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lunes, 17 de junio de 2019

Una Rosa arrancada por la traición

Foto: rosalux.org.ec
Tomado de Granma
Por 

La muerte de Rosa Luxemburgo marcó el no retorno de la socialdemocracia mundial hacia la traición; era no solo un crimen cometido con total conciencia de su significación histórica, sino orquestado en función de un hegemonismo de clase de la burguesía obrera alemana y del gran capital, aliados tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, para construir un nuevo orden derechista, el Estado duro del Nacional Socialismo (Nazi), que llevaría a Europa hacia su disolución como centro del mundo.
En la fría madrugada del 15 de enero de 1919 la Rosa Roja escribía sus últimas líneas en torno al problema de la Revolución en el continente y, aunque con pesimismo, se refería a la esperanza de que las masas un día despertasen del letargo nacionalista y de revancha que se cernía por la Alemania humillada de entonces, y la Revolución mostraría su verdadera fuerza diciendo: «Yo fui, soy y seré».

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mariátegui: el fundador del marxismo latinoamericano

Tomado de Contexto Ocean Sur.
Por José Gabriel Martínez Rodríguez

El ensayista y activista peruano José Carlos Mariátegui es de esos pensadores que, a pesar de haber tenido una corta vida, se inserta en la historia de su país para proyectarse al mundo como una figura patrimonial. A ello contribuyeron su obra, pensamiento y acción, ya que Mariátegui supo vencer adversidades impuestas por la vida para convertirse en uno de los hombres más influyentes en la reflexión sobre cultura y sociedad en el Perú y Latinoamérica toda, así como en un destacado activista político cuya capacidad analítica y liderazgo lo llevaron a fundar el Partido Socialista Marxista Peruano.

miércoles, 4 de abril de 2018

“Soy marxista leninista y lo seré siempre”

Palabras del Comandante Fidel Castro el 1 de diciembre 1961, programa de televisión, “La Universidad Popular”.
Publicado en “Revolución”, órgano del Movimiento 26 de Julio. Año IV, Nº 921, 2 diciembre 1961
Tomado de Cubadebate

Homenaje de Fidel a Marx

Este viernes 5 de mayo se cumplen 199 años del natalicio de ese grande que fue Carlos Marx. Fundador del comunismo científico y de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico, sobre él dijo Federico Engels al despedirlo para siempre en el Cementerio de Highgate: “El mayor pensador viviente ya no pensará más. El mundo sentirá pronto el vacío que deja la muerte de este Titán. Su nombre y su obra vivirán durante siglos”.
Sobre Marx, mucho también dijo el Comandante en Jefe Fidel Castro, quien no solo bebió del legado marxista- leninista y lo convirtió en patrimonio de millones de cubanos, sino que lo enriqueció desde la práctica de la construcción socialista del día a día en nuestra isla. Para rendir homenaje a Carlos Marx en su aniversario, Cubadebate recuerda algunas de las ideas que sobre este gran pensador y filósofo pronunció Fidel:

martes, 12 de septiembre de 2017

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA

Tomado de Contexto Latinoamericano. Revista de Ocean Sur.
Por Ernesto Che Guevara.

[…] Marx establecía dos períodos para llegar al comunismo, el período de transición, también llamado socialismo o primer período del comunismo, y el comunismo o comunismo plenamente desarrollado. Partía de la idea que el capitalismo en su conjunto se vería abocado a una ruptura total después de alcanzar un desarrollo en el cual las fuerzas productivas chocarían con las relaciones de producción, etcétera, y entrevió ese primer período llamado socialismo al que no dedicó mucho tiempo, pero en la Crítica del Programa de Gotha, lo describe como un sistema donde ya están suprimidas una serie de categorías mercantiles, producto de que la sociedad completamente desarrollada ha pasado a la nueva etapa. Después viene Lenin, su teoría del desarrollo desigual, su teoría del eslabón más débil y la realización de esa teoría en la Unión Soviética y con ello se implanta un nuevo período no previsto por Marx. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

El fantasma de McCarthy recorre España


Vuelve Joseph Raymond McCarthy desde su tumba a través de boca de políticos del Partido Popular, PSOE o Ciudadanos para atacar la confluencia entre Izquierda Unida y Podemos.

McCarthy marca el discursillo de la prensa al servicio del sistema que sostiene las grandes fortunas, los bancos, las privatizaciones y que arremete con manipulaciones contra cualquier alternativa popular que suscite unidad... Bueno, evidente, prefieren una sociedad dividida para que sea más manipulable.

El fantasma del "comunismo" que han sembrado en la mentalidad de las sociedades bajo las leyes del capitalismo vuelve como argumento para proliferar el miedo... esta vez sin cacerías de brujas, pero sí para crear descrédito por medio de especulaciones carentes de argumentos.

El último "insulto" al que se agarran para arremeter contra Izquierda Unida y Podemos va emparejado con el "diabólico comunismo" de la Cuba socialista y de la Revolución Bolivariana de Venezuela.

Los partidos de la derecha española y de quienes dicen ser centro ¿izquierda? que traen a McCarthy como justificación, son los mismos que han creado o son cómplices de los males que azotan a la sociedad en todo el Estado español (con sus CC.AA.).
Nota del autor de este blog.


Algunos somos comunistas


Por Alberto Garzón
Blog de Alberto Garzón.

El comunismo se ha puesto de moda. No del modo que predijeron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, pero sí de alguna forma tal que ha provocado que las tertulias políticas, en los grandes medios de comunicación o fuera de ellos, vuelvan a debatir sobre esta tradición política. Es más, tres partidos políticos -PP, Ciudadanos y PSOE- agitan ahora la bandera del anticomunismo con objeto de atacar las posiciones políticas de la alianza entre Podemos, IU y las confluencias. Suena a burda y recurrente maniobra para usar el miedo como arma electoral, pero esta vuelta a las viejas consignas reaccionarias no deja de ser sintomática.
Hace unos años la filósofa Jodi Dean escribió que el resurgir del peligro comunista se estaba produciendo porque los mercados habían fracasado. Me parece algo cierto. El anticomunismo emerge como una suerte de defensa ante los propios fracasos, los del sistema de mercado y el capitalismo. De hecho, no deja de sorprender que tras décadas de neoliberalismo y tras la más grave crisis económica desde la Gran Depresión, se vuelva a agitar el fantasma del anticomunismo. Al fin y al cabo, el desempleo, los desahucios y el miedo a pasar hambre se han multiplicado como resultado natural del capitalismo y de sus crisis. Tantos años asustando con que los comunistas nos quitarían las viviendas y al final hemos comprobado que han sido los bancos privados, protegidos y representados por trajeados hombres de negro, los que nos han robado la vivienda, el trabajo y el futuro de nuestras familias.
El geógrafo David Harvey ha insistido a menudo en que el interés por el marxismo y la economía política retrocedió durante los años sesenta y setenta porque las preocupaciones de la sociedad, y especialmente de la izquierda, se habían trasladado hacia las cuestiones culturales. Había un creciente interés sobre las temáticas vinculadas a la alienación y sobre las causas posibles de que la clase obrera no quisiera hacer la revolución socialista, dejándose de lado el análisis económico. Es más, la mayoría de los marxistas occidentales eran filósofos y muy pocos atendían la cuestión económica, como puso de relieve el clásico estudio de Perry Anderson sobre el marxismo occidental. En aquel contexto socio-histórico típico del fordismo y del consumo de masas una obra como El Capital, que describe fríamente al capitalismo en sus fundamentos más elementales, parecía alejada de los problemas políticos de la época. Pero eso, insiste el propio Harvey, ha cambiado en las últimas décadas. Y está en lo cierto. Hoy una obra como El Capital explica con sorprendente precisión por qué y cómo nos bajan los salarios, nos despiden, nos recortan la sanidad y la educación o nos obstaculizan la organización en sindicatos. Hoy el capitalismo está mucho más desnudo, y es fácil ver cómo la razón económica del capital inunda nuestras vidas y nos obliga a emigrar, a pelear por migajas o a aceptar salarios de subsistencia como si fueran privilegios. Hoy el marxismo tiene, de hecho, más actualidad que hace cuarenta años.
Es natural, aceptado lo anterior, que también estemos ante un resurgir del comunismo como planteaba Dean, aunque no tiene por qué expresarse con los mismos ropajes o las mismas herramientas conceptuales de siempre. En realidad el marxismo siempre ha sido así, abierto y diverso. De hecho, sólo el catecismo ortodoxo que emanaba de los manuales de la URSS pudo congelar, así fuera parcialmente, un instrumento tan vivo como el marxismo. Lo fosilizó, y a un coste enorme. Pero nadie podrá negar que el propio Lenin fue un heterodoxo, hasta tal punto que Gramsci tuvo a bien definir la revolución de 1917 como una revolución contra El Capital. Algo similar pasó en toda América Latina con los movimientos revolucionarios, destacadamente el cubano. La propia Rosa Luxemburgo fue, de hecho, una teórica especialmente fecunda y crítica con la racionalización que la dirigencia soviética hacía de los acontecimientos históricos. Pero no sólo es respecto al análisis que el marxismo es abierto y versátil, sino también respecto a la práctica política y la estrategia discursiva. Sólo hay que recordar que la consigna socialmente aglutinadora de la revolución soviética fue paz, pan y tierra y no ningún símbolo fetichizado que limitara su capacidad a la mera autocomplacencia de los revolucionarios portaestandartes. En la ascendencia republicana pasó lo mismo con Robespierre y su tan famosa expresión sobre el derecho a la existencia, que resumía así sin quebraderos de cabeza el eje central de los Derechos Humanos.
En este sentido, Harvey es de los que se han sumado históricamente a conectar los ideales delManifiesto Comunista con los expresados en la Declaración de los Derechos Humanos. Esta es una vía que permite reconectar al socialismo con la tradición republicana y que, al mismo tiempo, permite volver a situar el foco político en los problemas de la gente y no en debates litúrgicos y ceremoniales propios de las religiones.
Hablar de Derechos Humanos y vincularlos al marxismo no es casual. Por dos motivos. En primer lugar, porque el socialismo fue la única tradición política que mantuvo viva la llama de los Derechos Humanos desde 1794 hasta 1948, y gracias a la cual se conquistaron los derechos políticos y sociales que caracterizan a nuestras sociedades democráticas modernas. En segundo lugar, porque la agresión del capitalismo es tan brutal y salvaje que, bajo las actuales condiciones históricas, defender los derechos humanos es impugnar el sistema capitalista mismo.
Sobre esto insistimos mucho durante las movilizaciones del 15-M al subrayar que no somos antisistema, sino que el sistema es antinosotros. No es cierto que durante aquellos días de 2011 el miedo hubiera cambiado de bando, al menos no tanto como coreábamos. Pero lo que sí cambió de bando fue el sentido común. En mitad de la agresión neoliberal defender una vivienda, cuya conquista como derecho se sobreentendía como parte del sentido común, se convertía ahora en un acto revolucionario –y, por cierto, ilegal. Esto también es fácil verlo hoy cuando comprobamos que la propia Constitución de 1978 y sus garantías sociales se convierten en papel mojado ante una supuesta realidad inmodificable, a saber, la supraestructura europea y el propio sistema capitalista.
Dice el catedrático de Literatura Juan Carlos Rodríguez que «lo que debería resultar más sorprendente es sin embargo lo que menos sorprende». Se refiere al hecho de que deberíamos asombrarnos ante un sistema que es capaz de dejar sin trabajo a más de un millón y medio de hogares y sin vivienda a centenares de miles de familias, por citar dos ejemplos. Sin embargo, hemos naturalizado esos dramas estructurales. Decimos la vida es así y seguimos a otras cosas. Pero no es la vida, sino esta vida. Concretamente esta vida bajo el capitalismo. Bajo un sistema regido por un principio básico de maximización de ganancias y que mercantiliza todo a su paso, desde los objetos hasta los seres vivos y los recursos naturales. Un sistema, llamado capitalismo, que nos esclaviza a un nuevo Dios llamado mercado que opera con caprichosos y cambiantes deseos de rentabilidad.
De ahí que el marxismo aspire a desnudar esa supuesta normalidad, y a mostrarla tan despiadada como es. Desmitificar las estrategias discursivas dominantes es, de hecho, parte de la acción política. ¿Acaso es verdad que somos todas las personas iguales en nuestra condición de ciudadanos como nos insisten unos y otras cada día? Cuando paseamos por el centro comercial, sugería Jean Baudrillard, se produce una suerte de equiparación en la que todos nos pensamos iguales. Ricos y pobres quedamos aparentemente indiferenciados en nuestra nueva condición de ciudadanos consumidores. Nada más lejos de la realidad, de esa realidad que palpamos en nuestras calles. Porque es ahí donde averiguamos que no sólo hay ricos y pobres sino también trabajadores y rentistas, y que por mucho que la estructura social de nuestras sociedades modernas se haya complejizado no dejamos de dividirnos en función de una distinta dependencia de nuestras propias capacidades y cuerpos. En efecto, algunos necesitan ofrecerse en el mercado mundial para ganarse el pan, y otros viven del trabajo ajeno. Eso, en esencia, no ha cambiado.
Este es el asunto más incontestable acerca de la actualidad del comunismo. Allá donde haya explotación, habrá lucha, y donde haya opresión, habrá resistencia. No importarán las etiquetas, ni tampoco la diversidad de los sujetos. Allá donde la explotación derive en miseria, desigualdad, desahucios, carencias básicas y otros obstáculos para el desarrollo de una vida en libertad, habrá contestación. En breve, siempre que exista el capitalismo como sistema existirá el comunismo como idea, movimiento y alternativa.
PS: El título del presente artículo es, queriendo, idéntico al que utilizó Carlos Fernández Liria a los pocos días del 15-M para decir, aproximadamente, lo mismo que yo ahora.

lunes, 9 de mayo de 2016

La desaparición de la URSS 25 años después: Algunas reflexiones (I)

urss
Tomado de CubaDebate.
Por José Luis Rodríguez.

I

Este año se cumplirán 25 años de la desaparición de la Unión Soviética, ocurrida el 25 de diciembre de 1991, luego de un proceso de descomposición que hizo naufragar la mayor experiencia de cambio social en la historia de la humanidad. Se perdieron así el esfuerzo y el sacrificio de los pueblos que en medio de una lucha heroica, entregaron las vidas de muchos de sus hijos para construir una sociedad mejor. Solamente en la II Guerra Mundial murieron alrededor de 27 millones de soviéticos enfrentando el fascismo al que lograron derrotar a sangre y fuego, abriendo el camino también para la liberación de los pueblos de Europa del este y dando un impulso decisivo a las revoluciones anticoloniales en el Tercer Mundo.

En la postguerra el imperialismo no gozó de un poder hegemónico indiscutible. La existencia de la URSS y de los países socialistas europeos, unida a la Revolución socialista en China primero y en Cuba después, cambió la correlación de las fuerzas políticas en el mundo, obligando a un repliegue –no sin resistencia- de las fuerzas más reaccionarias en todo el planeta, proceso que duraría hasta la década de los años 70 del pasado siglo.
Sin embargo, la ofensiva del capitalismo tanto interna –para liquidar las conquistas de los trabajadores-, como externa –para frenar el avance de las políticas más revolucionarias y progresistas- comenzó a imponer sus condiciones en los años 80 bajo los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Y ello ocurre –no por casualidad- en medio de un debilitamiento del campo socialista europeo, tanto en la política doméstica, como en la arena internacional, resultando el antecedente inmediato de la crisis terminal que se desata en la segunda mitad de los años 80.
Mucho se ha escrito en los últimos años sobre las causas del derrumbe del socialismo en Europa, pero en una gran parte de los casos, los autores solo buscan confirmar –como lo hiciera el politólogo norteamericano Francis Fukuyama- la prevalencia del capitalismo como único régimen posible para la existencia de la humanidad, en cuyo enfoque el experimento socialista solo se evalúa como un accidente en una trayectoria que culmina con el “fin de la historia” concebida como el fin de la ideologías.
En realidad, no se ha agotado el análisis sobre la multiplicidad de causas del derrumbe del socialismo europeo, aunque a la luz del tiempo transcurrido desde entonces, sí es posible identificar un grupo de elementos que permiten ilustrar la complejidad de la construcción socialista y el peso de los errores cometidos en ese proceso, que condujeron finalmente a su frustración.
Este ejercicio analítico no solo tiene utilidad desde el punto de vista del conocimiento histórico, sino que debe permitirnos asimilar las lecciones pertinentes a aquellos que persistimos en la construcción del socialismo como la mejor alternativa para el desarrollo de nuestros pueblos. No por gusto nuestro Comandante en Jefe nos advertía el 17 de noviembre de 2005:
“Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo.”
Y más adelante añadía:
“Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”
En esa línea de análisis, hace ya algún tiempo concedí a la destacada periodista Rosa Miriam Elizalde una entrevista de trabajo –inédita- donde abordé diversos aspectos de este tema que hoy pudieran servir de base para una reflexión un poco más amplia acerca de las causas del derrumbe en el caso de la URSS y qué papel jugaron los medios en la misma. Igualmente sería útil tomar en cuenta lo recientemente publicado en el sitio Catalejo de la revista Temas en torno a las complejidades de la construcción del socialismo bajo el título “El socialismo si no se asimila conscientemente, se queda en la superficie.”

II

No se puede pasar por alto que el socialismo ha sido hasta el presente una sociedad en construcción, no totalmente consolidada en ninguna parte, ni en el caso del socialismo real, ni en de los procesos actualmente existentes, con los modelos de China, Vietnam, Cuba, y la RPD de Corea.
Examinando las experiencias en Europa Oriental y sobre todo en la antigua Unión Soviética, se observa que los procesos que derivaron en el derrumbe del socialismo tuvieron muchos aspectos en común y también-aunque hubo algunas particularidades-, los errores fueron también comunes. Hubo un punto de partida similar, porque en todos los casos existió la expectativa de superar rápidamente las enormes inequidades, injusticias, desigualdades que había provocado el capitalismo a lo largo de su historia.
Eso llevó siempre a tratar de quemar etapas, pero la experiencia indica que una transformación de la profundidad que requiere el diseño de un modelo socialista, sobre todo en su elemento fundamental, que es la transformación de las personas, de la mente de las personas, lo que en Cuba se ha llamado más recientemente “cambio de mentalidad”; es un proceso muy complicado y de largo plazo. Las personas no cambian de opinión, no transforman sus ideas porque se produzca únicamente un cambio en las relaciones de propiedad; es necesario un cambio cultural muy profundo para transitar del individualismo capitalista a una mentalidad colectiva, a la solidaridad social y la gestión económica consensuada y en todo este proceso juega un papel fundamental la política propia del socialismo.
Esta diferencia –al menos conceptualmente- fue advertida desde muy temprano. Lenin afirmó que había una gran diferencia entre nacionalizar y socializar la producción. Nacionalizar es un acto jurídico que se ejecuta en un momento determinado y provoca que cambien las relaciones de propiedad a partir de ahí. Pero que las personas se sientan dueñas y que piensen de manera diferente a como venían actuando en el capitalismo – que lleva siglos de funcionamiento en todo el planeta – eso no se produce rápidamente. Probablemente una parte de la sociedad sí lo hace, la vanguardia lo hace, pero la gran masa de las personas no cambia así. Y eso lo comprobó Lenin en la práctica desde los primeros años de existencia de la URSS.
Entonces, en medio del fragor revolucionario y luego la guerra civil, se llegó a conclusiones que parecen hoy extraordinariamente erradas. En efecto, a la altura de 1919 se propuso eliminar el dinero porque la guerra prácticamente había desmonetizado la sociedad. El dinero dejó de cumplir sus funciones, y empezaron a cambiarse en forma de trueque unos bienes por otros. Parecía que ese era el camino, porque por otro lado, Lenin había retomado de Marx y Engels la idea de que en el socialismo no existirían las relaciones mercantiles, a partir del nivel de desarrollo que podía lograr la sociedad.
En el Anti Duhring está presentado el tema de esa manera. Ciertamente, Marx y Engels hablaban de una transición en su contexto, en el mundo más desarrollado entonces bajo el capitalismo. Una transición simultánea al socialismo en tanto que posibilidad real se presentaba entonces como una meta lograble y es eso lo que da lugar a la Internacional y a los movimientos que avanzan en paralelo en los países europeos del mundo desarrollado en pos de una sociedad superior. Existía la idea de que se podía, efectivamente, transitar simultáneamente al socialismo en todo el sistema; y que dado el alto nivel de desarrollo alcanzado se podía prescindir del mercado en un plazo relativamente breve.
Esa idea se retoma en el contexto de la guerra civil que estalla en marzo de 1918 en Rusia y aparecen notables expresiones de idealismo como aquella que proclamaba la desaparición del dinero. Incluso esa tesis fue conceptualizada en el libro El ABC del comunismo, de Nicolás Bujarin y Eugenio Preobazhenski publicado en 1920.
Cuando termina la guerra civil a finales de 1920 desaparecen esas condiciones extraordinarias de sobrevivencia, se desmoviliza una enorme masa de campesinos del Ejército Rojo y hay que empezar a producir en condiciones normales. Lenin se da cuenta de que no es posible seguir utilizando los factores de movilización propios de situaciones extraordinarias y hay que tomar en cuenta las condiciones muy complejas de la reconstrucción de un país devastado por la guerra en la vida real.
La realidad indicaba claramente que con un ochenta por ciento de campesinos, esa población no podía cambiar su forma de actuar de un día para otro, por lo que había que utilizar otros mecanismos para que esas personas se sintieran estimuladas a producir. No valía decir solamente que las tierras les pertenecían a todos, y –en medio de un país amenazado por el hambre- en marzo de 1921 hubo que implantar la Nueva Política Económica, conocida como la NEP.
La NEP en su momento creó casi un cisma teórico, porque un año antes se había dicho que prácticamente estaban creadas las condiciones para transitar a una sociedad superior; y de pronto, en marzo de 1921, hay que volver al impuesto en especie, al pago en dinero, hay que estimular mercantilmente al campesino y hay que ir a un proceso de reconocimiento de la realidad de que Rusia –como país de muy bajo desarrollo- no podía ignorar la necesidad de desarrollar la producción mercantil para sobrevivir. Más allá de que esa experiencia traería otras consecuencias, Lenin siempre concibió la NEP como un proceso temporal, de transición, hasta tanto se crearan las condiciones para ir a la cooperación, primera fase de socialización de la producción, entendiendo como ese proceso de socialización, la producción directamente vinculada a las necesidades de la sociedad.
Las ideas de esa necesidad de avanzar en ese proceso Lenin las expuso en un artículo que se titula “Sobre la cooperación”, escrito en marzo de 1923, donde reclama que se tome en cuenta que la NEP no es el camino definitivo y que hay que ir estimulando la unión de las fuerzas productivas para que la población entienda que trabajando juntos se tiene más productividad mediante un proceso gradual de cooperación.
Todo este período inicial de construcción del socialismo en la Unión Soviética se da en circunstancias extraordinarias: la guerra civil lo fue en el orden militar, en el orden de la sobrevivencia; y también la NEP fue una circunstancia extraordinaria.
A partir de los resultados indudablemente positivos de la NEP cuando se recuperan en 1926 los niveles productivos de 1913, las cosas parecían marchar a un nuevo ritmo y se empieza a discutir ya cómo abordar la industrialización, es decir, una etapa superior de crecimiento para llegar al desarrollo.

Lamentablemente, la extensión en el tiempo de las circunstancias extraordinarias empezó a generar otro fenómeno y esto ocurre en una coyuntura en la que se incrementa la hostilidad de los países capitalistas contra el socialismo naciente. De este modo, entre 1920 y mediados de los años treinta las agresiones eran de todo tipo, probablemente de la misma intensidad de las que padeció Cuba en los primeros años del triunfo de la Revolución: agresiones militares, sabotajes, espionaje, aislamiento internacional, fenómenos exacerbados además por errores que inevitablemente se cometían en un proceso inédito en la creación de una sociedad de nuevo tipo. Y esto lógicamente hizo que lo que era una táctica para enfrentar condiciones extraordinarias, se convirtiera poco a poco en algo al parecer permanente y que comenzara a interpretarse lo extraordinario como un proceso normal de construcción socialista. De ahí que muchos años después el Che –que comprendió estos peligros- planteara que a la NEP no se le podía dar carácter de regularidad universal para la construcción del socialismo, sino que obedecía a las circunstancias concretas que enfrentó la URSS en esos años.
Puede decirse que a partir de la muerte de Lenin en enero de 1924, se empezaron a desarrollar medidas extraordinarias en un escenario que –en muchos aspectos- ya no correspondía con las necesidades del momento. Se empiezan a aplicar normas que –a la luz de lo que ocurrió posteriormente-, están en la base del fracaso del socialismo en la Unión Soviética, por ejemplo, la cooperativización forzosa, que alcanza su clímax entre 1929 y 1934. De aquella llamada de Lenin en 1923 a ir a la cooperación mediante la persuasión, el convencimiento, se pasa a un proceso mediante el cual simplemente la cooperación se impone. Se fue a la represión, supuestamente ante circunstancias extraordinarias, pero ya no eran las de la guerra o las de la NEP, sino que se empieza a extender la noción de lo extraordinario en el tiempo.
Por otro lado, Lenin, enfermo e incapacitado de ejercer la dirección del país en muy complejas circunstancias, fue consciente de los peligros que asechaban a la Revolución de Octubre. En su testamento político –documento conocido como la “Carta al Congreso”- advertía sobre el peligro de la escisión del partido como resultado de las divergencias entre José Stalin –sobre el que recomendara su democión del cargo que ocupaba por sus defectos de carácter y métodos arbitrarios de dirección- y Leon Trotsky. Ese peligro se materializaría rápidamente después de su muerte.

Comienza así a transitarse un camino que conduciría a la desnaturalización del consenso político indispensable en el socialismo. Ya Lenin se había visto forzado a limitar la participación democrática en 1921 cuando la sublevación de Kronstadt, etapa en la cual se eliminan las facciones dentro del Partido y la posibilidad de hacer oposición a líneas de dirección dentro de la organización, pero todo eso ocurre en medio del peligro de un cisma dentro del Partido que hubo que frenar.
Sin embargo, ya en 1923 las divergencias internas sobre cómo avanzar hacia la industrialización, lleva a que las posiciones de los trotskistas sean reprimidas en medio de un debate que podía considerarse legítimo. Posteriormente en la polémica entre Bujarin y Preobrazenski de 1926 sobre cómo conducir la industrialización, también ocurre ese fenómeno y el gran debate se cierra abruptamente en 1927 y desaparecen de la escena política los dos contrincantes. Preobazhenski pasa a ser una figura suspendida y Bujarin es separado de los cargos que tiene en 1929 y terminaría de director del periódico Pravda, una posición menor.
Estas graves violaciones de la democracia socialista alcanzarían su punto crítico en los fenómenos de represión que suceden a partir de 1936. Los cuatro procesos que hubo en aquellos años condujeron prácticamente a la eliminación física de la dirección del Ejército Rojo y de la dirección tradicional del Partido Bolchevique bajo cargos de traición que nunca pudieron ser realmente demostrados.
Estos hechos causarían un daño enorme a las ideas del socialismo en todo el mundo y se ubican también como otro antecedente del derrumbe del socialismo en Europa.
No obstante, en lo inmediato la causa del socialismo resistió y en su nombre los pueblos de la URSS vencieron en la II guerra mundial, aun a costa de enormes sacrificios y se logró reconstruir el país en muy pocos años.
Sin embargo, en el devenir de la postguerra los problemas económicos comenzaron a demandar soluciones efectivas a contradicciones que hasta ese momento no habían llegado a un punto crítico.
Un tema no resuelto en la práctica desde que se inició en el año 1917 la construcción efectiva del socialismo en Rusia, fue el de las relaciones mercado-planificación, o pudiéramos decir, libre juego de las fuerzas de desarrollo en la sociedad y desarrollo controlado, previsto, planificado; primero, porque hubo una gran incomprensión durante muchos años de la esencia de las relaciones monetario-mercantiles.
Igual que no se podía cambiar la mentalidad de quien había vivido siglos bajo la influencia del egoísmo capitalista, en la economía no cambian las estructuras de un día para otro y para lograr esa socialización efectiva hace falta un nivel de desarrollo elevado. Este es un proceso complicado, de largo plazo, que requiere un nivel de crecimiento de las fuerzas productivas que no se ha logrado hasta hoy.
En la misma medida en que no existe socialización suficiente, o lo que es lo mismo, la no correspondencia entre lo que hace toda la sociedad y lo que requiere, ¿qué espacio queda para concordar esos intereses que son a veces contrapuestos?: el mercado. El mercado existe así objetivamente, dado un determinado nivel de desarrollo de la sociedad, que no se cambia de inmediato por el hecho de nacionalizar los medios de producción.
La explicación de por qué subsistía el mercado en el socialismo no ha sido un proceso sencillo y aún hoy subsisten muchas interpretaciones erradas al respecto.
Una de las primeras explicaciones, las dio Preobazhenski en los años veinte, por lo menos es uno de los autores que habló más profundamente del tema. Según el existían relaciones de mercado porque existían distintas formas de propiedad: estatal, privada, cooperativa y esas relaciones de propiedad no tienen un punto de contacto común, por lo que es necesario el mercado para unirlas con su interrelación. Argumento relativamente razonable, pero dejaba afuera un gran problema: ¿por qué subsiste el mercado en el seno de la propiedad estatal? Es decir, por qué es necesario el dinero, el cálculo económico, la contabilidad, los créditos bajo una misma forma de propiedad social.
En el funcionamiento de la economía estatal eso no se lograba comprender, porque durante muchos años en los análisis no se iba a la base del asunto, que consistía en que el mercado existía aún antes de la propiedad privada, es decir, que podía existir el mercado y no haber propiedad privada propiamente dicha: tal es el caso de la producción mercantil simple, donde el propietario es el mismo productor.
En el transcurso de los años se añadió mayor complejidad al análisis producto de los intentos de justificar -sin una base lógicamente fundamentada- la presencia de las relaciones de mercado en el seno de la propiedad estatal.
Así en 1935 se institucionaliza el cálculo económico como una fórmula para dar raciocinio a la conducta de dirección económica de la sociedad, pero se cometió un gran error, ya que se dijo que el cálculo económico era formal y que nada de eso tenía contenido. Una categoría no existe sin contenido, y el cálculo económico tiene una base que es la existencia del mercado a partir de determinadas condiciones, pero eso nunca se explicó correctamente entonces.
Ya en 1951 -ante los problemas que confrontaba la URSS para avanzar en el crecimiento extensivo de la economía- se abrió de nuevo la discusión. Stalin – en su ensayo “Los problemas económicos del socialismo en la URSS”- vuelve a plantear que la presencia de las relaciones monetario-mercantiles se debía a distintas formas de propiedad, tesis muy similar a lo planteado por Preobrazenski muchos años atrás.
Esa explicación permaneció sin una solución científica, hasta los años sesenta. Es en los debates en torno a la reforma económica en la URSS que duraron de 1958 a 1965 que se empieza a profundizar en cómo es posible que exista el mercado si ha desaparecido como algo preponderante la propiedad privada.
Surgió entonces una explicación –basada en una relectura del tomo I de El Capital-, que los productores aislados entre sí no hallan formas de conectar sus intereses de modo común, diríamos, socializándolos. Tiene que haber un mecanismo de vínculo entre ellos, y ese mecanismo lo da el mercado. Por lo tanto es el aislamiento económico relativo aún en el seno de la propiedad social –que persiste unido a un bajo nivel de desarrollo relativo en la construcción del socialismo- el que provoca la existencia o la permanencia de relaciones mercantiles en el socialismo aunque no exista propiedad privada, pero esa explicación demoró sesenta años en llegar, lo que provocó un daño terrible a la teoría económica y a todo el funcionamiento del socialismo.

viernes, 25 de diciembre de 2015

UN ARMA PARA EL PRESENTE, UNA APUESTA AL FUTURO (1)

Tomado de Dialogar Dialogar.

Fernando Martínez Heredia (2).

Ante todo, agradezco mucho el honor y la oportunidad que me han brindado los organizadores, de realizar esta actividad como cierre del Diplomado “Pensamiento emancipatorio en América Latina”, que se ha impartido durante ocho meses en este Centro de Estudios, con la colaboración internacionalista de GALFISA y mis queridos compañeros docentes.
Al leer la estrategia formativa, la fundamentación, los objetivos y el programa del diplomado he sentido la gran satisfacción de comprobar cuánto hemos avanzado los latinoamericanos en la comprensión cabal y la utilización adecuada del pensamiento marxista revolucionario. Sucede aquí, en el continente en el que son más profundas las contradicciones del sistema capitalista, pero que es al mismo tiempo la región del mundo donde la inconformidad y la resistencia se han vuelto más capaces de producir hechos políticos y sociales, e ideas y sentimientos, que desafían más profundamente al criminal modo de dominación que amenaza cerrarle a la humanidad todos los caminos y al planeta mismo su existencia.
Ha sido sumamente difícil el decurso histórico transcurrido desde la implantación del colonialismo hace cinco siglos, genocida, ecocida y destructor de culturas. Igualmente difícil ha sido romper las cárceles del espíritu y del pensamiento para llegar al conocimiento y la comprensión de ese mismo proceso por parte de los pueblos sometidos a la explotación, la opresión y el olvido de sí mismos. La historia ha sido prisionera del colonialismo, y de las clases dominantes de las repúblicas burguesas y neocolonizadas. Recuperar la historia desde el campo popular es una necesidad para entender el presente y para guiar nuestras acciones y proyectos, tarea que aquí solamente menciono.
El estudio y la utilización del pensamiento crítico marxista en El Salvador expresa una estrategia acertada ante a la situación actual y, sobre todo, frente a los problemas, los dilemas y las opciones principales que enfrentan los revolucionarios en esta coyuntura y los que tendrán ante sí en el futuro previsible. Un mar de temas deberá ser abordado por ese pensamiento.
Ilustro la cuestión de manera telegráfica mediante seis problemas. El de la identidad: ¿qué somos? El de la política práctica: ¿qué hacemos? El de los valores, las motivaciones y los comportamientos cotidianos: ¿cómo educarnos y reeducarnos, cómo transformarnos, determinarnos a actuar y persistir, ser flexibles y firmes a la vez?, ¿cómo llegar a ser diferentes a la cultura de la dominación, y no apenas opuestos a los dominantes?, ¿cómo ser muy subversivos y al mismo tiempo ser creadores y constructores? El problema de los objetivos: ¿adónde vamos?, ¿cómo relacionar la estrategia con las tácticas?, ¿y los fines con los medios? El problema de la posición revolucionaria: ¿cómo nos guiamos para mantenerla en todas las coyunturas y en todas las etapas?, ¿cómo evitar que pierda el rumbo y se vuelva una rémora?, ¿cómo defenderla y desarrollarla? El problema de la utopía, esa vocación imprescindible que exige ir más allá de lo posible y de lo factible, y convertir sueños en realidades a través de la praxis consciente y organizada.
Es obvio que tantos problemas e interrogantes solo podrían abordarse bien dentro de un plan de estudio, debates y divulgación, de investigaciones e intercambios, dentro de una política de utilización del pensamiento como instrumento del movimiento revolucionario. Al mismo tiempo, deben ser un ejercicio irrenunciable de cada persona consciente. Por mi parte, a lo largo de mi vida, junto a la participación en experiencias y el acompañamiento a otras, he tratado de analizar y reflexionar sobre los problemas que enumeré y algunos otros. En consecuencia, me limito a rendir homenaje a todas y todos los que han trabajado en el diplomado que hoy culmina, y me contraigo a hacer comentarios acerca de una cuestión que resulta muy atinente al papel que me toca, dada la ocasión y el tema de la convocatoria: las tareas que tiene ante sí el pensamiento revolucionario latinoamericano.
En el pensamiento latinoamericano actual existen varias corrientes y perspectivas diferentes entre los partidarios o simpatizantes de cambios a favor de las mayorías; algunas de ellas, incluso, se contradicen y polemizan. Esta situación tan positiva parecía imposible hace solo quince años, cuando regía prácticamente a escala mundial un pensamiento al que se le solía llamar “único”, aunque lo que pretendían –y siguen pretendiendo– sus impulsores es más bien que no haya ningún pensamiento, que sean olvidados el pasado y el futuro, las ideas de progreso y las de socialismo, y los afanes en busca del desarrollo de los países del que ya no llaman Tercer Mundo. Era un mundo unipolar, con los instrumentos económicos, políticos, militares y culturales principales en manos del imperialismo norteamericano. Nuestra región debía aceptar como hechos naturales ese predominio y su neolengua, el reino del neoliberalismo, los recortes de las soberanías y el empobrecimiento, la pérdida de los avances sociales logrados durante el siglo XX y la miseria de las mayorías. En cada país, los gobernantes y los poderosos en la economía interna debían ser, al mismo tiempo, cómplices y subalternos de ese orden vigente.
Un pensamiento opuesto a ese sistema, o resistente ante sus aspectos más nefastos, se mantuvo en el continente durante aquella etapa tan oscura, hizo análisis y denuncias y acompañó en su brega a movimientos sociales combativos. Pero constituía una minoría cercada por la corriente principal y por el control casi totalitario de la información, la opinión y la reproducción de ideas ejercido por los dominantes.
La situación del movimiento popular era pésima, y las actividades e ideas principales se referían a la sobrevivencia, exigencias mínimas, aferrarse a ideales y tratar de recuperar autoestima en medio de la euforia neoliberal. Hoy la formación en el pensamiento crítico es una tarea estratégica porque hemos avanzado mucho, y la situación es diferente y mucho más favorable. Hay que tener esto muy en cuenta para lograr hacer planteos a la altura de la situación y buscar soluciones que realmente no sean mediocres o mezquinas, porque, en términos históricos, estamos abocándonos en América Latina a una nueva etapa de acontecimientos que pueden ser decisivos, de grandes retos y enfrentamientos, y de posibilidades de cambios sociales radicales. Es decir, una etapa en la que predominarán la praxis y el movimiento histórico, en la que los actores podrían imponerse a las circunstancias y modificarlas a fondo, una etapa en la que habrá victorias o derrotas. El momento le exige mucho al pensamiento revolucionario, porque esa praxis tiene que acertar y tiene que ser intencionada, saber lo que quiere, por qué lo quiere, cómo hacer, distinguir el tiempo de acumular del tiempo de actuar con decisión, combinar la paciencia y la audacia. La actuación revolucionaria resulta siempre el arte más difícil de todos.
En lo que va de este siglo, ha sido el mundo de los hechos el que ha primado en América Latina. No hubo un previo crecimiento brusco de novedades en los contenidos, las teorías, los métodos del pensamiento social, ni hubo una revuelta intelectual. Tampoco el pensamiento social pronosticó que en tan breve plazo podrían salirse países del continente del control tan completo que tenía el imperialismo, e incluso formarse poderes populares en algunos de ellos. Ahora la praxis está requiriendo al pensamiento aprovechar los medios con que cuenta y lanzarse al ruedo del gran laboratorio social que constituyen las realidades, los conflictos, los condicionamientos y los proyectos actuales latinoamericanos.
Pero no se trata de una necesidad secundaria o que pueda posponerse. En las condiciones actuales confluyen dos realidades de gran magnitud e importancia crucial. Por un lado, las enormes insuficiencias, dificultades y enemigos de los que aspiran a la autonomía real, el bienestar de las mayorías o la liberación de las dominaciones, que son tres posiciones diferentes. Por otra parte, los desafíos gigantescos que confrontan los intentos de lograr, defender, consolidar y hacer avanzar relaciones sociales, motivaciones y conductas individuales, instituciones, estrategias, ideales y proyectos que permitan la emergencia de nuevas sociedades y de vínculos solidarios que vayan desde las relaciones interpersonales hasta el ámbito de toda la región.
Solamente una praxis intencionada, organizada, capaz de manejar los datos fundamentales, las valoraciones, las opciones, la pluralidad de situaciones, posiciones y objetivos, las condicionantes y las políticas que están en juego, será capaz de enfrentar esos retos con probabilidades de triunfar. Eso hace imprescindible el desarrollo de un pensamiento social que se vuelva apto para ayudar y participar, analizar y elaborar síntesis, contradecir o influir, prever futuros y recuperar legados, siempre desde dentro de los procesos mismos y no como una conciencia crítica externa a ellos. Es decir, un pensamiento social que combine la autonomía y la conciencia de su especificidad con el involucramiento en las causas populares, la creación con la divulgación para concientizar, la independencia con la participación resuelta y efectiva.
Quisiera llamar la atención, además, a que ya resulta imperativo que nos comuniquemos mucho más, que hagamos sistemática la información a los demás de lo que cada uno hace, y la discusión entre todos de los resultados, las ideas, las diferentes perspectivas y los proyectos. La creación y el desarrollo de instrumentos suficientes para que esa comunicación sea constante y eficaz podría ser decisiva para multiplicar la fuerza, el alcance y la influencia de este movimiento del conocimiento y las ideas, y también podría ser un paso de gran trascendencia hacia una verdadera integración continental.
En la América Latina y el Caribe las dominaciones han sido combatidas por resistentes y rebeldes desde hace siglos. Nosotros somos los herederos de esos combates y estamos obligados a resistir mejor y a inventar, crear las formas de triunfar y de cambiarnos a nosotros mismos, al mismo tiempo que transformamos las sociedades a través de los procesos emancipatorios y creamos y sostenemos poderes revolucionarios capaces de servir como instrumentos para proyectos cada vez más ambiciosos de liberación. Una parte importante de las prácticas necesarias es la elaboración y el desarrollo de un pensamiento propio, nuestro, que consiga liberarse de las necolonizaciones de la mente y de los sentimientos, y de las fragmentaciones, las confusiones, los sectarismos y otras deficiencias que portamos. Está claro que es muy difícil, pero todas las cosas importantes son muy difíciles.
Tenemos que apoderarnos del lenguaje y liberarlo de subordinaciones, de fronteras y del temor a ser dueños de él y que nos sirva para pensar, porque el lenguaje es imprescindible para pensar. No hay lenguaje inocente: nuestros enemigos lo saben bien y tratan de ponerlo a su servicio, sostienen una guerra del lenguaje que forma parte de su guerra cultural mundial. El pensamiento latinoamericano sufrió mucho por las victorias del capitalismo en la última parte del siglo XX, aunque ya padecía problemas propios muy graves. El lenguaje de la liberación se perdió en un grado alto. Es cierto que en las etapas peores no es cuerdo hablarles a todos como si estuviéramos al borde de la victoria. Me gusta que hayamos usado la palabra “alternativa”, porque ha sido un buen recurso cuando, por una parte, parecía imposible mencionar los términos “revolución”, “socialismo”, “imperialismo” o “liberación”, y por otra, muchos tenían una sana desconfianza de las grandes palabras que no habían podido guiar la resistencia y la rebeldía hacia triunfos, o mantener al menos lo que se había conquistado o conseguido, mientras que los dominantes tenían una fuerza que parecía todopoderosa y un dominio cultural muy grande.
Pero hoy la coyuntura continental es muy diferente, y hay que sacarle provecho, avanzar y crear situaciones favorables a cambios liberadores. Estados Unidos, como es natural, no puede aceptar la disminución de su dominio, y en la actualidad está impulsando, junto a sectores burgueses de la región, una contraofensiva dirigida a retomar el control completo sin utilizar necesariamente la agresión directa ni el establecimiento de dictaduras abiertas. Las formas de subversión siguen vigentes, pero operan dentro de las reglas del juego del sistema capitalista neocolonial, donde la alternancia de gobiernos y corrientes ideológicas no implicaba nunca un peligro mortal para el sistema de dominación. Desde hace más de veinte años le vengo llamando guerra cultural a la estrategia general que subtiende a operaciones como la que está en curso. La guerra cultural es el arma fundamental del imperialismo para asegurar y mantener su dominación.
En la respuesta a esa guerra se inscriben las tareas inmediatas del pensamiento que sirve a la causa popular. La liberación del lenguaje y la del pensamiento marchan forzosamente juntas. Esa tarea es muy difícil pero, sin embargo, no precisa de enormes recursos materiales. En la medida en que avance llegará a constituir una fuerza tremenda a nuestro favor, que formará capacidades crecientes para el desarrollo de nuestras identidades, proyectos, luchas y unificaciones. Los problemas concretos que nos debilitan y nos separan serán más comprensibles, y será más factible superarlos.
En los últimos cien años la humanidad experimentó transformaciones extraordinarias a favor de las potencialidades de emancipación humana y social. En la segunda mitad del siglo XX se levantaron en el continente resistencias, combates e ideas de un alcance excepcional. A pesar de las insuficiencias, derrotas y errores de ese período histórico, nos ha dejado un legado excepcional de capacidades y cualidades, y una acumulación cultural que ha sido premisa básica para el inicio de la nueva fase latinoamericana.
Trataré de enumerar muy sintéticamente doce rasgos y acciones que a mi juicio deberá tener el pensamiento emancipatorio latinoamericano para cumplir las funciones que la época le reclama.
1) superar el retraso que padece, frente a la nueva situación y frente a problemas que son más antiguos;
2) retomar el socialismo como objetivo y asumir críticamente el marxismo que está regresando, el marxismo de los revolucionarios. No permitir de ningún modo el regreso del dogmatismo. El pensamiento no debe ser un fetiche, ni un adorno para sentirse bien o adquirir seguridad;
3) apoyar los esfuerzos contra la subordinación de los movimientos populares a la dominación cultural de la burguesía y el imperialismo, la hegemonía que les permite prevenir, neutralizar resistencias y rebeldías, dividir y oponer entre sí a los dominados, reabsorber lo que un tiempo se le opuso, reformularse y presentar nuevas propuestas;
4) contribuir a la articulación de las identidades, las demandas, las campañas, las visiones y los proyectos de cada movimiento popular con el enfrentamiento a la totalidad del sistema de dominación, un paso de avance que es decisivo;
5) abandonar la exigencia a los que luchan a que entren en las camisas de fuerza de concepciones dogmáticas, y los hábitos de denunciar a los que no se pliegan, como “traidores” y “colaboradores”. Partir de las realidades que existen, no de lo que creamos que deben ser, pero no para adecuarnos o resignarnos a ellas, sino para participar en el empeño de cambiarlas a favor de los pueblos y las personas;
6) colaborar en la defensa y la conservación de la autonomía de los movimientos populares en todos los procesos en que participen. A los poderes de izquierda les será muy beneficiosa esa autonomía, como uno de los aspectos a desarrollar en el camino de su conversión efectiva en poderes populares;
7) plantear la centralidad de lo político, y argumentar y convencer acerca de esa necesidad. Al mismo tiempo, aprender y desaprender acerca de problemas fundamentales de lo político, como son las relaciones entre la política y la ética; la naturaleza y las características principales de la organización política; las relaciones de ella con los demás miembros del pueblo; qué es el poder, cómo hacerlo realidad y la necesidad de construir el poder entre muchos; las alianzas; los problemas de la estrategia y de las tácticas; el manejo y la combinación de todas las vías y formas de actuación que sean necesarias; las relaciones acertadas entre los cambios y el aumento de capacidades de las personas, los grupos sociales y la sociedad en su conjunto;
8) desarrollar el pensamiento acerca de temas y problemas que en tiempos pasados no se veían o no se apreciaban, y que hoy tienen una enorme importancia;
9) emprender y ganar la guerra del lenguaje, recuperar las nociones que han formado y desarrollado las culturas de los pueblos y trabajar con ellas en las nuevas condiciones y para los nuevos problemas;
10) utilizar nuestros instrumentos de educación para la formación y las tareas que tenemos, no depender de ellos como si fueran nuestros objetivos;
11) revolucionar las ideas mismas que se han tenido acerca del pensamiento, incluido el pensamiento crítico. No pretender ser la conciencia crítica del movimiento popular, sino militantes del campo popular. Avanzar hacia nuevas comprensiones de las relaciones entre el pensamiento y los movimientos populares y en la formación de nuevos intelectuales revolucionarios. Ser funcionales al movimiento popular, pero sin perder la autonomía y los rasgos principales de su tipo de trabajo y su producción. Ejercer realmente el pensamiento, creador, crítico y autocrítico, sin miedo a tener criterios propios ni a equivocarse. Recuperar la memoria histórica y ayudar a formular los proyectos de liberación social y humana. Que la ley primera del pensamiento sea servir desde su especificidad; y
12) ser siempre superiores a la mera reproducción de la vida vigente y de sus horizontes. Sin dejar de atender a lo cotidiano y a las luchas en curso, contribuir a la elaboración de estrategias, concepciones y proyectos, y a la destrucción de los límites de lo posible, que es la única garantía de que sea viable la formación de nuevas personas y nuevas sociedades.
Esta enumeración es, forzosamente, muy general. Al atenderla, resulta imprescindible partir de las situaciones concretas y relacionar sus proposiciones con los condicionamientos, los medios disponibles y la especificidad del complejo cultural en el que siempre están inscritas las actuaciones, las percepciones y las ideas. Un ejemplo reciente muy importante es el de las revoluciones en los medios de comunicación, que se generalizan y se suceden en cantidades asombrosas que ofrece un mercado a precios democratizables, en su mayoría bajo el control cultural e ideológico del sistema capitalista mundial. Ese control, que resulta vital para el sistema dada su naturaleza actual, lo está ejerciendo de manera muy eficaz. Pero el complejo material-ideal que esas revoluciones han desplegado constituye, al mismo tiempo, un maravilloso potencial de multiplicación de las capacidades humanas, que debemos tratar de utilizar de una manera u otra en todas las tareas nuestras y al servicio de nuestros ideales y objetivos. No ser siervos de ellas, trabajar con ellas, es la propuesta que les hice a jóvenes blogueros cubanos hace dos años.
En general, debemos evitar la recepción pasiva de los elementos del pensamiento crítico. Hay que apoderarse de ellos e inscribirlos en nuestra actividad intelectual, y hacer que el conjunto de esta última sea un instrumento eficaz del desarrollo revolucionario de las personas y la sociedad.
Permítanme agregar un comentario acerca de una cuestión que está ganando terreno en este último año: el planteamiento de que América Latina vive el final de un ciclo. Se refiere, naturalmente, a las experiencias de gobiernos salidos de victorias electorales populares que han impulsado políticas sociales favorables a las mayorías y formas de democratización política, y se han autonomizado del imperialismo norteamericano; y también a algunos países que han ido más allá en cuanto a transformaciones revolucionarias y a la fuerza y crecimiento de movimientos populares combativos y organizados. Es decir, a los movimientos que en lo que va de este siglo han producido cambios muy notables en el sentido de la liberación nacional, social y humana, han generado entusiasmo, participación y esperanza, y han recuperado la noción de socialismo.
Los análisis que se basan en la dimensión económica privilegian variables tales como la baja de los precios internacionales del petróleo y otras mercancías primarias, la apreciación del dólar y el descenso de la dinámica de crecimiento de la economía mundial. Pero la vulgarización coloquial de esta dimensión no analiza, sino que acude a dogmas que fueron lugares comunes dentro de la mayor parte de las izquierdas, que hacen depender la vida social, incluidos sus cambios revolucionarios, de abstracciones seleccionadas de la dimensión económica de la sociedad—como aquellas de ‘fuerzas productivas’ y ‘relaciones de producción’–, con el socorrido añadido de que “solo determinan en última instancia”. Pero ningún proceso revolucionario ha sucedido a causa de los avatares de esas abstracciones, ni el movimiento histórico puede explicarse por ellas. Además de combatir el fatalismo que contienen esas posiciones, que en una coyuntura como esta se convierte en derrotismo y desmoralización, es imprescindible que estudiemos seriamente los temas y los problemas económicos.
Otros comentarios o análisis tratan de comprender a lo político y lo económico relacionados, como base del supuesto fin del ciclo; son más serios, pero no creo que estén llegando al fondo de la cuestión. Parece ganar terreno la denominación de “progresista” para los gobiernos que no han permanecido dentro del redil imperialista –un término anacrónico, procedente del arsenal del reformismo del período 1945-1990–, y se maneja el temor de que por no haber sido suficientemente “progresistas” vaya a triunfar por todas partes el “atraso” que porta una derecha aparentemente más sagaz. No faltan acusaciones que parten de un hecho palmario: el imperialismo norteamericano y su aliada subordinada burguesa en cada país en cuestión están a la ofensiva en varios países, haciendo una guerra sin cuartel a base de formación de opinión pública a partir del control de los medios de comunicación, guerra económica que deteriora la vida de amplias capas de población, políticos corruptos y serviles que ocupan cargos y magistrados que son sus sirvientes, utilización de enormes recursos materiales para sus campañas, que incluyen la compra del voto de personas y familias que viven en extrema pobreza. Porque un requisito de esta ofensiva es amagar con el caos, pero no salirse de las reglas del juego electoral que caracterizaban los períodos en que ha regido la democracia burguesa.
Dos sucesos recientes agudizan el problema: la derrota del candidato del gobierno en las elecciones presidenciales de Argentina a manos del candidato de la derecha, y la impresionante victoria de la oposición contraria al proceso en las elecciones legislativas de Venezuela ayer domingo, 6 de diciembre. El primero tiene consecuencias negativas para la correlación de fuerzas a escala continental, el segundo podría llegar a tener implicaciones funestas para todo el movimiento popular latinoamericano y caribeño.
La situación nos está exigiendo rechazar y condenar todo derrotismo y desmoralización. Y nos está exigiendo revisar y analizar con profundidad y con espíritu autocrítico todos los aspectos relevantes de los procesos en que estamos metidos, todas las políticas que practicamos y las opciones que escogemos. Ambas actitudes, y las actuaciones consecuentes, son factibles porque poseemos ideales, convicciones, fuerzas reales organizadas y una cultura acumulada. Pero una enseñanza aparece muy clara. Distribuir mejor la renta, aumentar la calidad de la vida de las mayorías, repartir servicios y esperanzas a los inermes es indispensable, pero no es suficiente. Alcanzar victorias electorales populares dentro del sistema capitalista y gobernar para el pueblo a contracorriente de su orden explotador y despiadado es un gran avance, pero es insuficiente. Vuelve a demostrar su acierto una proposición fundamental de Carlos Marx: la centralidad de la política en la actividad del movimiento de los oprimidos.
Comprender qué ha faltado en Argentina, y qué ha faltado en Venezuela, es realmente importante. Pero más aún lo es que actuemos en consecuencia en cada uno de nuestros países. Concientizarnos, organizarnos, movilizarnos, son palabras de orden. No se trata de expresiones de aceptación resignada, como podría ser la de “fin de ciclo”: se trata de revisar las vías y los medios utilizados y su alcance, sus límites y sus condicionamientos. Y de utilizar todas las vías y los medios que sean necesarios para que no sea derrotado el campo popular. La eficiencia para garantizar los derechos del pueblo y defender y guiar su camino de liberaciones debe ser la legitimidad que se exija a las vías y los medios. No retroceder, sino avanzar. Para que haya vida para todos, la fuerza del pueblo consciente y organizado es decisiva.
La primacía de la actuación política, la orientación revolucionaria, la formación ideológica de contenido acertado y alcance popular serán fundamentales para derribar imposibles y para encontrar los modos de vencer. Y por el camino quedará claro que solo venceremos si al mismo tiempo que se enfrentan los incidentes pequeños, los problemas cotidianos, los avatares de las tácticas y los combates del día, se mantiene siempre el apego firme a los principios, la brújula del ideal liberador, los objetivos estratégicos y el avance hacia la utopía, ese más allá conquistable mediante la acción masiva, consciente y organizada.
Termino este diálogo entre estudiosos militantes con palabras de dos grandes, porque los grandes poseen, entre otras cualidades, la de hablarnos con enseñanzas de valor permanente, aun cuando al pronunciarlas estuvieran inmersos en la pelea con sus circunstancias. Uno es José Martí, que en 1890, cuando parecían sueños la independencia de Cuba y la segunda independencia de Nuestra América, dijo: “el único hombre práctico es aquel cuyo sueño de hoy será la ley de mañana”. El otro es Ernesto Che Guevara, que hace cincuenta años nos invitó a todos a “no desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades”. Y afirmó: “tránsito pacífico no es logro de un poder formal en elecciones o mediante movimientos de opinión pública sin combate directo, sino la instauración del poder socialista, con todos sus atributos, sin el uso de la lucha armada”. En América Latina, “o revolución socialista o caricatura de revolución”.
1.Conferencia en el acto de clausura del Diplomado “Pensamiento emancipatorio en América Latina”, Centro de Estudios de El Salvador, San Salvador, 28 de noviembre de 2015. El autor completó el texto el 7 de diciembre de 2015.
2.Director General del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, de La Habana, Cuba.

sábado, 9 de mayo de 2015

Nuestro derecho a ser Marxistas-Leninistas

Foto: Roberto Chile
Tomado de CubaDebate

Pasado mañana, 9 de mayo, se conmemorará el 70 aniversario de la Victoria del pueblo soviético en la Gran Guerra Patria. Dada la diferencia de hora, cuando elaboro estas líneas, los soldados y oficiales del Ejército de la Federación de Rusia llenos de orgullo, estarán ejercitando en la Plaza Roja de Moscú con los rápidos y marciales pasos que los caracterizan.

Lenin fue un genial estratega revolucionario que no vaciló en asumir las ideas de Marx y llevarlas a cabo en un país inmenso y solo en parte industrializado, cuyo partido proletario se convirtió en el más radical y audaz del planeta tras la mayor matanza que el capitalismo había promovido en el mundo, donde por primera vez los tanques, las armas automáticas, la aviación y los gases asfixiantes hicieron su aparición en las guerras, y hasta un famoso cañón capaz de lanzar un pesado proyectil a más de cien kilómetros hizo constar su participación en la sangrienta contienda.

De aquella matanza surgió la Liga de las Naciones, una institución que debía preservar la paz y no logró siquiera impedir el avance acelerado del colonialismo en África, gran parte de Asia, Oceanía, el Caribe, Canadá, y un grosero neocolonialismo en América Latina.

Apenas 20 años después, otra espantosa guerra mundial se desató en Europa, cuyo preámbulo fue la Guerra Civil en España, iniciada en 1936. Tras la aplastante derrota nazi, las naciones cifraron sus esperanzas en la Organización de las Naciones Unidas, que se esfuerza por crear la cooperación que ponga fin a las agresiones y las guerras, donde los países puedan preservar la paz, el desarrollo y la cooperación pacífica de los Estados grandes y pequeños, ricos o pobres del planeta.

Millones de científicos podrían, entre otras tareas, incrementar las posibilidades de supervivencia de la especie humana, ya amenazada con la escasez de agua y alimentos para miles de millones de personas en un breve lapso de tiempo.

Somos ya 7 300 millones los habitantes en el planeta. En el año 1800 solo había 978 millones; esta cifra se elevó a 6 070 millones en el año 2000; y en el 2050, según cálculos conservadores, habrá 10 mil millones.

Desde luego, apenas se menciona que a Europa Occidental arriban embarcaciones repletas de emigrantes que se transportan en cualquier objeto que flote, un río de emigrantes africanos, del continente colonizado por los europeos durante cientos de años.

Hace 23 años, en una Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo expresé: “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre.” No sabía entonces sin embargo cuán cerca estábamos de ello.

Al conmemorarse el 70 aniversario de la Victoria en la Gran Guerra Patria, deseo hacer constar nuestra profunda admiración por el heroico pueblo soviético que prestó a la humanidad un colosal servicio.

Hoy es posible la sólida alianza entre los pueblos de la Federación Rusa y el Estado de más rápido avance económico del mundo: la República Popular China; ambos países con su estrecha cooperación, su avanzada ciencia y sus poderosos ejércitos y valientes soldados constituyen un escudo poderoso de la paz y la seguridad mundial, a fin de que la vida de nuestra especie pueda preservarse.

La salud física y mental, y el espíritu de solidaridad son normas que deben prevalecer, o el destino del ser humano, este que conocemos, se perderá para siempre.

Los 27 millones de soviéticos que murieron en la Gran Guerra Patria, lo hicieron también por la humanidad y por el derecho a pensar y a ser socialistas, ser marxistas-leninistas, ser comunistas, y a salir de la prehistoria.
Firma-Fidel-8-mayo2015
Fidel Castro Ruz
Mayo 7 de 2015
10 y 14 p.m.

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