Tira Cuba

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Santiago Feliú, canciones con vida propia

Imagen: La Jiribilla
Tomado de La Jiribilla, Revista de Cultura Cubana.
Por Pedro de la Hoz

Como antes lo hicieron tantos otros trovadores —atrás en el tiempo la Longina de Corona, y más acá la María del Carmen de Noel—, Santiago Feliú logró que muchos pusieran rostro y quisieran conocer y enamorar a la mujer cantada. Ella se llamaba Bárbara y posiblemente en su corazón se cruzaran los caminos de Shangó. Eran los años 80 y todos parecíamos felices. El Concurso Adolfo Guzmán dejaba por un momento sus redobles festivaleros y Silvio, por única vez en su vida, apareció en el proscenio del teatro Karl Marx para defender la canción de Santiago, que no ganó el primer lugar pero ganó un espacio permanente en el imaginario de más de una generación.

Irrumpía entonces una nueva hornada trovadoresca en nuestro país, de la cual han prolongado su obra en el tiempo, y de qué manera, Gerardo Alfonso, Carlos Varela y Frank Delgado, por suerte todos diversos y con anclaje personal.

Pero ya desde esos mismos años nos dimos cuenta de que Santiago no era solamente un alma lírica, como cabría suponer por el vuelo de “Para Bárbara”. A la ternura siguió la rabia: canciones duras, de acordes violentos y metáforas descarnadas. Como quizá ningún otro, Santiago casó la juglaresca insular con el rock, al modo en que por esa misma época lo hacían en Argentina Juan Carlos Baglietto, León Gieco, Luis Alberto Spinetta y Charly García. Tal vez por ello se identificó con los músicos del país austral y tuvo tan buena acogida en aquellos lados.

Lo singular de su trayectoria está en que no se dejó arrastrar por la mímesis ni por el acomodamiento. Cada nueva canción fue un desafío a sí mismo. Siempre tendré entre los temas más tremendos de la canción cubana “Vida”, por su emoción desgarradora expresada en una melodía escarpada y a la vez luminosa.

Pudiera comentar el cariz y alcance de varias de sus canciones emblemáticas, pero no es el caso ahora, que escribo estas rápidas líneas bajo el impacto de lo increíble: al despertar el miércoles 12 de febrero de 2014 el flashazo de una emisora de radio cayó como un mazazo, al anunciar la muerte de Santiago Feliú.

Vino entonces a mi memoria ese otro Santi con el que de vez en cuando compartí: una interminable noche villaclareña de dominó en los predios universitarios, donde acababa de ofrecer un concierto con una banda formada entre otros por Miguelito Núñez, Dago González y Osmani Sánchez (no es casualidad que fueran luego a integrar la banda de Pablo Milanés) y el alma  buena de Sandra Lora, al frente de la gira apuntando las cifras de cada data; un encuentro en el Café del Cerro, de Santiago de Chile, por los días en que Silvio conquistaba el Estadio Nacional de una ciudad que celebraba el triunfo frágil de la democracia sobre una tenaz dictadura cuyos personeros y sustentadores todavía se resisten a hacer mutis y pagar sus deudas; y una tarde no muy lejana en la que me convenció que la idea de revisitar viejos éxitos del pop que suele privilegiar la radio podría ser un formidable pretexto para zarandear al público habitual a los espacios nocturnos del Teatro Nacional.

Fui al rescate de la única entrevista formal que sostuvimos y hallé palabras que valen por un arte poética: “No creo en fórmulas; cada canción tiene vida propia y responde no solo a tu temperamento sino a la idea que quieres transmitir. Lo difícil es apresar esa idea, que no se te vaya por la tangente”.

Por ahí van los tiros del único consuelo que nos queda: en lo adelante tendremos a Santi en la respiración de esa vida propia de sus canciones.

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