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miércoles, 7 de noviembre de 2018

¿Comunismo en la Constitución o una Constitución con comunismo?


Tomado de La Pupila Insomne
Por Javier Gómez Sánchez

Hablando sobre la Reforma Constitucional con un amigo comentábamos que la contrarrevolución parece no haber visto la tremenda oportunidad que le ha pasado por delante: Haberse lanzado una convocatoria popular completamente abierta a todo tipo de cuestionamientos, que ni siquiera deja fuera del debate el papel del Partido Comunista de Cuba en la sociedad.
Indudablemente, es el paso más arriesgado y revolucionario que ha dado el proceso de la Revolución Cubana en estos tiempos.

martes, 12 de septiembre de 2017

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA

Tomado de Contexto Latinoamericano. Revista de Ocean Sur.
Por Ernesto Che Guevara.

[…] Marx establecía dos períodos para llegar al comunismo, el período de transición, también llamado socialismo o primer período del comunismo, y el comunismo o comunismo plenamente desarrollado. Partía de la idea que el capitalismo en su conjunto se vería abocado a una ruptura total después de alcanzar un desarrollo en el cual las fuerzas productivas chocarían con las relaciones de producción, etcétera, y entrevió ese primer período llamado socialismo al que no dedicó mucho tiempo, pero en la Crítica del Programa de Gotha, lo describe como un sistema donde ya están suprimidas una serie de categorías mercantiles, producto de que la sociedad completamente desarrollada ha pasado a la nueva etapa. Después viene Lenin, su teoría del desarrollo desigual, su teoría del eslabón más débil y la realización de esa teoría en la Unión Soviética y con ello se implanta un nuevo período no previsto por Marx. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

El fantasma de McCarthy recorre España


Vuelve Joseph Raymond McCarthy desde su tumba a través de boca de políticos del Partido Popular, PSOE o Ciudadanos para atacar la confluencia entre Izquierda Unida y Podemos.

McCarthy marca el discursillo de la prensa al servicio del sistema que sostiene las grandes fortunas, los bancos, las privatizaciones y que arremete con manipulaciones contra cualquier alternativa popular que suscite unidad... Bueno, evidente, prefieren una sociedad dividida para que sea más manipulable.

El fantasma del "comunismo" que han sembrado en la mentalidad de las sociedades bajo las leyes del capitalismo vuelve como argumento para proliferar el miedo... esta vez sin cacerías de brujas, pero sí para crear descrédito por medio de especulaciones carentes de argumentos.

El último "insulto" al que se agarran para arremeter contra Izquierda Unida y Podemos va emparejado con el "diabólico comunismo" de la Cuba socialista y de la Revolución Bolivariana de Venezuela.

Los partidos de la derecha española y de quienes dicen ser centro ¿izquierda? que traen a McCarthy como justificación, son los mismos que han creado o son cómplices de los males que azotan a la sociedad en todo el Estado español (con sus CC.AA.).
Nota del autor de este blog.


Algunos somos comunistas


Por Alberto Garzón
Blog de Alberto Garzón.

El comunismo se ha puesto de moda. No del modo que predijeron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, pero sí de alguna forma tal que ha provocado que las tertulias políticas, en los grandes medios de comunicación o fuera de ellos, vuelvan a debatir sobre esta tradición política. Es más, tres partidos políticos -PP, Ciudadanos y PSOE- agitan ahora la bandera del anticomunismo con objeto de atacar las posiciones políticas de la alianza entre Podemos, IU y las confluencias. Suena a burda y recurrente maniobra para usar el miedo como arma electoral, pero esta vuelta a las viejas consignas reaccionarias no deja de ser sintomática.
Hace unos años la filósofa Jodi Dean escribió que el resurgir del peligro comunista se estaba produciendo porque los mercados habían fracasado. Me parece algo cierto. El anticomunismo emerge como una suerte de defensa ante los propios fracasos, los del sistema de mercado y el capitalismo. De hecho, no deja de sorprender que tras décadas de neoliberalismo y tras la más grave crisis económica desde la Gran Depresión, se vuelva a agitar el fantasma del anticomunismo. Al fin y al cabo, el desempleo, los desahucios y el miedo a pasar hambre se han multiplicado como resultado natural del capitalismo y de sus crisis. Tantos años asustando con que los comunistas nos quitarían las viviendas y al final hemos comprobado que han sido los bancos privados, protegidos y representados por trajeados hombres de negro, los que nos han robado la vivienda, el trabajo y el futuro de nuestras familias.
El geógrafo David Harvey ha insistido a menudo en que el interés por el marxismo y la economía política retrocedió durante los años sesenta y setenta porque las preocupaciones de la sociedad, y especialmente de la izquierda, se habían trasladado hacia las cuestiones culturales. Había un creciente interés sobre las temáticas vinculadas a la alienación y sobre las causas posibles de que la clase obrera no quisiera hacer la revolución socialista, dejándose de lado el análisis económico. Es más, la mayoría de los marxistas occidentales eran filósofos y muy pocos atendían la cuestión económica, como puso de relieve el clásico estudio de Perry Anderson sobre el marxismo occidental. En aquel contexto socio-histórico típico del fordismo y del consumo de masas una obra como El Capital, que describe fríamente al capitalismo en sus fundamentos más elementales, parecía alejada de los problemas políticos de la época. Pero eso, insiste el propio Harvey, ha cambiado en las últimas décadas. Y está en lo cierto. Hoy una obra como El Capital explica con sorprendente precisión por qué y cómo nos bajan los salarios, nos despiden, nos recortan la sanidad y la educación o nos obstaculizan la organización en sindicatos. Hoy el capitalismo está mucho más desnudo, y es fácil ver cómo la razón económica del capital inunda nuestras vidas y nos obliga a emigrar, a pelear por migajas o a aceptar salarios de subsistencia como si fueran privilegios. Hoy el marxismo tiene, de hecho, más actualidad que hace cuarenta años.
Es natural, aceptado lo anterior, que también estemos ante un resurgir del comunismo como planteaba Dean, aunque no tiene por qué expresarse con los mismos ropajes o las mismas herramientas conceptuales de siempre. En realidad el marxismo siempre ha sido así, abierto y diverso. De hecho, sólo el catecismo ortodoxo que emanaba de los manuales de la URSS pudo congelar, así fuera parcialmente, un instrumento tan vivo como el marxismo. Lo fosilizó, y a un coste enorme. Pero nadie podrá negar que el propio Lenin fue un heterodoxo, hasta tal punto que Gramsci tuvo a bien definir la revolución de 1917 como una revolución contra El Capital. Algo similar pasó en toda América Latina con los movimientos revolucionarios, destacadamente el cubano. La propia Rosa Luxemburgo fue, de hecho, una teórica especialmente fecunda y crítica con la racionalización que la dirigencia soviética hacía de los acontecimientos históricos. Pero no sólo es respecto al análisis que el marxismo es abierto y versátil, sino también respecto a la práctica política y la estrategia discursiva. Sólo hay que recordar que la consigna socialmente aglutinadora de la revolución soviética fue paz, pan y tierra y no ningún símbolo fetichizado que limitara su capacidad a la mera autocomplacencia de los revolucionarios portaestandartes. En la ascendencia republicana pasó lo mismo con Robespierre y su tan famosa expresión sobre el derecho a la existencia, que resumía así sin quebraderos de cabeza el eje central de los Derechos Humanos.
En este sentido, Harvey es de los que se han sumado históricamente a conectar los ideales delManifiesto Comunista con los expresados en la Declaración de los Derechos Humanos. Esta es una vía que permite reconectar al socialismo con la tradición republicana y que, al mismo tiempo, permite volver a situar el foco político en los problemas de la gente y no en debates litúrgicos y ceremoniales propios de las religiones.
Hablar de Derechos Humanos y vincularlos al marxismo no es casual. Por dos motivos. En primer lugar, porque el socialismo fue la única tradición política que mantuvo viva la llama de los Derechos Humanos desde 1794 hasta 1948, y gracias a la cual se conquistaron los derechos políticos y sociales que caracterizan a nuestras sociedades democráticas modernas. En segundo lugar, porque la agresión del capitalismo es tan brutal y salvaje que, bajo las actuales condiciones históricas, defender los derechos humanos es impugnar el sistema capitalista mismo.
Sobre esto insistimos mucho durante las movilizaciones del 15-M al subrayar que no somos antisistema, sino que el sistema es antinosotros. No es cierto que durante aquellos días de 2011 el miedo hubiera cambiado de bando, al menos no tanto como coreábamos. Pero lo que sí cambió de bando fue el sentido común. En mitad de la agresión neoliberal defender una vivienda, cuya conquista como derecho se sobreentendía como parte del sentido común, se convertía ahora en un acto revolucionario –y, por cierto, ilegal. Esto también es fácil verlo hoy cuando comprobamos que la propia Constitución de 1978 y sus garantías sociales se convierten en papel mojado ante una supuesta realidad inmodificable, a saber, la supraestructura europea y el propio sistema capitalista.
Dice el catedrático de Literatura Juan Carlos Rodríguez que «lo que debería resultar más sorprendente es sin embargo lo que menos sorprende». Se refiere al hecho de que deberíamos asombrarnos ante un sistema que es capaz de dejar sin trabajo a más de un millón y medio de hogares y sin vivienda a centenares de miles de familias, por citar dos ejemplos. Sin embargo, hemos naturalizado esos dramas estructurales. Decimos la vida es así y seguimos a otras cosas. Pero no es la vida, sino esta vida. Concretamente esta vida bajo el capitalismo. Bajo un sistema regido por un principio básico de maximización de ganancias y que mercantiliza todo a su paso, desde los objetos hasta los seres vivos y los recursos naturales. Un sistema, llamado capitalismo, que nos esclaviza a un nuevo Dios llamado mercado que opera con caprichosos y cambiantes deseos de rentabilidad.
De ahí que el marxismo aspire a desnudar esa supuesta normalidad, y a mostrarla tan despiadada como es. Desmitificar las estrategias discursivas dominantes es, de hecho, parte de la acción política. ¿Acaso es verdad que somos todas las personas iguales en nuestra condición de ciudadanos como nos insisten unos y otras cada día? Cuando paseamos por el centro comercial, sugería Jean Baudrillard, se produce una suerte de equiparación en la que todos nos pensamos iguales. Ricos y pobres quedamos aparentemente indiferenciados en nuestra nueva condición de ciudadanos consumidores. Nada más lejos de la realidad, de esa realidad que palpamos en nuestras calles. Porque es ahí donde averiguamos que no sólo hay ricos y pobres sino también trabajadores y rentistas, y que por mucho que la estructura social de nuestras sociedades modernas se haya complejizado no dejamos de dividirnos en función de una distinta dependencia de nuestras propias capacidades y cuerpos. En efecto, algunos necesitan ofrecerse en el mercado mundial para ganarse el pan, y otros viven del trabajo ajeno. Eso, en esencia, no ha cambiado.
Este es el asunto más incontestable acerca de la actualidad del comunismo. Allá donde haya explotación, habrá lucha, y donde haya opresión, habrá resistencia. No importarán las etiquetas, ni tampoco la diversidad de los sujetos. Allá donde la explotación derive en miseria, desigualdad, desahucios, carencias básicas y otros obstáculos para el desarrollo de una vida en libertad, habrá contestación. En breve, siempre que exista el capitalismo como sistema existirá el comunismo como idea, movimiento y alternativa.
PS: El título del presente artículo es, queriendo, idéntico al que utilizó Carlos Fernández Liria a los pocos días del 15-M para decir, aproximadamente, lo mismo que yo ahora.

lunes, 9 de mayo de 2016

La desaparición de la URSS 25 años después: Algunas reflexiones (I)

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Tomado de CubaDebate.
Por José Luis Rodríguez.

I

Este año se cumplirán 25 años de la desaparición de la Unión Soviética, ocurrida el 25 de diciembre de 1991, luego de un proceso de descomposición que hizo naufragar la mayor experiencia de cambio social en la historia de la humanidad. Se perdieron así el esfuerzo y el sacrificio de los pueblos que en medio de una lucha heroica, entregaron las vidas de muchos de sus hijos para construir una sociedad mejor. Solamente en la II Guerra Mundial murieron alrededor de 27 millones de soviéticos enfrentando el fascismo al que lograron derrotar a sangre y fuego, abriendo el camino también para la liberación de los pueblos de Europa del este y dando un impulso decisivo a las revoluciones anticoloniales en el Tercer Mundo.

En la postguerra el imperialismo no gozó de un poder hegemónico indiscutible. La existencia de la URSS y de los países socialistas europeos, unida a la Revolución socialista en China primero y en Cuba después, cambió la correlación de las fuerzas políticas en el mundo, obligando a un repliegue –no sin resistencia- de las fuerzas más reaccionarias en todo el planeta, proceso que duraría hasta la década de los años 70 del pasado siglo.
Sin embargo, la ofensiva del capitalismo tanto interna –para liquidar las conquistas de los trabajadores-, como externa –para frenar el avance de las políticas más revolucionarias y progresistas- comenzó a imponer sus condiciones en los años 80 bajo los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Y ello ocurre –no por casualidad- en medio de un debilitamiento del campo socialista europeo, tanto en la política doméstica, como en la arena internacional, resultando el antecedente inmediato de la crisis terminal que se desata en la segunda mitad de los años 80.
Mucho se ha escrito en los últimos años sobre las causas del derrumbe del socialismo en Europa, pero en una gran parte de los casos, los autores solo buscan confirmar –como lo hiciera el politólogo norteamericano Francis Fukuyama- la prevalencia del capitalismo como único régimen posible para la existencia de la humanidad, en cuyo enfoque el experimento socialista solo se evalúa como un accidente en una trayectoria que culmina con el “fin de la historia” concebida como el fin de la ideologías.
En realidad, no se ha agotado el análisis sobre la multiplicidad de causas del derrumbe del socialismo europeo, aunque a la luz del tiempo transcurrido desde entonces, sí es posible identificar un grupo de elementos que permiten ilustrar la complejidad de la construcción socialista y el peso de los errores cometidos en ese proceso, que condujeron finalmente a su frustración.
Este ejercicio analítico no solo tiene utilidad desde el punto de vista del conocimiento histórico, sino que debe permitirnos asimilar las lecciones pertinentes a aquellos que persistimos en la construcción del socialismo como la mejor alternativa para el desarrollo de nuestros pueblos. No por gusto nuestro Comandante en Jefe nos advertía el 17 de noviembre de 2005:
“Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo.”
Y más adelante añadía:
“Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”
En esa línea de análisis, hace ya algún tiempo concedí a la destacada periodista Rosa Miriam Elizalde una entrevista de trabajo –inédita- donde abordé diversos aspectos de este tema que hoy pudieran servir de base para una reflexión un poco más amplia acerca de las causas del derrumbe en el caso de la URSS y qué papel jugaron los medios en la misma. Igualmente sería útil tomar en cuenta lo recientemente publicado en el sitio Catalejo de la revista Temas en torno a las complejidades de la construcción del socialismo bajo el título “El socialismo si no se asimila conscientemente, se queda en la superficie.”

II

No se puede pasar por alto que el socialismo ha sido hasta el presente una sociedad en construcción, no totalmente consolidada en ninguna parte, ni en el caso del socialismo real, ni en de los procesos actualmente existentes, con los modelos de China, Vietnam, Cuba, y la RPD de Corea.
Examinando las experiencias en Europa Oriental y sobre todo en la antigua Unión Soviética, se observa que los procesos que derivaron en el derrumbe del socialismo tuvieron muchos aspectos en común y también-aunque hubo algunas particularidades-, los errores fueron también comunes. Hubo un punto de partida similar, porque en todos los casos existió la expectativa de superar rápidamente las enormes inequidades, injusticias, desigualdades que había provocado el capitalismo a lo largo de su historia.
Eso llevó siempre a tratar de quemar etapas, pero la experiencia indica que una transformación de la profundidad que requiere el diseño de un modelo socialista, sobre todo en su elemento fundamental, que es la transformación de las personas, de la mente de las personas, lo que en Cuba se ha llamado más recientemente “cambio de mentalidad”; es un proceso muy complicado y de largo plazo. Las personas no cambian de opinión, no transforman sus ideas porque se produzca únicamente un cambio en las relaciones de propiedad; es necesario un cambio cultural muy profundo para transitar del individualismo capitalista a una mentalidad colectiva, a la solidaridad social y la gestión económica consensuada y en todo este proceso juega un papel fundamental la política propia del socialismo.
Esta diferencia –al menos conceptualmente- fue advertida desde muy temprano. Lenin afirmó que había una gran diferencia entre nacionalizar y socializar la producción. Nacionalizar es un acto jurídico que se ejecuta en un momento determinado y provoca que cambien las relaciones de propiedad a partir de ahí. Pero que las personas se sientan dueñas y que piensen de manera diferente a como venían actuando en el capitalismo – que lleva siglos de funcionamiento en todo el planeta – eso no se produce rápidamente. Probablemente una parte de la sociedad sí lo hace, la vanguardia lo hace, pero la gran masa de las personas no cambia así. Y eso lo comprobó Lenin en la práctica desde los primeros años de existencia de la URSS.
Entonces, en medio del fragor revolucionario y luego la guerra civil, se llegó a conclusiones que parecen hoy extraordinariamente erradas. En efecto, a la altura de 1919 se propuso eliminar el dinero porque la guerra prácticamente había desmonetizado la sociedad. El dinero dejó de cumplir sus funciones, y empezaron a cambiarse en forma de trueque unos bienes por otros. Parecía que ese era el camino, porque por otro lado, Lenin había retomado de Marx y Engels la idea de que en el socialismo no existirían las relaciones mercantiles, a partir del nivel de desarrollo que podía lograr la sociedad.
En el Anti Duhring está presentado el tema de esa manera. Ciertamente, Marx y Engels hablaban de una transición en su contexto, en el mundo más desarrollado entonces bajo el capitalismo. Una transición simultánea al socialismo en tanto que posibilidad real se presentaba entonces como una meta lograble y es eso lo que da lugar a la Internacional y a los movimientos que avanzan en paralelo en los países europeos del mundo desarrollado en pos de una sociedad superior. Existía la idea de que se podía, efectivamente, transitar simultáneamente al socialismo en todo el sistema; y que dado el alto nivel de desarrollo alcanzado se podía prescindir del mercado en un plazo relativamente breve.
Esa idea se retoma en el contexto de la guerra civil que estalla en marzo de 1918 en Rusia y aparecen notables expresiones de idealismo como aquella que proclamaba la desaparición del dinero. Incluso esa tesis fue conceptualizada en el libro El ABC del comunismo, de Nicolás Bujarin y Eugenio Preobazhenski publicado en 1920.
Cuando termina la guerra civil a finales de 1920 desaparecen esas condiciones extraordinarias de sobrevivencia, se desmoviliza una enorme masa de campesinos del Ejército Rojo y hay que empezar a producir en condiciones normales. Lenin se da cuenta de que no es posible seguir utilizando los factores de movilización propios de situaciones extraordinarias y hay que tomar en cuenta las condiciones muy complejas de la reconstrucción de un país devastado por la guerra en la vida real.
La realidad indicaba claramente que con un ochenta por ciento de campesinos, esa población no podía cambiar su forma de actuar de un día para otro, por lo que había que utilizar otros mecanismos para que esas personas se sintieran estimuladas a producir. No valía decir solamente que las tierras les pertenecían a todos, y –en medio de un país amenazado por el hambre- en marzo de 1921 hubo que implantar la Nueva Política Económica, conocida como la NEP.
La NEP en su momento creó casi un cisma teórico, porque un año antes se había dicho que prácticamente estaban creadas las condiciones para transitar a una sociedad superior; y de pronto, en marzo de 1921, hay que volver al impuesto en especie, al pago en dinero, hay que estimular mercantilmente al campesino y hay que ir a un proceso de reconocimiento de la realidad de que Rusia –como país de muy bajo desarrollo- no podía ignorar la necesidad de desarrollar la producción mercantil para sobrevivir. Más allá de que esa experiencia traería otras consecuencias, Lenin siempre concibió la NEP como un proceso temporal, de transición, hasta tanto se crearan las condiciones para ir a la cooperación, primera fase de socialización de la producción, entendiendo como ese proceso de socialización, la producción directamente vinculada a las necesidades de la sociedad.
Las ideas de esa necesidad de avanzar en ese proceso Lenin las expuso en un artículo que se titula “Sobre la cooperación”, escrito en marzo de 1923, donde reclama que se tome en cuenta que la NEP no es el camino definitivo y que hay que ir estimulando la unión de las fuerzas productivas para que la población entienda que trabajando juntos se tiene más productividad mediante un proceso gradual de cooperación.
Todo este período inicial de construcción del socialismo en la Unión Soviética se da en circunstancias extraordinarias: la guerra civil lo fue en el orden militar, en el orden de la sobrevivencia; y también la NEP fue una circunstancia extraordinaria.
A partir de los resultados indudablemente positivos de la NEP cuando se recuperan en 1926 los niveles productivos de 1913, las cosas parecían marchar a un nuevo ritmo y se empieza a discutir ya cómo abordar la industrialización, es decir, una etapa superior de crecimiento para llegar al desarrollo.

Lamentablemente, la extensión en el tiempo de las circunstancias extraordinarias empezó a generar otro fenómeno y esto ocurre en una coyuntura en la que se incrementa la hostilidad de los países capitalistas contra el socialismo naciente. De este modo, entre 1920 y mediados de los años treinta las agresiones eran de todo tipo, probablemente de la misma intensidad de las que padeció Cuba en los primeros años del triunfo de la Revolución: agresiones militares, sabotajes, espionaje, aislamiento internacional, fenómenos exacerbados además por errores que inevitablemente se cometían en un proceso inédito en la creación de una sociedad de nuevo tipo. Y esto lógicamente hizo que lo que era una táctica para enfrentar condiciones extraordinarias, se convirtiera poco a poco en algo al parecer permanente y que comenzara a interpretarse lo extraordinario como un proceso normal de construcción socialista. De ahí que muchos años después el Che –que comprendió estos peligros- planteara que a la NEP no se le podía dar carácter de regularidad universal para la construcción del socialismo, sino que obedecía a las circunstancias concretas que enfrentó la URSS en esos años.
Puede decirse que a partir de la muerte de Lenin en enero de 1924, se empezaron a desarrollar medidas extraordinarias en un escenario que –en muchos aspectos- ya no correspondía con las necesidades del momento. Se empiezan a aplicar normas que –a la luz de lo que ocurrió posteriormente-, están en la base del fracaso del socialismo en la Unión Soviética, por ejemplo, la cooperativización forzosa, que alcanza su clímax entre 1929 y 1934. De aquella llamada de Lenin en 1923 a ir a la cooperación mediante la persuasión, el convencimiento, se pasa a un proceso mediante el cual simplemente la cooperación se impone. Se fue a la represión, supuestamente ante circunstancias extraordinarias, pero ya no eran las de la guerra o las de la NEP, sino que se empieza a extender la noción de lo extraordinario en el tiempo.
Por otro lado, Lenin, enfermo e incapacitado de ejercer la dirección del país en muy complejas circunstancias, fue consciente de los peligros que asechaban a la Revolución de Octubre. En su testamento político –documento conocido como la “Carta al Congreso”- advertía sobre el peligro de la escisión del partido como resultado de las divergencias entre José Stalin –sobre el que recomendara su democión del cargo que ocupaba por sus defectos de carácter y métodos arbitrarios de dirección- y Leon Trotsky. Ese peligro se materializaría rápidamente después de su muerte.

Comienza así a transitarse un camino que conduciría a la desnaturalización del consenso político indispensable en el socialismo. Ya Lenin se había visto forzado a limitar la participación democrática en 1921 cuando la sublevación de Kronstadt, etapa en la cual se eliminan las facciones dentro del Partido y la posibilidad de hacer oposición a líneas de dirección dentro de la organización, pero todo eso ocurre en medio del peligro de un cisma dentro del Partido que hubo que frenar.
Sin embargo, ya en 1923 las divergencias internas sobre cómo avanzar hacia la industrialización, lleva a que las posiciones de los trotskistas sean reprimidas en medio de un debate que podía considerarse legítimo. Posteriormente en la polémica entre Bujarin y Preobrazenski de 1926 sobre cómo conducir la industrialización, también ocurre ese fenómeno y el gran debate se cierra abruptamente en 1927 y desaparecen de la escena política los dos contrincantes. Preobazhenski pasa a ser una figura suspendida y Bujarin es separado de los cargos que tiene en 1929 y terminaría de director del periódico Pravda, una posición menor.
Estas graves violaciones de la democracia socialista alcanzarían su punto crítico en los fenómenos de represión que suceden a partir de 1936. Los cuatro procesos que hubo en aquellos años condujeron prácticamente a la eliminación física de la dirección del Ejército Rojo y de la dirección tradicional del Partido Bolchevique bajo cargos de traición que nunca pudieron ser realmente demostrados.
Estos hechos causarían un daño enorme a las ideas del socialismo en todo el mundo y se ubican también como otro antecedente del derrumbe del socialismo en Europa.
No obstante, en lo inmediato la causa del socialismo resistió y en su nombre los pueblos de la URSS vencieron en la II guerra mundial, aun a costa de enormes sacrificios y se logró reconstruir el país en muy pocos años.
Sin embargo, en el devenir de la postguerra los problemas económicos comenzaron a demandar soluciones efectivas a contradicciones que hasta ese momento no habían llegado a un punto crítico.
Un tema no resuelto en la práctica desde que se inició en el año 1917 la construcción efectiva del socialismo en Rusia, fue el de las relaciones mercado-planificación, o pudiéramos decir, libre juego de las fuerzas de desarrollo en la sociedad y desarrollo controlado, previsto, planificado; primero, porque hubo una gran incomprensión durante muchos años de la esencia de las relaciones monetario-mercantiles.
Igual que no se podía cambiar la mentalidad de quien había vivido siglos bajo la influencia del egoísmo capitalista, en la economía no cambian las estructuras de un día para otro y para lograr esa socialización efectiva hace falta un nivel de desarrollo elevado. Este es un proceso complicado, de largo plazo, que requiere un nivel de crecimiento de las fuerzas productivas que no se ha logrado hasta hoy.
En la misma medida en que no existe socialización suficiente, o lo que es lo mismo, la no correspondencia entre lo que hace toda la sociedad y lo que requiere, ¿qué espacio queda para concordar esos intereses que son a veces contrapuestos?: el mercado. El mercado existe así objetivamente, dado un determinado nivel de desarrollo de la sociedad, que no se cambia de inmediato por el hecho de nacionalizar los medios de producción.
La explicación de por qué subsistía el mercado en el socialismo no ha sido un proceso sencillo y aún hoy subsisten muchas interpretaciones erradas al respecto.
Una de las primeras explicaciones, las dio Preobazhenski en los años veinte, por lo menos es uno de los autores que habló más profundamente del tema. Según el existían relaciones de mercado porque existían distintas formas de propiedad: estatal, privada, cooperativa y esas relaciones de propiedad no tienen un punto de contacto común, por lo que es necesario el mercado para unirlas con su interrelación. Argumento relativamente razonable, pero dejaba afuera un gran problema: ¿por qué subsiste el mercado en el seno de la propiedad estatal? Es decir, por qué es necesario el dinero, el cálculo económico, la contabilidad, los créditos bajo una misma forma de propiedad social.
En el funcionamiento de la economía estatal eso no se lograba comprender, porque durante muchos años en los análisis no se iba a la base del asunto, que consistía en que el mercado existía aún antes de la propiedad privada, es decir, que podía existir el mercado y no haber propiedad privada propiamente dicha: tal es el caso de la producción mercantil simple, donde el propietario es el mismo productor.
En el transcurso de los años se añadió mayor complejidad al análisis producto de los intentos de justificar -sin una base lógicamente fundamentada- la presencia de las relaciones de mercado en el seno de la propiedad estatal.
Así en 1935 se institucionaliza el cálculo económico como una fórmula para dar raciocinio a la conducta de dirección económica de la sociedad, pero se cometió un gran error, ya que se dijo que el cálculo económico era formal y que nada de eso tenía contenido. Una categoría no existe sin contenido, y el cálculo económico tiene una base que es la existencia del mercado a partir de determinadas condiciones, pero eso nunca se explicó correctamente entonces.
Ya en 1951 -ante los problemas que confrontaba la URSS para avanzar en el crecimiento extensivo de la economía- se abrió de nuevo la discusión. Stalin – en su ensayo “Los problemas económicos del socialismo en la URSS”- vuelve a plantear que la presencia de las relaciones monetario-mercantiles se debía a distintas formas de propiedad, tesis muy similar a lo planteado por Preobrazenski muchos años atrás.
Esa explicación permaneció sin una solución científica, hasta los años sesenta. Es en los debates en torno a la reforma económica en la URSS que duraron de 1958 a 1965 que se empieza a profundizar en cómo es posible que exista el mercado si ha desaparecido como algo preponderante la propiedad privada.
Surgió entonces una explicación –basada en una relectura del tomo I de El Capital-, que los productores aislados entre sí no hallan formas de conectar sus intereses de modo común, diríamos, socializándolos. Tiene que haber un mecanismo de vínculo entre ellos, y ese mecanismo lo da el mercado. Por lo tanto es el aislamiento económico relativo aún en el seno de la propiedad social –que persiste unido a un bajo nivel de desarrollo relativo en la construcción del socialismo- el que provoca la existencia o la permanencia de relaciones mercantiles en el socialismo aunque no exista propiedad privada, pero esa explicación demoró sesenta años en llegar, lo que provocó un daño terrible a la teoría económica y a todo el funcionamiento del socialismo.

viernes, 3 de octubre de 2014

Fidel, el Partido Comunista de Cuba y el Che

fidel-partido
Tomado de La Pupila Insomne
Por Iroel Sánchez.

Hace 49 años se constituía el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Un momento en que Fidel analiza las mentiras de turno de los grandes medios de comunicación y el gobierno estadounidense contra Cuba y el uso de la emigración como arma propagandística contra la Revolución. 
 
Es el momento en que ante las campañas mediáticas, da a conocer la carta de despedida del Che. 

Y también dice ideas de gran actualidad sobre el papel de la ideología revolucionaria: “La diversidad de situaciones inevitablemente trazará infinidad de interpretaciones. Quienes hagan las interpretaciones correctas podrán llamarse revolucionarios; quienes hagan las interpretaciones verdaderas y las apliquen de manera consecuente, triunfarán; quienes se equivoquen o no sean consecuentes con el pensamiento revolucionario, fracasarán, serán derrotados e incluso suplantados, porque el marxismo no es una propiedad privada que se inscriba en un registro; es una doctrina de los revolucionarios, escrita por un revolucionario, desarrollada por otros revolucionarios, para revolucionarios.”

domingo, 20 de julio de 2014

Unidad y Ruptura democrática

Tomado de Aurora. Organización Marxista

Acabar con la mayoría del PP y sus políticas es una necesidad urgente y de higiene democrática.
Cada decisión del gobierno representa un ataque a las clases trabajadoras y a la propia democracia. Ponen en marcha una reforma fiscal que básicamente beneficia a los ricos y a las grandes fortunas, y aun quiere engañar diciendo que beneficia a las rentas bajas.

Prepara un durísmo ataque con los derechos de las mujeres aprobando, quizás, la modificación de la ley del aborto en fechas veraniegas. Se saca de la manga un decreto que modifica 23 leyes que ni quiere discutir en el Parlamento, y luego a Rajoy se le llena la boca de “regeneración”, cuando su única pretensión es seguir chupando del bote del Estado y beneficiar a sus amigos los ricos.

No por repetida deja de ser verdad esta definición del gobierno Rajoy y del régimen, que no por tener nuevo rey deja de ser antigua su falta de legitimidad.

Derrotar al PP y sus políticas no es cambiar los personajes y mantener las políticas. El ensamblaje institucional del Estado español amenaza quiebra y no se trata de poner parches sino de organizar una ruptura política y social. Este es el verdadero reto.

Y de tal manera se percibe la crisis política que surgen rumores de que Rajoy podría adelantar las elecciones generales al mes de noviembre, para evitar males mayores en las elecciones municipales y autonómicas del año que viene y para intentar enfrentarse así al referéndum catalán del 9N.

Se adelante o no el calendario electoral es evidente la urgencia de la izquierda para construir una alternativa real, posible y práctica de ruptura con el régimen. De ruptura, no de nuevos arreglos y componendas para que todo siga igual.

Y ruptura quiere decir medidas para combatir el paro y crear empleo que vayan a cargo de los capitalistas y no de la reducción de salarios y prolongación de la jornada. Quiere decir una auditoría sobre la deuda para saber cual es legítima o no. Es reconocer el derecho de Catalunya, Euskalherria y Galicia a decidir su futuro y su relación con los pueblos de la península.

Ruptura es exigir un referéndum para decidir sobre monarquía o república. Y también acabar con la corrupción y que las decisiones sean transparentes y controladas por el pueblo.

Para todo esto se necesita con urgencia procesos de unidad de la izquierda. Nuestra organización lo defiende con energía allí donde trabaja política y socialmente, en Izquierda Unida (IU), en Esquerra Unida iAlternativa (EUiA), en Madrid, en Euskalherria o en Catalunya y en todos los movimientos sociales.

viernes, 15 de febrero de 2013

El orgullo de ser comunista

Los Comunistas, según Neruda

Tomado de Crónica Disidente.
Por Raúl Ruiz-Berdejo.

Siempre me ha gustado ver la cara de extrañeza de quienes no me conocen cuando les reconozco abiertamente y con absoluta naturalidad que soy comunista. Supongo que es lógica la sorpresa tras tantos años de falsedades en los medios de comunicación y el cine, donde a los comunistas nos presentan como a monstruos frente a la bondad infinita del capitalismo (a menudo personificada en los mismos que aniquilan a los pueblos con la única motivación de obtener mayores riquezas por medio de la acumulación de petróleo). Les resultará chocante ver, en primera persona, que los comunistas somos gente de carne y hueso, comprometida con la justicia, con la defensa de los derechos de los más desfavorecidos, defensores de lo social frente a un capitalismo cuya insaciabilidad arrasa con los más elementales derechos del ser humano y el necesario respeto a la naturaleza.
Pues sí, soy comunista. Y no sólo lo soy sino que, además, no tengo ningún problema en reconocerlo ante nadie. Más bien al contrario, me siento orgulloso de ser el heredero ideológico de quienes, antes que yo, entregaron su vida a la noble tarea de luchar por un mundo más humano, en el que la riqueza esté mejor repartida, dónde nadie acumule fortunas especulando con la desgracia de quienes no tienen nada, un mundo en el que todos tengamos cubiertas nuestras más elementales necesidades, lejos del desequilibrio asesino de un sistema, el capitalismo, carente de solidaridad y en el que el éxito es concebido desde una perspectiva insultantemente materialista sin importar que, para alcanzarlo, haya que sacrificar valores como la ética, la moral o la justicia.
Tampoco tengo el menor problema en repeler las acusaciones que, a menudo, los medios de comunicación vierten sobre quienes piensan como yo lo hago. Entiendo que el capitalismo utilice los medios de los que dispone para manipular a la gente en contra de quienes osamos discutir su hegemonía. Desde luego, no es nuevo que eso ocurra, siempre ha sido así. El fascista que gobernó España, sembrando el terror durante cuatro largas y sombrías décadas, ya alertaba a los españoles de lo peligrosos que éramos los comunistas. Y muchos le creían, sin reparar en que el verdadero asesino era él. Hoy sus herederos siguen haciendo lo mismo, señalando a Cuba (amplificando cualquier carencia que allí pueda haber y obviando los innegables méritos de la revolución cubana) para ocultar las miserias de una falsa democracia burguesa basada en la alternancia forzosa de las dos caras de una misma moneda. Un régimen que no duda en recortar derechos a los ciudadanos, en el que se reprime al pueblo, en el que se aplica la justicia de una forma alarmantemente subjetiva en favor de los poderosos y en el que los medios de comunicación reducen las alternativas a aquellas que el propio sistema está dispuesto a consentir.
No espero otra cosa, desde luego. Sé que seguiremos siendo “el enemigo” y lo mejor es que empiezo a sentirme cómodo en ese papel. Ser “el enemigo” de un régimen bastardo y asesino como éste que nos oprime es, al menos para mí, motivo de orgullo más que de vergüenza. Sólo espero que, a fuerza de ser engañados, una y otra vez, muchos abran los ojos a la realidad y descubran la visión parcial e interesada que se ofrece de nosotros. Bastaría con que salieran a la calle para descubrir quiénes somos y hasta qué punto es falsa la imagen que el sistema vende de nosotros. Nos verán con los parados, con los desahuciados, con los olvidados, con los castigados, con los reprimidos, con los marginados, con los discriminados, con los explotados, con los indignados… Entonces, posiblemente, seremos nosotros quienes miraremos extrañados, sorprendidos de verles por fin sumarme a la lucha que hoy miran desde la distancia, y la única sorpresa que delaten sus rostros sea la de descubrir que para este sistema ellos también son “el enemigo”.

martes, 10 de julio de 2012

Cuba y el Comunismo.

Tomado de Rebelion.Org
Por Darío Machado Rodríguez
Alvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, en la presentación en La Paz del libro “Revoluciones desde Abajo”, reivindicó el sustantivo “Comunismo” y lo hizo en estos términos: “¿Qué decía Marx? ¿Qué es el socialismo? ¿Qué es el comunismo?. No es un ideal que conciben cuatro amigos en un café, en un Manifiesto, no es el programa de Pulacayo, ni es el programa del 70, ni es el Programa de Gotha; es el movimiento real de la sociedad que se desenvuelve ante nuestros ojos y que supera lo existente.”ii

El comunismo es el movimiento real, pero es también un horizonte, un propósito inédito en la humanidad, que se ha constituido y construye como ideal por las contradicciones, las desigualdades y las injusticias a lo largo de su historia y que se constituye en ciencia, en la época del capitalismo. No existe, por tanto, una contradicción entre el comunismo como movimiento real, como ideal y como ciencia, aunque sí lógicamente diferencias.

Es el movimiento real, que se nutre hoy de las contradicciones del capitalismo tardío insalvables dentro de la lógica de ese sistema y del avance de la conciencia de la humanidad; es ciencia, porque a partir del surgimiento del marxismo y del descubrimiento del núcleo de contradicciones del sistema capitalista, se echaron las bases teóricas para coadyuvar positivamente a su superación y es ideal porque no es realidad aún en ningún rincón del planeta, es algo por lo que hay que luchar.

Naturalmente, como afirma García Linera, no es un ideal inventado por unas cuantas personas, porque su existencia futura no está ni puede estar predeterminada en cuanto a como será, sino solo en lo que no será, que es lo que puede verse hoy en el sistema capitalista y que argumenta la necesidad de su superación. Su realización tiene que ser el resultado de ese movimiento real. El hecho trascendental del marxismo de haber puesto en evidencia las contradicciones principales del capitalismo, su modo de existencia, sus consecuencias, proporciona las bases para concretar acciones dirigidas a su superación; por tanto, no solo el movimiento, sino también, la ciencia del comunismo y el ideal, son procesos necesariamente cambiantes, cuya articulación y rearticulación requiere de la acción humana. Creo que en ello radica, entre otros aspectos, la insistencia de Fidel Castro en la importancia de las ideas, de la batalla de ideas.

Ahora bien, la elaboración de una ciencia del comunismo de alcance universal tiene en el conocimiento del capitalismo, de sus contradicciones y realidades, solamente el saber respecto de lo que es preciso superar, pero no la teoría ni el programa de su superación que tiene determinaciones históricas locales, nacionales.

Si entendemos la ciencia del comunismo, como el conocimiento no solo de las contradicciones y realidades existentes en una sociedad dada, sino también y principalmente el estudio de las condiciones, los caminos y objetivos posibles para su superación positiva en una nación, en una cultura humana concreta, y aunque la expansión mundial del capitalismo equipara en diferente medida las realidades locales, vista la ciencia no como saber en sí, sino como mediación positiva para el cambio, una ciencia del comunismo en Cuba (de la transición socialista), será naturalmente anticapitalista por definición, pero tendrá que elaborarse específicamente para las condiciones particulares de la sociedad cubana y desarrollarse junto con la experiencia misma de la superación del capitalismo, del que presiona desde afuera y del que hay adentro.

Lógicamente, también ello aporta a una ciencia universal del comunismo, la cual se nutrirá de las experiencias particulares del movimiento real que le otorgarán cientificidad. En el siglo XIX, Marx y Engels vieron las posibilidades de superación del sistema en el movimiento real que se produciría en los países capitalistas desarrollados de la mano del proletariado que habría cobrado conciencia de clase para sí y, más o menos al unísono, lógica que luego se extendería inevitablemente a la periferia como hecho universal, total.

La historia demostró que las cosas no ocurrirían así.

¿Socialismo en un solo país? (I)

Durante el siglo XX tuvo lugar la Gran Revolución Socialista de Octubre, iniciándose un proceso paralelo, por una parte la creciente influencia de las ideas del socialismo en el mundo y, por otra, el aprendizaje del capitalismo para perpetuar su sistema. En este proceso se produjeron acontecimientos mundiales extraordinarios, las crisis del sistema capitalista, la desaparición del sistema colonial, la victoria sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la revolución en China, el surgimiento del Sistema Socialista de Europa del Este, el surgimiento de la OTAN y posteriormente del Pacto de Varsovia, la creación de la ONU, la revolución cubana, entro otros.

Cuando se produce la revolución de octubre en Rusia, ya las ideas socialistas habían comenzado a influir entre los trabajadores cubanos. El proceso de expansión del capitalismo amplió exponencialmente el intercambio de información entre los terrícolas. Entraron en las Américas las ideas del Iluminismo y de la revolución francesa y, más tarde, las del marxismo.

Tanto las ideas liberales de la revolución francesa, como después las socialistas del marxismo tuvieron ecos de diferente magnitud en la conciencia y en la práctica de los cubanos porque existían procesos locales que condicionaron su asimilación y articulación, nutriendo de argumentos y acelerando la concientización de los actores populares y las acciones en defensa de sus legítimos intereses.

En la última década del siglo XIX ya se promovía entre los trabajadores cubanos el estudio de las ideas socialistas revolucionarias, el marxismo comenzaba a entrar en Cuba, al unísono con el desarrollo y crecimiento de las ideas y esfuerzos independentistas y las luchas por los derechos de los trabajadores.

Las primeras inquietudes de emancipación revolucionaria de los trabajadores vinieron de la mano del anarquismo y del anarcosindicalismo. El desarrollo del imperialismo, la intervención norteamericana, el surgimiento de la república mediatizada, pondrían a prueba las ideas del marxismo y las luchas que siguieron serían la fragua en la que se enriqueció la ideología revolucionaria cubana al calor de la fusión de la lucha por la independencia nacional con la lucha por la emancipación social.

Las ideas del marxismo y su expresión en las formas organizativas de los trabajadores y del pueblo dinamizaron las luchas populares en la primera mitad del siglo XX. La lucha contra la dictadura de Gerardo Machado fue una fragua para el avance de las ideas socialistas. Más tarde, y contra los gobiernos antiimperialistas de turno, en particular la tiranía pro imperialista de Fulgencio Batista, el marxismo continuó su gradual extensión e influencia. El líder de la generación del centenario y sus principales referentes eran martianos y marxistas. Fidel Castro lo explica así a Ignacio Ramonet: “Si nosotros no hubiéramos estudiado el marxismo –esta historia es más larga, pero solo le digo esto-, si no hubiéramos conocido por los libros la teoría política de Marx y si no hubiéramos estado inspirados en Martí, en Marx y en Lenin, no habríamos podido concebir la idea de una revolución en Cuba, porque con un grupo de hombres, ninguno de los cuales pasó por una academia militar no puede hacer usted una guerra contra un ejército bien organizado, bien armado e instruido militarmente, y obtener la victoria partiendo prácticamente de cero. Tales ideas fueron la materia prima esencial de la revolución.”iii

El marxismo, a pesar de toda la campaña contra las ideas socialistas y comunistas, promovida por el maccarthismo y la guerra fría y de la persecución de la oligarquía criolla y los gobiernos corruptos contra los líderes obreros y revolucionarios, tenía presencia en Cuba y había fundamentado el desarrollo de formas organizativas numéricamente pequeñas, pero de gran disciplina, abnegación y espíritu de lucha.

Al triunfar la revolución en 1959, los planos y niveles mediante los cuales la influencia de las ideas marxistas se revelaban en nuestro país eran naturalmente los más diversos, pero la ideología revolucionaria socialista era un vivo y activo embrión con grandes potencialidades para desarrollarse, pero naturalmente no era la ideología dominante ni podía serlo; a las mayorías ciudadanasiv les resultaba lejano, cuando no ajeno o negativo ese pensamiento.

Fueron las leyes revolucionarias, el vigoroso impulso a la educación, la rápida apertura de espacios a la participación ciudadana en todos los órdenes, la confianza en el pueblo, la actitud de los jefes y miembros del Ejército Rebelde y de la clandestinidad y la comunicación ideológica y política generada por el liderazgo de la revolución, en particular por Fidel Castro, las que fueron obrando el necesario cambio de mentalidad, hasta hacer comprender que los males que aquejaban a Cuba eran producto del sistema capitalista dependiente y que solo podría enrumbarse hacia su solución verdadera mediante cambios radicales en el metabolismo socioeconómico y en el ejercicio de la política en el país.

La trasformación de la mentalidad del cubano fue de tal rapidez y envergadura, que en apenas dos años, las palabras socialismo y comunismo pasaron de ser abominadas a resumir el ideal de emancipación y dignificación del ciudadano común.

En la base del cambio estaban las realidades nacionales, las contradicciones e injusticias del capitalismo dependiente. Todo un movimiento cultural político de colosal envergadura, en el que se entremezclaban sucesivos pasos ascendentes en la educación del pueblo, las experiencias crecientes en la actividad de la producción y la defensa, los enormes desafíos que implicaban la intolerancia y agresividad imperialistas, el ejercicio del poder ciudadano, la transformación radical que puso los medios de comunicación social al servicio del pueblo, la incorporación masiva a las tareas transformadoras de la revolución, constituyó el eje del anclaje de la ideología socialista en las mayorías ciudadanas. En pocos años el socialismo era el ideal universal de los cubanos.

Fueron años también en los que la URSS y los países socialistas marchaban a pasos agigantados alcanzando importantes logros en la producción, en la defensa y en las investigaciones científicas fundamentales. Muchos países del llamado tercer mundo se liberaban del yugo del colonialismo.

No se discutía entonces si el socialismo era posible en un solo país, ese debate había quedado archivado desde que el proceso de su construcción en la hoy desaparecida Unión Soviética que había derrotado al nazifascismo alemán en la 2da. Guerra Mundial y se levantaba como ave Fénix de sus cenizas, estaba demostrando en la práctica que no solo era posible, sino que se irían sumando nuevas experiencias socialistas en el mundo, aunque la inmensa mayoría en países de escaso desarrollo económico y tecnológico y ninguna en un país con alto desarrollo capitalista.

A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, a Cuba, cuya sociedad había pasado por diferentes experiencias de organización socialista del metabolismo socioeconómico del país, y en un proceso de extensión del predominio de la ideología socialista, le esperaba el mayor de los desafíos, que esta vez no vendría de la mano del imperialismo norteamericano, sino de la debacle del socialismo en Europa del Este y la URSS, cuyos efectos sobre Cuba se sumarían inevitablemente a las agresiones y bloqueo económico de los EEUU.

La desaparición de la URSS y del campo socialista de Europa del Este

Entre las acusaciones repetidas a lo largo de décadas de propaganda contra el comunismo, está la de denunciarlo como un sistema que somete a los individuos a su despersonalización, que los iguala sustrayéndoles su voluntad, los uniforma en el actuar y hasta en el vestir y en los gustos, les quita la libertad y la creatividad.

Lo cierto es que ninguna sociedad humana ha alcanzado el ideal comunista, ni siquiera el socialismo y su irreversibilidad, mientras que la homogeneización de la humanidad, la imposición de un pensamiento único, la despersonalización de los individuos ahora vulgares consumidores, la universalización de patrones de consumo, gustos estéticos y modo de vida, la dictadura del mercado, venían justamente de la mano del capitalismo tardío.

Pero mientras la propaganda imperialista tergiversaba el ideal comunista, se recrudecía el bloqueo tecnológico contra el campo socialista, las agresiones solapadas y el debilitamiento mediante la carrera armamentista, los países socialistas que finalmente colapsaron no contaron con las masas para defender el socialismo. Muchos ya han adelantado sus criterios sobre el colapso del socialismo, solo quiero destacar que los pueblos de la URSS y de las democracias populares del Este de Europa no defendieron un poder que realmente no tenían. El modo con el que se organizaba la experiencia socialista en esos países, nunca estuvo diseñado así ni podía estarlo en el pensamiento de los clásicos del marxismo, quienes tampoco especularon (eran científicos sociales) sobre el futuro, más allá de adelantar algunos rasgos generales de una necesaria transición.

La teoría de Marx señalaba la necesidad de un agotamiento de la capacidad de las relaciones de producción de asimilar el desarrollo de las fuerzas productivas, para que se generara una época revolucionaria, mientras que la Revolución de Octubre fue el resultado de un conjunto de agudas contradicciones sociales, de una opresión inicua contra el pueblo, de un agotamiento insoportable como resultado de la primera guerra mundial y de un estado intolerable de abuso, pobreza y miseria, en medio del cual Lenin y quienes compartieron su visión decidieron enrumbar sus esfuerzos por un difícil y riesgoso camino para tomar el poder, cuando Rusia estaba muy lejos del desarrollo capitalista. Pero la historia demostró que la decisión era justa.

La revolución rusa, la toma del poder político no eliminaba ni podía hacerlo la relación contradictoria entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, pero la colocó en otra perspectiva por la acción consciente del sujeto social.

Al imponer desde el poder político relaciones de producción exentas de la explotación del trabajo asalariado por el capital anuló el fundamento de la contradicción trabajo-capital liberando así colosales magnitudes de energías creadoras de los trabajadores para avanzar en el desarrollo de las fuerzas productivas, pero ahora junto con un necesario proceso de transformación cultural cuyo final previsible era la satisfacción de las necesidades de los trabajadores, la justicia social, el colectivismo, la solidaridad, la cooperación.

El desafío interno y externo de la revolución rusa de octubre de 1917 fue enorme y también lo fueron los adelantos que alcanzaron guiados por el poder soviético y el ideal comunista. Más allá de los errores de la ignoranciav y el atraso, y de las insuficiencias lógicas de una teoría de la construcción del socialismo, camino inédito para la humanidad, la URSS llevó adelante grandes planes de electrificación e industrialización, generó un desarrollo material y espiritual capaz de asimilar el gigantesco desafío de la invasión de la Alemania nazi e imponerle la derrota, cargando con el peso principal en los costos humanos y materiales de esa conflagración mundial.

En la posguerra, los soviéticos levantaron de nuevo su país, su influencia creció en el ámbito europeo y mundial y con ello las ideas socialistas.

Sin embargo, también es una realidad que si bien la URSS hizo importantes saltos en el desarrollo de la industria básica y la agricultura mecanizada, alcanzó un alto nivel en las investigaciones fundamentales y en sus medios defensivos al punto de neutralizar las tentaciones del capitalismo mundial de destruir manu militari ese experimento socialista, en la URSS arraigó el verticalismo, no se desarrolló la democracia socialista, se cometieron abusos de poder, no lograron una teoría eficiente de su transición socialista, algo que tampoco alcanzaron otros países socialistas de Europa del Este, donde no necesariamente funcionaría lo que se estaba haciendo en la Unión Soviética. Recordemos aquella frase el XXII Congreso el PCUS: “Esta generación vivirá en el comunismo”.

El ejercicio del poder político, el edificio jurídico, la organización y la economía no podían anclar en la sociedad con el esquema impuesto, cuando la ciudadanía misma necesitaba otro medio social para desarrollarse satisfactoriamente. Las posibles soluciones experimentales a través de una amplia, activa y consciente participación social que nutrirían el desarrollo de una teoría eficiente de la construcción socialista estaban impedidas por la separación entre la ciudadanía y el poder político, que a la postre resultó letal.

La conquista del poder político, si bien permite una gestión consciente para adelantar el desarrollo y hacerlo con criterios racionales compatibles no solo con los seres humanos, sino también, con la naturaleza, con el medio ambiente, no puede, so pena de un enorme desgaste, desafiar realidades que son inherentes a la sociedad en transición socialista, en el intento de avanzar más de lo posible y de un modo más arbitrario que científico. Y es precisamente ahí donde ha habido improvisación en más de una experiencia de orientación socialista. Desde la política y la orientación ideológica se puede mucho, pero no se puede todo. Lo posible define los límites de lo necesario y la determinación de lo posible no es una apreciación arbitraria, individual o grupal, se requiere de un enfoque científico, de una teoría general de la transición socialista que fundamente los programas de acción.

Lenin había alertado más de una vez oportunamente acerca de que el primer deber de toda revolución es defenderse. Pero esa defensa solo sería efectiva si descansa en los hombros de los trabajadores. Fue efectiva cuando la urgencia de una amenaza militar externa imperialista y racista y la inminencia del peligro de muerte acompañaron con el patriotismo la defensa del poder político. El Estado multinacional soviético desarrolló una capacidad militar superior y sus armas, sus leyes y su organización blindaron al enorme país contra la agresión exterior, pero el desconocimiento de las necesidades más íntimas de su propia gente, el alejamiento y extrañamiento del poder, la excesiva centralización y verticalismo que apagaron el entusiasmo y la creatividad, la presencia de privilegios para los dirigentes y funcionarios y la enajenación no superada, además de errores en la política de las nacionalidades que proclamaba a destiempo que ya existía un “nuevo pueblo soviético”, minaron por dentro el socialismo que terminó con su implosión bajo la enorme y múltiple presión del capitalismo internacional.

Los acuerdos de Helsinki 1975 habían sido definidos entonces por la URSS como demostración de la fortaleza de sus posiciones y como reconocimiento jurídico del socialismo. Pero a la luz de las enseñanzas de la historia cabe preguntarse si las bases de esos acuerdos podían ser aceptadas desde una perspectiva genuinamente revolucionaria y si debieron ser discutidas otras bases, sin obviar lo que debía ser a todas luces rectificado.

Naturalmente, desde los poderes fácticos nortecéntricos del capitalismo internacional se aprovechó al máximo lo que estaba ocurriendo presentándolo como la demostración de la pretensa desnaturalización del ideal socialista y comunista, el fracaso del marxismo y consecuentemente, la demostración de la perdurabilidad e inevitabilidad del capitalismo. No es menos cierto que lo iniciado con el socialismo en un solo país terminó en el reflujo hacia el capitalismo de las experiencias socialistas. Pero también es cierto que de la mano de la profunda crisis múltiple del capitalismo se ve un creciente movimiento popular anticapitalista, un renacer de las ideas socialistas y una relectura activa del marxismo.

¿Socialismo en un solo país? (II)

La sociedad cubana resistió las consecuencias de la desaparición del socialismo en Europa del Este y la URSS. Los costos materiales y humanos del período especial son de difícil evaluación, pero es indiscutible que por largos años en los que las ideas socialistas sufrían un indiscutible reflujo, Cuba las mantuvo el tiempo suficiente para vivir su renacer, en particular en Latinoamérica y el Caribe.

Ahora bien, si consideramos la respuesta a la pregunta del título bajo la premisa de un ideal de socialismo pleno, de algo acabado e irreversible, entonces es obvio que en la actualidad no es posible a corto o mediano plazo. De hecho cabe pensar que mientras a escala planetaria no se produzcan transformaciones sociales que inclinen la balanza a favor de la superación del régimen capitalista, un socialismo así no es posible, tampoco en Cuba, y su proclamación entusiasta no es políticamente viable, ya que solo generará críticas porque no es alcanzable. Siempre he afirmado que el socialismo en Cuba es realidad, ideal y experimentación y que no hay un modelo predefinido que tenga que realizarse indefectiblemente.

Reconocido lo anterior, a la luz de las realidades actuales, la pregunta del título habría que ampliarla: ¿Si no es posible el socialismo pleno a corto o mediano plazo, vale la pena seguirlo intentando?

Puede formularse de otro modo más explícito si se aprecia el problema como el dilema entre retroceder al capitalismo dependiente o continuar buscando las fórmulas eficientes para organizar el metabolismo socioeconómico de la sociedad en su conjunto sobre la base de los principios socialistas (me refiero básicamente al predominio de la propiedad social sobre los medios de producción de bienes y servicios, infraestructura y recursos naturales, al papel del Estado en la organización de la actividad económica, organizativa, política y cultural del país, al papel de la ideología socialista, de la planificación, del antiimperialismo, de la política exterior de principios, de la democracia socialista y participativa).

La respuesta solo puede ser afirmativa y no simplemente por una elemental reacción motivada ideológica y políticamente sino básicamente por un balance de costos - beneficios.

El retroceso al capitalismo dependiente significaría el regreso al predominio de la propiedad privada sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios, la desaparición del Estado socialista, la población quedaría totalmente a merced del mercado, sería imposible desarrollar un programa propio de nación que tenga en cuenta todos sus territorios, que sea equilibrado, amigable con la naturaleza, justo y que responda a los intereses de las grandes mayorías ciudadanas, se produciría el retorno a la funesta politiquería y a la demagogia, sería el deterioro y fin de las políticas sociales, el incremento exponencial de las diferencias sociales, la fragmentación acelerada de la sociedad, la mercantilización de la educación y de la salud pública, la desprotección de la niñez y de la tercera edad, la desaparición de los planes de desarrollo científico y tecnológico convenientes y necesarios para el país, el incremento de la mortalidad infantil y materna, el debilitamiento y desaparición del sistema de la defensa civil contra los desastres naturales y el papel del Estado en la recuperación, la deformación y corrupción de los medios de comunicación, la imposibilidad de defender los recursos naturales, de evitar el deterioro del medio ambiente, los crecientes obstáculos para proteger y desarrollar la identidad cultural que se verá a merced de los patrones del capitalismo tardío y del pensamiento único, el incremento del delito y de su peligrosidad, de la corrupción en todos los órdenes, de las mafias, de la drogadicción, el acrecentamiento del individualismo y del egoísmo, la pérdida de la tranquilidad ciudadana, el debilitamiento y desaparición de las colaboraciones internacionalistas cubanas, un debilitamiento del proceso de integración regional, habría un enorme retroceso ético, la lista de costos sería interminable.


Los eventuales beneficios, no podrán estimarse como los vemos en la sociedad cubana, porque el concepto mismo de beneficio se vincula hoy en Cuba con la equidad y la justicia social. El mismo concepto de bienestar estaría entre los principales costos.

Los primeros aprovechados de un retroceso al capitalismo dependiente serían las transnacionales, el imperialismo norteamericano y sus servidores, los explotadores, los anexionistas, y los que se ubiquen como minoría privilegiada a costa de las grandes mayorías. El sueño de una acrecida clase media en un país subdesarrollado y dependiente en manos de las transnacionales es solo eso: un sueño. Entre los probables beneficios estaría la desaparición del bloqueo económico de los EEUU, pero ello servirá ante todo a quienes en tales circunstancias tengan la propiedad sobre los medios fundamentales de producción y servicios, al pueblo llano llegarían las migajas, como ocurría antes de 1959.

Por eso, cuando la finalidad estratégica de la liberación social se ve amenazada mortalmente por la acción violenta de la contrarrevolución, la defensa de esa finalidad liberadora solo puede mantenerse con la vigilancia necesaria y la acción revolucionaria en la confrontación clasista, lo que se expresará en las acciones del Estado, las leyes y la ciudadanía participativa.

Una lógica elemental indica que para Cuba, donde el poder político responde a los intereses de las grandes mayorías, y las instituciones políticas, ciertamente requeridas de modernización, están vigentes y mantienen sus potencialidades, y donde están vigentes las políticas sociales fundamentales, el dilema verdadero no es si retroceder al capitalismo o continuar el rumbo socialista, sino cómo continuar la orientación socialista, como contrarrestar la influencia del capitalismo, alejarse sistemáticamente de él, de sus múltiples redes y tentáculos, y cómo atemperar los ideales a las posibilidades, cómo reorganizar el metabolismo socioeconómico para que estimule la reproducción de la iniciativa y la creatividad en todos los órdenes de la vida social, como profundizar la democratización de la sociedad, o sea, cómo asegurar el derecho de las grandes mayorías ciudadanas a participar y decidir, cómo movilizar las potencialidades productivas del país y aprovecharlas en favor de las grandes mayorías ciudadanas.

De nuevo sobre la ciencia del comunismo

Si no fuera tan a menudo subestimada no sería necesario reiterar que la construcción del socialismo requiere de teoría. El camino socialista no es solamente un ideal, una ciencia y el movimiento real, es también en el caso de un país como Cuba una mediación eficiente para el desarrollo económico a la vez que para aprender el nuevo modo de vida. Pero cada paso debe responder a una concepción integral desarrollada sobre bases sólidas que tenga en cuenta las variables necesarias.

La sociedad cubana que ha vivido una experiencia única a partir de la segunda mitad del siglo pasado está todavía lejos de alcanzar las condiciones materiales y espirituales que la califiquen para poder definirla como una sociedad socialista plena. La política de la revolución es socialista, el poder es del pueblo, el ideal es socialista y hay importantes características socialistas en el país, Cuba es socialista, pero en Cuba no hay un socialismo pleno.

Ha quedado bien claro que no basta con el acto jurídico-político de suprimir la propiedad sobre los medios de producción de bienes y servicios para que estos sigan después produciendo con eficiencia, luego de lo cual se organizaría una distribución con justicia del producto social.

Con ese acto jurídico-político se corta de raíz una relación (importante, sí, pero no única) del metabolismo socioeconómico hasta entonces en curso: la relativa al derecho del capitalista a la propiedad, a la explotación del trabajo ajeno y a las ganancias que representa la plusvalía que obtiene, pero quedan otras realidades, cuya superación no es ni puede ser igual de rápida, sino lenta y gradual, se configurará una situación nueva, inédita, cuya observación y seguimiento necesita de estudio sistemático y enfoque teórico conceptual, para anular la improvisación y aminorar en lo posible el error.

El cambio es de tal envergadura que toca prácticamente toda la vida de la sociedad, lo que hace imposible describir la infinitud de su alcance y manifestaciones. Basta señalar que los nuevos dueños colectivos nunca aprendieron antes a organizar la producción, manejar la economía, el control, la contabilidad, tomar decisiones, que surgen ahora nuevas realidades como lo tocante a las motivaciones para producir, el desafío que plantea un nuevo modo de distribución del producto social, que habrá hostilidad política del capital internacional, por solo señalar algunos temas que considero relevantes.

No solo la complejidad del mundo hoy en crisis, sino y fundamentalmente el hecho de las insuficiencias del desarrollo del país, a lo que se suma el bloqueo norteamericano, hablan a todas luces de un largo camino en Cuba con una economía mixta, en la que participarán formas diversas de propiedad, que irán desde la propiedad social gestionada por el Estado, hasta la pequeña propiedad privada, pasando por las asociaciones, las cooperativas, las empresas mixtas y algunos emprendimientos con un 100% de capital privado extranjero.

Lo anterior significa que el sistema de dirección de la economía que cobijará esa complejidad tiene que articular la propiedad social socialista que es y será predominante y los restantes tipos complementarios de propiedad y estructurarlas en sistema.

La eficiencia en la planificación que haga el balance de la economía nacional está en el reconocimiento de los diferentes tipos y formas de propiedad, por lo que la planificación y el control que desarrolle el sistema de regulación del metabolismo socioeconómico de la sociedad cubana en transición socialista deberán responder a una estructura de subsistemas de características diferenciadas, articulados por el Estado.

Dos elementos son esenciales en esas circunstancias: uno estriba en que si bien la propiedad privada grande, mediana o pequeña tendrá una influencia en la economía y a través de ella también en la subjetividad de la sociedad, donde no tendrá influencia alguna es en lo tocante al poder político, ese que ha sido conquistado y defendido por el pueblo trabajador y que es garantía de la transición socialista, el otro elemento se refiere a la Constitución y leyes del Estado Socialista, que conforman las bases del ordenamiento jurídico de la coexistencia de diferentes tipos y formas de propiedad, las cuales se constituyen con arreglo a la juridicidad establecida, encargada de asegurar el derecho, desigual como todo derecho, que garantice el espacio a los diferentes tipos de propiedad y, a la vez, la legalidad que asegure los derechos fundamentales de todos los ciudadanos y ciudadanas del país.

Por ello, es fundamental que la teoría del socialismo de cuenta especialmente de la correlación entre el metabolismo socioeconómico y la educación, la formación cívica, ética, política y jurídica que encarnan los valores de la ideología revolucionaria socialista.

Cuando afirmamos arriba que la sociedad cubana no tiene aún las condiciones materiales y espirituales para un socialismo pleno, nos estamos refiriendo en lo material al desarrollo económico-productivo, tecnológico, científico, a la infraestructura del país; cuando hablamos de las condiciones espirituales, subjetivas, nos referimos principalmente a la persistencia de la psicología de intercambio de equivalentes y al menoscabo del trabajo como valor por la pérdida de sentido del valor del trabajo que se ha producido como resultado de no haber tenido en cuenta esa psicología, algo ahora agravado por el hábito perverso de “resolver” las necesidades individuales a costa de los recursos que pertenecen a todos los ciudadanos, pero también unos individuos a costa de otros.

En la larga transición socialista no puede desconocerse el interés individual, so pena de que este se mimetice y realice de las más diversas formas irregulares. Recordemos que Lenin calificaba las primas, en tanto estímulo material a los trabajadores, como una práctica insoslayable en la transición y cuya eliminación solo podía imaginarse en el futuro comunista.vi

Hay quien sostiene la idea que la liberación real del hombre (puede leerse el socialismo pleno y el comunismo) requiere tanto de un elevado desarrollo de las fuerzas productivas, como de un proceso internacional de transformaciones que la respalde.

Ciertamente los efectos negativos sociales de las diferencias inobjetablemente existentes serán contrarrestados por un nivel razonable de suficiencia productiva, que puede traducirse como una abundancia vista racionalmente, pero incluso esta está comprometida hoy de modo puede decirse trágico por la criminal depredación de los recursos de la naturaleza gracias a la lógica absurda del capitalismo tardío. Sin educación, sin formación, sin ética, sin ideología será imposible organizar la vida humana actual y futura sobre nuevas bases, no solo porque el edificio del socialismo no puede construirse con la arquitectura capitalista fundada en la creación de necesidades artificiales, el consumismo y el afán de lucro a cualquier costo -si bien requiere hoy de elementos de su ingeniería-, sino porque los recursos serán cada vez más escasos, el medio ambiente está más resentido y amenazado catastróficamente y será imprescindible un nuevo concepto de bienestar y de felicidad, que se fundamenta en un consumo racional, responsable y saludable.

Aun necesitada de las relaciones mercantiles la sociedad en transición socialista tiene que prestar atención prioritaria a contrarrestar las relaciones humanas mediadas por las mercancías y hacerlas cada vez más directas, mediadas por los valores socialistasvii, relaciones humanas en el más cabal sentido de la palabra.

En cuanto a las condiciones internacionales propicias para un socialismo pleno, no hay manera de predecir cuándo se producirán, pero aun en las actuales condiciones el socialismo imperfecto, inacabado, es incomparablemente más humano que el capitalismo.

El desarrollo de una teoría eficiente de la construcción socialista requiere de integrar armoniosamente a los seres humanos entre sí y a estos con la naturaleza y eso es algo que no puede lograrse solamente con medidas económicas; son imprescindibles la ideología y la política, la ética, la educación.

El comunismo como ideología

La superación del capitalismo es la transición socialista y este objetivo es imposible sin la ideología socialista y comunista. La transición socialista vista como actividad humana, como práctica, es un proceso consciente en el que los ciudadanos, los grupos, organizaciones, instituciones de la sociedad que de conjunto articulan el sujeto del cambio, adoptan –en diferentes grados y formas- una actitud correspondiente en general con los objetivos consensuados. La acción coherente, cohesionada del sujeto social múltiple, articulado y naturalmente diverso es funcional al cambio porque la base de la sociedad reproduce intereses compartidos, las estructuras políticas y jurídicas los amparan y el sistema de ideales, objetivos, conceptos, valores socialistas y comunistas articulan al sujeto múltiple en su diversidad y diferencias y es el fundamento del programa de acción en lo económico, lo organizativo, lo jurídico, lo político, lo social, lo cultural.

El papel de la ideología es consustancial al propio cambio. El proceso de surgimiento y desarrollo de la ideología revolucionaria se produce por ser una necesidad de la actividad humana consciente. Los valores revolucionarios nacen en el proceso de liberación humana y experimentan una sinergia que los identifica, articula y finalmente sistematiza. Una vez que la sociedad reconoce y estudia su existencia y desarrollo en tanto sistema funcional a los propósitos revolucionarios de liberación social, la ideología revolucionaria deviene poderoso instrumento de educación, orientación, articulación de voluntades, organización, cuya negación a ultranza debilita y puede anular el desarrollo de la transición. El estudio de sus cambios, es imprescindible para que ella mantenga su funcionalidad como instrumento de las transformaciones revolucionarias. El estudio de la ideología revolucionaria, de su génesis, contenido, desarrollo, regularidades, papel social, etc. pasa a ser objeto de la actividad científica, y forma parte del saber necesario para el desarrollo de una teoría de la transición socialista en Cuba.

Soy comunista, toda la vida...

Así cantaban los guerrilleros italianos y los comunistas de todo el mundo en unos años en el que cundía un enardecimiento que presagiaba un impulso histórico al ideal comunista, la canción decía también “...y comunista he de morir”. Luego reapareció en Cuba a principios de la década del 60 del pasado siglo y después en el 68 parisino Pareciera que el epílogo de la revolución de octubre acabó con aquel entusiasmo, pero ahora una multitud de nuevos fantasmas comunistas está recorriendo el mundo, los reproduce la quiebra inevitable del capitalismo, su incapacidad para escapar de sus contradicciones y tragedias, su fatal ilusión de la eternidad, el mito de la salvación tecnológica del sistema.

Solo si no se logran ver los síntomas de su bancarrota histórica puede calificarse de triunfalista o de pura utopía el párrafo anterior. No lo es porque la profunda crisis múltiple del sistema es cierta y porque no se asignan plazos a priori, ni se definen pasos predeterminados para los cambios, algo que sería pura especulación. Lo que sí es a todas luces visible es que con los gigantescos recursos empleados en la propaganda pro capitalista, en la guerra cultural, si bien han logrado obstaculizar el avance de la historia, no han logrado el milagro de evitarlo.

Ahora bien, no se habla aquí del comunismo como de un esquema de algo que tiene que producirse de un modo dado, inevitablemente, o como la doctrina política de una organización, de un partido, sino como lo reiterado por Álvaro García Linera, el movimiento real que supera lo existente, un proceso en el que las ideas y la teoría jugarán su papel junto con los acontecimientos y la acción consciente. Y es hora de la ofensiva socialista.

Notas:

ii Isabel Rauber, “Revoluciones desde abajo. Gobiernos populares y cambio social en Latinoamérica”, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2012.

iii Ignacio Ramonet, “Cien horas con Fidel”, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, p. 153.

iv Podrían reconocerse los grupos siguientes: los que tenían mayor cercanía a la literatura marxista, leyeron parte importante de su obra y conocieron sus diferentes aspectos históricos y lógicos, los que tenían acceso a esa literatura y además conocieron la experiencia socialista de la URSS y otros países socialistas, los militantes del Partido Socialista Popular, simpatizantes, líderes obreros, que recibían las ideas en forma de programas políticos, crónicas y análisis hechos por los anteriores, los que tenían alguna lejana noción de lo que era el socialismo y el comunismo, los que ganados por la propaganda anticomunista y la demonización del socialismo y el comunismo, rechazaban estas ideas, etc.

v Por ejemplo los efectos medioambientales el desarrollo de la URSS han sido grandes, pero en aquellos años los estudios ecológicos apenas mostraban algunos avances.

vi “Aún cuando nuestro objetivo final sea lograr la igualdad de remuneración para todo trabajo y el comunismo integral, no podemos proponernos de manera alguna implantar esta igualdad de inmediato en el momento presente, en que damos nada más que los primeros pasos para la transición del capitalismo al comunismo. De aquí que sea necesario mantener durante cierto tiempo una más elevada remuneración para los especialistas, para que puedan trabajar mejor, y no peor que antes, y por la misma razón tampoco podemos renunciar al sistema de primas para el trabajo más eficiente, en especial en el trabajo organizativo; las primas serán inadmisibles en el sistema del comunismo completo, pero en el período de transición del capitalismo al comunismo no es posible prescindir de las primas como lo atestiguan la teoría y la experiencia de un año de Poder soviético.” (V. I. Lenin, OC en 55 tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1986, T. 38, pp. 106-107.)

vii En otros trabajos he tratado con amplitud este cambio, aquí solo anoto que si bien en la transición socialista, las mercancías tienen características diferentes, estas se siguen produciendo, solo que el valor de uso de estas pasa a ser la finalidad principal de su producción, no las ganancias, aunque estas últimas juegan un papel regulador en el metabolismo socioeconómico.

Darío Machado Rodríguez. Licenciado en Ciencias Políticas, Diplomado en Teoría del Proceso Ideológico, Doctor en Ciencias Filosóficas, Profesor e Investigador titular del Instituto Internacional de Periodismo José Martí donde preside la cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad.

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