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martes, 24 de septiembre de 2019

La CIA y la paradoja de George Orwell

Imagen tomada de internet
Tomado de Granma
Por 
El escritor inglés Eric Arthur Blair, conocido mundialmente por el seudónimo literario de George Orwell, fue combatiente durante  la Guerra Civil Española, a la cual se incorporó, según dijo, a «matar fascistas, porque alguien debe hacerlo».
Su novela 1984 constituyó una acusación contra los regímenes totalitarios y se convirtió en el mayor éxito de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en su más extendida operación propagandística contra la URSS en la década de 1950.

martes, 7 de noviembre de 2017

Fidel: "Sin la Revolución de Octubre no habría sido posible el fin del colonialismo."

Fidel pronuncia discurso en la tribuna del Mausoleo Lenin en la Plaza Roja de Moscú en un acto de masas. Le acompañan el Presidente de la URSS, Nikita Jrushchov y el Secretario General del PCUS Leonid Brézhnev, el 28 de abril de 1963. Autor: Agencia de noticias TASS/ Sitio Fidel Soldado de las Ideas.
Tomado de CubaDebate

Hace un siglo, la historia mundial cambió para siempre. La Gran Revolución Socialista de Octubre fue uno de los hechos más importantes en la historia contemporánea de la humanidad. Semejante hecho histórico, así como la presencia de su líder Vladimir Ilich Lenin, tuvo gran influencia en muchos países de Europa, América Latina y el resto del mundo.

lunes, 2 de enero de 2017

Los muertos que vos matas gozan de buena salud


Tomado de CubaDebate
Por Eliades Acosta Matos

Un epigrama similar al que da título a este texto aparece en la comedia de Juan Luis de Alarcón titulada La verdad sospechosa, de 1630, retomada por Pierre Cornielle, en 1644 mediante una reelaboración que sería publicada como Los mentirosos, y devuelta al español en versión definitiva, con traducción más contundente, una vez culminado este viaje de ida y vuelta.
No puedo menos que acordarme de esta frase afortunada, tras leer varios artículos escritos por improvisados sepultureros de un hecho de enorme significación histórica. Se trata, ni más ni menos, del epitafio o acta de defunción de la Revolución Socialista de Octubre, cuyo centenario conmemorará la Humanidad, el venidero noviembre del 2017.
Visitantes apresurados de San Petersburgo, sin más tiempo para indagaciones que de las que dispone un turista express, los críticos de hoy se siente autorizado, y en el deber, de leernos el responso final de una revolución que reduce a las pocas huellas visibles de esa época, apenas unas estatuas de Lenin, o ciertos bloques habitacionales austeros de la era soviética. De seguir semejante metodología, ¿qué queda en las grandes capitales latinoamericanas, con honrosas excepciones entre las que no está Santo Domingo, de las huellas visibles de la etapa colonial, por mencionar una, que no haya sido devorada por la especulación de terrenos y la barbarie constructiva del capitalismo rampante? ¿Y acaso eso es motivo para decretar la extinción de sociedades del ayer, de las que, por ejemplo nos queda un acervo infinito del que enorgullecernos, como es la lengua que hablamos?
En el caso ruso, sume a este fenómeno de rancia y pragmática globalización capitalista, como ocurrió en países de Europa del Este, especialmente Hungría, la antigua Checoslovaquia, Polonia, Alemania Democrática, y la propia URSS, el desmontaje programado y consciente de todo símbolo que pudiese recordar la época revolucionaria o socialista, siempre y cuando no reportase ganancias, como ocurrió con la torre de la televisión alemana de Alexander Platz, que sigue dominando los cielos de un Berlín unificado.
Por supuesto, no es en edificios y plazas, ni siquiera en monumentos, donde primero se han de buscar las huellas de una cultura y una civilización para poderla entender a cabalidad, y no como turista de paso. Es en las ideas, en los aportes históricos reales al progreso humano, siempre y cuando no estemos obnubilados por el cumplimiento de una tarea auto-impuesta desde el sesgo ideológico, donde estará la verdad.
Las críticas que se formulan contra el socialismo y la Revolución de Octubre se reducen de manera simplista al tema de la libertad de creación y expresión, como si solo eso tuviese importancia, y la tiene parcialmente, para medir el legado de millones de personas movilizadas por ideas, por conciencia, por las motivaciones reales que suelen poner en marcha a millones, al estallar revoluciones genuinas. Desde esa cómoda atalaya no pueden atisbar los críticos de nuevo cuño, y no alcanzan a atisbar, el por qué tuvo lugar la Revolución de Octubre, qué fuerzas sociales la apoyaron, contra quiénes se realizó, y en consecuencia, quiénes fueron sus enemigos derrotados.
No pueden explicar, y no explican estos denodados defensores del antiguo régimen en Rusia, cómo se convirtió en superpotencia el país más atrasado de la Europa de su época, un imperio feudal y autocrático donde apenas años antes se había derogado, al menos en el papel, el vergonzoso Derecho de Servidumbre, una versión eslava de la esclavitud de las plantaciones caribeñas. Tampoco cómo “eso” que se disuelve sin dejar huellas, a la vuelta de unas pocas décadas, y resurgiendo de las cenizas de la Guerra Civil, que contó con la invasión militar de 18 potencias extranjeras coaligadas contra el gobierno bolchevique, y luego de la Gran Guerra Patria, de 1941 al 1945, donde la URSS logró frenar y contribuyó decisivamente a la derrota final de la maquinaria nazi-fascista, se convirtió en “eso” que desafió al enorme poder de unos Estados Unidos intactos en su territorio. ¿O es que la Guerra Fría también se disolverá beatíficamente en el olvido?
Cuando estos críticos nos hablan de “las grandezas de Rusia”, por supuesto que no se iban a referir, y no se refieren, a la institución en la URSS del primer sistema sanitario y de seguridad social gratuito y universal en la historia de la Humanidad, ni de un sistema educativo totalmente público y gratuito, por primera vez también en la historia humana, del que surgieron los genios que deslumbraban al actuar con el ballet o los grupos folclóricos populares soviéticos, ni los premios Nobeles, ni los que disputaron el dominio de la energía atómica a los estadounidenses, ni pusieron al primer hombre y la primera mujer en el espacio. ¿A qué reducen estos señores las “grandezas de Rusia”? Pues a “…las grandes edificaciones de la época zarista y las colecciones de pintura y arte de El Ermitage”, dicho sea de paso, erigidas sobre el sudor, el sacrificio y el sufrimiento de los millones de rusos que trabajaban, pero no podían disfrutar de la contemplación de tales tesoros, por primera vez puestos al servicio del pueblo durante la detestable era de “eso que va camino al olvido”.
El mundo del arte y la cultura, de acuerdo a estos autores, “ámbito propicio para los excesos del socialismo real”, se nutre de una enumeración de artistas y escritores represaliados por Stalin, pero no a otros, (¡qué extraordinario descuido!) como los cineastas Serguei Eisenstein Vsevolod Pudovkin y Dziga Vertov; los poetas Evgueni Yestushneko, Andrei Voznesenski, Serguei Yesenin y Vladimir Maiakovski; los pintores Kuzma Petrov-Vodkin, Isaac Brodsky, L. Russov, V. Teterin, o N. Baskakov; los escritores Boris Polevoi, Konstantin Simonov, Máxim Gorky, Alexei Tolstoy, Julian Semionov, Yuri Olesha, Valentin Kataev, Mijial Bulgakov y Nikolai Ostrovki, junto al mencionado y Premio Nobel de Literatura, Mijail Sholojov.
Y no solo olvidan convenientemente, en su lista de artistas martirizados, a los que no lo fueron y entregaron en la URSS una obra de alcance universal, sino que insinúan que el socialismo es el único ámbito histórico donde la creación, los creadores y el poder han tenido confrontaciones, censuras, represaliados y mártires. Otra vez olvidan, y de nuevo convenientemente, a la Inquisición, la lengua cortada a Giordano Bruno, y él mismo quemado en la hoguera, el proceso contra Galileo, las persecuciones contra Kepler y Erasmo de Rotterdam, las obras de arte de civilizaciones devastadas o robadas por los poderes coloniales e imperialistas, o más recientemente, el destino de Lorca y Unamuno, de Víctor Jara, el McCarthismo en Hollywood, o si prefieren, los abultados expedientes del implacable espionaje y acoso del FBI contra John Lennon, Jimi Hendrix, Ernest Hemingway y Charles Chaplin.
La saña con que el capitalismo mundial, sus corifeos tarifados o voluntarios, sus amanuenses ilustrados o ignorantes, sus manipuladores venales u honorarios, atacaron desde su triunfo a la Revolución de Octubre, hasta el presente, es muestra de su alta peligrosidad a los ojos de quienes supieron desde el inicio que las sociedades desiguales en que vivían estaban en peligro. No fue la URSS quien inventó las sociedades dictatoriales, ni su desaparición las ha abolido para siempre sobre la faz de la tierra. Todo lo contrario. Abolida por decreto en 1991, su memoria sigue llenando de pánico a quienes atacan sus excesos y errores, pero callan los de las revoluciones francesa, inglesa o norteamericana.
Suspirar por el viejo régimen abolido por las revoluciones, o ver en él la grandeza de las naciones es, simplemente, una apuesta por el pasado, tanto como no comprender, o convenientemente callar, que las revoluciones son momentos imprescindibles en la historia humana, y justa solución de contradicciones que no se resuelven ya por otros medios. Lo fueron las guerras de independencia, lo fue la Restauración, y lo fue el frustrado gobierno de Juan Bosch.
No se necesitan sepultureros de un intento revolucionario, cuando las flagrantes injusticias, desigualdades, guerras, crisis económicas, epidemias, y amenazas que se ciernen sobre la Humanidad, no se han resuelto en los marcos de un sistema que exhibe capitales lujosas y hedonismo sobre la misma miseria, injusticia y desigualdad que lanzó a las masas francesas contra La Bastilla, a las mexicanas contra el Palacio del Zócalo y a las rusas, contra el de Invierno.
Son las injusticias y el sufrimiento de muchos los que desatan las revoluciones. Nuestra época es pródiga en ellos. Quien no quiera revoluciones, que no las abola en el papel, sino en la realidad, luchando contra las causas que las desatan.
Y sobre ese incierto horizonte del olvido prefabricado para embrutecer millenials, se perfila ya la figura totalitaria, intolerante, racista y brutalmente arrogante de ese líder del Mundo Libre que es Donald Trump. Ya arremetió contra los actores de Broadway que osaron pedirle respetuosamente a su vicepresidente Mike Pence, presente mientras escenificaban la obra “Hamilton”, que fueran gobernantes de todos y no solo de una parte de los norteamericanos.
Por la cultura empieza todo. Incluso esas revoluciones malditas que tanto desvelan a los doctos y acomodaticios críticos de la Gran Revolución Socialista de Octubre.

lunes, 9 de mayo de 2016

La desaparición de la URSS 25 años después: Algunas reflexiones (I)

urss
Tomado de CubaDebate.
Por José Luis Rodríguez.

I

Este año se cumplirán 25 años de la desaparición de la Unión Soviética, ocurrida el 25 de diciembre de 1991, luego de un proceso de descomposición que hizo naufragar la mayor experiencia de cambio social en la historia de la humanidad. Se perdieron así el esfuerzo y el sacrificio de los pueblos que en medio de una lucha heroica, entregaron las vidas de muchos de sus hijos para construir una sociedad mejor. Solamente en la II Guerra Mundial murieron alrededor de 27 millones de soviéticos enfrentando el fascismo al que lograron derrotar a sangre y fuego, abriendo el camino también para la liberación de los pueblos de Europa del este y dando un impulso decisivo a las revoluciones anticoloniales en el Tercer Mundo.

En la postguerra el imperialismo no gozó de un poder hegemónico indiscutible. La existencia de la URSS y de los países socialistas europeos, unida a la Revolución socialista en China primero y en Cuba después, cambió la correlación de las fuerzas políticas en el mundo, obligando a un repliegue –no sin resistencia- de las fuerzas más reaccionarias en todo el planeta, proceso que duraría hasta la década de los años 70 del pasado siglo.
Sin embargo, la ofensiva del capitalismo tanto interna –para liquidar las conquistas de los trabajadores-, como externa –para frenar el avance de las políticas más revolucionarias y progresistas- comenzó a imponer sus condiciones en los años 80 bajo los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Y ello ocurre –no por casualidad- en medio de un debilitamiento del campo socialista europeo, tanto en la política doméstica, como en la arena internacional, resultando el antecedente inmediato de la crisis terminal que se desata en la segunda mitad de los años 80.
Mucho se ha escrito en los últimos años sobre las causas del derrumbe del socialismo en Europa, pero en una gran parte de los casos, los autores solo buscan confirmar –como lo hiciera el politólogo norteamericano Francis Fukuyama- la prevalencia del capitalismo como único régimen posible para la existencia de la humanidad, en cuyo enfoque el experimento socialista solo se evalúa como un accidente en una trayectoria que culmina con el “fin de la historia” concebida como el fin de la ideologías.
En realidad, no se ha agotado el análisis sobre la multiplicidad de causas del derrumbe del socialismo europeo, aunque a la luz del tiempo transcurrido desde entonces, sí es posible identificar un grupo de elementos que permiten ilustrar la complejidad de la construcción socialista y el peso de los errores cometidos en ese proceso, que condujeron finalmente a su frustración.
Este ejercicio analítico no solo tiene utilidad desde el punto de vista del conocimiento histórico, sino que debe permitirnos asimilar las lecciones pertinentes a aquellos que persistimos en la construcción del socialismo como la mejor alternativa para el desarrollo de nuestros pueblos. No por gusto nuestro Comandante en Jefe nos advertía el 17 de noviembre de 2005:
“Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo.”
Y más adelante añadía:
“Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”
En esa línea de análisis, hace ya algún tiempo concedí a la destacada periodista Rosa Miriam Elizalde una entrevista de trabajo –inédita- donde abordé diversos aspectos de este tema que hoy pudieran servir de base para una reflexión un poco más amplia acerca de las causas del derrumbe en el caso de la URSS y qué papel jugaron los medios en la misma. Igualmente sería útil tomar en cuenta lo recientemente publicado en el sitio Catalejo de la revista Temas en torno a las complejidades de la construcción del socialismo bajo el título “El socialismo si no se asimila conscientemente, se queda en la superficie.”

II

No se puede pasar por alto que el socialismo ha sido hasta el presente una sociedad en construcción, no totalmente consolidada en ninguna parte, ni en el caso del socialismo real, ni en de los procesos actualmente existentes, con los modelos de China, Vietnam, Cuba, y la RPD de Corea.
Examinando las experiencias en Europa Oriental y sobre todo en la antigua Unión Soviética, se observa que los procesos que derivaron en el derrumbe del socialismo tuvieron muchos aspectos en común y también-aunque hubo algunas particularidades-, los errores fueron también comunes. Hubo un punto de partida similar, porque en todos los casos existió la expectativa de superar rápidamente las enormes inequidades, injusticias, desigualdades que había provocado el capitalismo a lo largo de su historia.
Eso llevó siempre a tratar de quemar etapas, pero la experiencia indica que una transformación de la profundidad que requiere el diseño de un modelo socialista, sobre todo en su elemento fundamental, que es la transformación de las personas, de la mente de las personas, lo que en Cuba se ha llamado más recientemente “cambio de mentalidad”; es un proceso muy complicado y de largo plazo. Las personas no cambian de opinión, no transforman sus ideas porque se produzca únicamente un cambio en las relaciones de propiedad; es necesario un cambio cultural muy profundo para transitar del individualismo capitalista a una mentalidad colectiva, a la solidaridad social y la gestión económica consensuada y en todo este proceso juega un papel fundamental la política propia del socialismo.
Esta diferencia –al menos conceptualmente- fue advertida desde muy temprano. Lenin afirmó que había una gran diferencia entre nacionalizar y socializar la producción. Nacionalizar es un acto jurídico que se ejecuta en un momento determinado y provoca que cambien las relaciones de propiedad a partir de ahí. Pero que las personas se sientan dueñas y que piensen de manera diferente a como venían actuando en el capitalismo – que lleva siglos de funcionamiento en todo el planeta – eso no se produce rápidamente. Probablemente una parte de la sociedad sí lo hace, la vanguardia lo hace, pero la gran masa de las personas no cambia así. Y eso lo comprobó Lenin en la práctica desde los primeros años de existencia de la URSS.
Entonces, en medio del fragor revolucionario y luego la guerra civil, se llegó a conclusiones que parecen hoy extraordinariamente erradas. En efecto, a la altura de 1919 se propuso eliminar el dinero porque la guerra prácticamente había desmonetizado la sociedad. El dinero dejó de cumplir sus funciones, y empezaron a cambiarse en forma de trueque unos bienes por otros. Parecía que ese era el camino, porque por otro lado, Lenin había retomado de Marx y Engels la idea de que en el socialismo no existirían las relaciones mercantiles, a partir del nivel de desarrollo que podía lograr la sociedad.
En el Anti Duhring está presentado el tema de esa manera. Ciertamente, Marx y Engels hablaban de una transición en su contexto, en el mundo más desarrollado entonces bajo el capitalismo. Una transición simultánea al socialismo en tanto que posibilidad real se presentaba entonces como una meta lograble y es eso lo que da lugar a la Internacional y a los movimientos que avanzan en paralelo en los países europeos del mundo desarrollado en pos de una sociedad superior. Existía la idea de que se podía, efectivamente, transitar simultáneamente al socialismo en todo el sistema; y que dado el alto nivel de desarrollo alcanzado se podía prescindir del mercado en un plazo relativamente breve.
Esa idea se retoma en el contexto de la guerra civil que estalla en marzo de 1918 en Rusia y aparecen notables expresiones de idealismo como aquella que proclamaba la desaparición del dinero. Incluso esa tesis fue conceptualizada en el libro El ABC del comunismo, de Nicolás Bujarin y Eugenio Preobazhenski publicado en 1920.
Cuando termina la guerra civil a finales de 1920 desaparecen esas condiciones extraordinarias de sobrevivencia, se desmoviliza una enorme masa de campesinos del Ejército Rojo y hay que empezar a producir en condiciones normales. Lenin se da cuenta de que no es posible seguir utilizando los factores de movilización propios de situaciones extraordinarias y hay que tomar en cuenta las condiciones muy complejas de la reconstrucción de un país devastado por la guerra en la vida real.
La realidad indicaba claramente que con un ochenta por ciento de campesinos, esa población no podía cambiar su forma de actuar de un día para otro, por lo que había que utilizar otros mecanismos para que esas personas se sintieran estimuladas a producir. No valía decir solamente que las tierras les pertenecían a todos, y –en medio de un país amenazado por el hambre- en marzo de 1921 hubo que implantar la Nueva Política Económica, conocida como la NEP.
La NEP en su momento creó casi un cisma teórico, porque un año antes se había dicho que prácticamente estaban creadas las condiciones para transitar a una sociedad superior; y de pronto, en marzo de 1921, hay que volver al impuesto en especie, al pago en dinero, hay que estimular mercantilmente al campesino y hay que ir a un proceso de reconocimiento de la realidad de que Rusia –como país de muy bajo desarrollo- no podía ignorar la necesidad de desarrollar la producción mercantil para sobrevivir. Más allá de que esa experiencia traería otras consecuencias, Lenin siempre concibió la NEP como un proceso temporal, de transición, hasta tanto se crearan las condiciones para ir a la cooperación, primera fase de socialización de la producción, entendiendo como ese proceso de socialización, la producción directamente vinculada a las necesidades de la sociedad.
Las ideas de esa necesidad de avanzar en ese proceso Lenin las expuso en un artículo que se titula “Sobre la cooperación”, escrito en marzo de 1923, donde reclama que se tome en cuenta que la NEP no es el camino definitivo y que hay que ir estimulando la unión de las fuerzas productivas para que la población entienda que trabajando juntos se tiene más productividad mediante un proceso gradual de cooperación.
Todo este período inicial de construcción del socialismo en la Unión Soviética se da en circunstancias extraordinarias: la guerra civil lo fue en el orden militar, en el orden de la sobrevivencia; y también la NEP fue una circunstancia extraordinaria.
A partir de los resultados indudablemente positivos de la NEP cuando se recuperan en 1926 los niveles productivos de 1913, las cosas parecían marchar a un nuevo ritmo y se empieza a discutir ya cómo abordar la industrialización, es decir, una etapa superior de crecimiento para llegar al desarrollo.

Lamentablemente, la extensión en el tiempo de las circunstancias extraordinarias empezó a generar otro fenómeno y esto ocurre en una coyuntura en la que se incrementa la hostilidad de los países capitalistas contra el socialismo naciente. De este modo, entre 1920 y mediados de los años treinta las agresiones eran de todo tipo, probablemente de la misma intensidad de las que padeció Cuba en los primeros años del triunfo de la Revolución: agresiones militares, sabotajes, espionaje, aislamiento internacional, fenómenos exacerbados además por errores que inevitablemente se cometían en un proceso inédito en la creación de una sociedad de nuevo tipo. Y esto lógicamente hizo que lo que era una táctica para enfrentar condiciones extraordinarias, se convirtiera poco a poco en algo al parecer permanente y que comenzara a interpretarse lo extraordinario como un proceso normal de construcción socialista. De ahí que muchos años después el Che –que comprendió estos peligros- planteara que a la NEP no se le podía dar carácter de regularidad universal para la construcción del socialismo, sino que obedecía a las circunstancias concretas que enfrentó la URSS en esos años.
Puede decirse que a partir de la muerte de Lenin en enero de 1924, se empezaron a desarrollar medidas extraordinarias en un escenario que –en muchos aspectos- ya no correspondía con las necesidades del momento. Se empiezan a aplicar normas que –a la luz de lo que ocurrió posteriormente-, están en la base del fracaso del socialismo en la Unión Soviética, por ejemplo, la cooperativización forzosa, que alcanza su clímax entre 1929 y 1934. De aquella llamada de Lenin en 1923 a ir a la cooperación mediante la persuasión, el convencimiento, se pasa a un proceso mediante el cual simplemente la cooperación se impone. Se fue a la represión, supuestamente ante circunstancias extraordinarias, pero ya no eran las de la guerra o las de la NEP, sino que se empieza a extender la noción de lo extraordinario en el tiempo.
Por otro lado, Lenin, enfermo e incapacitado de ejercer la dirección del país en muy complejas circunstancias, fue consciente de los peligros que asechaban a la Revolución de Octubre. En su testamento político –documento conocido como la “Carta al Congreso”- advertía sobre el peligro de la escisión del partido como resultado de las divergencias entre José Stalin –sobre el que recomendara su democión del cargo que ocupaba por sus defectos de carácter y métodos arbitrarios de dirección- y Leon Trotsky. Ese peligro se materializaría rápidamente después de su muerte.

Comienza así a transitarse un camino que conduciría a la desnaturalización del consenso político indispensable en el socialismo. Ya Lenin se había visto forzado a limitar la participación democrática en 1921 cuando la sublevación de Kronstadt, etapa en la cual se eliminan las facciones dentro del Partido y la posibilidad de hacer oposición a líneas de dirección dentro de la organización, pero todo eso ocurre en medio del peligro de un cisma dentro del Partido que hubo que frenar.
Sin embargo, ya en 1923 las divergencias internas sobre cómo avanzar hacia la industrialización, lleva a que las posiciones de los trotskistas sean reprimidas en medio de un debate que podía considerarse legítimo. Posteriormente en la polémica entre Bujarin y Preobrazenski de 1926 sobre cómo conducir la industrialización, también ocurre ese fenómeno y el gran debate se cierra abruptamente en 1927 y desaparecen de la escena política los dos contrincantes. Preobazhenski pasa a ser una figura suspendida y Bujarin es separado de los cargos que tiene en 1929 y terminaría de director del periódico Pravda, una posición menor.
Estas graves violaciones de la democracia socialista alcanzarían su punto crítico en los fenómenos de represión que suceden a partir de 1936. Los cuatro procesos que hubo en aquellos años condujeron prácticamente a la eliminación física de la dirección del Ejército Rojo y de la dirección tradicional del Partido Bolchevique bajo cargos de traición que nunca pudieron ser realmente demostrados.
Estos hechos causarían un daño enorme a las ideas del socialismo en todo el mundo y se ubican también como otro antecedente del derrumbe del socialismo en Europa.
No obstante, en lo inmediato la causa del socialismo resistió y en su nombre los pueblos de la URSS vencieron en la II guerra mundial, aun a costa de enormes sacrificios y se logró reconstruir el país en muy pocos años.
Sin embargo, en el devenir de la postguerra los problemas económicos comenzaron a demandar soluciones efectivas a contradicciones que hasta ese momento no habían llegado a un punto crítico.
Un tema no resuelto en la práctica desde que se inició en el año 1917 la construcción efectiva del socialismo en Rusia, fue el de las relaciones mercado-planificación, o pudiéramos decir, libre juego de las fuerzas de desarrollo en la sociedad y desarrollo controlado, previsto, planificado; primero, porque hubo una gran incomprensión durante muchos años de la esencia de las relaciones monetario-mercantiles.
Igual que no se podía cambiar la mentalidad de quien había vivido siglos bajo la influencia del egoísmo capitalista, en la economía no cambian las estructuras de un día para otro y para lograr esa socialización efectiva hace falta un nivel de desarrollo elevado. Este es un proceso complicado, de largo plazo, que requiere un nivel de crecimiento de las fuerzas productivas que no se ha logrado hasta hoy.
En la misma medida en que no existe socialización suficiente, o lo que es lo mismo, la no correspondencia entre lo que hace toda la sociedad y lo que requiere, ¿qué espacio queda para concordar esos intereses que son a veces contrapuestos?: el mercado. El mercado existe así objetivamente, dado un determinado nivel de desarrollo de la sociedad, que no se cambia de inmediato por el hecho de nacionalizar los medios de producción.
La explicación de por qué subsistía el mercado en el socialismo no ha sido un proceso sencillo y aún hoy subsisten muchas interpretaciones erradas al respecto.
Una de las primeras explicaciones, las dio Preobazhenski en los años veinte, por lo menos es uno de los autores que habló más profundamente del tema. Según el existían relaciones de mercado porque existían distintas formas de propiedad: estatal, privada, cooperativa y esas relaciones de propiedad no tienen un punto de contacto común, por lo que es necesario el mercado para unirlas con su interrelación. Argumento relativamente razonable, pero dejaba afuera un gran problema: ¿por qué subsiste el mercado en el seno de la propiedad estatal? Es decir, por qué es necesario el dinero, el cálculo económico, la contabilidad, los créditos bajo una misma forma de propiedad social.
En el funcionamiento de la economía estatal eso no se lograba comprender, porque durante muchos años en los análisis no se iba a la base del asunto, que consistía en que el mercado existía aún antes de la propiedad privada, es decir, que podía existir el mercado y no haber propiedad privada propiamente dicha: tal es el caso de la producción mercantil simple, donde el propietario es el mismo productor.
En el transcurso de los años se añadió mayor complejidad al análisis producto de los intentos de justificar -sin una base lógicamente fundamentada- la presencia de las relaciones de mercado en el seno de la propiedad estatal.
Así en 1935 se institucionaliza el cálculo económico como una fórmula para dar raciocinio a la conducta de dirección económica de la sociedad, pero se cometió un gran error, ya que se dijo que el cálculo económico era formal y que nada de eso tenía contenido. Una categoría no existe sin contenido, y el cálculo económico tiene una base que es la existencia del mercado a partir de determinadas condiciones, pero eso nunca se explicó correctamente entonces.
Ya en 1951 -ante los problemas que confrontaba la URSS para avanzar en el crecimiento extensivo de la economía- se abrió de nuevo la discusión. Stalin – en su ensayo “Los problemas económicos del socialismo en la URSS”- vuelve a plantear que la presencia de las relaciones monetario-mercantiles se debía a distintas formas de propiedad, tesis muy similar a lo planteado por Preobrazenski muchos años atrás.
Esa explicación permaneció sin una solución científica, hasta los años sesenta. Es en los debates en torno a la reforma económica en la URSS que duraron de 1958 a 1965 que se empieza a profundizar en cómo es posible que exista el mercado si ha desaparecido como algo preponderante la propiedad privada.
Surgió entonces una explicación –basada en una relectura del tomo I de El Capital-, que los productores aislados entre sí no hallan formas de conectar sus intereses de modo común, diríamos, socializándolos. Tiene que haber un mecanismo de vínculo entre ellos, y ese mecanismo lo da el mercado. Por lo tanto es el aislamiento económico relativo aún en el seno de la propiedad social –que persiste unido a un bajo nivel de desarrollo relativo en la construcción del socialismo- el que provoca la existencia o la permanencia de relaciones mercantiles en el socialismo aunque no exista propiedad privada, pero esa explicación demoró sesenta años en llegar, lo que provocó un daño terrible a la teoría económica y a todo el funcionamiento del socialismo.

lunes, 29 de febrero de 2016

Cómo Gorbachov traicionó a su país.

Expresidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov
Tomado de Sputnik. Sección Club Zonóviev
Por Oleg Nazárov.

En artículos anteriores hemos citado a Alexander Zinovievdisidente de la URSS devenido un demoledor crítico de la perestroika y sistemático acusador de figuras como Gorbachov, Shevardnadze, Yeltsin y Yakovlev por traición al pueblo ruso. Oleg Nazárov, autor de este artículo publicado por el sitio Sputnik,  pertenece al Club Zinoviev. 
Todos coinciden hoy en que el encuentro entre George H. W. Bush y Mijaíl Gorbachov en diciembre de 1989 en Malta dejó una profunda huella en la historia. Pero lo valoran de maneras diferentes. Algunos creen que fue el punto final de la Guerra Fría. Otros lo califican como una traición sin precedentes. Gorbachov y su equipo se oponen categóricamente a esta última opinión. Para encontrar la verdad, hace falta un análisis científico.
Qué es una traición
La clave a la respuesta a esta ambigua pregunta la dio el gran filósofo ruso y patriota de su país, Alexander Zinóviev. Empleó la palabra “traición” en el sentido sociológico, moral y jurídico.
En su artículo ‘El factor de la traición’ Zinóviev escribió: “Para calificar las acciones del supremo poder soviético como traición o para rechazar esta calificación hace falta, ante todo, partir del deber de las autoridades con respecto a su población. Este deber consiste en salvar y afianzar el régimen existente, proteger la integridad territorial, fortalecer y proteger la soberanía del país en todos los aspectos de su organización social (poder, derecho, economía, ideología, cultura), garantizar la seguridad personal de los ciudadanos, defender el sistema de formación y educación, los derechos sociales y civiles… En una palabra: todo lo que había sido conseguido en los años soviéticos y lo que constituye un modo de vida normal de la población. Las autoridades lo sabían. Y la población estaba segura de que su cúpula dirigente cumpliría su deber y confiaba en sus líderes. ¿Cumplieron las autoridades su deber? ¿Y por qué, si escogemos la respuesta negativa? En segundo lugar, hay que entender si las autoridades soviéticas actuaron por su propia voluntad o fueron manipuladas desde fuera; si fue un comportamiento planificado por alguien fuera del país o no, o si actuó el poder en intereses de esta fuerza externa”.
Zinóviev fue el primero en intuir que Gorbachov era capaz de traicionar esta confianza: “Antes de asumir el cargo de secretario general del PCUS había estado en Reino Unido. Se negó a visitar la tumba de Karl Marx, y en vez de ello se dirigió a la recepción de la reina. Me pidieron comentar este caso. Contesté entonces que empezaba una traición histórica sin precedentes. No me equivoqué”.
En Londres el futuro líder soviético se vio con la primera ministra de Gran Bretaña, Margaret Thatcher. Es interesante que justo después de este encuentro la Dama de Hierro se fuera a EEUU para verse con el entonces presidente, Ronald Reagan, para comunicarle que se podía hacer tratos con Gorbachov. En marzo de 1985 Thatcher vino a Moscú al entierro del Secretario General del PCUS y dirigente de la URSS, Konstantín Chernenko, y volvió a verse con Gorbachov, que poco antes había sido nombrado el líder de la URSS y del partido.
El primer paso
Pasado un mes, en el Pleno del Comité Central del PCUS fue anunciado el curso hacia la aceleración del desarrollo socio-económico del país. Suponía la aplicación de los logros de la ciencia y la técnica y el desarrollo de la construcción de maquinaria. Así se inició la llamada ‘Perestroika’. En febrero de 1986 fue aprobada en el ХХVII Congreso del PCUS.
El periodo de Brézhnev lo suelen denominar periodo de estancamiento. Zinóviev protestó categóricamente contra esta denominación. En su artículo ‘La contrarrevolución soviética’ recordó: “¡En los años de postguerra la población de la Unión Soviética aumentó en cien millones de personas! Se elevó el nivel de vida. Crecieron las necesidades de la gente… En los años de postguerra (y sobre todo, en los del “estancamiento”) creció decenas de veces el número de empresas, entidades, organizaciones, la sociedad se hizo más complicada y variada con tanta rapidez y en tal escala que nunca ha visto la historia de la humanidad uniones tan enormes como la URSS. Todos los aspectos de la vida se volvieron más complicados y variados: la educación, la cultura, las comunicaciones, las relaciones internacionales, etc. Por supuesto, aparecieron problemas y dificultades…”.
Para superarlos, como afirmaba Zinóviev, “había que abogar por la vía del afianzamiento y perfeccionamiento de todo lo que criticaban y ponía en ridículo la propaganda y la ideología de Occidente: se trataba de algo que funcionaba de verdad y podría permitirle a la URSS superar aquellas dificultades. Pero los dirigentes soviéticos y sus lacayos ideológicos lo hicieron todo al revés. Se pusieron a montar la ‘Perestroika’, cuyas consecuencias nefastas eran evidentes de antemano. La perestroika desencadenó una crisis que se hizo universal, abarcando también la esfera de la economía”.
Ya ni Gorbachov ni los demás críticos del estancamiento mencionaban la antes anunciada aceleración. Sus palabras altisonantes nunca se materializaron. Los partidarios de la ‘Perestroika’ no lograron superar los problemas, muchos de los cuales fueron fruto de su propia actividad. Gorbachov demostró ser un dirigente incapaz de construir nada, lo que primero originó en la sociedad una desilusión y luego una creciente irritación.
Cuanto peor fueron las cosas dentro del país, tanto más se esforzaba Gorbachov por conseguir reconocimiento en Occidente. Hasta estaba dispuesto a renunciar a las conquistas geopolíticas del periodo de la Segunda Guerra Mundial, pagadas con las vidas de decenas de millones de ciudadanos soviéticos. El ex jefe del Departamento Analítico de la KGB de la URSS, Nikolái Leónov, está seguro de que fue Gorbachov el que inició la ruina del imperio soviético al ir a la Asamblea General de la ONU en otoño de 1988 con la idea de alegrar a todo el mundo declarando desde la tribuna que la URSS no iba a impedir por la fuerza los cambios en otros países de Europa Oriental. Fue el primer paso, y después ya no hubo vuelta atrás.
La URSS no quiere ver a EEU como un adversario
Henry Kissinger en su libro ‘Diplomacia’ recuerda como al declarar desde la tribuna de la ONU la reducción unilateral de las Fuerzas Armadas en 500.000 efectivos y 10.000 tanques, Gorbachov añadió con una voz bastante humilde: “Esperamos que EEUU y los europeos den algunos pasos también”…Una reducción unilateral de escala tan grande es una muestra o de una exclusiva seguridad de las propias fuerzas o de una debilidad exclusiva. En aquella etapa de desarrollo es dudoso que la URSS ostentase dicha seguridad de sus fuerzas.
En primer lugar, las palabras de Kissinger hacen referencia a Gorbachov quien manifestó también su debilidad en el curso de las negociaciones en Malta. Al describir el comportamiento del líder soviético, el embajador estadounidense en la URSS, Jack F. Matlock, dijo: “Necesitaba que todos vieran que estaba negociando con Bush de igual a igual y no como un adversario vencido”.
Pero Gorbachov no logró convencer de ello a los políticos estadounidenses, que respetan la fuerza por encima de todo.
Por ahora sabemos muy poco del contenido de las negociaciones. Y por algo será. Los concisos comentarios de los medios contrastan con las estimaciones pomposas que dieron Gorbachov, Bush y sus círculos próximos. Todos insistieron en declarar que el principal resultado del encuentro fue el fin de la Guerra Fría. Aunque hoy es obvio que estas declaraciones no corresponden con la realidad.
El ex embajador soviético en EEUU, Anatoli Dobrinin, afirmaba que en Malta Gorbachov hizo caso omiso de la directiva del Buró Político del Comité Central del PCUS, según la cual la reunificación de Alemania era posible siempre y cuando los dos bloques, la OTAN y el Pacto de Varsovia, fueran disueltos y unidos por un acuerdo mutuo. Es más: Gorbachov no solo le alegró a Bush con la declaración de que la “URSS ya no quería ver como un adversario a EEUU”, pasó a exhortar a los estadounidenses a ser mediadores en transformaciones pacíficas en Europa Oriental.
— Ya no le consideramos nuestro enemigo, —le dijo a Bush- Han cambiado muchas cosas. Queremos su presencia en Europa. EEUU debe quedarse en Europa. Su presencia allí es importante para el futuro de este continente. Por eso no deben pensar que busquemos que se vayan.
No sorprende que varias semanas después de la cumbre en Malta la Administración de Bush se mostrase dispuesta a desempeñar el papel de mediador no sólo entre Moscú y los Estados del Pacto de Varsovia, sino también entre Moscú y la capital de la República Socialista Soviética de Lituania, Vilna.
El historiador Matvéi Polínov dijo: “Las fuerzas separatistas de Letonia, Lituania y Estonia, al obtener el apoyo de EEUU a raíz de la cumbre de Malta, intensificaron considerablemente su actividad con vistas a salir de la URSS. Precisamente por eso, en buena medida, el destacado diplomático Anatoli Gromiko calificó la cumbre como “un Múnich soviético”… Gromiko vio claro que en Malta Gorbachov “había perdido cada partida”.
Y es que ni intentó ganar. Me atreveré a decir más: a juzgar por los acontecimientos que se desencadenaron después de la cumbre (la reunificación alemana, la desintegración del Bloque Socialista, la disolución del Pacto de Varsovia, el empeoramiento de relaciones con Cuba, etc.), Gorbachov, actuando a su antojo, había firmado en Malta el acta de capitulación total e irreversible de la URSS.
La Navidad en junio de 1990
La respuesta a la pregunta si Gorbachov actuó según los intereses de EEUU o no es obvia. Los propios estadounidenses estaban asombrados por la rapidez con la cual el líder soviético le rendía a Occidente una posición tras otra. Como reconocieron el historiador de EEUU, Michael Richard Beschloss, y el analista de política exterior, Strobe Talbott, los estadounidenses estaban buscando la manera de agradecerle a Gorbachov que pactara la presencia de una Alemania unida en la OTAN. Y como para junio de 1990 estaba planificada la visita de Gorbachov a EEUU, Robert D. Blackwill propuso: “El encuentro debe convertirse para Gorbachov en una Navidad en junio”.
El recién proclamado presidente de la URSS vino a EEUU el 30 de mayo. Beschloss y Talbott lo cuentan:
“Gorbachov estaba embriagado de su éxito, cuando la muchedumbre le acogía con aplausos. Exclamó, con ayuda de un intérprete: ‘¡Aquí me siento como en casa!’ Fue una frase rara pero muy elocuente: ya que en su país su propio pueblo no le iba a aplaudir (…) Gorbachov tenía tantas ganas de sentir la benevolencia de la sociedad y ver las muestras de su importancia en Occidente que al día siguiente empleó cuatro horas para recoger, uno tras otro, cinco premios de diferentes organizaciones (…) Con una amplia sonrisa, recibía a los representantes de cada organización que entraban con toda solemnidad en la lujosa sala de recepciones de la embajada soviética: colgaban de la pared sus emblemas y pronunciaban palabras halagadoras sobre Gorbachov ante las cámaras de la televisión soviética y estadounidense”
En el mismo año, 1990, Gorbachov obtuvo el anhelado Premio Nobel de la paz.
Tuvo que esperar dos años para el siguiente regalo. En 1992, cuando la URSS ya estaba enterrada, Reagan invitó al ex presidente a su rancho y le regaló el sombrero de vaquero. Gorbachov lo describe en sus memorias. Comentándolo, el politólogo Serguéi Cherniajovski, dijo con ironía: “El ex césar de medio mundo sigue orgulloso de este hecho. También se sentían orgullosos los siervos cuando los zares les regalaban sus abrigos de pieles. Igual que ellos y Ricardo III de York, quien imploró en un momento de peligro “mi reino por un caballo”, este laureado con el Premio Nobel se sentía orgulloso por su intercambio beneficioso: medio mundo por el sombrero del ex presidente estadounidense. Más tarde los invitados de Reagan pagaban 5.000 dólares por tener su foto del ex secretario general de la URSS con el sombrero de los vaqueros de Texas. Gorbachov lo describe con orgullo, sin entender que lo que les atraía tanto, era verle con un gorro de payaso”.
Epílogo
En agosto de 1991, tres días después del llamado “golpe de agosto” en la Unión Soviética, Zinóviev escribió las siguientes palabras proféticas: “Ahora todo el mundo cree que la Guerra Fría ha acabado y que éste es el gran mérito de Gorbachov y su equipo. Pero no se suele explicar en qué consistió el papel de Gorbachov. Pasarán años y los descendientes valorarán este papel suyo como se debe: quiero decir, como una traición a los intereses nacionales del país y del pueblo propio. No conozco en la historia otro caso de traición comparable por su escala y consecuencias. La Gran Guerra Patria presentó varios ejemplos de una traición contra el pueblo, pero son una nimiedad en comparación con lo que hizo Gorbachov en tiempos pacíficos. Si los líderes de Occidente hubieran colocado en el puesto de líder del Estado a algún político propio, no hubiesen logrado hacer tanto daño como lo hizo Gorbachov. Actuó como un experimentado agente del aparato del Partido, empleando todas las capacidades del poder del que disponía el Estado comunista”.
Alexander Zinóviev dio una respuesta a la pregunta que había planteado él mismo: “La realidad de la historia soviética después de 1985 es tal que un observador objetivo no puede dudar de calificar como una traición las acciones de las autoridades soviéticas con respecto a su población”.

jueves, 25 de febrero de 2016

Estados Unidos-Cuba: ocho mitos de una confrontación histórica (I Parte)

Foto: AFP.
Foto: AFP. Estados Unidos
Tomado de CubaDebate
Por: Elier Ramírez Cañedo.
Durante largo tiempo el conflicto Estados Unidos-Cuba ha sido estudiado por numerosos académicos en el mundo, fundamentalmente de los países implicados. Sin embargo, a pesar de las numerosas investigaciones existentes al respecto, y de las miles de páginas de documentos desclasificados en los propios Estados Unidos, todavía hoy persisten determinados mitos, sustentados en el desconocimiento, la falta de información, los análisis superficiales y la manipulación intencionada con propósitos políticos. No son pocos los enemigos de la Revolución cubana que utilizan la tergiversación histórica como vía predilecta para atacar el proyecto cubano, dentro de una estrategia más amplia de guerra cultural contra el socialismo en Cuba.
El objetivo fundamental de este ensayo es ofrecer los argumentos necesarios para desbancar todos aquellos mitos que, en torno al conflicto Estados Unidos-Cuba, todavía en nuestros días pretenden convertirse en verdades establecidas. Solo presentamos y analizamos ocho de ellos, por considerarlos las más importantes en cuanto a su recurrente mención en los círculos académicos foráneos, pero lógicamente no serían los únicos a tener en cuenta.

Mito 1: “La raíz del conflicto estuvo en la alianza de la Revolución con la Unión Soviética, pues la administración Eisenhower estaba dispuesta a entenderse con un proyecto nacionalista democrático en Cuba”.

Este planteamiento desconoce la evolución histórica del conflicto Estados Unidos-Cuba cuyas primeras expresiones pueden remontarse a finales del siglo XVIII, cuando comenzó a perfilarse lo que sería la esencia fundamental de la confrontación bilateral: hegemonía versus soberanía. Las fuentes documentales existentes demuestran que las pretensiones de anexar o dominar a Cuba estuvieron presentes en los padres fundadores de la nación norteamericana incluso desde antes de alcanzada la independencia de las Trece Colonias.
Ya en 1767 Benjamín Franklin había recomendado al lord William Petty II, conde de Shelburne y secretario de estado para los asuntos coloniales de Inglaterra, fundar un asentamiento en Illinois para, ante un posible conflicto armado, sirviera de puente para descender hasta el golfo de México y luego tomar Cuba o México mismo.(1) También en una fecha tan prematura como 1783, John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, había hecho la siguiente declaración: “Cuba es una extensión natural del continente norteamericano, y la continuidad de los Estados Unidos a lo largo de ese continente torna necesaria su anexión”.(2)
Este trabajo se haría demasiado extenso si citáramos las numerosas expresiones obtenidas de los documentos de los llamados Founding Fathers, fundamentalmente de los que luego ocuparon la presidencia y la secretaría de estado de ese país, que demuestran cómo, desde el surgimiento de esa nación, la élite de poder norteamericana proyectó la anexión de Cuba a su territorio.(3) Para 1823, la llamada política de la fruta madura se convertiría en la piedra angular de la política exterior de los Estados Unidos hacia la Mayor de las Antillas. Mientras no existieran las condiciones para apoderarse de Cuba, era preferible que la isla permaneciera bajo el dominio de España, antes de que su soberanía fuera transferida a una nación mucho más poderosa, especialmente Inglaterra, la reina de los mares en aquellos años. Aunque también Estados Unidos rechazó con vehemencia la posibilidad de una expedición colombo-mexicana que llevara la independencia a Cuba y Puerto Rico en la década del 20 del siglo XIX(4) y se negó a reconocer la beligerancia de los cubanos durante las gestas independentistas de la segunda mitad del decimonónico. Estados Unidos consideró que estas opciones políticas para Cuba también podían poner en riesgo sus ambiciones sobre la Isla.
Asimismo, durante la República Neocolonial burguesa, Estados Unidos bloqueó todo posibilidad de existencia de una burguesía nacional en Cuba. El llamado gobierno de los 100 días –realmente fueron 127-, que no fue un gobierno comunista –aunque tomó medidas de beneficio social de importancia, sobre todo, por inspiración de su secretario de Gobernación, Guerra y Marina, Antonio Guiteras Holmes- por el solo hecho de haberse replanteado los términos de las relaciones con los Estados Unidos y adoptar posiciones antiinjerencias, Washington no lo reconoció y se implicó en las conspiraciones que llevaron finalmente a su caída. Estados Unidos también hizo todo lo posible por evitar que un gobierno de corte nacionalista burgués liderado por el partido ortodoxo se hiciera de las riendas del país y apoyó hasta las últimas consecuencias a Fulgencio Batista, figura representativa del más conservador capitalismo dependiente cubano. Cuando la caída de Batista se hacía inexorable, la administración de Eisenhower trató a última hora de construir y respaldar una tercera fuerza que evitara el Movimiento 26 de julio llegara al poder.
Entonces, cuando triunfa la Revolución cubana en 1959, es cierto que la administración republicana de Dwight D. Eisenhower reconoció –no sin cierta reticencia- al nuevo gobierno el 7 de enero-, pero al mismo tiempo se trazó como meta fundamental evitar la consolidación de la revolución social en Cuba y con ello, que los intereses estadounidenses en la Isla fueran lastimados. De ahí la poca cooperación y animadversión que mostraron las autoridades norteamericanas hacia los nuevos líderes cubanos desde el propio momento del triunfo, a pesar de la valoración positiva que tenían sobre varias figuras moderadas dentro del Gabinete cubano, a las cuales pensaba utilizar para evitar la radicalización del proceso y la conservación de la Isla en la esfera de influencia norteamericana.
Eisenhower había apoyado al dictador Fulgencio Batista desde que asumió la presidencia de los Estados Unidos, por lo cual no estaba en condiciones de entenderse con la Cuba revolucionaria que emergía. Por lo anterior, la Administración de Eisenhower no significaría un nuevo diseño de política hacia Cuba, sino una total continuidad. El mismo equipo de gobierno que había fracasado tratando de buscar una alternativa para evitar la toma del poder por parte de las fuerzas revolucionarias, era el mismo que entonces tenía que entendérselas con la Cuba de Fidel Castro. Por tal razón los planes subversivos de la potencia del norte contra la Revolución Cubana comenzaron a planificarse y ejecutarse desde los primeros meses del año 1959(5), sobre todo por la CIA, aunque sería luego de aprobada la Ley de Reforma Agraria el 17 de mayo que estos se hicieron sentir con más virulencia. Es a partir también de esa fecha que comienza gradualmente a observarse una mayor y estrecha articulación entre la CIA y el Departamento de Estado en función del cambio de régimen en Cuba.
A pesar de que la aprobación formal del “Programa de acción encubierta contra el régimen de Castro”, ocurrió en marzo de 1960, la decisión del “cambio de régimen” había sido tomada desde el propio año 1959. Dos altos funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, el subsecretario para Asuntos Políticos, Livingston T. Merchant, y el secretario adjunto para Asuntos Interamericanos Roy Rubbottom, reconocerían luego que desde junio de 1959 se “había llegado a la decisión de que no era posible lograr nuestros objetivos con Castro en el poder”, poniéndose en marcha un programa que “el Departamento de Estado había elaborado con la CIA” cuyo propósito era el de “ajustar todas nuestras acciones de tal manera que se acelerara el desarrollo de una oposición en Cuba que produjera un cambio en el Gobierno cubano resultante en un nuevo Gobierno favorable a los intereses de EE.UU”.(6)
Aunque nuestros expertos en Inteligencia estuvieron indecisos durante algunos meses -señaló Eisenhower en sus memorias-, los hechos gradualmente los fueron llevando a la conclusión de que con la llegada de Castro, el comunismo había penetrado el Hemisferio (…) En cuestión de semanas después que Castro entrara a La Habana, nosotros en el Gobierno comenzamos a examinar las medidas que podrían ser efectivas para reprimir a Castro en el caso de que se convirtiera en una amenaza”.(7)
Las dudas que aún podían quedar a los Estados Unidos sobre si la radicalidad del proceso revolucionario cubano traspasaría los límites de su tolerancia o los “requerimientos mínimos de seguridad”, como aparecía en algunos de sus documentos secretos, terminaron cuando se firmó la primera ley de Reforma Agraria en Cuba, el 17 de mayo de 1959. Todas las evidencias hacen pensar que a partir de ese momento el Gobierno de los Estados Unidos se convenció de que la revolución social en Cuba era verdadera y que esta constituía un peligro potencial para sus intereses fundamentales en la Isla y en el hemisferio occidental. Todavía las relaciones entre Cuba y la URSS no se habían establecido, ni se había declarado el carácter socialista de la Revolución, pero el desafío cubano era ya considerable, pues rompía con los moldes clásicos del control hegemónico de Washington sobre la región. De este modo, una vez que Cuba mostró su posibilidad de actuar como nación independiente tanto en el plano interno como en política exterior, en una región que los Estados Unidos consideraban su traspatio seguro, la esencia del conflicto Cuba-Estados Unidos llegó al pináculo de su expresión.
No fueron entonces los vínculos de Cuba con la URSS a partir de febrero de 1960, cuando se firman los primeros acuerdos económicos -que tal y como reportó el embajador estadounidense en La Habana al Departamento de Estado no afectaban directamente los intereses estadounidenses, sino más bien todo lo contrario- los que originaron el conflicto Estados Unidos-Cuba, como algunos autores se afanan en tratar de hacer ver, en un relato poco plausible.(8) El problema de fondo estuvo en que el Gobierno revolucionario cubano rompió con la tradición de subordinar la política interna y externa de la Isla a los dictados de Washington. Esa independencia no estaba dispuesta a aceptarla el gobierno de los Estados Unidos, pues rompía toda la lógica con la que Washington acostumbraba a tratar a los países de América Latina y el Caribe. De esta manera, la Revolución Cubana pasó a convertirse en un problema de “seguridad nacional” para los Estados Unidos al considerarse “la primera penetración comunista significativa en el hemisferio occidental”.
Pero lo cierto es que, la idea de una Cuba satélite de Moscú, sería el pretexto idóneo que buscarían algunas de las figuras más importantes dentro de la administración estadounidense para el diseño de una política más agresiva contra la Isla. El 24 de noviembre de 1959, el embajador inglés en los Estados Unidos reportaba a su cancillería: “Yo tuve que ver a Allen Dulles esta mañana sobre otro asunto, y aprovechó la oportunidad para discutir sobre Cuba, sobre una base estrictamente personal. Desde su punto de vista personal, él esperaba grandemente que nosotros decidiéramos que no continuaremos con la negociación sobre los Hunter (se refiere a las gestiones que realizaba Cuba para comprar aviones en el Reino Unido). Su razón fundamental es que esto podría conducir a que los cubanos solicitaran armas a los soviéticos o al bloque soviético. Él no había despachado esto con el Departamento de Estado, pero era por supuesto, un hecho, que en el caso de Guatemala había sido el envío de armas soviéticas lo que había cohesionado a los grupos de oposición y creado la ocasión para lo que se hizo”.(9)
Sentada las razones propagandísticas, la administración Eisenhower comenzó de inmediato un amplio espectro de políticas agresivas contra la Revolución Cubana con el objetivo de lograr un cambio de régimen mucho antes de establecidas las relaciones entre Cuba y la URSS y de declarado el carácter socialista de la Revolución, entre ellas: suspensión de la asignación de créditos, campañas difamatorias, violaciones al espacio aéreo y marítimo de Cuba, sabotajes a los objetivos económicos en la Isla, ataques piratas, apoyo de la CIA a la contrarrevolución interna en sus actos de sabotajes, sostén e incitación al bandidismo, intentos de asesinato contra los líderes de la Revolución, utilización de la Organización de Estados Americanos (OEA) para condenar y aislar diplomáticamente a Cuba, apoyo encubierto a una invasión desde el exterior por elementos batistianos acantonados en Santo Domingo bajo el patrocinio del dictador Trujillo, entre otros actos de agresión. Sin embargo, muy pronto la CIA y el Presidente llegaron a la conclusión de que el único modo de “solucionar” el asunto de Cuba era sobre la base de asesinar a Fidel Castro o invadir la Isla. (10) De este modo, desde diciembre de 1959 la CIA había concebido un programa de formación de un ejército de mercenarios cubanos, algunos de ellos criminales de la dictadura batistiana, para invadir el país. Este plan fue aprobado por el presidente Eisenhower en marzo de 1960. El 6 de julio del propio año el presidente estadounidense canceló la cuota cubana de azúcar y el 19 de octubre su administración declaró el “embargo” parcial al comercio, prohibiendo todas las exportaciones, excepto de alimentos y medicinas, aunque la guerra económica contra Cuba había comenzado también mucho antes.(11) El 3 de enero de 1961 el Gobierno norteamericano anunció el rompimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba y el 16 de enero estableció las primeras restricciones a los viajes de los ciudadanos estadounidenses a la Isla.
Así, la Administración de Eisenhower dejó preestablecidos los elementos esenciales que caracterizarían la política de los Estados Unidos hacia Cuba durante más de medio siglo. Las administraciones subsiguientes simplemente harían aportes menores, para imprimir cada una su sello particular a la política hacia Cuba. (12)

Mito 2: “Fue el gobierno revolucionario en Cuba el que empujó la situación hacia la ruptura de las relaciones diplomáticas en enero de 1961”.

En abril de 1959 Fidel viaja a los Estados Unidos -su segunda salida al exterior después del triunfo de la Revolución-,(13) no para pedir dinero como estaban acostumbrados los presidentes de la república neocolonial burguesa, sino para explicar los rumbos que tomaría la Revolución y tratar de lograr la comprensión del gobierno y pueblo de los Estados Unidos sobre el nuevo momento histórico que se vivía en Cuba. También el viaje fue una continuación de la “Operación Verdad”, llevada adelante por el gobierno y pueblo cubanos en los primeros meses después del triunfo de la Revolución para responder a la gran campaña de infundios de los medios occidentales y representantes del gobierno de los Estados Unidos que señalaban que en la Isla se estaba produciendo un “baño de sangre” contra los antiguos defensores el régimen de Batista.
Todo pudo haber sido menos traumático para los Estados Unidos, de haber respondido de manera diferente a la Revolución Cubana. La reacción airada y hostil de Washington solo logró incentivar y acelerar la radicalización del proceso revolucionario y el acercamiento –como lo había deseado Allan Dulles para que sirviera de pretexto para una escalada del conflicto- a la URSS. Realmente la clase dominante de los Estados Unidos estaba incapacitada para entender lo que sucedía en la Isla y el papel de su nuevo liderazgo. Lo que estaba ocurriendo en la Mayor de las Antillas se iba de todos los cálculos posibles. Les era imposible pensar que, luego de tantos años de exitoso control del hemisferio occidental, pudiera un país tan cercano apartarse de sus designios e influencias.
Ante la aceptación de Fidel de una invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos para visitar Washington y hablar ante su reunión anual en abril, lo primero que hizo Eisenhower en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Nacional fue preguntar si no se le podía negar la visa al líder cubano, para luego -ya durante la estancia de Fidel en ese país- evadir la posibilidad de un encuentro. Ike prefirió irse a jugar golf en Georgia que recibir a Fidel. Dejó esta “incómoda” misión en manos del secretario de Estado Cristian Herter y el vicepresidente Richard Nixon. Este último trató de dar lecciones a Fidel de cómo gobernar en Cuba y más tarde escribiría en sus memorias que había salido de la reunión con el líder cubano convencido de que había que derrocar al gobierno revolucionario de la Isla de inmediato. (14)
Es decir, solo a tres meses del triunfo revolucionario, cuando aun no se habían establecido los vínculos con los soviéticos, ni firmado la ley de reforma agraria y prácticamente no se había tomado medida alguna que afectara sustancialmente los intereses de los Estados Unidos, la administración Eisenhower se mostraba poco cooperativa y más bien adversa con el nuevo gobierno cubano, especialmente con Fidel Castro. Ello a pesar de que el líder cubano, buscaba la manera de no provocar una ruptura abrupta con Washington, si bien advertía en cada discurso a los vecinos del norte que las cosas iba a ser diferentes, pues en Cuba por primera vez habría independencia y soberanía absoluta.
Por otro lado, las nacionalizaciones de propiedades estadounidenses en los años 59 y 60 no fueron una provocación deliberada de Cuba para buscar la ruptura de las relaciones con los Estados Unidos, sino una necesidad de la Revolución, planteada desde 1953 por Fidel, en su famoso alegato de autodefensa ante los tribunales de la tiranía batistiana, La historia me absolverá y prevista en la Constitución de 1940. (15) También fueron una respuesta a las agresiones constantes del gobierno de Washington y al cerco económico que comenzó mucho antes de establecido el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba por orden ejecutiva del presidente Kennedy en febrero de 1962. Sin embargo, las nacionalizaciones cubanas no fueron discriminatorias y Cuba estuvo dispuesta en todo momento a negociar la indemnización por las propiedades estadounidenses expropiadas. Así lo hizo con otros países como Francia, Inglaterra, Irlanda del Norte, Canadá y España. Solo el gobierno de los Estados Unidos se negó a establecer una fórmula de pago que no fuera “rápida, adecuada y efectiva”.
Washington rompió relaciones diplomáticas con Cuba en enero de 1961, alegando que era una respuesta a medidas hostiles de la Isla, cuando en realidad, el gobierno de Eisenhower desde mucho tiempo antes buscaba ese rompimiento. Desde finales de octubre de 1960 Estados Unidos había retirado a Bonsal como embajador en La Habana.
“El gobierno al cual yo representaba –recordaría años después Bonsal- había hecho todo cuanto podía para incapacitar la economía y el comercio del país ante el cual estaba acreditado. Era un secreto a voces que el Gobierno al que yo representaba estaba entrenando y armando aceleradamente a ciudadanos cubanos exilados a fin de contribuir al derrocamiento por la fuerza del Gobierno con el cual yo estaba manteniendo una semblanza de relaciones diplomáticas. Para ponerle la tapa al pomo, miembros de mi personal, acreditados ante el Gobierno cubano con el derecho a la inmunidad diplomática fueron descubiertos por las autoridades cubanas en actividades que dicha inmunidad no debía cubrir”. (16)
Las evidencias documentales revelan que los representantes de la embajada de los Estados Unidos que permanecieron en La Habana, el departamento de estado y el propio presidente Eisenhower, llevaban varios meses estudiando la posibilidad de romper relaciones diplomáticas con Cuba. Solo esperaban esta se produjera en el momento más oportuno, preferiblemente de consuno con la OEA, la cual debía “pedir” a los Estados Unidos esta ruptura, aunque algunos países de la región se opusieran. El presidente Eisenhower llegó a señalar que “se sentiría muy feliz si antes del 20 de enero pudiéramos dar un paso como el rompimiento de relaciones con el Gobierno de Castro hecho en concurrencia con cierto número de Gobiernos latinoamericanos”. (17)
La decisión del gobierno cubano, debido a su carácter hostil e injerencista, de limitar el personal de la Embajada estadounidense en La Habana a 11 miembros –Estados Unidos tenía más de 300-, el mismo número de funcionarios que tenía Cuba en Washington, fue el pretexto que vino como anillo al dedo a la administración Eisenhower para romper las relaciones diplomáticas con Cuba el 3 de enero de 1961 y presentar a la Isla como la agresora.
Fidel explicó al pueblo y al mundo el por qué de la decisión de reducir el personal diplomático de los Estados Unidos en la embajada de ese país en La Habana: “La Revolución ha tenido mucha paciencia; la Revolución ha consentido que una plaga de agentes del servicio de inteligencia, disfrazados de funcionarios diplomáticos de la embajada americana, haya estado aquí conspirando y promoviendo el terrorismo. Pero el Gobierno Revolucionario ha decidido que antes de 48 horas, antes de 48 horas, la embajada de Estados Unidos no tenga aquí ni un funcionario más de los que nosotros tenemos … Permítanme terminar la idea. El hecho de que hubiésemos establecido un orden en la expresión, ha servido en este caso para descubrir un deseo del pueblo. Nosotros no íbamos a decir todos los funcionarios, sino ni un funcionario más del número de los que nosotros tenemos en Estados Unidos, que son 11. Y estos señores tienen aquí más de 300 funcionarios, de los cuales el 80% son espías… Si ellos quieren irse todos, entonces ¡que se vayan! Ellos, a través de la representación diplomática, han introducido aquí un verdadero ejército de agentes conspiradores y promotores del terrorismo…Por lo tanto, el gobierno revolucionario adopta esta posición que ha expresado aquí. No rompemos con ellos, pero si se quieren ir, ¡que les vaya bien!”(18)

Mito 3: “Cuba puso al mundo al borde del holocausto mundial en octubre de 1962”.

Abundan los enfoques que al exponer e interpretar la llamada Crisis de Octubre señalan a Cuba como la máxima responsable de poner al mundo al borde del holocausto mundial. Ello también responde a la manera errada en que se manejó la crisis, en especial por la dirección soviética, siendo Cuba la más desfavorecida tanto en su imagen internacional como en la solución a que llegaron Kennedy y el premier soviético Nikita Jruchov.
La manera en que Jruschov actuó al producirse la crisis, cuando sin contar con la dirección cubana negoció con Kennedy la salida de los cohetes nucleares de la Isla, y peor aún, de manera subrepticia negoció esa salida a cambio de la retirada de los misiles nucleares estadounidenses ubicados en Turquía e Italia, dejan mucho que desear sobre las verdaderas o fundamentales motivaciones que tuvo Jruschov a la hora de proponer a los cubanos la instalación de los cohetes en Cuba. ¿Qué tenían que ver los cohetes de Turquía e Italia con la defensa de Cuba? ¿Por qué no exigió se devolviera a la Mayor de las Antillas el usurpado territorio de la Base Naval de Guantánamo, se eliminara el bloqueo económico, u otros aspectos que sí se ajustaban a los intereses de la Isla?
A pesar de que en las concepciones defensivas ya elaboradas para entonces por parte de la máxima dirección cubana, los misiles nucleares no estaban comprendidos, y de la conciencia de los líderes cubanos de que su presencia en el territorio insular podía afectar el prestigio de la Revolución, se aceptó la instalación de los cohetes, a partir de que se cumplía con un principio ineludible de apoyo internacionalista con el Campo Socialista y la URSS en particular, sobre cuya amistad no existía la menor duda, porque la había demostrado muchas veces. Se trataba entonces, de que si la URSS había estado siempre dispuesta a ayudar a Cuba en los momentos más críticos, no se podían esgrimir intereses nacionales estrechos, cuando los que estaban en juego eran los intereses del Campo Socialista como un todo y por supuesto, vistos en un sentido más estratégico, los de la capacidad para defender a Cuba también.
Mucho se perdió en el terreno moral, político y diplomático cuando los soviéticos decidieron que la instalación de los cohetes nucleares en Cuba se hiciera de manera secreta, y solo hacerla pública cuando fuera un hecho consumado, al que Estados Unidos supuestamente tendría que resignarse. El líder de la Revolución Cubana defendió en todo momento que la operación se hiciera pública bajo el respaldo del derecho internacional, pues no había nada ilegal en ello. Aunque mantuvo el criterio de que los soviéticos eran los que debían tomar la decisión final, por consideración a su gran experiencia internacional y militar. (19)
Solo la posición valiente e intransigente de la dirección cubana al negarse a cualquier tipo de inspección del territorio cubano, al platear los Cinco Puntos e impedir en todo momento que se le presionara, fue lo que salvó el prestigio moral y político de la Revolución en aquella coyuntura, y que la Isla no fuera vista como un simple peón de los soviéticos.
La famosa y tantas veces manipulada carta de Fidel a Jruchov escrita entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de octubre (traducida y enviada al líder soviético desde la embajada de la URSS en La Habana) ha sido uno de los documentos más utilizados para ubicar al líder de la Revolución como un “irresponsable” y hasta un “loco” que puso en riesgo la existencia humana en la faz de la tierra.
Hay que decir que si para los Estados Unidos la crisis había comenzado en octubre de 1962, Cuba vivía una crisis que amenazaba su supervivencia como nación independiente y soberana desde enero de 1959, enfrentada a las más disímiles formas de agresión del gobierno de los Estados Unidos, incluyendo la invasión mercenaria de Playa Girón en abril de 1961. La “Operación Magosta”, la más amplia operación de guerra encubierta elaborada e implementada por los Estados Unidos contra otro país, aprobada por el presidente Kennedy en noviembre de 1961, debía concluir con la invasión directa de las fuerzas armadas estadounidenses en la Isla, precisamente en octubre de 1962.
La carta enviada por Fidel a Jruchov, no proponía dar el primer golpe nuclear preventivo, sino que, en caso de producirse la invasión a Cuba –la variante menos probable-, no vacilara la URSS de responder con armas nucleares evitando cometer los mismos errores de la Segunda Guerra Mundial, (20) pues la invasión significaba que ya Estados Unidos se había decidido a iniciar la guerra termonuclear lanzando el primer golpe nuclear contra el país soviético. Es de destacar que si Fidel hubiera dominado el estado real de la correlación de fuerzas nucleares, con una ventaja aplastante para el lado norteamericano, esta misiva jamás se hubiera producido, pues significaba incitar al líder soviético al suicidio de su pueblo.
Fragmentos de las cartas intercambiadas por ambos líderes en esos días de tensión, muchas veces citadas inconexamente, ilustran fehacientemente la verdad histórica:
Mensaje de Fidel a Jruchov el 26 de octubre:
“Hay dos variantes posibles: la primera y más probable es el ataque aéreo contra determinados objetivos con el fin limitado de destruirlos; la segunda, menos probable, aunque posible, es la invasión. Entiendo que la realización de esta variante exigiría gran cantidad de fuerzas y es además la forma más repulsiva de agresión, lo que puede inhibirlos.
(…) Si tiene lugar la segunda variante y los imperialistas invaden a Cuba con el fin de ocuparla, el peligro que tal política agresiva entraña para la humanidad es tan grande que después de ese hecho la Unión Soviética no debe permitir jamás las circunstancias en las cuales los imperialistas pudieran descargar contra ella el primer golpe nuclear.
Le digo esto, porque creo que la agresividad de los imperialistas se hace sumamente peligrosa y si ellos llegan a realizar un hecho tan brutal y violador de la Ley y la moral universal, como invadir a Cuba, ése sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro, en acto de la más legítima defensa, por dura y terrible que fuese la solución, porque no habría otra”.(21)
Jruchov a Fidel el 30 de octubre:
“En su cable del 27 de octubre Ud. Nos propuso que fuéramos primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo. Usted, desde luego, comprende a qué llevaría esto. Esto no sería un simple golpe, sino que el inicio de la guerra termonuclear.
Querido compañero Fidel Castro, considero esta proposición suya como incorrecta, aunque comprendo su motivo”.(22)
Fidel a Jruchov el 31 de octubre:
No ignoraba cuando las escribí que las palabras contenidas en mi carta podrían ser mal interpretadas por usted y así ha ocurrido, tal vez porque no las leyó detenidamente, tal vez por la traducción, tal vez porque quise decir demasiado en pocas líneas. Sin embargo, no vacilé en hacerlo. ¿Cree usted compañero Jruschov que pensábamos egoístamente en nosotros, en nuestro pueblo generoso dispuesto a inmolarse, y no por cierto de modo inconsciente, sino plenamente seguro del riesgo que corría?
(…)
Nosotros sabíamos, no presuma usted que lo ignorábamos, que habríamos de ser exterminados, como insinúa en su carta, caso de estallar la guerra termonuclear. Sin embargo, no por eso le pedimos que retirara los proyectiles, no por eso le pedimos que cediera. ¿Cree acaso que deseábamos esa guerra? ¿Pero cómo evitarla si la invasión llega a producirse? Se trataba precisamente de que este hecho era posible, de que el imperialismo bloqueaba toda solución y sus exigencias eran desde nuestro punto de vista imposibles de aceptar por la URSS y por Cuba
(…)
Yo entiendo que una vez desatada la agresión, no debe concederse a los agresores el privilegio de decidir, además, cuándo ha de usar el arma nuclear. El poder destructivo de esta arma es tan grande y tal la velocidad de los medios de transporte, que el agresor puede contar a su favor con una ventaja inicial considerable.
Yo no sugerí a usted, compañero Jruchov, que la URSS fuese agresora, porque eso sería algo más que incorrecto, sería inmoral e indigno de mi parte; sino que desde el instante en que el imperialismo atacara a Cuba y en Cuba a fuerzas armadas de la URSS destinadas a ayudar a nuestra defensa en caso de ataque exterior, y se convirtieran los imperialistas por ese hecho en agresores contra Cuba y contra la URSS, se le respondiera con un golpe aniquilador.
(…)
No le sugerí a usted, compañero Jruchov, que en medio de la crisis la URSS atacara, que tal parece desprenderse de lo que me dice en su carta, sino que después del ataque imperialista, la URSS actuara sin vacilaciones y no cometiera jamás el error de permitir circunstancias de que los enemigos descargasen sobre ella el primer golpe nuclear. Y en ese sentido, compañero Jruchov, mantengo mi punto de vista, porque entiendo que era una apreciación real y justa de una situación determinada. Usted puede convencerme de que estoy equivocado, pero no puede decirme que estoy equivocado sin convencerme”. (23)
Esta carta también ha sido utilizada para sostener la versión de que a los soviéticos, ante las “propuestas irracionales” del líder cubano, no les quedó más remedio que negociar con los Estados Unidos de espaladas a la dirección de la Isla. Este aserto no tiene fundamento, en tanto la decisión soviética de hacer proposiciones a los norteamericanos sin tener en cuenta las opiniones de Cuba, habían sido tomadas en Moscú desde el día 25 de octubre, cuando la carta de Fidel no había sido concebida.
Un testimonio de extraordinaria valía para demostrar la falsedad de los criterios que señalan que Fidel incitó a Jruchov a dar el primer golpe nuclear preventivo contra el territorio estadounidense es el de Alenxander I. Alexéiev, quien se desempeñaba en octubre de 1962 como embajador de Moscú en La Habana y a quien el Jefe de la Revolución le dictara el controvertido mensaje:
“…la noche del 26 para el 27 de octubre Fidel Castro visitó nuestra embajada y dictó el texto de una carta para que se le hiciera llegar a N.S. Jrushov. En la misma se abordaba cuán tensa se había tornado la situación y la posibilidad de un ataque estadounidense (invasión o bombardeos) a Cuba en las próximas 24 – 72 horas. Fidel alertaba a Jruschov sobre la perversidad de los americanos y lo convocaba a tomar todas las contramedidas imprescindibles, aunque en honor a la verdad, sin llegar a concretarlas. Estando todavía Fidel en la embajada, envié un breve cifrado en el que informaba sobre la posibilidad del ataque a Cuba. Unas horas antes nuestros militares habían cursado un telegrama a Moscú en los mismos términos preocupantes. La carta de Fidel salió para Moscú más tarde, una vez que se tradujo al ruso, y no fue hasta la mañana del 28 que llegó a manos de la dirección soviética, cuando ya había sido adoptada la decisión sobre la retirada de los proyectiles. (Se sabe también, que lo que llegó por vía telefónica del Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS a la secretaría de Jruschov no fue el texto íntegro del mensaje sino un resumen, motivo por el cual se pudieron producir imprecisiones.
“Este mensaje generó serias incomprensiones ya que N.S Jruschov en una de sus cartas reconvino a Fidel por haberle supuestamente sugerido que asestara un golpe nuclear preventivo contra el enemigo. La carta de Fidel fue dada a conocer por la prensa cubana y de ella no se infiere semejante conclusión.
“Fidel admite que el malentendido se deba a inexactitud de la traducción o a que yo no lo haya interpretado a él correctamente. Quisiera hacer constar con absoluta responsabilidad que la culpa no es nuestra. La traducción de la carta que dictó fue hecha por otros funcionarios de la embajada que conocían bien el español, y el texto publicado por “Granma” es idéntico al de nuestra traducción. Por lo que se puede concluir que los reproches de Jruschov carecen de fundamento. En el mensaje no se hacen semejantes afirmaciones. Todo puede haberse debido al extraordinario estrés al que estaba sometida la dirección soviética y al involuntario deseo de justificar la peliaguda decisión de retirar los proyectiles sin el consentimiento de la dirección cubana…
“Reitero que Fidel entonces no instó a que asestáramos un golpe nuclear preventivo, sino que se limitó a alertar que los estadounidenses, conocedores de nuestro apego al principio de no ser los primeros en usar las armas nucleares, podían emprender cualquier aventura, incluido un golpe nuclear. Por lo demás, el bombardeo de los objetivos nucleares soviéticos hubiese sido de por sí equivalente a un golpe nuclear. A mi juicio, Fidel no estaba pensando en un golpe nuclear preventivo, sino en la necesidad de advertirles a los americanos que nuestro respeto al principio de no ser los primeros en utilizar las armas nucleares no debía ser tomado como una garantía que los preservaría de la represalia. El reproche de Jruschov a Fidel es además improcedente porque la operación que habíamos emprendido al trasladar los proyectiles a Cuba perseguía el objetivo de intimidar a los americanos, disuadirlos de emprender acciones militares, no de emplear los cohetes”. (24)
CONTINUARÁ……..
Notas
(1)Ernesto Limia, Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural, Casa Editorial Verde Olivo, 2014, p.276.
(2)Atilio A. Borón, América Latina en la Geopolítica Imperial, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p.66.
(3)Véase Ramiro Guerra, La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973.
(4)Véase Elier Ramírez Cañedo, Estados Unidos contra la independencia de Cuba: otro rostro del Bicentenario, en: Cuba en el movimiento independentista nuestroamericano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2012, pp.231-245.
(5)Las primeras acciones de hostilidad del gobierno de los Estados Unidos contra la Cuba revolucionaria fueron la hospitalidad y asilo que brindaron hacia los criminales de guerra y ladrones de la dictadura de Batista, así como la campaña mediática por los juicios a los criminales de guerra, muchos de los cuales fueron condenados a la pena capital. Los medios de comunicación de Estados Unidos y figuras importantes dentro de las estructuras de poder de ese país, señalaban que en Cuba se estaba produciendo un baño de sangre.
(6)Veáse Carlos Alzugaray, “La búsqueda de la verdad en el debate histórico: Acerca de una polémica sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos al principio de la Revolución”, en: La Jiribilla, no. 411, La Habana, pp. 24-25
(7)Dwight D. Eisenhower, Los años en la Casa Blanca. Haciendo la Paz, 1956-1961, Doubleday and Co., New York, 1966, p. 404
(8)Carlos Alzugaray, Diplomacia imperial y revolución. Estados Unidos ante la Revolución Cubana 1959-1960: Del reconocimiento reticente a la ruptura ominosa, texto presentado al Premio Casa de las Américas, 2012, inédito, p.141
(9)Citado por Alicia Céspedes en, Referencias necesarias sobre Cuba-USA, 1959-1960. Un antiguo conflicto, Editorial José Martí, La Habana, 2010, p.212
(10)En un memorando fechado el 11 de diciembre de 1959, el jefe de la División del Hemisferio Occidental de la CIA J. C. King dice textualmente: “Analizar minuciosamente la posibilidad de eliminar a Fidel Castro (…) Muchas personas bien informadas consideran que la desaparición de Fidel aceleraría grandemente la caída del gobierno…”. Reflexiones de Fidel Castro, La tiranía mundial. Los fundamentos de la máquina de matar, La Habana, 8 de julio de 2007.
(11)Un documento desclasificado en los Estados Unidos, fechado el 26 de enero de 1960, donde se recoge la versión de una reunión entre el presidente Eisenhower, el secretario de Estado, Herter, el embajador estadounidense en La Habana, Philip Bonsal y otros funcionarios, señala: “El Presidente dijo que Castro empieza a parecer un loco. (…) Dijo que (…) deberíamos aplicar una cuarentena a Cuba. Si ellos (el pueblo cubano) tienen hambre, botarán a Castro. (…) Preguntó cómo Cuba podría vivir si no pudiera vender su azúcar”. Véase, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado: “Girón. 40 años después”, Conferencia de académicos y actores históricos cubanos y norteamericanos, La Habana, 22-24 de marzo de 2001. Materiales de Información, Carpeta #2, pp. 56-57.
(12)Esta administración en particular se esforzó en hacer todo lo posible por evitar que la mano del gobierno, sobre todo la del presidente, apareciera en la guerra sucia que se libraba contra Cuba, como parte de lo que se denominó la doctrina de la “negación plausible”, noción incorporada al Sistema de Seguridad Nacional del gobierno de los Estados Unidos desde su surgimiento en la década de 1940.
(13)El primer viaje al exterior de Fidel después del triunfo revolucionario fue a Venezuela.
(14)Richard Nixon, Six Crises, Simon& Schuster, Nueva York, pp.351-352, 1990.
(15)Véase Olga Miranda, Cuba/Usa. Nacionalizaciones y Bloqueo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996.
(16)Citado por Carlos Alzugaray en: Ob.Cit, p.213.
(17)Ibídem, pp.214-215.
(18)Citado por Nelson Valdés, ¿Cómo y por qué los EE.UU rompieron relaciones con Cuba? Un examen ecuánime 54 años después, en: Blog La Joven Cuba,http://jovencuba.com/2015/01/15/como-y-por-que-los-eeuu-rompieron-relaciones-con-cuba-un-exame-n-ecuanime-54-anos-despues/ (Internet)
(19)Tomás Diez Acosta, Octubre de 1962, A un paso del Holocausto, Editora Política, La Habana, (Segunda Edición), p.100.
(20)El 22 de junio de 1941 se produjo el ataque sorpresivo nazifascista a la URSS. El gobierno soviético poseía informaciones de inteligencia de que dicho ataque se ejecutaría y las consideró de carácter provocativo. Debido a ello, no tomó todas las medidas recomendadas para tal caso, con lo cual permitió al enemigo asestarle un potente golpe y el mantenimiento de la iniciativa estratégica durante los primeros meses de la contienda bélica. Información tomada de Tomás Diez Acosta, Octubre de 1962: A un paso del Holocausto, Editora Política, La Habana, 2008, p.179.
(21)Ignacio Ramonet, Cien Horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet (tercera edición), Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, pp.315-316.
(22)Ibídem, p.319.
(23)Ibídem, pp. 320-321
(24)Citado por Antolín Bárcena Luis, El intercambio de mensajes entre Fidel Castro y N.S. Jruschov durante la “Crisis de Octubre”. Apuntes de un traductor a 50 años de los hechos, pp.7-8.

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