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jueves, 26 de marzo de 2015

La Guerra No Convencional de EE.UU. contra Cuba (I y II Partes).

Tomado de CubaDefensa.
Por José Ramón Rodríguez Ruiz.

En 1963, Allan Dulles (1), jefe de la CIA en la época de Girón, escribió un libro titulado El Arte de la Inteligencia, que dedicó uno de sus capítulos a la estrategia de subversión contra la URSS, en el que apuntó:
“Sembrando el caos en la Unión Soviética sustituiremos sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos.
Encontraremos a nuestros aliados y correligionarios en la propia Rusia. Episodio tras episodio se va a representar por sus proporciones una grandiosa tragedia, la de la muerte del más irreductible pueblo en la tierra, la tragedia de la definitiva e irreversible extinción de su autoconciencia.
[…]
La honradez y la honestidad serán ridiculizadas y presentadas como innecesarias, y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo y la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y, ante todo, el odio al pueblo ruso. Todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor”.
Fue precisamente Dulles quien refiriéndose a la triunfante Revolución Cubana el 12 de febrero de 1959 señaló: “Cual niños ellos serían capaces de hacer casi cualquier cosa”. Con su estilo prepotente, nos juzgaba como a niños descarriados que merecían castigo, pero advertía que había que hacerlo con habilidad, mañosamente. (2)
El triunfo de la Revolución Cubana el 1o de enero de 1959, marcó el inicio de una etapa aún más difícil de la historia patria, en cumplimiento de un presagio de Fidel en su discurso al pueblo reunido en el campamento militar de Columbia, sólo siete días después.
La primera razón de esa dificultad la definió el propio Comandante en Jefe en los días previos a Girón: “No nos perdonarán jamás haber hecho una Revolución Socialista a 90 millas de sus costas, desmontando, con empeño nacionalizador y soberano, una dominación neocolonial que sumía a la Isla en la miseria y la injusticia, mientras los magnates se agenciaban millonarias ganancias y los gobiernos recibían órdenes de la embajada de EE.UU.”
El castigo solicitado por Dulles a causa de nuestra rebeldía, comenzó desde el triunfo mismo, y así iniciaron las conspiraciones y agresiones. Uno de los pilares de la estrategia de EE.UU. y la proyección de su agresividad contra la Isla fue el empleo de la contrarrevolución, tanto interna como externa, y la subversión política e ideológica, que halló cuerpo en la propaganda enemiga y el agrupamiento contrarrevolucionario.
Fue interés nacional de EE.UU. subordinar las actividades de la contrarrevolución a los lineamientos de la política de Washington (3). Todo ello formó parte de la prioridad de seguridad nacional que para la Casa Blanca constituía en ese entonces la lucha contra los Movimientos de Liberación Nacional; el socialismo y la URSS.
El método elegido queda claro al analizar el discurso de los líderes de la época. En un encuentro realizado con especialistas de la comunidad de inteligencia, John F. Kennedy expuso lo siguiente: En la medida en que los medios militares se tornan más mortíferos, que una creciente cantidad de países tienen acceso a ellos, la guerra de subversión, la guerra de guerrillas y otras formas de lucha adquieren mayor significación. En la medida en que las armas termonucleares sean más poderosas, y existan menos posibilidades para su empleo, las operaciones subversivas desempeñan un papel cada vez más relevante. (4)
La propia invasión a Playa Girón constituyó una de las formas de aplicación práctica de esta doctrina. El empleo de una fuerza mercenaria, sustituta de las propias fuerzas estadounidenses, entrenada y asesorada por esa nación, cuya pretensión era iniciar en Cuba una resistencia que pudiera recibir el apoyo directo de EE.UU. y de esa forma derrocar al Gobierno Revolucionario.
El fracaso de Girón hizo al propio Kennedy indicar: “[…] examinar de cerca todas nuestras prácticas, y programas en las áreas de las actividades militares y paramilitares, insurgencia y contrainsurgencia que no sean de guerra abierta. Pienso que necesitamos reforzar nuestro trabajo en este campo”. (5)
La solicitud de Kennedy fue cumplida, y como resultado de las experiencias analizadas, nuevas formas de guerra encubierta y agresión subversiva se desataron contra Cuba. La Operación Mangosta y el periodo que se recoge en nuestra historia como la Lucha Contra Bandidos, fueron la ejecución práctica de la intención del gobierno de EE.UU., de destruir a la Revolución Cubana sin necesidad de una agresión militar directa contra la Isla o como preludio de esta.
El núcleo central de esta etapa fue el empleo de la contrarrevolución interna y las bandas armadas, como fuerzas sustitutas o auxiliares, mientras el escenario de subversión era reforzado con todo tipo de acciones de guerra económica, sabotaje y operaciones de inteligencia de la CIA, entre otras.
Un memorando del Departamento de Defensa, de fecha 25 de julio de 1962, resume estas intenciones. Al hacer una revisión de la Operación Mangosta, en el punto referido a sus objetivos señala: “[…] EE.UU. ha emprendido esfuerzos especiales con el objetivo de ayudar a Cuba a derrocar a un régimen comunista, para ello, eran necesarias, entre otras, acciones encubiertas, políticas y económicas, para inspirar una revuelta en Cuba o desarrollar la necesidad de una intervención de EEUU. (6)
El fracaso de estos y otros planes no significó la renuncia a este tipo de procedimientos para intentar derrocar al Gobierno Revolucionario y restaurar el capitalismo en Cuba. De una forma u otra, tal proceder ha sido una constante en el conflicto histórico entre ambas naciones, que ha entrado, a partir del 17 de diciembre último en una etapa singular y novedosa.
En aquellos momentos de nuestra historia tiene su génesis la utilización de la Guerra No Convencional como forma de agresión de EE.UU. contra Cuba. Es necesario saber si en los nuevos escenarios se renunciará a las acciones subversivas y encubiertas, a fin de lograr el ansiado objetivo para el cual han declarado ineficaz una política de más de 50 años. A ese empeño dedicaremos nuestros análisis en esta serie de trabajos.
Referencias:
1. Allen era el hermano menor de John Foster Dulles, Secretario de Estado de Eisenhower y asesor de política exterior de la mayor confianza. Los dos hermanos estaban en constante y fácil comunicación; a menudo, después de un día de trabajo, Allen pasaba por casa de Foster para repasar asuntos pendientes. Nunca un Secretario de Estado y un Director de la CIA disfrutaron de una relación tan cerrada. Esto molestó a algunas personas: “Es una relación que sería mejor no tuviera que existir”, comentó el presidente de un comité nombrado por Eisenhower para investigar la agencia. Eisenhower no estuvo de acuerdo: “Parte del trabajo de la CIA es extensión del trabajo del Departamento de Estado”. Tomado de: Guerras Encubiertas, Piero Gleijeses, Cubadebate, 25 de enero 2015.
2. Alarcón de Quesada, Ricardo: Medio siglo de Revolución. Cincuenta momentos históricos, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2008, pp. 5-9.
3. Valdés-Dapena Vivanco, Francisco: Operación Mangosta. Preludio de la invasión directa a Cuba, Editorial Capitán San Luis, p. 8.
4. Ibídem.
5. Ibídem.
6. Office of the Secretary of Defense. Memorandum for the Special Group (Augmented) 25 julio 1962.


Como expresamos en la primera parte de este trabajo (1), los errores que condujeron al fracaso de la invasión mercenaria de Playa Girón fueron minuciosamente analizados por la administración Kennedy. A raíz del fracaso, Kennedy confió al general Maxwell Taylor la misión de describir, explicar y establecer conclusiones sobre las causas que determinaron la debacle de la Operación Pluto. (2)
La designación de un general para esta tarea no se considera por los historiadores una casualidad. Era indiscutible que el Departamento de Defensa de EE.UU. tendría una importante presencia en los nuevos planes subversivos contra Cuba, oponiéndose a criterios existentes en la época entre jefes del Ejército de EE.UU., de que la Guerra No Convencional no merecía consideraciones serias o esfuerzos de los militares. (3)
No obstante, como ya expresamos, el esfuerzo desplegado en la subsiguiente Operación Mangosta fue exhaustivo y contundente. Las agencias y el Departamento de Defensa de EE.UU., concibieron en conjunto una operación que aglutinó esfuerzos en casi todos los ámbitos de la vida nacional de Cuba. Planes de desestabilización que preveían el desarrollo de huelgas; demostraciones contra la Revolución; atentados contra principales dirigentes; sabotajes y rebelión abierta, etc.
En sus orientaciones la Operación Mangosta establecía: "Cuando el movimiento popular ocupe un territorio importante de Cuba, debiera formar un gobierno provisional. Esto permitirá la ayuda abierta de América Latina y EE.UU. si se pide y es necesaria. Una situación de gobierno militar existirá para el periodo inicial y tenemos que insistir en el realismo de este periodo de transición que precede al control civil razonable." (4)
Pero ¿por qué fracasaron tan abarcadores propósitos contra Cuba, a pesar de la minuciosa planificación y los millonarios expendios?
Recientemente, al referirnos en las páginas de Cubadefensa a la publicación del documento doctrinal más actualizado de EE.UU. sobre la Guerra No Convencional, la Publicación de Técnicas del Ejército 3-05.1 (ATP 3-05.1) (5), alertábamos que en su interior podía hallarse el caso de Cuba, como “Ejemplo selecto de actividades de Guerra No Convencional patrocinadas por EE.UU.”. Sus aseveraciones, aunque referidas a la invasión mercenaria de abril de 1961, contribuyen a contestar la interrogante anterior.
La CIA cometió […] errores en su campaña de Guerra No Convencional contra Cuba. Aunque existían algunos esfuerzos razonablemente exitosos en el desarrollo de una clandestinidad, no estaban lo suficientemente diseminados o coordinados para organizar una campaña de resistencia popular sostenida. (6)
La información de Inteligencia sobre las condiciones en Cuba era insuficiente y engañosa.
Según los expertos estadounidenses, los esfuerzos de Guerra No Convencional contra Cuba en estos primeros años carecieron de mecanismos de apoyo e infraestructura encubiertos, así como de una adecuada preparación y organización política popular y clandestina, incluida la guerra de guerrillas. (7)
La autocrítica abarca incluso el área de las operaciones psicológicas, la propaganda y la subversión, que según afirman: deben ser adecuadas antes de tomarse la decisión de una acción armada.
En esencia, no existían condiciones en la Isla para el avance del esfuerzo no convencional. Entre esas condiciones, se hallan las que ya conocemos como de factibilidad y conveniencia: no había en Cuba un gobierno debilitado; una población segmentada, ni una oposición fuerte y capaz de resistir. En cambio, todos los recursos se emplearon para intentar quebrar la voluntad del pueblo mediante las carencias, las dificultades sociales y la subversión política.
En los años subsiguientes, los esfuerzos de Guerra No Convencional contra Cuba pretendieron corregir los “errores” de Girón y los que Mangosta tampoco pudo resolver. Las bandas armadas en regiones como el Escambray, cuya génesis se sitúa en los delincuentes, prófugos de la justicia y antiguos miembros de los cuerpos represivos de la tiranía, fueron indiscutiblemente estimuladas por EE.UU.
Quizás sea en este punto de nuestra historia, a mediados de los 60, donde las actividades de EE.UU. contra Cuba se aproximaron más al objetivo esencial de la definición de Guerra No Convencional: el empleo de una fuerza de resistencia, auxiliar y clandestina, en un área denegada, para derrocar a un gobierno adversario (8), lo que requirió el apoyo y suministro a esta por parte de las Fuerzas Armadas de EE.UU., incluidas las infiltraciones de sus unidades especiales.

EE.UU. había aprendido que los exiliados por largos períodos –aunque sean nativos del país objetivo– no son sustitutos para insurgentes activos operando dentro de la población (9) y por ello, el bandidismo contrarrevolucionario subsistió hasta 1965, siendo incapaz de articular una resistencia efectiva contra el Gobierno revolucionario, pero dejando una estela de muerte, asesinatos, secuestros, violaciones y desmanes, cuyos ecos de dolor resuenan aún en nuestros días.


El fracaso de Girón, de la Operación Mangosta y la derrota de las bandas armadas, no significaron el fin de la violencia contrarrevolucionaria, ni de la aplicación de la Guerra No Convencional contra Cuba. Seguiremos su curso en una próxima entrega.

Referencias.
1. Ver La Guerra no Convencional de EE.UU. contra Cuba (I), publicado en http://www.cubadefensa.cu/?cu=node/3132
2. Valdés-Dapena Vivanco, Francisco. Operación Mangosta. Preludio de la invasión directa a Cuba. Editorial Capitán San Luis, p 9.
3. “Understanding Unconventional Warfare and U.S. Army Special Forces”, Teniente Coronel Grdovic, Mark, Revista Special Warfare septiembre-octubre 2006, pp. 14-24.
4. Valdés-Dapena Vivanco, Francisco. Operación Mangosta. Preludio de la invasión directa a Cuba. Editorial Capitán San Luis, p 38.
5, 6, 7, 8, 9. http://www.cubadefensa.cu/?q=documentos-doctrinales-eeuu

martes, 11 de marzo de 2014

Operación Mongoose de nuevo

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Tomado de CubaDebate
Por Tatiana Coll.*

Una vez que los jerarcas estadunidenses fueron derrotados aplastantemente en su intento por asaltar y destrozar rápidamente la revolución cubana en las playas de Girón en abril de 1961, una vez que lo que quedaba de su famosa Brigada 2506 fue intercambiada por compotas infantiles (Gerbers) y medicinas, se reunieron a mascullar su odio infinito y cocinaron la famosa Operation Mongoose (Operación Mangosta), acción encubierta de la CIA. La operación contaba con 33 tareas (ya que existen 33 especies de mangostas), 13 de ellas concentradas en la guerra económica, seis en la política, cinco en lo militar, cinco en subversión político-ideológica y cuatro de inteligencia.

El general Landsdale encabezaría la operación y fue escogido por su vasta experiencia en contrainteligencia adquirida en las Filipinas, donde participó en el aniquilamiento de la rebelión de los Hukbalahap, combatientes antijaponeses nacionalistas acusados de comunistas en los años 50.

El objetivo explícito era lograr una revuelta interna en Cuba para octubre de 1962 y derrocar a la dictadura castrista, para establecer un nuevo gobierno con el que se pudiera vivir en paz. Como evidentemente se había podido con el de Batista, Duvalier o Trujillo, renombrados próceres de la paz norteamericana en el Caribe. Lograr una revuelta interna ha sido su sueño enfermizo desde entonces. Para ello han invertido miles de millones de dólares junto con todo tipo de injerencias y barbarie, a pesar de las cuales nunca lo han logrado.

Los documentos desclasificados en Estados Unidos durante 1997 constan de mil 520 páginas, en las cuales se describen en detalle las tareas: dificultar todo transporte marítimo hacia Cuba; minar puertos cubanos; fracasar la cosecha de alimentos y azúcar quemando e infestando plagas; impedir ventas de níquel; generar acaparamientos y mercado negro; fuga de capitales e inflación descontrolada; paros patronales y despidos de trabajadores; hasta atentados con bombas en lugares públicos y ataques a plantas eléctricas. Combinar el total desquiciamiento de la economía con el pánico de las acciones terroristas, acusar a los propios revolucionarios cubanos de atacar violentamente a la oposición y simular vuelos de aviones cubanos hundiendo balsas de migrantes en alta mar son algunas de las tareas dirigidas a lograr un levantamiento popular, que en estas condiciones de desamparo pidiera una muy justa y democrática intervención estadunidense.

El objetivo de Estados Unidos y sus tareas se reforzaron mediante una sostenida batalla mediática y diplomática desplegada en todos los foros internacionales. Especialistas en el manejo de los grandes medios habían logrado convencer, por ejemplo, que la reforma agraria promulgada por el presidente guatemalteco Jacobo Arbenz representaba un terrible peligro comunista, al grado de gestar su derrocamiento y brutales asesinatos que le siguieron. ¿Por qué no hacer lo mismo después de la reforma agraria en Cuba, que volvía a poner en riesgo los sagrados intereses de la United Fruit Company? Sólo que en Cuba la oligarquía terrateniente y el ejército nunca pudieron fraguar un golpe de Estado semejante.

En 14 meses se registraron 716 sabotajes de todo tipo, según los datos más conservadores. Fabián Escalante, miembro del equipo de seguridad de Fidel Castro, ha señalado que se registraron 638 variadísimos planes para asesinarlo. El primer intento fue en febrero de 1959, escasamente un mes después del triunfo de la revolución. Se montaron 415 equipos diferentes de intervención y lograron infiltrar 117 agentes. La Operación Mangosta fue un rico semillero de donde salieron miles de agentes a sueldo, terroristas, implicados en asesinatos políticos, tráfico de armas y drogas, asociados con la mafia y cabecillas de la Fundación Nacional Cubanoamericana, que convirtieron el terror en negocio, encubiertos y protegidos siempre por el gobierno estadunidense.

Dicha operación fue oficialmente cancelada después del acuerdo Kennedy-Kruschov, pero en realidad operó estratégicamente cada vez que un gobierno de fuerte arraigo popular y nacionalista ganó reiteradamente las elecciones sin poderlo derrotar por esa vía. En primer lugar la operación se extendió inmediatamente hacia Guyana para desestabilizar al primer ministro Cheddi Jagan, quien en 1961 nacionalizó la compañía eléctrica, proclamó una reforma agraria y puso un fuerte impuesto a la extracción de bauxita. En 1963, con el apoyo de Inglaterra, la CIA desató la desestabilización. Cuba envió incluso barcos con comida y gasolina para apoyar a Jagan. Velozmente se precipitaron fuga de capitales, mercado negro, cierres patronales, desempleo, agitación anti-comunista, bombas y enfrentamientos raciales. Todo el paquete. Los ejemplos más conocidos de esta estrategia replicada exitosamente son con los gobiernos de Salvador Allende, en Chile, y de Mickel Manley, en Jamaica, en 1976.

Indiscutiblemente, de nuevo la Operación Mangosta está en marcha en Venezuela, con todas sus tareas, desplegándose sin importar los costos humanos y materiales, con una perfecta sincronización con la derecha golpista para salvaguardar las propiedades y buenos negocios por encima de las esperanzas del pueblo en resistencia.

* Profesora de la Universidad Pedagógica Nacional

miércoles, 26 de febrero de 2014

La Guerra Secreta. Proyecto Cuba


Tomado de Caliban. Revista Cubana de Pensamiento e Historia.
Por Andrés Zaldívar Diéguez


Ocupando un lugar importante en la obra publicada de Fabián Escalante Font —aparecida en conjunto bajo el rubro de La guerra secreta, de la que ya han visto la luz 11 títulos— los aspectos referidos a las acciones del gobierno de Estados Unidos contra la Revolución cubana con posterioridad a la invasión por Playa Girón, al calor de la denominada Operación Mangosta, han sido objeto de particular atención. Esta nueva entrega de La guerra secreta. Proyecto Cuba (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008) así lo confirma.

Cronista y actor histórico participante en los hechos que narra, en las primeras páginas del libro que comentamos se explicita su tránsito por los órganos de la Seguridad cubanos, hasta ocupar la jefatura de los mismos y, posteriormente, de la Dirección Política Central del MININT, lo que de forma indudable le confiere una autoridad particular sobre los temas que aborda y nos recuerda —para el caso particular del enfrentamiento a la actividad subversiva del gobierno de Estados Unidos contra la Revolución— el reclamo realizado años atrás por el Segundo Secretario del PCC, y entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, General de Ejército Raúl Castro, a los participantes en la lucha contra la dictadura batistiana, en el sentido de que quienes habían hecho aquella historia se involucrasen igualmente en escribirla. 

Tras un primer acercamiento al tema en los capítulos finales de CUBA: La guerra secreta de la CIA (Editorial Capitán San Luis, La Habana, 1993), su tratamiento en extenso fue publicado originalmente en 2002 como La guerra secreta. Operación Mangosta (oportunidad en que recibió el Premio de la Crítica). Esta nueva edición del 2008, —corregida y aumentada— mantiene su estructura inicial, compuesta por prólogo, introducción, 11 capítulos, epílogo, una cronología de hechos subversivos contra Cuba durante 1962, y bibliografía. 

El prólogo de Carlos Lechuga —cuya sensible pérdida acaeció pocas semanas atrás— con breves trazos incita a la lectura. Le asiste la razón al comparar el texto con “los filmes bélicos o en los de temas policíacos (…) con sus villanos y sus víctimas, sus acciones aventureras y sus elementos de misterio e incertidumbre”, con la salvedad de que “el libro no tiene componentes de ficción, aunque a veces lo parezca”. En 1962, año en que fundamentalmente se desarrollan las acciones descritas en la obra, Lechuga había sido testigo excepcional de que el gobierno norteamericano había apelado a todas armas, desde las operaciones subversivas hasta, según sus palabras, “las maniobras diplomáticas y políticas para aislar a Cuba y facilitar una agresión militar”.A él le cupo en suerte ser el último embajador de Cuba ante la OEA, en uno de los momentos culminantes de aquellas maniobras diplomáticas: la expulsión de Cuba de aquel organismo en enero de 1962, durante la Octava Reunión de Consulta de Cancilleres de países miembros, lo que sería entonces tomado como pretexto (aunque los defensores de la OEA traten de olvidar esta grosera manipulación de esa organización por Estados Unidos en la actividad anticubana) por el gobierno norteamericano —según se explica en la medida No. 11 de la Operación Mangosta— para el establecimiento del bloqueo económico de Cuba. 

Haber formado parte de las delegaciones de Cuba a las reuniones tripartitas iniciadas en La Habana en 1992 y continuadas luego en Moscú y en Aruba, con la participación de académicos y actores históricos norteamericanos, soviéticos y cubanos, en que se profundizó en “las causas, repercusiones y lecciones de la Crisis del Caribe de 1962” confiere a Escalante autoridad adicional para, desde la Introducción, puntualizar una idea que será leiv motiv de toda la obra que comentamos: la Crisis de Octubre (como es conocida en Cuba)
se precipitó al descubrirse por los Estados Unidos la presencia en Cuba de misiles intercontinentales soviéticos”, pero en la generalidad de los análisis se “obvian, o lo que es peor, escamotean, los antecedentes de la guerra no declarada por los Estados Unidos contra Cuba, que ese año, según documentos oficiales norteamericanos, desclasificados en años recientes, preveía derrocar militarmente a su gobierno” (El subrayado es nuestro).
A “Demostrar las dimensiones de esa guerra” dedica Escalante Font los once capítulos de la obra, puntualizando sus antecedentes y rindiendo culto a los combatientes de los incipientes órganos de la seguridad que “al mando de los legendarios comandantes guerrilleros Ramiro Valdés, Manuel Piñeiro y Abelardo Colomé” enfrentaron y vencieron aquellas agresiones. 

Al abordar la gestación de la Operación Mangosta como intento de revancha por parte de la administración Kennedy, en respuesta a la derrota sufrida en ocasión de la invasión por Playa Girón en abril de 1961, Escalante puntualiza que a través de esta el gobierno norteamericano “jerarquizaba el «caso cubano» por primera vez en la historia de nuestras relaciones a prioridad nacional en materia de política de seguridad” así como que no se trataba de una operación más de las que ocupaban la agenda de la CIA, sino que “Fue una acción de toda la administración” y, citando documentos oficiales norteamericanos, puntualiza la idea central de que “el éxito final, requerirá de una intervención militar decisiva de los Estados Unidos” aunque reiterando que todo ello se había planificado “en momentos en que aún nadie había pensado o conversado sobre la posibilidad de dislocar misiles soviéticos en Cuba”
 
La mayor parte de la obra profundiza en las diferentes acciones norteamericanas encaminadas a estimular “una sublevación «desde dentro»” (pp. 37), que posibilitara aquella intervención militar externa, en una sucesión de hechos que, como vimos antes, evocó en Carlos Lechuga escenas de filmes bélicos o de temas policíacos, además de elementos de misterio e incertidumbre. Y precisamente una de las virtudes a destacar es que, sin dejar de puntualizar la esencia criminal de las acciones anticubanas realizadas al calor de aquella operación, el autor lo logra con un lenguaje sencillo y ameno, matizado a veces con anécdotas que humanizan el relato y nos hablan del principio de ofensiva propio en la labor de los héroes epónimos de aquella lucha. Refiriéndose al proyecto “Cuba en llamas”, con el que la CIA pretendía revitalizar las acciones terroristas al interior del país inmediatamente después del fracaso en Girón, Escalante nos dice (pp. 22):
Pujals Mederos, el cabecilla, había sido capturado casi desde el principio por un jovencísimo oficial, Alberto Santana, que investigando a una persona no relacionada con el caso, efectuaba unas indagaciones en un edificio de apartamentos capitalino, y se percató del nerviosismo de una señora que había atendido a unas preguntas que le realizara como “inspector de salud pública”. Preocupado por aquella actitud, se subió a un tejado colindante y observó, a través de una ventana del apartamento en cuestión, a un sujeto que tenía una pistola al cinto. Rápidamente, regresó de nuevo, tocó la puerta y al abrir la señora penetró abruptamente y detuvo al sujeto, que resultó ser este importantísimo agente enemigo. Ya con la punta del ovillo, la madeja comenzó a desenredarse.
Refiriéndose a la derrota propinada a los intentos de la CIA de unificar a la contrarrevolución interna en el primer semestre de 1962, a través de su agente Manuel Guillot Castellanos, y a una reunión sostenida por este en Varadero con ese fin, calificando al hecho como una “ironía del destino” nos dice:
La reunión de Varadero estuvo todo el tiempo controlada por las fuerzas de Seguridad. Por cierto, una anécdota interesante la constituye el hecho de que en ese momento aún no se tenía identificado a Guillot, razón por la que no se actuó contra los reunidos. Los oficiales de la Seguridad que habían acudido también a ello, a su regreso a La Habana, se encontraron con un auto en la carretera que les solicitaba ayuda, la cual brindaron, no sin antes, sacar “por si acaso” una foto secreta del grupo. Más tarde en La Habana, al revelar el rollo fotográfico, otro compañero que no había participado del operativo identificó a Guillot en la foto. Ironías del destino. Varios días más tarde, dos oficiales que merendaban en la cafetería del Ten Cent de La Copa, en Miramar, se encontraron a Guillot en iguales menesteres y allí sí fue capturado.
Los aspectos de la guerra psicológica contra Cuba, iniciados a través de la propaganda radial y otros mecanismos desestabilizadores al calor de la operación concluida en Playa Girón, se analizan en su continuidad durante 1962, en el capítulo VI, destacando en particular la Operación Peter Pan a través de la que alrededor de 15 mil niños fueron sacados del país sin la custodia de sus padres —uno de los pasos más macabros para desunir a la familia cubana, responsabilidad plena del gobierno de Estados Unidos y las instituciones que con él colaboraron con tal fin—; así como la labor de la Agencia de Información de Estados Unidos, que ya desde entonces acariciaba la intención de emitir programaciones televisivas subversivas contra Cuba —materializadas años después a través de la mal llamada TV Martí—, lo que no deja de ser aprovechado por el autor para dar una connotación de actualidad a su reseña de la actividad subversiva de aquellos años. De esta forma enuncia:
Hoy para la Revolución, inmersa en plena batalla de ideas contra la guerra ideológica, el bloqueo informativo y las agresiones de todo tipo ideadas por los Estados Unidos contra Cuba, las lecciones emanadas de la Crisis de Octubre están cada día más presentes: en los combates ideológicos de estos tiempos contra la ley asesina de Ajuste Cubano; en la batalla que se libró por la devolución del niño Elián González; en la que se lleva a cabo por la liberación de los cinco patriotas prisioneros del Imperio, y en la denuncia constante de los asesinatos que se cometen en las aguas del Golfo de México contra personas inocentes, engañadas por las loas del American Way of Life.
Otro aspecto del cual Escalante extrae una interesante evaluación para el presente lo aborda en su capítulo VIII, dedicado a la valoración de la base operativa de la CIA en Miami, denominada en clave JM/WAVE, que aunque existía desde antaño fue a partir de las acciones anticubanas de la Operación Mangosta de 1962 que se convirtió en la más grande estación subversiva contra país alguno jamás existente. La actuación durante años de JM/WAVE es descrita prolijamente:
Aproximadamente 400 organizaciones de exiliados estaban diseminadas en los Estados Unidos y otros países, cada cual con nombre y tarjeta de presentación, muchas de estas encargadas de tareas específicas dadas por los jefes locales de la CIA que respondían a la JM/WAVE, de la que recibían una “ayuda” económica y de inteligencia, para dirigir sus esfuerzos en la dirección deseada. En total, fueron creadas 55 corporaciones y compañías de “tapaderas” o cubiertas para actuar: agencias de viajes, talleres para reparaciones de embarcaciones, corredores de bienes raíces, almacenes, armerías, estaciones de radio y todo lo que se pueda imaginar, con el fin de asegurar logística y operativamente tamaña empresa.
Un presupuesto fue establecido para estas corporaciones y compañías que no tenían que rendir cuenta a nadie y en las que muchos de sus operativos top secret resultaron ser negocios lucrativos como nadie había sido capaz de imaginar ¿Cómo controlar que ese dinero fuera utilizado para los fines aprobados? ¿Quién controlaba los viajes marítimos y aéreos en el Caribe o a Centro y Sudamérica, que bajo la cubierta de operaciones subversivas eran realizados sin control alguno? ¿A dónde iban a parar las ganancias legales de determinada empresa que servía de “tapadera”? ¿Quiénes eran los suministradores de las armas, los pertrechos militares y otras necesidades operativas? ¿Quién se encargaba de controlar que, por terceras manos, los propios participantes no aprovecharan los negocios que realizaban?
Para culminar con un comentario lapidario, de suma importancia para la evaluación de una de las fuentes principales de acumulación originaria del capital y del poderío de la extrema derecha de origen cubano radicada en el sur de la Florida:
Fue así que creció ese engendro que ha sido denominado “el mecanismo cubanoamericano de la CIA y la Mafia”, que tuvo como antecedente a Bahía de Cochinos y se engendró al compás de Mangosta.
Otro tanto acaece con el análisis que realiza el autor acerca de la denominada Operación 40,
ideado inicialmente como aparato de contrainteligencia para prevenir las infiltraciones cubanas y preservar el proyecto de Bahía de Cochinos”, que “fue derivando en un aparato represivo y mafioso que cobró vida propia y devino instrumento de la nueva clase política surgida a consecuencia de los negocios y la guerra contra Cuba” .
En un sugerente análisis, que por su importancia para comprender las acciones subversivas de los años 80 y 90 hasta la actualidad incita a una profundización mayor, expresa:
En 1973 la Operación 40 se desactivó “oficialmente” y un años más tarde moría Joaquín Sanjenís, en condiciones misteriosas, aún no esclarecidas Por esas fechas también desaparecieron varios de sus miembros connotados, entre ellos Rolando Masferrer y el ex presidente Carlos Prío, ambos asesinados misteriosamente. Es también en la década de los años setenta cuando la opinión pública norteamericana se estremece con las investigaciones realizadas por su Congreso y encabezadas por el senador Frank Church acerca de los planes de la CIA para asesinar a líderes extranjeros por el solo hecho de disentir con la política norteamericana. Nombres como Frank Sturgis (o Frank Fiorini), Rolando González, Howard Hunt, Patrick Gerry Hemmings, y otros, salen a la luz pública vinculados a penetraciones ilegales de establecimientos públicos o proyectos de asesinatos políticos. Fue en esos años cuando el negocio de contrabando de cocaína procedente de Sudamérica adquirió proporciones astronómicas y fueron fundadas nuevas alianzas entre los carteles principales de la droga. Pareciera entonces que la Operación 40 había cumplido su cometido y debía desaparecer junto con sus líderes principales, reencarnando, por un acto de magia del mecanismo cubanoamericano de la CIA y la Mafia, en otro ser, la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA), que recogió en su regazo a todos sus mercenarios, los protegió e incluso, como en el caso del terrorista Jorge Más Canosa, devino su dirigente principal (el subrayado es del autor de este comentario).
Uno de los aspectos más deleznables de la Operación Mangosta, los planes e intentos de asesinato del jefe de la Revolución cubana, Fidel Castro, son desarrollados en el capítulo IX, en que se enfatiza que:
Estos comenzaron desde los primeros días del triunfo revolucionario y en enero de 1961 alcanzaron su nivel máximo de institucionalización con la creación dentro de la CIA de la Operación ZR/Rifle, cuya misión única y exclusiva era «crear capacidades ejecutivas para la eliminación de líderes políticos extranjeros hostiles a los Estados Unidos»
aunque puntualizando que fue al calor de aquella operación que se realizaron las acciones más agudas, ampliando —en una narración con respecto a la cuál ya Carlos Lechuga nos había anunciado que recordaba determinados géneros cinematográficos— con respecto a la participación de la Mafia y contrarrevolucionarios en el país para lograr la desaparición de Fidel Castro a través del “caso de las pastillas envenenadas” a través de dobles atentados, a través de los cuales de asesinaría a algún dirigente revolucionario para luego atentar contra el Jefe de la Revolución en las exequias de aquel; o a través de otros medios con respecto a los cuales tanto la CIA como la Mafia resultaban expertas. Este capítulo es aprovechado por Escalante para rendir tributo al grupo de combatientes de la Seguridad que enfrentaron y vencieron por años esta modalidad subversiva, “encabezados por un internacionalista cubano, veterano de la guerra civil española: Mario Morales Mesa, el querido Miguel, maestro de una generación de oficiales de la Seguridad cubana”. Sobre este tema Escalante abunda en La guerra secreta. Acción Ejecutiva (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003) y en su versión ampliada La guerra secreta. Operación ZR/Rifle (Editorial de Ciencia Sociales, La Habana, 2006), así como en La guerra secreta. Cronología del crimen 1959-2000, Editorial Imágenes, La Habana, 2005).

El capítulo final de esta obra, al hacer referencia a la nueva operación subversiva aprobada en junio de 1963 por la administración Kennedy en sustitución de Mangosta, también ofrece argumentos válidos para evaluaciones actuales de la continuadamente agresiva política norteamericana hacia Cuba. Al referirse a los fracasos obtenidos por Estados Unidos en el operativo concluido en Playa Girón y al calor de Mangosta, expresa el autor:
Ambos intentos habían fracasado, y fueron causas directas de la Crisis de los Misiles. Por tanto, era necesario diseñar una variante que, buscando los mismos fines de destruir a la Revolución, transitara por caminos diferentes, sacando a la CIA y sus aliados de la Mafia del monopolio de la política cubana, y ése fue uno de los objetivos que se propuso el programa presidencial en los inicios de 1963.
Nada de hacer las paces con los insubordinados “isleños”; había que buscar una vía que, bordeando la confrontación militar, posibilitara a mediano plazo desaparecer la Revolución desde adentro. Nacía así la denominada estrategia de “corrosión progresiva”, conocida también como “destrucción desde dentro”, donde la erosión de los valores ideológicos, políticos, éticos y morales iba a ser privilegiada con fines subversivos, dentro de un nuevo tipo de guerra (el subrayado es nuestro).
Quien redacta estas líneas abriga la esperanza de haber estimulado a la lectura de esta obra, en particular a los más jóvenes del patio y a quienes, allende nuestras fronteras, deseen un acercamiento objetivo a las realidades de la política norteamericana hacia Cuba, continuados de manera similar durante el último medio siglo. Ampliando lo anterior, sería conveniente expresar una idea: >lo que para los cubanos es una verdad que no es necesario demostrar, porque fue vivida por todos, no ocurre exactamente igual para los interesados en el tema de otros países. 

En sintonía con las alusiones a la cinematografía realizadas por Carlos Lechuga al prologar la obra que comentamos, podemos también nosotros concluir citando el filme 13 días, del destacado actor y director norteamericano Kevin Costner, relacionado con la Crisis de Octubre (Crisis de los Misiles; Crisis del Caribe) y seguramente visto por millones de espectadores en todo el mundo. Según pudo escuchar quien esto escribe de uno de los más conocidos críticos cinematográficos del país, Rolando Pérez Betancourt —refiriéndose a 13 días— además de los elogiosos comentarios acerca de su factura, una referencia acerca de sus insuficiencias: adolecía del mismo mal que la mayor parte de la producción teórica foránea sobre aquella crisis: obvia >por completo el agresivo telón de fondo anticubano llevado a vías de hecho por el gobierno norteamericano a través de la Operación Mangosta, que debía concluir con la intervención militar norteamericana en el país. En 13 Días, Cuba es solo el escenario tropical en que hubo un enfrentamiento entre las dos superpotencias. Recomiendo encarecidamente a los amantes del cine de todo el mundo —en particular de la vasta filmografía de Kevin Costner—, lectores de Calíban, que complementen 13 Días con la lectura del libro La guerra secreta. Proyecto Cuba, de Fabián Escalante Font.

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