Tira Cuba

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viernes, 25 de julio de 2014

PATRIA O MUERTE

Tomado de LaEstrella de la Segunda Independencia: nº42, chile, julio de 2013.



A 60 años del asalto al cuartel Moncada.

26 de julio: ejemplo para América, ejemplo para el mundo…


“Yo me encontraba en prisión cuando por primera vez me enteré de la ayuda masiva que las fuerzas internacionalistas cubanas le estaban dando al pueblo de Angola –en una escala tal que nos era difícil creerlo…” La voz que rememora pertenece a Nelson Mandela, quien hoy, con razón, es objeto de homenajes por una vida de lucha. En 1975, el líder del Congreso Nacional Africano –o ANC por sus siglas en inglés– estaba recluido en el penal de Robben Island, una isla frente a Ciudad del Cabo. Era su decimotercer año de reclusión. Acusado de terrorismo, había sido condenado a cadena perpetua por el régimen racista de Sudáfrica. Su delito: luchar por los derechos del pueblo sudafricano sometido al apartheid, aquel sistema ideado por los antiguos colonizadores, quienes, tras haberse sacudido de la supervisión británica, establecieron su propio régimen marcado por la explotación y el racismo.

Una bandera de dignidad
El pueblo sudafricano de piel negra, quedó dividido en los ignominiosos bantustanes, recluido en cercadas poblaciones como Soweto; los hombres separados de las mujeres, las mujeres ultrajadas y humilladas, los niños, violentados. En pleno siglo XX, la principal nación capitalista del continente africano, deparaba a la mayoría de su población una existencia de esclavitud. En una perversa graduación, permitía a “mezclados” o a sudafricanos originados de la inmigración desde Asia o la India, algunos derechos. Pero siempre menos de los de la miserable “raza superior” que se enseñoreó en el África Austral.
Tales eran las condiciones contra las que se rebeló el pueblo africano. Mandela dirigió el ANC, concebido como una organización, amplia, popular, que reuniría a miembros de todas las razas, negros, hindúes, asiáticos, blancos. Sus objetivos eran elementales y democráticos, la abolición del apartheid y un gobierno de mayorías que permitiera el desarrollo del país; sus métodos de lucha eran políticos, de presión, de propaganda.
En la medida en que el ANC amplió su organización a la clase trabajadora negra, impulsó huelgas y movilizaciones, la represión se volvió más cruda, los tenues caminos políticos se cerraron con juicios amañados, asesinatos y torturas. Y las exigencias del pueblo a sus dirigentes se intensificaron. Mandela comprendió las necesidades del momento y propuso, en 1961, la creación de Umkhonto we Sizwe, “la lanza de la nación”, la fuerza militar que golpearía a la policía represora, al ejército, a los colaboracionistas, que realizaría sabotajes a los intereses económicos de los capitales que se beneficiaban de la explotación de la mayoría.
Y ya entonces, la gesta iniciada un día 26 de julio en una lejana isla americana reverberaba en la lucha. Mandela relata la controversia que desató la propuesta de lucha armada entre la dirigencia de la ANC:
“usé un antiguo proverbio africano ‘sebatana ha se bokwe ka diatla’, ‘no se puede repeler a una bestia salvaje con manos vacías’. Moses [Kotane, secretario general del PC sudafricano] era un comunista a la antigua. Su oposición, le dije, se asemejaba a la del PC cubano bajo el régimen de Batista. Entonces, el partido sostenía que no se cumplían las condiciones necesarias. Fidel Castro, en cambio, no esperó; pasó a la acción y triunfó. […] La gente ya estaba formando unidades militares por su propia cuenta, y el ANC es la única organización capaz de conducirla. Siempre decimos que el pueblo es más avanzado que nosotros, y ahora efectivamente se nos adelanta.”
El pueblo se adelantó en una lucha heroica, sostenida sin descanso en las calles de Soweto o Sharpeville. Trabajadores, mujeres, escolares, niños héroes que se levantarían una y otra vez en contra de las masacres, las torturas, la prisión. Mandela seguía separado de su pueblo, pero siempre presente bandera de su humildad y dignidad. Surgían nuevos adalides, hombres como Stephen Biko y Chris Hani, entre tantos que dieron testimonio de la unidad de un pueblo, conquistada una y otra vez con sangre.
No esperó; actuó y triunfó
El proceso de liberación de los países sometidos al colonialismo y a la esfera de influencia de Sudáfrica, las colonias portuguesas Mozambique y Angola, de Zimbabwe, entonces llamada Rhodesia, agudizó la situación. El régimen racista se lanzó a una campaña de terror e intervenciones, bien financiada por los capitales externos y por Estados Unidos. Pretoria se convirtió así en una capital mundial de la ignominia. Punto de encuentro y bazar de torturadores, asesinos y mercenarios, lo más bajo de la humanidad, aliado a Israel, a la dictadura de Chile y a cuanto sanguinario se precisara.
La intervención en Namibia, antigua colonia alemana dejada “en mandato” a Sudáfrica, y el intento de derrocar al gobierno del MPLA en Angola, llevó a una situación desesperada en 1975. Todo indicaba que el régimen sudafricano lograría consolidarse como potencia única en el cono africano, subordinando a los países circundantes a un vasallaje apenas encubierto y que eternizaría la esclavitud dentro de sus fronteras.
Fue entonces cuando, a un mar de distancia, se erguía aquel principio del Che, de ser capaces “de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”; se levantaba el espíritu que cobró vida el día 26 de julio de 1953, con el asalto a los cuarteles Céspedes y Moncada de Santiago de Cuba. Fidel resumió el dilema que se vivía de esta manera:
“aquel problema había que resolverlo y, sencillamente, prohibirle a Sudáfrica las invasiones. Hay que reunir las fuerzas y los medios necesarios para impedírselo. Nosotros no teníamos todos los medios, pero esa era nuestra concepción.”
Fue el inicio de una las mayores gestas de nuestra América, realizada por una pequeña isla, que trasladó en 15 años a 300 mil de sus mejores hijos e hijas, soldados, médicos, obreros, ingenieros, profesores, combatientes todos, a Angola, a enfrentarse al imperialismo, a la agresión del régimen sudafricano. Dos mil de ellos no volverían. Caerían en la lucha, pero perdurarían, pues morir por la patria, es vivir.
Y los principios del Che, el espíritu del Moncada, quedarían plasmados en el encuentro bélico decisivo en 1988. En la localidad Cuito Cuanavale, sita en el sur de Angola, las fuerzas sudafricanas se habían agrupado y amenazaban con romper la resistencia angolana.
El espíritu del 26 de julio
El mundo ya se inclinaba a un fortalecimiento inédito del imperialismo, la Unión Soviética ya había retirado, en secreto, su apoyo estratégico a la revolución cubana. Es en ese año que Cuba toma la decisión de actuar. “En esa acción la Revolución se jugó todo, se jugó su propia existencia, se arriesgó a una batalla en gran escala contra una de las potencias más fuertes de las ubicadas en la zona del Tercer Mundo, contra una de las potencias más ricas, con un importante desarrollo industrial y tecnológico, armada hasta los dientes, a esa distancia de nuestro pequeño país y con nuestros recursos, con nuestras armas.” 40 mil hombres se lanzaron al combate al grito de Patria o Muerte. Y vencieron.
¿Qué significó este hecho?
“La aplastante derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale constituyó una victoria para toda África; dio la posibilidad a Angola de disfrutar de la paz y consolidar su propia soberanía; le permitió al pueblo combatiente de Namibia alcanzar finalmente su independencia; destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco; sirvió de inspiración al pueblo combatiente de Sudáfrica. Cuito Cuanavale marca un hito en la historia de la lucha por la liberación del África austral; marca el viraje en la lucha para librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid”.
Son, nuevamente, las palabras de nuestro querido Madiba, de Nelson Mandela, en la ciudad de Matanzas, un día 26 de julio de 1991, un año después de haber conquistado su libertad de las mazmorras.
Esas luchas, esos hombres y mujeres que dejan un ejemplo, no están olvidados.
Están presentes hoy como bandera de dignidad, en cualquier parte del mundo, para millones y millones, para una humanidad que, de nuevo, ha echado a andar.

La Estrella de la Segunda Independencia Nº 42.
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