compañeros empezaron a verme como un hombre de otras latitudes, como algo alejado de los problemas concretos de Cuba, y no me animaba a exigir el sacrificio final de quedarnos».

Por último, en el epílogo, el Che es bastante crítico con los cubanos. Pero con él, el nivel de crítica y autocrítica aumenta. Se asume responsable e identifica como los momentos más negativos: «el fracaso de Front de Force, las sucesivas deserciones de los congoleses en las emboscadas de Katenga, donde se sufrió mucho con las enfermedades; mi desastre personal con el cortejo del traslado del herido que se realizó con poca colaboración congolesa; la deserción final de nuestros aliados». Cada uno de estos hechos «señalaba una agudización de la desmoralización, del desgano de nuestra tropa».

En las últimas páginas el Che plantea, con visión de futuro, cuáles serían en su opinión los pasos, no solo para liberar el Congo –resolviendo primero los problemas reales que tiene su ejército de liberación– sino para liberar a África y evitar que ese continente fuese utilizado como reserva de recursos naturales y de mano de obra por el imperialismo, una vez que los países latinoamericanos rompieran sus ataduras de las cadenas imperiales.

Y en medio de todo aquel análisis político, Daniel descubrió en el autor un renacer optimista. Se impuso una vez más la reflexión honesta y a camisa quitada: «He salido con más fe que nunca en la lucha guerrillera, pero hemos fracasado. Mi responsabilidad es grande, no olvidaré la derrota ni sus más preciosas enseñanzas. ¿Qué nos depara el futuro del Congo? Claro está que la victoria, pero está lejana».

Daniel cerró las páginas del libro. Lo puso en la mesa y se quedó un rato pensativo. Volvió a abrirlo pero ahora para revisar la página inicial donde los autores suelen poner dedicatorias. Se detuvo en la última frase que, sin dudas, sintetizaba emociones. La leyó en voz alta, como para no olvidarla nunca: «A Bahasa y a sus compañeros caídos, buscándole sentido al sacrificio».
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