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jueves, 26 de febrero de 2015

“Anonymous” como arma de EEUU para la guerra de la información (Analisis)

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Tomado de ContraInjerencia.
Por GEORGE VOSKRESENSKY*

Anonymous apareció por primera vez en Internet en 2003 como un grupo de hackers activistas defensores de la libertad de expresión que operaba como un “cerebro digital global anarquista”. En realidad es un instrumento, o más bien un arma destinada a ser utilizada en la guerra de la información. Y la considerable ventaja de esa arma es que muy a menudo resulta difícil saber quién está detrás de su uso.

Nadie pensaba en ese problema en 1993, cuando se tomó la foto –publicada por Anonymous– en la que aparece Angela Merkel visitando el Club Elbterrassen, donde se reunió con varios skinheads y con otros personajes, entre ellos uno que hacía el saludo nazi. Berlín presentó algunas explicaciones de circunstancia. Pero el problema no residía ahí.

Una foto captada hace más de 12 años acaba de ser publicada el 9 de febrero de 2015, justo antes de la llegada de Angela Merkel a Washington y precisamente después de su encuentro con el presidente francés François Hollande y con el presidente ruso Vladimir Putin, reunión que duró varias horas.

Al publicar la foto, Anonymous preguntaba si se podía confiar la dirección de Alemania a una mujer política que fue miembro de la Juventud Libre Alemana –organización de la juventud socialista en la ex República Democrática Alemana–, que fue espía de Berlín Este y que se reunía con nazis. Antes del ataque mediático se había producido un importante acontecimiento: la Canciller alemana había expresado su oposición a la idea de suministrar armamento letal a Ucrania.

El 7 de febrero, Angela Merkel había hecho uso de la palabra en Múnich, durante la Conferencia de Seguridad para decir que: “la situación en Ucrania no mejorará suministrando más armas”. Y reiteró esa declaración cierto número de veces en sus recientes viajes a Estados Unidos y Canadá.

En Estados Unidos, los primeros en responder fueron el senador John McCain y la secretaria de Estado adjunta Victoria Nuland: McCain comparó las conversaciones entre Merkel, Hollande y Putin con la reunión entre Neville Chamberlain y Adolf Hitler. Y la señora Nuland, como de costumbre, utilizó un lenguaje particularmente obsceno para calificar a la dirigente del principal Estado europeo.

Es importante recordar que los servicios de inteligencia estadounidenses se dedican desde hace mucho tiempo a recolectar, por todos los medios, todo tipo de informaciones utilizables en contra de la Canciller alemana. En octubre de 2013 se supo que la NSA (National Security Agency) tenía interceptado el teléfono personal de la señora Merkel y el hecho de que esa agencia estadounidense de espionaje tenía bajo vigilancia a la Canciller de Alemania dio lugar a un enorme escándalo.

Angela Merkel explicó entonces que no esperaba ni exigía ningún tipo de excusa en particular,  pero que aquel asunto abría una importante brecha en la confianza mutua y fueron necesarios importantes esfuerzos para tratar de restaurarla. Las promesas no bastaban y la situación imponía cambios. En tales circunstancias, la Canciller difícilmente podía calmar la indignación generalizada. Pero Washington hizo oídos sordos a las palabras de Merkel. Finalmente, el escándalo fue enterrado y no hubo verdaderos cambios.

Pero Angela Merkel no es la única que ha sufrido en carne propia las prácticas de Washington sobre la “libertad de expresión” de los líderes europeos, sobre todo cuando se trata de Rusia. Los ejemplos no escasean.

Hungría, bajo la dirección de su primer ministro Viktor Orban, firmó con Rusia un contrato para terminar dos centrales nucleares en construcción a 100 kilómetros de Budapest y Estados Unidos adoptó inmediatamente una serie de sanciones contra Hungría. Y el senador McCain, siempre dispuesto a ser el primero en desenfundar el revólver, calificó al Primer Ministro húngaro de “dictador fascista”. Por supuesto, el presidente Putin visitó Budapest el 17 de febrero.

Washington tampoco ve con buenos ojos la posición de Milos Zeman, el presidente de la República Checa, quien se atrevió a pedir pruebas de la supuesta presencia de tropas rusas en Ucrania y exhortó a Estados Unidos y la Unión Europea a poner fin a las sanciones (contra Rusia). Estados Unidos utilizó de inmediato sus redes en la República Checa para iniciar una intensa campaña tendiente a desacreditar al presidente Zeman.

Como primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi nunca vaciló en señalar que la comprensión mutua entre Rusia y Estados Unidos constituye una necesidad para la estabilidad de Europa. Berlusconi llegó a declarar que Estados Unidos había actuado de manera irresponsable al desplegar misiles “defensivos en Polonia y en la República Checa, al reconocer la independencia de Kosovo y al empujar a Georgia y Ucrania a unirse a la OTAN.

Dominique Strauss-Kahn, ex director del FMI, también fue víctima de una provocación planificada con mucha antelación y organizada en su contra en suelo estadounidense, donde fue acusado de haber violado a una camarera negra durante una estancia en Nueva York. Y fue sometido a juicio en Estados Unidos. Posteriormente se supo que la camarera había mentido, información que pasó completamente inadvertida en la prensa. Pero Strauss-Kahn perdió su puesto a la cabeza del FMI y no pudo presentarse a la elección presidencial en Francia.

Orban, Zeman, Berlusconi, Strauss-Kahn y ahora la señora Angela Merkel han sido blanco de los ataques “quirúrgicos” de las armas mediáticas estadounidenses contra los políticos europeos que Washington considera demasiado independientes en materia de política exterior.

El establishment estadounidense estima que Europa tiene que mantenerse alineada y seguir la política exterior de Estados Unidos al pie de la letra. Para las élites de Washington, sólo así puede alcanzarse la “perfección” en materia de cooperación transatlántica.

Justo después de su encuentro con Angela Merkel, el presidente Obama explicó en una entrevista a Vox.com que Estados Unidos está obligado a tener “el ejército más poderoso del mundo”. Y agregó: “A veces tenemos que torcerle un poco el brazo a ciertos países que no quieren hacer lo que les pedimos”.

El carácter básicamente brutal de esa declaración no deja lugar a dudas sobre el hecho que Estados Unidos está dispuesto a “torcerle el brazo” a cualquier aliado que no comparta sus puntos de vista sobre los diferentes problemas del mundo. Los aliados (¿vasallos?) europeos o asiáticos pueden estar seguros de que así será.

El presidente turco Erdogan parece ser el próximo en la lista. Washington no le perdona haber firmado con Putin el acuerdo sobre el gasoducto TurkishStream.

Y ya se oye claramente el tictac del reloj.

*Investigador del Strategic Culture Foundation de Rusia.

lunes, 9 de febrero de 2015

Tsipras: Alemania debe indemnizar a Grecia por invasión nazi

Alexis Tsipras.
Tomado de CubaDebate

El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, ha dicho este domingo que quiere devolver el préstamo forzoso a través de las indemnizaciones de guerra que deberá pagar Alemania.

“Hay una obligación moral para con nuestro pueblo, la historia y todos los pueblos europeos que han luchado y dado su sangre contra el nazismo”, ha destacado Tsipras.

En las declaraciones hechas ante el Parlamento griego, ha calificado de “una obligación histórica” reclamar a Berlín las indemnizaciones de guerra y “el reembolso del préstamo obligatorio” que los nazis impusieron a Grecia y nunca lo devolvieron.

De esta manera, el Gobierno de Atenas demanda unos 162.000 millones de euros a Alemania, una cantidad de dinero que es considerada como la mitad de la deuda pública griega.

Sin embargo, el Gobierno germano se ha negado a pagar este dinero, justificando que esta reclamación carece de base jurídica ya que han pasado 70 años de la Segunda Guerra Mundial, y tal reivindicación ha perdido su legitimidad.

En otra parte de su discurso, ha presentado un plan para entregar a los más pobres del país heleno comida, luz y vivienda gratis, tras agregar que esto se pondrá en marcha después de que los diputados lo aprueben.

Además, ha prometido la formación de un departamento especial que será encargado de luchar contra la corrupción y la evasión fiscal; la venta de varios equipos gubernamentales; y la reducción de los asesores en las oficinas del premier y de los equipos de seguridad.

En cuanto a su deuda, Tsipras ha asegurado que el Gobierno griego está dispuesto a cumplir su deuda, para después agregar que si los socios europeos quieren lo mismo, podrán sentarse juntos a la mesa de diálogo para encontrar una vía para “hacerlo viable”.

El premier griego ha vuelto a repetir que de ninguna manera quiere “una extensión del programa de ayuda (que expira el 28 de febrero), sino un programa-puente” con el fin de presentar y negociar todas las propuestas que tiene Atenas.

Grecia está en el epicentro de la crisis de deuda de la eurozona, desde 2008, y decenas de miles de ciudadanos se encuentran sin empleo por los recortes aplicados por el anterior gobierno a cambio de un rescate de 240 mil millones de euros que recibió de la Unión Europea (UE) y el Banco Central Europeo (BCE).

(Con información de agencias)

viernes, 6 de febrero de 2015

Carta abierta publicada el 13 de enero en Handelsblatt, un importante periódico de finanzas alemán.




Tomado de RT Actualidad.

La mayoría de ustedes, queridos lectores del Handesblatt, tendrán una idea preconcebida sobre aquello de lo que tratará este artículo antes siquiera de haberlo leído. Les ruego que no sucumban a semejantes preconcepciones. El prejuicio no ha sido nunca una buena guía, especialmente durante periodos en los que una crisis económica refuerza estereotipos y genera ignorancia, nacionalismo e incluso violencia. En 2010 el estado griego dejó de ser capaz de pagar sus deudas. Desafortunadamente, los responsables europeos decidieron fingir que el problema podría ser superado mediante el mayor préstamo de la historia bajo la condición de una austeridad fiscal que, con precisión matemática, hundiría los ingresos nacionales que permitían el pago tanto de la anterior como de la nueva deuda. Así, un problema de insolvencia se resolvió como si fuese un caso de falta de liquidez.

En otras palabras, Europa adoptó las tácticas de los peores banqueros, quienes se niegan a reconocer préstamos equivocados y prefieren conceder otros nuevos a la entidad insolvente, de manera que puedan fingir que el préstamo original está funcionando, cuando realmente lo que se logra es extender la bancarrota en el futuro. No se necesitaba más que sentido común par ver que la aplicación de la táctica de “prolongar y fingir” llevaría a mi país a un estado trágico. Así, en lugar de la estabilización de Grecia, Europa estaba creando las circunstancias para una crisis retroalimentada que socava los cimientos de Europa misma.

Mi partido, y yo personalmente, nos opusimos frontalmente al préstamo de mayo de 2010 no porque ustedes, ciudadanos de Alemania, no nos dieran suficiente dinero, sino porque nos daban demasiado, mucho más de lo que debieran haber concedido, y nuestro gobierno aceptó más, mucho más de lo que tenía derecho a aceptar. Dinero que, en todo caso, ni ayudó al pueblo griego (que estaba siendo arrojado al agujero negro de la deuda insostenible) ni atajó el crecimiento desmedido de la deuda nacional, y todo con un gran costo para los contribuyentes griegos y alemanes.

De hecho, incluso antes de que pasara un año ya había ocurrido y, desde antes de 2011 y en adelante, nuestras predicciones se confirmaron. La combinación de nuevos y gigantescos préstamos con asfixiantes recortes en el gasto público no solamente no lograron controlar la deuda, sino que además castigaron a los ciudadanos más débiles, convirtiendo a personas que hasta entonces habían vivido una existencia mesurada y modesta, en pobres y mendigos, negándoles, sobre todas las cosas, su dignidad. El colapso de ingresos provocó la ruina de miles de empresas, reforzando el poder oligopólico de las grandes firmas supervivientes. Así, los precios han ido cayendo, pero más lentamente que nóminas y salarios, deprimiendo la demanda de bienes y servicios, y destrozando los ingresos nominales mientras la deuda continuaba con su crecimiento inexorable. En este escenario, el déficit de esperanza se aceleró incontrolablemente, antes de que pudiésemos darnos cuenta, el “huevo de la serpiente” eclosionó, con el resultado de bandas neonazis patrullando nuestros barrios, difundiendo su mensaje de odio.

A pesar del fracaso evidente de la lógica de “extender y fingir”, esta todavía se ha seguido aplicando hasta hoy. El segundo “rescate” griego, aplicado en la primavera de 2012, añadió otro enorme préstamo sobre los debilitados hombros de los contribuyentes griegos, pulverizando nuestra reserva de la seguridad social y financiando una despiadada nueva cleptocracia.

Reputados analistas han hecho referencia recientemente a la estabilización de Grecia, incluso a signos de crecimiento. Por desgracia, la “griecuperación” es un espejismo que debemos evitar lo antes posible. El reciente y modesto crecimiento real del PIB, en el entorno del 0,7% no señala el fin de la recesión (como ha sido proclamado) sino, más bien, su continuación. Piénsenlo: Las mismas fuentes oficiales dan, para el mismo cuatrimestre, un índice de inflación de -1,80%. Esto es, deflación. ¡Lo que significa que el crecimiento del 0,7% del PIB real se debe a un índice de crecimiento negativo del PIB nominal! En otras palabras, lo que ha ocurrido es que los precios disminuyen más rapidamente que el ingreso nacional nominal. ¡No es exactamente una causa para proclamar el fin de seis años de recesión!

Permítanme que les diga que este lamentable intento de crear una nueva versión de las “estadísticas griegas”, con el objetivo de declarar terminada la actual crisis de Grecia, es un insulto para todos los europeos que, por lo menos, se merecen la verdad acerca de Grecia y de Europa. Seré franco: la deuda griega es insostenible actualmente y nunca será devuelta, especialmente cuando Grecia está siendo sometida a una constante asfixia fiscal. La insistencia en estas políticas sin salida, y en la negación de la simple aritmética, le cuesta al contribuyente alemán muchísimo, mientras, al mismo tiempo, condena a una orgullosa nación europea a la indignidad permanente. Y lo que es peor: a este ritmo, más pronto que tarde, los alemanes irán contra los griegos, los griegos contra los alemanes y, de manera poco sorprendente, el ideal europeo sufrirá fallas catastróficas.

Alemania, y en particular los esforzados trabajadores alemanes no tienen nada que temer de la victoria de SYRIZA. Nuestro objetivo no es enfrentarnos a nuestros socios. No es asegurar préstamos más grandes o, equivalentemente, mayores déficits. Nuestro objetivo es, más bien, la estabilización del país, presupuestos equilibrados y, por supuesto, dejar de exprimir a los contribuyentes griegos en el marco de un préstamo que es, simplemente, impagable. Estamos comprometidos a terminar con la lógica de “extender y fingir”, pero no contra los ciudadanos alemanes, sino desde una visión de ventajas mutuas para todos los europeos.

Estimados lectores, entiendo que tras su “demanda” de que nuestro gobierno cumpla con todas las “obligaciones contractuales”, se esconde el miedo de que si ustedes nos dejan a los griegos un poco de espacio para recuperarnos, volvamos a las viejas y malas costumbres. Reconozco y respeto esta preocupación. Sin embargo, déjenme decirles que no fue SYRIZA la que incubó la cleptocracia que hoy finge suspirar por “reformas”, siempre y cuando dichas “reformas” no afecten sus mal habidos privilegios Estamos preparados y deseamos introducir reformas profundas, para las que buscamos el mandato de los electores, naturalmente en colaboración con nuestros socios europeos.
Nuestro objetivo es crear un New Deal europeo, dentro del cual nuestro pueblo pueda respirar, crear y vivir en dignidad.

Una gran oportunidad para Europa está a punto de nacer en Grecia el 25 de enero. Una oportunidad que Europa no puede permitirse perder.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Cambio de época: a 25 años de la caída del Muro de Berlín

Muro
Tomado de Rebelion.org
Por Atilio A. Boron

El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Poco después el contagio o efecto dominó derrumbaría ya no muros sino a los regímenes supuestamente socialistas erigidos como resultado de la nueva constelación geopolítica emergente a fines de la Segunda Guerra Mundial hasta que, entre fines de 1991 y comienzos de 1992, el proceso culminaría con la desintegración de la Unión Soviética. Estos acontecimientos dieron lugar a eufóricas declaraciones por parte de gobernantes, políticos, periodistas e intelectuales del mal llamado «mundo libre»: fervientes promesas de paz y prosperidad se escuchaban en Washington, Bonn, Londres y París, las que en el asfixiante clima neoliberal de los 90 se repetían hasta el hartazgo en América Latina y el Caribe.

En esta fragorosa batalla de ideas pocos textos pudieron captar el clima ideológico imperante en las metrópolis del capitalismo con más precisión que el libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, originalmente publicado en 1992. En esa obra se argumentaba que la Guerra Fría había terminado, y que su resultado final marcaba el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado a lo largo y a lo ancho del planeta.

Un cuarto de siglo después las tesis centrales del libro fueron impiadosamente refutadas por la historia: primero, ésta no terminó sino que se aceleró, tornándose a la vez más compleja y truculenta. La Guerra Fría, luego de un paréntesis, retomó impulso con la renovada virulencia que vemos en estos días; y ni la democracia liberal ni el capitalismo de libre mercado han triunfado. Por el contrario, atraviesan una crisis que no pocos se atreven a calificar de terminal. Surgen teorizaciones y prácticas que hablan de nuevas formas de democracia que superan las limitaciones de su versión liberal (plasmadas, por ejemplo, en las constituciones de Bolivia, Ecuador y Venezuela) a la vez que proliferan los análisis que demuestran que el capitalismo ha chocado contra una frontera ecológica insuperable.

¿Qué ocurrió después de la caída del Muro? En el plano estrictamente doméstico, Alemania Federal anexó a la República Democrática Alemana y, menos de un año más tarde, el 3 de octubre de 1990, el canciller Helmut Kohl proclamó la reunificación. Ésta se llevó a cabo con un apenas solapado ánimo de venganza. En los demás países, una vez desaparecida la Unión Soviética, sus pueblos pudieron preservar su identidad nacional. En el caso alemán, en cambio, la reunificación intentó borrar hasta las más insignificantes huellas de la RDA.

Como comenta Maxim Leo, un joven periodista que creció en la RDA, «nuestro país dejó de existir y nosotros también». Lo que vino después fue una satanización de toda aquella experiencia, simbolizada en dos detestables rasgos del viejo sistema: la Stasi, temible policía secreta, el Muro de Berlín, y la rusticidad de los automóviles Trabant. ¿Hubo algo más? Sin duda, y eso es lo que hoy en Alemania se describe como «Ostalgia», porque «Ost» significa «Este» en alemán. ¿Nostalgia de qué? De varias cosas: había trabajo para todos, la vivienda era barata, la atención médica era gratuita y de calidad y existía un muy buen sistema educacional accesible para todos.

Como recuerda el periodista Wolfgang Herr, «no todo era tan malo antes y no todo es tan bueno ahora». Pese a los «paisajes floridos» que demagógicamente prometiera el canciller Kohl (producto de la euforia del momento, según lo reconoció años después) aquellos paisajes todavía hoy no se divisan. La brecha que separaba las dos regiones antes de la reunificación apenas si se ha atenuado en algunos aspectos, pero se ha acentuado en otros. El ingreso per cápita de las cinco provincias orientales equivale a las dos terceras partes de sus congéneres occidentales, un aumento si se considera que antes de la reunificación eran el 43%, pero hace varios años que esta brecha ha dejado de cerrarse y parece haberse cristalizado en aquella proporción. Y la tasa de desempleo en el este es casi el doble que la registrada en el oeste.

Un año después de la caída del Muro, el 61% de los alemanes orientales se consideraban a sí mismos simplemente como alemanes; cuatro años más tarde este porcentaje se redujo al 35% a causa de la desilusión causada por la unificación. Brechas que se acentuaron en relación con los derechos de la mujer, el escaso apoyo en términos de guarderías y jardines infantiles, acceso a la salud y educación. Una encuesta revelaba, en 2009, que solo el 12% de los alemanes orientales creía que se había alcanzado el mismo nivel de vida que en las provincias occidentales, mientras que el 86% decía que no. Sin duda, ahora gozan de libertades que antes no tenían pero en el capitalismo alemán, como en cualquier otro, esas libertades tropiezan con enormes dificultades a la hora de ser realizadas.
Pueden salir a voluntad de Alemania, porque ya no está el Muro, pero sus ingresos no se lo permiten. Pueden ir todos los días al KDW, la famosa tienda de departamentos que relumbraba como un sol del otro lado del Muro, pero no tienen dinero para adquirir lo que allí está a la venta.

Gasto militar

En el terreno internacional la caída del Muro fue el preludio del derrumbe de la Unión Soviética y el inicio del breve y turbulento «unipolarismo» estadounidense. Lo ocurrido en Berlín fue exaltado por los tanques de pensamiento y los intelectuales orgánicos del imperio como el alumbramiento de un nuevo orden mundial que, aseguraban, duraría todo un siglo. Eso pensaban los integrantes del Proyecto del Nuevo Siglo Americano, que habrían de sufrir un rudo despertar la mañana del 11 de setiembre de 2001 cuando todas sus ocurrencias, que no ideas, se derrumbaron junto con las Torres Gemelas de Nueva York.

La caída del Muro y todo lo que se precipitó después modificó radicalmente la realidad internacional. Los famosos «dividendos de la paz» prometidos por George Bush padre y Margaret Thatcher, gracias al fin de la Guerra Fría y la presunta disminución del gasto militar, se esfumaron de la noche a la mañana.

Cuando se produce la implosión soviética, en 1992, el presupuesto militar de Estados Unidos equivalía al de los 12 países que le seguían en la carrera armamentista. Cuando en 2003 se decide la invasión y posterior ocupación de Irak el gasto norteamericano ya era equivalente al de los 21 países que le seguían en ese rubro.

Las complicaciones de esa guerra, sumadas a la intensificación de las operaciones en Afganistán, hicieron que, para 2008, el gasto militar de los Estados Unidos sólo pudiera ser igualado si se sumaban los presupuestos militares de 191 países. En 2010 la erogación estadounidense en armas y pertrechos ya superaba al gasto militar de todos los países del planeta, quebrando la barrera psicológica del billón de dólares. Otra consecuencia de la caída del Muro, en el plano internacional, fue desencadenar la expansión de la OTAN hacia el Este, desde las nuevas provincias alemanas y también desde países como Polonia y la ex Checoslovaquia y, en general, de todos los que tenían fronteras con Rusia. Proceso, vale aclarar, que en días recientes se acentuó con la instalación de nuevas bases militares en Letonia, Lituania, Estonia, Rumania y Polonia, países altamente dependientes del suministro del gas ruso.

El Muro de Berlín fue caracterizado por la crítica del «mundo libre» como el «muro de la infamia». A lo largo de su historia (13 de agosto 1961 - 9 de noviembre 1989) murieron al intentar cruzarlo 136 alemanes. Es el único muro del cual se habla, soslayando la presencia de otros que demostraron, y demuestran todavía, ser mucho más letales que el alemán. Piénsese que en el que separa Estados Unidos de México mueren cada año cerca de 500 personas. Que hay otro muro de la infamia en la Ribera Occidental, erigido por Israel para contener a los palestinos y cuyas víctimas también se cuentan por cientos. El gigantesco Muro del Sahara Occidental, construido por Marruecos, un incondicional aliado de Occidente, para aislar a la región controlada por el Frente Polisario, y el alambrado construido en Melilla para impedir que desde ese enclave español los africanos puedan ingresar a Europa, son otros tantos ejemplos de una infamia que es ocultada ante los ojos de la opinión pública internacional. Sí, cayó el Muro de Berlín y se acabó su ignominia, pero quedan varios en pie, solo que blindados por el silencio cómplice del pensamiento dominante y su enorme aparato propagandístico al servicio del capital.

(Publicado en la Revista Acción del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Nº 1158. Segunda Quincena de Noviembre 2014)

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