Tira Cuba

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lunes, 19 de octubre de 2015

¿Es difícil ser cubano?

Tomado de Juventud Rebelde
Por Osviel Castro Medel.

¿A qué hora mataron a Lola? ¿De dónde son los cantantes? ¿Qué le pasa a Chacumbele?  ¿De qué tiene, el que no tiene de Congo? ¿Cómo era Chencha?

Tales preguntas aparecen en un divertido «test de cubanía», publicado en 2012 en las redes sociales y que incluye 67 interrogantes vinculadas a nuestro refranero o a cuestiones que, aparentemente, están enraizadas en nuestra cultura popular.

Sin embargo, en esa recopilación indagatoria algo llama la atención: solo hay una referencia netamente histórica, relacionada con el Titán de Bronce.

No hay trazos que nos recuerden el Himno (estrenado en público el 20 de octubre de 1868), la bandera, el grito independentista, a Céspedes, Martí y otros símbolos.

Esto tal vez denota que la cubanía es mirada por algunos como un conjunto de rasgos que antepone el desenfado cultivado durante siglos, a los hechos, emblemas y figuras que nos identifican en el mundo.

No obstante, probablemente antes de responder el ocurrente test, valga la pena lanzar otras preguntas: ¿Qué es cubanía y qué significado tiene ser cubano? ¿Hemos tomado conciencia del sentido de esos dos términos? ¿Puede en un lugar específico «respirarse» más cubanía que en otro?

Cubanidad castrada y cubanía consciente

Hace varios años, en la Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes, el prestigioso intelectual Eduardo Torres Cuevas me aseveró: un requisito indispensable para expresar la cubanía es tener la voluntad de querer ser cubano, una voluntad que aumenta o disminuye según las motivaciones de las personas.

De manera que, siguiendo esos preceptos, se puede vivir lejos de nuestras fronteras y, sin embargo, sentir el deseo de ser cubano; y viceversa, permanecer dentro del archipiélago y renegar de la cultura del país.

Ese concepto se emparenta con las premisas de nuestro gran sabio Fernando Ortiz (1881-1969), quien teorizó magistralmente sobre cubanidad y cubanía (artículos, conferencias, discursos y prólogos de este erudito, en www.fundacionfernandoortiz.org), como mismo diferenció antaño el español Miguel de Unamuno (1864-1936) hispanidad de hispanía.

Hace más de 60 años Ortiz nos dijo de manera meridiana: «Acaso convendría inventar o introducir en nuestro lenguaje una palabra original que sin antecedentes roces impuros pudiera expresar esa plenitud de identificación consciente y ética con lo cubano. (…) Pienso que para nosotros los cubanos nos habría de convenir la distinción de la “cubanidad”, condición genérica del cubano, y la “cubanía”, cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable, cubanidad con las tres virtudes, dichas teologales, de fe, esperanza y amor».

Antes, el sobresaliente etnólogo e historiador había sentenciado: «Hay cubanos que, aun siéndolos con tales razones, no quieren ser cubanos y hasta se avergüenzan y reniegan de serlo. En éstos la cubanidad carece de plenitud, está castrada. No basta para la cubanidad llenera tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta tener la conciencia. La cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por cualesquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser».

En línea con Ortiz, Torres Cuevas me dijo aquella noche que, además del requisito mencionado, era necesario «poseer la sensibilidad de ser cubano (que significa saber captar la riqueza espiritual de lo que nos rodea) y entender racionalmente los factores psicológicos, sociales y culturales que le dan al cubano su forma».

Sus palabras nacieron precisamente durante una celebración de la Fiesta de la Cubanía, que cada octubre reúne en Bayamo a académicos, estudiosos, historiadores y otros interesados en profundizar en términos como identidad, nación, nacionalidad, etc. Claro, estas teorizaciones, concretadas en el evento Crisol de la Nacionalidad Cubana, no se realizan de manera explícita; por lo general son investigaciones históricas de nuestro largo proceso de emancipación y forja de una cultura.

Lugares que son santuarios

El epíteto de Cuna de la Nacionalidad Cubana no significa que quienes viven en la zona de influencia de aquel antiguo Bayamo (comprende actuales territorios de las provincias de Granma, Holguín, Las Tunas y Santiago de Cuba) sean más cubanos que los del resto del archipiélago.

No importa cuán lejos o cerca se viva de la primera capital de la Revolución. Lo fundamental es, como se ha escrito, la conciencia de pertenecer a un espacio que va más allá de lo geográfico.

Pero el propio Torres Cueva nos advierte que hay lugares en Cuba con significación especial, los cuales representan santuarios de la nación; uno de ellos es Bayamo. «Ojalá cada uno de los cubanos pudiera venir un día a esta ciudad, en este lugar nos identificamos todos, respiramos nuestros orígenes, palpamos nuestras raíces», me reafirmó.

No en balde nuestro Héroe Nacional, José Martí (1853-1895), en carta a Fernando Figueredo Socarrás (1846-1929), uno de aquellos luchadores por la independencia y quien había nacido en Camagüey pero crecido en Bayamo, le expuso: «Usted y yo somos bayameses porque yo tengo de Bayamo el alma intrépida y natural».

Tampoco fue casual que Cintio Vitier (1921-2009) expresara después de un aguacero, en octubre de 1996, en el patio de la Casa de la Nacionalidad Cubana: «Esto es una conferencia mambisa debajo de los árboles goteando todavía y eso me emociona doblemente».

Pero hay quienes, al margen del lugar de residencia, se muestran desconcertados ante la pregunta ya mencionada: «¿qué es la cubanía»?  Esa incógnita suele provocar en muchos el encogimiento de hombros o la elaboración de una respuesta gastada, al estilo de «la cubanía es tabaco, música, ron, palmas, sombrero, cerdo asado y cañas».

Para el sociólogo bayamés David Tamayo González, uno de los éxitos de la Fiesta... ha sido ese: demostrar que la cubanía es un concepto moldeable, perfectible, sintetizado en «un conjunto de rasgos identitarios, formados en un largo proceso histórico, que se reflejan en los habitantes o en los grupos sociales vinculados a este país, expresados en la música, costumbres, lengua, cultura... maneras de hacer».

No se puede decir siquiera que inmediatamente después del 10 de octubre de 1868, en La Demajagua existía una conciencia general de nación y nacionalidad. Tuvieron que pasar años y acontecimientos trascendentales, extendidos incluso al 1ro. de enero de 1959, para que ese concepto se fuera concretando paulatinamente.

Aun así, hay quienes reniegan de su estirpe: vivan o no en Bayamo. Son los colonizados, los desnacionalizados, los que Abel Prieto llama practicantes de una «cultura plattista» (Cultura, cubanidad y cubanía, publicado en 2001, en La Jiribilla: www.lajiribilla.cu).

«Ha habido también, sin duda, tendencias por fortuna minoritarias, que (...) parten de aceptar lo más superficial y externo de la cultura cubana para subordinarse en lo esencial y convertirse, de manera más o menos consciente, en cómplices de la desnacionalización de Cuba», señala Abel.

Y agrega que la cultura plattista «está  viva; existe en un sector de los cubanos de la emigración y tiene todavía allí vigor y poderío, y aparece una y otra vez, en manifestaciones diversas, entre los cubanos de la Isla. El anexionismo duerme en todas las manifestaciones de esta cultura, por muy ruidosamente cubanas que se presenten».

Sobre ese particular existen miles de ejemplos. Hay quienes, tanto en exhibiciones seudoartísticas como en las proyecciones de la vida corriente, glorifican lo «yuma» con expresiones, formas y modos aparentemente nacionales.

Mambises

Precisamente ayer en la Ciudad Monumento inició la Fiesta de la Cubanía, que incluye desde 1994 una gala solemne por el Día de la Cultura Cubana, en la cual se escenifica la toma de Bayamo por el Ejército Libertador, el 20 de octubre de 1868, y la entonación pública, en la Plaza del Himno, de La Bayamesa, composición escrita por Perucho Figueredo desde antes y que luego tomaría el nombre de Himno de Bayamo.

En opinión de Ludín Fonseca, historiador de la ciudad, la Fiesta... además de rememorar hechos que cimentaron la Patria y de promover la discusión de temas históricos, «ha creado un espacio donde se encuentran las manifestaciones de la cultura cubana pasada y presente, y sus líneas de desarrollo».

Pero esta celebración anual —auspiciada por la Casa de la Nacionalidad Cubana y surgida a sugerencia de Armando Hart—, en su afán de salir de los marcos locales, se ha propuesto más.

«No es —dice Fonseca— una fiesta local ni regional. Aquí confluyen para intercambiar personalidades de todo el país, de diversos campos de la cultura: desde el cine, la plástica, la literatura y la danza hasta el teatro. Eso demuestra que desde una localidad de una provincia lejana de la capital, se puede enriquecer con creces la cultura nacional y abolir el fatalismo».

Aunque, sin contradecir este criterio, a la Fiesta de la Cubanía le falta todavía llegar más a los barrios bayameses, infiltrarse en la piel de las personas, convertirse en un evento de goce espiritual, en un contexto en el que la gente disfrute de los encantos de la historia, conozca mejor a Céspedes y a Perucho, y se sienta mambí sin acudir a la manigua.

A los cubanos, en general, más allá de este evento, nos hace falta seguir sintiendo el «misterio de la trinidad cubana», como apuntó Fernando Ortiz, misterio por venir de esta tierra, por amarla y poseerla, por darnos a ella.
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