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viernes, 2 de septiembre de 2016

Ana Belén Montes, ciudadana del mundo

Ana_Belen_Montes_mashup
Tomado de Resumen Latinoamericano
Por Miriam Montes Moc.***


Hace varios años el líder pacifista hindú Mahatma Gandhi dijo lo siguiente: “Existe una corte superior a las cortes de justicia y esa es la corte de la conciencia. Ella excede todas las otras cortes”.
Ana Belén Montes decidió obedecer su conciencia antes que obedecer la ley. Obedecer su conciencia le valió una condena de 25 años de cárcel en una prisión de alta seguridad. Desde afuera, el edificio parece un enorme depósito de concreto del color de las tumbas. Lo rodea una estela de grama, verde y saludable, como para contrastar la sensación que producen los espacios desolados. Pero desde el interior del edificio no es posible advertir la vida que palpita en el resto del mundo. Apenas tiene ventanas. Adentro, el lugar hiede a orines y a excrementos.
Las paredes blancas del monótono Federal Medical Center, Carswell, ubicada en Fort Worth, Texas, contiene en una de sus celdas a una prisionera que se diferencia de la población general. Allí las mujeres gritan, arañan, muerden, patean, destruyen, enloquecen, o se echan a morir. Ella, en cambio, construye para sí misma una burbujaDesde ese lugar de protección todo lo ve, todo lo oye, todo lo siente; pero no muere. Si rompiera su burbuja, habitaría en un recinto tormentoso.  De alguna manera, Ana ha logrado preservar quien siempre ha sidoAl menos, la persona que se estremeció ante la injusticia y optó por solidarizarse con el perjudicado. Ella tiene los ojos vivos y la mente despierta.
 Hace catorce años que Ana Belén Montes sobrevive el infierno de Carswell. Cada mañana se despierta para enfrentar un día parecido al anterior: privada del contacto con la naturaleza, del abrazo de sus seres queridos, de conversaciones coherentes y de una atmósfera que alimente su sentido de valía.  Por fortuna, su conciencia respira paz. Sabe que no hubiera podido vivir con el pensamiento tranquilo si hubiera ignorado al pueblo cubanoSe trataba de un país vapuleado por otro país. Uno era poderoso y con ansias de dominación. El otro, el cubano, decidido a construir un sistema de gobierno propio.
Era el año 1985. Para entonces Ana Belén había conseguido un empleo en la Agencia de Defensa de Inteligencia, conocido como la DIA por sus siglas en inglés. Ella misma decidió solicitar trabajo allí, tras completar una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad John Hopkins. Ana fue una estudiante sobresaliente. Apenas unos años antes se había graduado de un bachillerato en Relaciones Extranjeras, en la Universidad de Virginia. Su inteligencia, su pensamiento analítico y su alto nivel de responsabilidad, lograron que escalara puestos de mayor influencia. La asignan al Boiling Air Force Base, en Washington, y allí trabaja como especialista en investigación de inteligencia. En el 1992 se une al Pentágono como analista. Al momento de su arresto, en el 2001, Ana Belén se desempeñaba como una de las analistas especializadas en Cuba.
Ana entendió el motor ideológico que impulsa a los países prepotentes. Supo de lo que han sido y son capaces de hacer con tal de imponer sus negocios en tierras ajenas. Las intervenciones de los Estados Unidos en los países latinoamericanos son tan viejas como el propio país. Nicaragua, Guatemala, El Salvador, México, Chile, República Dominicana, Puerto Rico, entre otros, han sido objeto de maniobras ilícitas por parte del gobierno estadounidense. La historia lo almacena todo en su memoria.
Ana trabajó desde las entrañas del país poderoso. Para entonces, la política de la nación estadounidense llevaba más de treinta años imponiendo castigos al pueblo cubano. Hoy día sobrepasa el medio siglo de agresiones y hostilidades. Ana pudo haberse hecho de la vista larga. Después de todo, ni siquiera se trataba de su país ni de su gente. Pudo haber hecho silencioHacer lo que hacen tantosLimitarse a realizar su trabajo, y yaIgnorar lo que parecía imposible de cambiar. Pero a ella se le retorcieron los intestinos cada vez que advirtió un crimen de estado en contra de CubaOtro crimen, y otroOptó por el camino que asumen unos pocosEs muy grande el riesgo. Se juega la libertad personal. Es más, la propia vida. Se trata de la misma ansia justiciera que impulsó a Martin Luther King, Mahatma GandhiSimón Bolívar, Nelson Mandela, y otros tantos héroes y heroínas que la historia ha reconocido.  Se entregó como ellos hicieron, con un compromiso insobornable ante la afrenta, aunque cada quien asumió distintos rumbos en la lucha que escogieron. En el fondo, los apremiaba un mismo fin humanitario. Por eso fueron capaces de alzar la voz y empuñar el brazoPor eso vibraron con los principios que nos hacen humanos y buenos vecinos. Por eso también impulsaron el sentido de la dignidad; defendieron el derecho a la autodeterminación; resistieron la corriente de la política apabullante; y transgredieron la propia injusticia creada por el brazo opresor.
Tal vez sin ella saberlo, Ana Belén se inserta dentro de la tradición de la lucha antillana, según la enunció Ramón Emeterio Betances hace más de un siglo. Para entonces, la Confederación Antillana perseguía terminar con el colonialismo europeo en las Antillas, mediante la consolidación de las Antillas Mayores en un ente regional que contribuyera a preservar la soberanía de República Dominicana, Cuba y Puerto Rico. Otros patriotas abrazaron la misma idea solidaria de Betances: Eugenio María de Hostos, José Martí, Gregorio Luperón, Juan Rius Rivera, Pedro Albizu Campos, Juan Antonio Corretjer Montes, Juan Mari Brás y Rubén Berríos, entre otros. La lucha aún continúa.
En el 16 de julio de 1867 el Comité Revolucionario de Puerto Rico emitió la siguiente proclama:“¡Cubanos y puertorriqueños, unid vuestros esfuerzos, trabajad de concierto, somos hermanos, somos uno en la desgracia; seamos uno también en la Revolución y en la independencia de Cuba y Puerto Rico! Así podremos formar mañana la confederación de las Antillas.”  
Como si tuviera en su sangre los postulados heroicos del líder antillano, Ana Belén Montes, de padres puertorriqueños, nacida en Alemania y criada en los Estados Unidos de América, ofrenda su vida con tal de que Cuba pudiera preservar su derecho a la autodeterminación, muy a pesar de las presiones impuestas por el imperio norteamericano.
Ana Belén tenía la oportunidad en sus propias manos. El sistema estadounidense urdía nuevos ataques contra Cuba. Ana se debatía entre dos opciones: actuaba o se mantenía en silencioSe hacía cómplice de las agresiones o denunciaba la mano criminal. Sintió miedo. Era consciente de las consecuencias de su acción. Sabía que, de ser descubierta, se enfrentaría a una condena perpetuaIncluso, a la posibilidad de la pena de muerte. Mientras tanto, Ana no recibía nada a cambio. Ni dinero, ni favores, ni reconocimiento. Acaso, la soledad que impone un trabajo clandestino que requería una extrema discreción, y el miedo a ser atrapada. Pero la voz de su conciencia fue más fuerte. Se armó de valor. Trató de contribuir a que  el país caribeño se protegiera del terrorismo de estado organizado y financiado por los Estados Unidos. Ese fue su crimen.
Ana Belén fue detenida el 21 de septiembre de 2001 en su propia oficina. Los agentes del seguridad llevaron una silla de ruedas para llevársela arrestada, en caso de que fuera necesario. No fue necesario. Pálida y en silencio, Ana caminó erguida y con la frente en alto.
Un año después, el 16 de octubre de 2002, Ana se enfrentaba a la Corte Federal de los Estados Unidos. Le echaron 25 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad tras declararse culpable de conspiración para cometer espionaje a favor de la Dirección de Inteligencia de Cuba. Con la entereza usual en ella, leyó en la Corte Federal las declaraciones que revelaron los principios y los valores que la indujeron a proteger al pueblo cubano de la política hostil de los Estados Unidos. En su alegato, proclamó lo siguiente:
“Honorable, yo me involucré en la actividad que me ha traído ante usted porque obedecí mi conciencia más que obedecer la ley. Yo considero que la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel e injusta, profundamente  inamistosa, y me consideré moralmente obligada a ayudar a la isla a defenderse de nuestros esfuerzos para imponer en ella nuestros valores y nuestro sistema político”.
Ana Belén es mi prima hermana. A pesar de que ambas vivimos en países distintos (ella, en los Estados Unidos y yo, en Puerto Rico), siempre mantuvimos correspondencia y nos visitábamos durante algunos veranos.
Desde niña, sentí admiración hacia Ana. Recuerdo su tendencia hacia el estudio, su actitud reflexiva, su discreción. Demostraba buenos sentimientos hacia sus padres, sus hermanos, su abuela y sus tías. Siempre me pareció sensata, bondadosa, consciente de los demás y cariñosa con su familia. Hasta su cabellera larga y lustrosa quise yo, a mis doce años, imitar. Con el tiempo, el respeto hacia mi prima creció. Observé su sentido ético, su capacidad para mostrarse solidaria ante los menos afortunados, y su actitud desprendida en favor de otros. En cierta ocasión, durante un verano en que se hospedaba en casa, tuvo la iniciativa de contribuir económicamente con una pareja de escasos recursos que contraía matrimonio. Ana tendría dieciséis o diecisiete años. Ella no los conocía, no estaba invitada a la boda, pero su generosidad la movió a obsequiarlos, de forma anónima, y alivianarles así la carga financiera. Sus inclinaciones, lo confieso, respondían a una manera de vivir muy distinta de la que se promueve en las sociedades materialistas, enfocadas en lo efímero, en el engrandecimiento del ego o en el hedonismo.
En otro de esos veranos en los que Ana nos visitaba, observé que un día se vistió de un negro riguroso. “¿Por qué?”, le pregunté, a lo que me contestó: “El papá de mi mejor amiga murió”.  Y añadió: “Quiero estar con ella”. Con gestos como este, en el anonimato, Ana se solidarizaba con los que sufrían. Su amiga se llamaba Terry. Nunca me olvidé.
Cuando Ana venía a Puerto Rico, la playa era un destino obligadoLe encantaba meterse al mar, solearse, comer piña fresca y beber agua de coco. Disfrutaba la compañía de las primas y los primos, sobre todo de los más bromistas. Se aseguraba de visitar a la abuela, las tías y las tías abuelas. A todas obsequiaba. Con todas era muy afectuosa.
Desde su encierro, hace catorce años, Ana Belén y yo nos escribimos tan a menudo como podemos. Confieso que desde entonces, nos hemos acercado aún más una a la otra. Las cartas son un abrazo en la distancia. Las palabras impresas, un lujo. A través de ellas nos contamos la vida y los desafíos de cada quien. Ella, desde su apretado mundo físico. Yo, desde la amplitud de un espacio sin cerrojos. Pero el espíritu no conoce murallas. Por eso las palabras que intercambiamos se encuentran. Ahí coinciden los anhelos de Ana y los míos; las reflexiones de Ana y las mías; los amores de Ana y los míos. Y el cariño a prueba de treguas.
Ella no lo sabe pero desde siempre, me ha emocionado su energía solidaria. Es como si se le hubiese impreso en sus células la consciencia de que otro ‒distinto a ella pero igual de valioso‒ existe. También me he enriquecido al advertir su capacidad de escuchar de manera atenta, de hacerse presente con las palabras y con el sentimiento, de reaccionar al dolor ajeno y convertirse en parte de la solución. Pero Ana me ha regalado algo más. Con su proceder, ha sido un ejemplo de valor y de humildad. Y me ha dado el privilegio de acompañarla, también “vestida de negro”, dentro de los barrotes de su celda.
Ana Belén resisteLo hace agarrada de los principios que inspiran su vida. Por eso cuando el 14 de diciembre de 2014 el presidente Obama declaró que: “Estos 50 años han demostrado que el aislamiento no funciona. Es hora de tener una nueva estrategia”, a Ana el corazón le retumbó. Ana no es ingenua. Sabe que la nación estadounidense intentará lograr su objetivo, si no con hiel, con miel. Aun así, interpreta el gesto del presidente como el indicio de una posible reconciliación entre ambos países. Y para Ana, esto no es otra cosa que advertir que su sueño de amistad entre ambos pueblos recién comienza a hacerse real.
 Ana resiste gracias a la lealtad que ella le otorgó a su propia conciencia. Porque esa, querámoslo o no, nunca nos abandona. Por eso creo que la conciencia de Ana la acompaña en medio de su soledad. Y estoy segura de que, en medio del infierno que vive, le da un sentido infinito de paz. 
Ana resiste con las palabras que lee. Lee con avidez palabras de otros. Ana se instruye, analiza, formula opiniones, se expresa. Sabe que los libros son un antídoto contra la necedad y el olvido. Lee de historia, de política, de espiritualidad, lee verdades universales en el lenguaje de los niños. Se ha encantado con José Mujica, ex presidente uruguayo, y con el Papa Francisco. A ambos admira por su profundidad, su sencillez, y su identificación con los menos afortunados.
Ana resiste mientras contempla y aprecia las bellezas naturales en los documentales del National Geographic narrados por David Attenborough que transmiten en la prisión.  Esas le recuerdan que existe un mundo armonioso fuera de las rejas que la aprisionan. Ana le hace espacio en su alma a ese universo asombrosoSabe que a pesar de las injusticias que ha atestiguado, la bondad humana existe. Y de repente, se ha sabido querida por un conjunto de hermanos y hermanas procedentes de Cuba, de Puerto Rico, Francia, Brasil, Italia, Canadá, República Dominicana, Chile, Argentina, entre otros, que la apoyan y se solidarizan con los principios que ella defendió. Creo no equivocarme si afirmo que le han entibiado el corazón.
Ana se permite sentirLe bajan lágrimas cuando la emoción la abraza. Se conmueve al advertir que la lucha por ella es realmente la lucha por un ideal más amplio y más trascendental que su excarcelación. Esa lucha se refiere al proceso de reconciliar países y pueblos, al acercamiento de ciudadanos del mundo, aun cuando estos tienen o persiguen distintos modos de vivir. Como ella misma pronunciara, inspirada en un proverbio italiano: “Todo el mundo es un mismo país”.
Ana ama a Cuba. Pero ama más las causas justas. Protegió a Cuba porque resultó ser el país vapuleado por una nación poderosa y hostil. Si hubiese sido lo contrario, si Cuba o Puerto Rico hubiesen sido las naciones poderosas, Ana hubiese defendido al pequeñín Estados Unidos.
Ana no quiere protagonismo. Le incomoda que la tilden de heroína o excepcional. Para ella, su proceder obedeció a una obligación personal que no era posible ignorar. Le sucedió igual que les ocurrió a los médicos cubanos que sintieron la obligación de ofrecer sus servicios a los pacientes de ébola, allá en África Occidental, muy a pesar de los riesgos que ello implicaba. Ellos no se sacrificaron para que la historia los reconociera como heroicos o excepcionales. Tan solo obedecieron su conciencia; atendieron su obligación y asumieron los riesgos. Una obligación que a ellos ‒igual que le ocurrió a Ana‒ les resultaba inquebrantable.
Así siento a AnaPor eso no busca ni espera el elogio. Por eso soporta el vituperio. Por eso también soportó el miedo que pudo provocar su lucha y aún soporta el infierno de la prisión. Para ella, el apoyo a su causa no es otra cosa que el apoyo a la soberanía de Cuba ante los Estados Unidos; o mejor dicho, al derecho que debe asistir a todos los países del mundo a construir su propio destino. Ana aún se solidariza con este principio universal, y estoy segura de que continuaría ofrendando la vida con tal de que Cuba no abandone su ideal libertario.
Esa es Ana. Internacionalista. Innegablemente solidaria. Respetuosa de la humanidad. Aferrada a los principios de justicia y paz por los que tanto han luchado otros héroes y heroínas a través de las edades. Y con la modestia que suelen tener aquellos que le habitan ideales nobles.
¡Libertad para Ana Belén Montes!
 

***


Ponencia sobre Ana Belén Montes al celebrarse el 8vo Encuentro Continental de Solidaridad con Cuba, del 28-30 de julio de 2016, en República Dominicana

miércoles, 3 de agosto de 2016

Ponencia sobre Ana Belén Montes en el Encuentro Continental de Solidaridad con Cuba, en República Dominicana

Cartel del Comité por la Liberación de Ana Belén Montes de Barcelona, Cataluña

Ponencia sobre Ana Belén Montes al celebrarse el 8vo Encuentro Continental de Solidaridad con Cuba, del 28-30 de julio de 2016, en República Dominicana
Hace varios años el líder pacifista hindú Mahatma Gandhi dijo lo siguiente: “Existe una corte superior a las cortes de justicia y esa es la corte de la conciencia. Ella excede todas las otras cortes”.
Ana Belén Montes decidió obedecer su conciencia antes que obedecer la ley. Obedecer su conciencia le valió una condena de 25 años de cárcel en una prisión de alta seguridad. Desde afuera, el edificio parece un enorme depósito de concreto del color de las tumbas. Lo rodea una estela de grama, verde y saludable, como para contrastar la sensación que producen los espacios desolados. Pero desde el interior del edificio no es posible advertir la vida que palpita en el resto del mundo. Apenas tiene ventanas. Adentro, el lugar hiede a orines y a excrementos.
Las paredes blancas del monótono Federal Medical Center, Carswell, ubicada en Fort Worth, Texas, contiene en una de sus celdas a una prisionera que se diferencia de la población general. Allí las mujeres gritan, arañan, muerden, patean, destruyen, enloquecen, o se echan a morir. Ella, en cambio, construye para sí misma una burbuja. Desde ese lugar de protección todo lo ve, todo lo oye, todo lo siente; pero no muere. Si rompiera su burbuja, habitaría en un recinto tormentoso.  De alguna manera, Ana ha logrado preservar quien siempre ha sido. Al menos, la persona que se estremeció ante la injusticia y optó por solidarizarse con el perjudicado. Ella tiene los ojos vivos y la mente despierta.
Hace catorce años que Ana Belén Montes sobrevive el infierno de Carswell. Cada mañana se despierta para enfrentar un día parecido al anterior: privada del contacto con la naturaleza, del abrazo de sus seres queridos, de conversaciones coherentes y de una atmósfera que alimente su sentido de valía.  Por fortuna, su conciencia respira paz. Sabe que no hubiera podido vivir con el pensamiento tranquilo si hubiera ignorado al pueblo cubano. Se trataba de un país vapuleado por otro país. Uno era poderoso y con ansias de dominación. El otro, el cubano, decidido a construir un sistema de gobierno propio.
Era el año 1985. Para entonces Ana Belén había conseguido un empleo en la Agencia de Defensa de Inteligencia, conocido como la DIA por sus siglas en inglés. Ella misma decidió solicitar trabajo allí, tras completar una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad John Hopkins. Ana fue una estudiante sobresaliente. Apenas unos años antes se había graduado de un bachillerato en Relaciones Extranjeras, en la Universidad de Virginia. Su inteligencia, su pensamiento analítico y su alto nivel de responsabilidad, lograron que escalara puestos de mayor influencia. La asignan al Boiling Air Force Base, en Washington, y allí trabaja como especialista en investigación de inteligencia. En el 1992 se une al Pentágono como analista. Al momento de su arresto, en el 2001, Ana Belén se desempeñaba como una de las analistas especializadas en Cuba.
Ana entendió el motor ideológico que impulsa a los países prepotentes. Supo de lo que han sido y son capaces de hacer con tal de imponer sus negocios en tierras ajenas. Las intervenciones de los Estados Unidos en los países latinoamericanos son tan viejas como el propio país. Nicaragua, Guatemala, El Salvador, México, Chile, República Dominicana, Puerto Rico, entre otros, han sido objeto de maniobras ilícitas por parte del gobierno estadounidense. La historia lo almacena todo en su memoria.
Ana trabajó desde las entrañas del país poderoso. Para entonces, la política de la nación estadounidense llevaba más de treinta años imponiendo castigos al pueblo cubano. Hoy día sobrepasa el medio siglo de agresiones y hostilidades. Ana pudo haberse hecho de la vista larga. Después de todo, ni siquiera se trataba de su país ni de su gente. Pudo haber hecho silencio. Hacer lo que hacen tantos. Limitarse a realizar su trabajo, y ya. Ignorar lo que parecía imposible de cambiar. Pero a ella se le retorcieron los intestinos cada vez que advirtió un crimen de estado en contra de Cuba. Otro crimen, y otro. Optó por el camino que asumen unos pocos. Es muy grande el riesgo. Se juega la libertad personal. Es más, la propia vida. Se trata de la misma ansia justiciera que impulsó a Martin Luther King, Mahatma GandhiSimón Bolívar, Nelson Mandela, y otros tantos héroes y heroínas que la historia ha reconocido.  Se entregó como ellos hicieron, con un compromiso insobornable ante la afrenta, aunque cada quien asumió distintos rumbos en la lucha que escogieron. En el fondo, los apremiaba un mismo fin humanitario. Por eso fueron capaces de alzar la voz y empuñar el brazo. Por eso vibraron con los principios que nos hacen humanos y buenos vecinos. Por eso también impulsaron el sentido de la dignidad; defendieron el derecho a la autodeterminación; resistieron la corriente de la política apabullante; y transgredieron la propia injusticia creada por el brazo opresor.
Tal vez sin ella saberlo, Ana Belén se inserta dentro de la tradición de la lucha antillana, según la enunció Ramón Emeterio Betances hace más de un siglo. Para entonces, la Confederación Antillana perseguía terminar con el colonialismo europeo en las Antillas, mediante la consolidación de las Antillas Mayores en un ente regional que contribuyera a preservar la soberanía de República Dominicana, Cuba y Puerto Rico. Otros patriotas abrazaron la misma idea solidaria de Betances: Eugenio María de Hostos, José Martí, Gregorio Luperón, Juan Rius Rivera, Pedro Albizu Campos, Juan Antonio Corretjer Montes, Juan Mari Brás y Rubén Berríos, entre otros. La lucha aún continúa.
En el 16 de julio de 1867 el Comité Revolucionario de Puerto Rico emitió la siguiente proclama:¡Cubanos y puertorriqueños, unid vuestros esfuerzos, trabajad de concierto, somos hermanos, somos uno en la desgracia; seamos uno también en la Revolución y en la independencia de Cuba y Puerto Rico! Así podremos formar mañana la confederación de las Antillas.”  

Como si tuviera en su sangre los postulados heroicos del líder antillano, Ana Belén Montes, de padres puertorriqueños, nacida en Alemania y criada en los Estados Unidos de América, ofrenda su vida con tal de que Cuba pudiera preservar su derecho a la autodeterminación, muy a pesar de las presiones impuestas por el imperio norteamericano.
Ana Belén tenía la oportunidad en sus propias manos. El sistema estadounidense urdía nuevos ataques contra Cuba. Ana se debatía entre dos opciones: actuaba o se mantenía en silencio. Se hacía cómplice de las agresiones o denunciaba la mano criminal. Sintió miedo. Era consciente de las consecuencias de su acción. Sabía que, de ser descubierta, se enfrentaría a una condena perpetua. Incluso, a la posibilidad de la pena de muerte. Mientras tanto, Ana no recibía nada a cambio. Ni dinero, ni favores, ni reconocimiento. Acaso, la soledad que impone un trabajo clandestino que requería una extrema discreción, y el miedo a ser atrapada. Pero la voz de su conciencia fue más fuerte. Se armó de valor. Trató de contribuir a que  el país caribeño se protegiera del terrorismo de estado organizado y financiado por los Estados Unidos. Ese fue su crimen.
Ana Belén fue detenida el 21 de septiembre de 2001 en su propia oficina. Los agentes del seguridad llevaron una silla de ruedas para llevársela arrestada, en caso de que fuera necesario. No fue necesario. Pálida y en silencio, Ana caminó erguida y con la frente en alto.
Un año después, el 16 de octubre de 2002, Ana se enfrentaba a la Corte Federal de los Estados Unidos. Le echaron 25 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad tras declararse culpable de conspiración para cometer espionaje a favor de la Dirección de Inteligencia de Cuba. Con la entereza usual en ella, leyó en la Corte Federal las declaraciones que revelaron los principios y los valores que la indujeron a proteger al pueblo cubano de la política hostil de los Estados Unidos. En su alegato, proclamó lo siguiente:
“Honorable, yo me involucré en la actividad que me ha traído ante usted porque obedecí mi conciencia más que obedecer la ley. Yo considero que la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel e injusta, profundamente  inamistosa, y me consideré moralmente obligada a ayudar a la isla a defenderse de nuestros esfuerzos para imponer en ella nuestros valores y nuestro sistema político”.
Ana Belén es mi prima hermana. A pesar de que ambas vivimos en países distintos (ella, en los Estados Unidos y yo, en Puerto Rico), siempre mantuvimos correspondencia y nos visitábamos durante algunos veranos.
Desde niña, sentí admiración hacia Ana. Recuerdo su tendencia hacia el estudio, su actitud reflexiva, su discreción. Demostraba buenos sentimientos hacia sus padres, sus hermanos, su abuela y sus tías. Siempre me pareció sensata, bondadosa, consciente de los demás y cariñosa con su familia. Hasta su cabellera larga y lustrosa quise yo, a mis doce años, imitar. Con el tiempo, el respeto hacia mi prima creció. Observé su sentido ético, su capacidad para mostrarse solidaria ante los menos afortunados, y su actitud desprendida en favor de otros. En cierta ocasión, durante un verano en que se hospedaba en casa, tuvo la iniciativa de contribuir económicamente con una pareja de escasos recursos que contraía matrimonio. Ana tendría dieciséis o diecisiete años. Ella no los conocía, no estaba invitada a la boda, pero su generosidad la movió a obsequiarlos, de forma anónima, y alivianarles así la carga financiera. Sus inclinaciones, lo confieso, respondían a una manera de vivir muy distinta de la que se promueve en las sociedades materialistas, enfocadas en lo efímero, en el engrandecimiento del ego o en el hedonismo.
En otro de esos veranos en los que Ana nos visitaba, observé que un día se vistió de un negro riguroso. “¿Por qué?”, le pregunté, a lo que me contestó: “El papá de mi mejor amiga murió”.  Y añadió: “Quiero estar con ella”. Con gestos como este, en el anonimato, Ana se solidarizaba con los que sufrían. Su amiga se llamaba Terry. Nunca me olvidé.
Cuando Ana venía a Puerto Rico, la playa era un destino obligado. Le encantaba meterse al mar, solearse, comer piña fresca y beber agua de coco. Disfrutaba la compañía de las primas y los primos, sobre todo de los más bromistas. Se aseguraba de visitar a la abuela, las tías y las tías abuelas. A todas obsequiaba. Con todas era muy afectuosa.
Desde su encierro, hace catorce años, Ana Belén y yo nos escribimos tan a menudo como podemos. Confieso que desde entonces, nos hemos acercado aún más una a la otra. Las cartas son un abrazo en la distancia. Las palabras impresas, un lujo. A través de ellas nos contamos la vida y los desafíos de cada quien. Ella, desde su apretado mundo físico. Yo, desde la amplitud de un espacio sin cerrojos. Pero el espíritu no conoce murallas. Por eso las palabras que intercambiamos se encuentran. Ahí coinciden los anhelos de Ana y los míos; las reflexiones de Ana y las mías; los amores de Ana y los míos. Y el cariño a prueba de treguas.
Ella no lo sabe pero desde siempre, me ha emocionado su energía solidaria. Es como si se le hubiese impreso en sus células la consciencia de que otro ‒distinto a ella pero igual de valioso‒ existe. También me he enriquecido al advertir su capacidad de escuchar de manera atenta, de hacerse presente con las palabras y con el sentimiento, de reaccionar al dolor ajeno y convertirse en parte de la solución. Pero Ana me ha regalado algo más. Con su proceder, ha sido un ejemplo de valor y de humildad. Y me ha dado el privilegio de acompañarla, también “vestida de negro”, dentro de los barrotes de su celda.
Ana Belén resiste. Lo hace agarrada de los principios que inspiran su vida. Por eso cuando el 14 de diciembre de 2014 el presidente Obama declaró que: “Estos 50 años han demostrado que el aislamiento no funciona. Es hora de tener una nueva estrategia”, a Ana el corazón le retumbó. Ana no es ingenua. Sabe que la nación estadounidense intentará lograr su objetivo, si no con hiel, con miel. Aun así, interpreta el gesto del presidente como el indicio de una posible reconciliación entre ambos países. Y para Ana, esto no es otra cosa que advertir que su sueño de amistad entre ambos pueblos recién comienza a hacerse real.
Ana resiste gracias a la lealtad que ella le otorgó a su propia conciencia. Porque esa, querámoslo o no, nunca nos abandona. Por eso creo que la conciencia de Ana la acompaña en medio de su soledad. Y estoy segura de que, en medio del infierno que vive, le da un sentido infinito de paz.
Ana resiste con las palabras que lee. Lee con avidez palabras de otros. Ana se instruye, analiza, formula opiniones, se expresa. Sabe que los libros son un antídoto contra la necedad y el olvido. Lee de historia, de política, de espiritualidad, lee verdades universales en el lenguaje de los niños. Se ha encantado con José Mujica, ex presidente uruguayo, y con el Papa Francisco. A ambos admira por su profundidad, su sencillez, y su identificación con los menos afortunados.
Ana resiste mientras contempla y aprecia las bellezas naturales en los documentales del NationalGeographic narrados por David Attenborough que transmiten en la prisión.  Esas le recuerdan que existe un mundo armonioso fuera de las rejas que la aprisionan. Ana le hace espacio en su alma a ese universo asombroso. Sabe que a pesar de las injusticias que ha atestiguado, la bondad humana existe. Y de repente, se ha sabido querida por un conjunto de hermanos y hermanas procedentes de Cuba, de Puerto Rico, Francia, Brasil, Italia, Canadá, República Dominicana, Chile, Argentina, entre otros, que la apoyan y se solidarizan con los principios que ella defendió. Creo no equivocarme si afirmo que le han entibiado el corazón.
Ana se permite sentir. Le bajan lágrimas cuando la emoción la abraza. Se conmueve al advertir que la lucha por ella es realmente la lucha por un ideal más amplio y más trascendental que su excarcelación. Esa lucha se refiere al proceso de reconciliar países y pueblos, al acercamiento de ciudadanos del mundo, aun cuando estos tienen o persiguen distintos modos de vivir. Como ella misma pronunciara, inspirada en un proverbio italiano: “Todo el mundo es un mismo país”.
Ana ama a Cuba. Pero ama más las causas justas. Protegió a Cuba porque resultó ser el país vapuleado por una nación poderosa y hostil. Si hubiese sido lo contrario, si Cuba o Puerto Rico hubiesen sido las naciones poderosas, Ana hubiese defendido al pequeñín Estados Unidos.
Ana no quiere protagonismo. Le incomoda que la tilden de heroína o excepcional. Para ella, su proceder obedeció a una obligación personal que no era posible ignorar. Le sucedió igual que les ocurrió a los médicos cubanos que sintieron la obligación de ofrecer sus servicios a los pacientes de ébola, allá en Africa Occidental, muy a pesar de los riesgos que ello implicaba. Ellos no se sacrificaron para que la historia los reconociera como heroicos o excepcionales. Tan solo obedecieron su conciencia; atendieron su obligación y asumieron los riesgos. Una obligación que a ellos ‒igual que le ocurrió a Ana‒ les resultaba inquebrantable.
Así siento a Ana. Por eso no busca ni espera el elogio. Por eso soporta el vituperio. Por eso también soportó el miedo que pudo provocar su lucha y aún soporta el infierno de la prisión. Para ella, el apoyo a su causa no es otra cosa que el apoyo a la soberanía de Cuba ante los Estados Unidos; o mejor dicho, al derecho que debe asistir a todos los países del mundo a construir su propio destino. Ana aún se solidariza con este principio universal, y estoy segura de que continuaría ofrendando la vida con tal de que Cuba no abandone su ideal libertario.
Esa es Ana. Internacionalista. Innegablemente solidaria. Respetuosa de la humanidad. Aferrada a los principios de justicia y paz por los que tanto han luchado otros héroes y heroínas a través de las edades. Y con la modestia que suelen tener aquellos que le habitan ideales nobles.
¡Libertad para Ana Belén Montes!

lunes, 25 de julio de 2016

10 razones para una batalla por Ana Belén Montes

Ana Belén Montes en el juicio
Tomado del blog Jóvenes por los 5

Al hacerse pública la convocatoria del Comité Cubano Pro Trato Humano Para Ana Belén Montes en octubre pasado, en tan solo unos días lograba incorporar a su membrecía una cifra cercana a las 60 personas. Hoy, a escasos dos meses, ya son cientos los simpatizantes en 23 países. Poco a poco crecen las organizaciones solidarias en todo el mundo, sumando personalidades de los más diversos ámbitos: científicos de primer nivel, reconocidos escritores, activistas políticos y prominentes artistas.
Como ha escrito recientemente el coordinador de la organización, el colega Douglas Calvo Gaínza: “El Estado Cubano no ha intervenido en nada de esto (…) Y de pronto, vemos cómo espontáneamente, voluntariamente, libremente, las personas de la Isla y también cubanos emigrados, accionan en pro de una compañera presa por defender a Cuba; y ello sin mandato estatal, sin recibir un centavo de nadie, ni tampoco una visa para viajar a lares de súper-abundancia, o una beca en Universidades prestigiosas, ni algún loable premio internacional por defender los Derechos Humanos. Ni siquiera obtienen un incremento de su buena reputación (al revés…). Sólo reciben la satisfacción ética y espiritual de cumplir la deuda moral que tenemos todos los nacidos en este país (y reitero, todos) con la olvidada Ana Belén Montes.”[1]
¿Qué circunstancias podrían explicar este fenómeno? ¿A qué obedece el número creciente de personas en todo el orbe interesadas en el caso, las cuales sin reparos, unan sus esfuerzos al naciente movimiento de solidaridad? Según apreciamos, tales muestras pudieran responder a razones como las siguientes:
1ra. Ana Belén Montes, aún con plena conciencia de los peligros a los que se exponía,decidió ponerlo todo en riesgo, hasta su propia vida, movida solo por profundos y genuinos principios éticos y morales. Según declaró en la sala del tribunal militar que la juzgó, en 2002: “obedecí mi conciencia más que obedecer la Ley. Yo considero que la política de nuestro Gobierno hacia Cuba es cruel e injusta, profundamente inamistosa, me consideré moralmente obligada de ayudar a la Isla a defenderse de nuestros esfuerzos de imponer en ella nuestros valores y nuestro sistema político”[2].
2da. Que Cuba se mantenga hoy con toda su libertad y soberanía conquistadas, se debe en no poca medida a los esfuerzos personales de esta valiente mujer. En su libro, Scott W. Carmichael, investigador de seguridad y contrainteligencia de la DIA, agente principal en la investigación que condujo a su detención en 2001, reconoció que “Cuando miembros del Congreso o sus asesores necesitaban un análisis sobre algún tema relacionado con Cuba, ella era la autora de la respuesta de la DIA (…) En situaciones de crisis, donde se contemplara una respuesta militar estadounidense contra Cuba, Ana Belén Montes era una de las primeras funcionarias citadas al Pentágono, para aconsejar y apoyar a los altos jefes.”[3]
3ra. Aunque la “gran prensa” reitere lo contrario, Ana Belén no causó ciertamente ningún daño directo a la seguridad nacional de Estados Unidos ni la muerte a ninguno de sus ciudadanos. El ya citado Scott W. Carmichael, especula en varias ocasiones sobre presuntas implicaciones y consecuencias de sus actos para esa nación y de su presunta vinculación con la muerte del sargento Gregory A. Fronius, de las Fuerzas Especiales del Ejército Estadounidense (US ARMY) “que combatía en El Salvador a los insurgentes apoyados por Cuba”[4]; sin embargo, no consta en ninguno de los documentos consultados que esto haya podido ser probado nunca durante el juicio. En todo caso, lo que hizo fue alertar a Cuba de los planes que contra esta nación se fraguaban desde la comunidad de inteligencia estadounidense. Según consta en los documentos oficiales del proceso, su delito fue el de conspiración para cometer espionaje (U.S.C. 794 a y c) [5]
4ta. Ana Belén se mantuvo infiltrada durante aproximadamente dieciséis (16) años en la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por sus siglas en inglés) sin percibir a cambio ni un solo centavo del gobierno cubano. Según el propio Carmichael, “nunca encontramos ni una pista de que los cubanos le pagaran a Ana ningún dinero por su espionaje, y no hay evidencia de que ella lo deseara. Además, un estilo de vida más frugal y reducido que el de Ana Montes es difícil de imaginar” [6].
5ta. Al ser detenida y durante todo el proceso, y posteriormente en las más crueles condiciones de encierro, sujeta a un extremo régimen de aislamiento, imposibilitada de recibir paquetes y visitas de amigos, hablar por teléfono, acoger periódicos, revistas, ver televisión, ni relacionarse con otras reclusas, nunca ha mostrado arrepentimiento por sus actos.[7] “La cárcel es uno de los últimos lugares que nunca habría elegido para estar, pero por algunas cosas en la vida vale  la pena ir a la cárcel”, escribió en una carta a un pariente.[8]
6ta. El derecho penal del siglo XXI busca en todo caso reformar al prisionero, promover penas sustitutivas, luchar contra las arbitrariedades carcelarias por medio de instituciones jurídicas antiguas (Habeas Corpus, la VIII Enmienda en EEUU), u organismos noveles (la Organización Mundial contra la Tortura y otros).[9] Sin embargo Ana Belén pronto cumplirá 15 años (2001-2016) en una prisión conocida como el “Hospital del Horror”, donde las muertes en circunstancias dudosas, como los de las reclusas Linda D’Antuono Fenton, Nicole Vásquez y Mari Ayn Sailer, denunciadas en 2005, y “Los casos repetidos de negligencia médica y mala conducta sexual han puesto a Carswell en la pantalla de radar de varios grupos de reforma penitenciaria”.[10]
7ma. Además de lo expresado en la razón anterior, serios peligros para la salud física y mental de Ana Belén Montes lo constituyen el permanecer encerrada junto a algunas de las reclusas más aterradoras de Estados Unidos, en una celda de dos literas en la cárcel de mujeres de mayor seguridad de ese país. Se incluyen entre estas una ex ama de casa que estranguló a una embarazada para llegar a su bebé, una enfermera que provocó la muerte a cuatro pacientes con inyecciones masivas de adrenalina, Lynette “Squeaky” Fromme, y la groupie Charles Manson, acusada de intentar asesinar al presidente Ford.[11]
8va. Cabe a Ana Belén Montes el mérito de constituir pionera en los intentos por armonizar las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. En su anteriormente citado alegato, expresó: “Mi mayor deseo sería ver que surja una relación amistosa entre Estados Unidos y Cuba. Espero que mi caso, en alguna manera, estimule a nuestro gobierno para que abandone su hostilidad en relación con Cuba y trabaje conjuntamente con La Habana, imbuido de un espíritu de tolerancia, respeto mutuo y entendimiento.”[12]
9na. De manera abierta incluso en el desempeño de sus funciones en la DIA, manifestó una oposición firme a las políticas de las diferentes administraciones de su país respecto a América Latina, especialmente en lo relativo al apoyo a la contrarrevolución antisandinista en Nicaragua y al gobierno antipopular de El Salvador, en la década de los 80 del pasado siglo. Carmichael expresa que “Durante su carrera Ana se especializó en asuntos latinoamericanos con interés especial en Cuba. Trabajó como analista principal de la DIA en El Salvador y Nicaragua desde 1986 hasta 1991, período en el que coincidentemente ocurrió gran parte del escándalo Irán-Contras”, y reconoce seguidamente los turbios manejos de su gobierno en el asunto: “El Teniente Coronel Oliver North asesor militar del Consejo de Seguridad Nacional del Presidente Reagan, vendió de forma secreta piezas de misiles Hawk norteamericanos a Irán. Entonces utilizó encubiertamente las ganancias para apoyar a los rebeldes llamados Contras en Nicaragua que se oponían al gobierno de Daniel Ortega que era respaldado por Cuba.“[13]
10ma. En esta incompleta relación de argumentos no podíamos dejar de mencionar su reconocimiento a más de medio siglo de políticas erradas del gobierno estadounidense hacia Cuba: “Nosotros hemos hecho gala de intolerancia y desprecio hacia Cuba durante cuatro décadas. Nosotros nunca hemos respetado el derecho de Cuba a definir su propio destino, sus propios ideales de igualdad y justicia. Yo no entiendo cómo nosotros continuamos tratando de dictar… cómo Cuba debe seleccionar sus líderes, quiénes no deben ser sus dirigentes y qué leyes son las más adecuadas para dicha nación ¿Por qué no los dejamos decidir la forma en que desean conducir sus asuntos internos, como Estados Unidos ha estado haciendo durante más de dos siglos”[14]
Con 57 años de edad actualmente, Ana Belén Montes pudiera salir en libertad tres años antes de lo fijado en su sentencia judicial, el 1ro de julio de 2023, como resultado del ajuste de sus antecedentes, su colaboración con las autoridades estadounidenses y la buena conducta mostrada en la prisión, y cumplir luego 5 años más en situación de libertad condicionada.[15]
Constituye por tanto el deber de todos los revolucionarios, de todos los amantes de la justicia y la paz, sean cubanos o no, donde quiera que se encuentren, luchar sin descanso y con todas sus fuerzas por lograr reducir la pena de Ana Belén Montes mediante el indulto o al menos aliviar las extremadamente crueles condiciones de encierro a las que se encuentra sometida.
___________
Notas:
[1] Calvo Gaínza, Douglas (10 de diciembre del 2015). ¿Quién ganará y quién perderá en la batalla por Ana Belén Montes? Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=206684
[2] Barrera Martínez, Waldo (2015). Ana Belén Montes. Disponible en:https://jovenesporlos5.wordpress.com/biografia/ana-belen-montes/
[3] Carmichael, Scott W. (2007). True Believer. Inside the investigation and capture of Ana Montes, Cuba’s Master Spy. Naval Institute Press.
[4] Se refiere a las fuerzas del Frente Farabundo Martí Para La Liberación Nacional de El Salvador, surgido en octubre de 1980 para luchar contra la oligarquía terrateniente que consolidó su monopolio del poder estatal en los años noventa del siglo XIX y originó un régimen político autoritario, muy centralizado y especialmente sangriento en algunos períodos, contando con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos, encabezado por Ronald Reagan, como parte del cual se encontraba en ese país el sargento Gregory A. Fronius.
[5] Documento 52 Archivado 10/21/02 AO 245 S (Rev. 11/00 DC) Sentencia en un caso penal Estados Unidos Tribunal de Distrito para el Distrito de Columbia. Estados Unidos de América vs. Acusado Ana Belén Montes. Caso Número 02-0131-01.
[6] Carmichael, Scott W., Ob. Cit.
[7] Carmichael, Scott W., Ob. Cit.
[8] Popkin, Jim (Apr 18, 2013).Ana Montes did much harm spying for Cuba. Chances are, you haven’t heard of her. Disponible en:http://www.washingtonpost.com/sf/feature/wp/2013/04/18/ana-montes-did-much-harm-spying-for-cuba-chances-are-you-havent-heard-of-her/
[9] Calvo Gaínza, Douglas, Ob. Cit.
[10] Brink, Betty (Oct 19, 2005) Hospital of Horrors (Federal Medical Center Carswell Prison). Disponible en: http://www.aclutx.org/2005/10/19/hospital-of-horrors-federal-medical-center-carswell-prison/
[11] Popkin, Jim, Ob. Cit.
[12] Barrera Martínez, Waldo, Ob. Cit.
[13] Carmichael, Scott W., Ob. Cit.
[14] Barrera Martínez, Waldo, Ob. Cit.
[15] Fernandez Díaz, Miguel (26 de noviembre de 2015). Ana Belén Montes norteamericana que ayudó a Cuba presa en EEUU. Disponible en:http://museocheguevaraargentina.blogspot.com/2015/11/ana-belen-montes-norteamericana-que.html

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