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martes, 30 de diciembre de 2025

Por eso Fidel no le dijo al pueblo de Cuba "cree", sino que le dijo LEE

Imagen tomada de la web de Spanish Revolution

Por Gustavo de la Torre Morales

La lectura concienzuda y aprender a discernir no te hace pretencioso, sino que te hace menos manipulable.

Por eso se creó en Cuba la campaña de alfabetización, por eso la educación fue un sector estratégico y se crearon las condiciones para que fuera accesible a todo el pueblo, sin importan estatus económico, raza, sexo, creencia religiosa, etc.

lunes, 12 de agosto de 2024

La dictadura mundial de un sistema, denunciada por José Martí* (I)

Por Luis Toledo Sande

Dictadura, tiranía o poder totalitario son nociones habitualmente asociadas con individuos en función de gobernantes, y no pocas veces manipuladas por la propaganda contra afanes populares de justicia y dignificación humana. Uno de los blancos en que más se ha ensañado esa propaganda ha sido el concepto marxista dictadura del proletariado, que no se tratará en estas páginas, salvo para aludir ahora a maniobras con que las derechas del mundo han procurado y procuran satanizar todo lo que huela a búsqueda de equidad social.

Cabe asimismo apuntar que a las aspiraciones justicieras les resultará sano no asumir para sí términos que, aunque pensados para revertir viejos males, faciliten el trabajo de quienes fabrican ardides contra ellas. Decirlo no supone creer que, por muy cuidadosos y sinceros que sean, los escrúpulos verbales de los movimientos de izquierda bastarán para que la maquinaria propagandística montada contra ellos, potente y ajena al pudor, deje de promover formas de gobierno y de estados idealizadas para servir a cúpulas de fuerzas cuyo poder se basa en la opresión de las mayorías. Tales cúpulas que, en tanto opresoras, son esencialmente dictatoriales, capitalizan recursos mediáticos con los cuales edulcoran su imagen para presentarse como supuestas garantes de una democracia que, en realidad, las respalda y las beneficia a ellas y, por tanto, no es democracia verdaderamente.

sábado, 8 de junio de 2024

Una modesta reflexión sobre la ética revolucionaria

 

Tomado del blog de la Asociación de Cubanos en Cataluña José Martí

“… el patriotismo se detiene allí donde para salvar a la patria es necesario deshonrarla” (1)

Por Gustavo de la Torre y Claudia González

La Revolución cubana de enero de 1959 fue un paso agigantado por su radicalidad política, económica, social y cultural; por cambiar el panorama desolador de Cuba como país dependiente y colonizado, despojando a la burguesía nacional y extranjera de todo el poder para traspasarlo a manos del pueblo de Cuba.

"La Revolución empieza ahora; la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros", expresó el Comandante Fidel Castro Ruz en el parque Céspedes, Santiago de Cuba (2).

El imperialismo no se quedó pasivo frente a tal hazaña. Cuba lleva ya 6 décadas de duro bregar frente al amplísimo expediente de agresiones y violencia que se despliega en su contra.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Hablar de las UMAP desde la Cuba de hoy

 

Raúl Martínez: Ustedes, Nosotros_ 1969

Por Javier Gómez Sánchez

Tomado de La Pupila Insomne

Es un derecho y un deber conocer nuestra Historia en todas sus realidades y complejidades. El silencio en torno a elementos históricos de la Revolución Cubana, siendo algunos de ellos poco mencionados y apenas explicados, ha tenido efectos muy negativos.

domingo, 2 de agosto de 2020

EDUCACIÓN Y CRISIS CON LA COVID-19


Por Gustavo de la Torre Morales

En los años de mayor crisis en Cuba, en la etapa del llamado Período Especial de mediados de los 90, la economía nacional y familiar recibió duros golpes.

La situación que afrontó el pueblo cubano tuvo varios campos de batalla, por un lado el criminal bloqueo económico impuesto por EEUU se recrudeció con nuevas leyes, incentivando a su vez un período de gran escalada de acciones provocadoras y terroristas, organizadas y financiadas por el vecino imperialista, como expresión de su política hostil, subversiva e injerencista. Por otro lado, la población cubana sufrió una brusca reducción del nivel de vida por la pérdida del campo socialista, como principal socio comercial hasta el momento.

domingo, 10 de mayo de 2020

En el centenario del natalicio de Celia Sánchez Manduley ¡QUÉ MUJER!

Celia Sánchez Manduley_La flor más autóctona de la Revolución cubana
Por Eugenio Suárez Pérez

Hablar de Celia, destacada revolucionaria de la lucha en el llano y la montaña, de la guerra y de la paz es hablar de Fidel, de Raúl, del Che, de Camilo, de Almeida y de muchos otros, que están imbricados con la historia de nuestra Revolución.

Desde los meses anteriores al desembarco del "Granma" hasta su fallecimiento, no hubo un episodio de la lucha revolucionaria, dirigida por Fidel, en el que Celia no haya sido protagonista. Siempre en la primerísima línea de combate.

sábado, 28 de diciembre de 2019

CUBA: LA REVOLUCIÓN DEL CONOCIMIENTO

Tomado de Contexto Latinoamericano. OceanSur
POR 
La Revolución Cubana cumplió 60 años. La ocasión de celebrar este suceso histórico amerita una reflexión sobre el camino transitado, y las enseñanzas que se pueden extraer del mismo. El presente trabajo se encamina en esa dirección, desde la perspectiva de las transformaciones educacionales y científicas que han tenido lugar en la nación,  con la plena consciencia de que resulta imposible resumir su historia en tan breve espacio.

jueves, 12 de septiembre de 2019

La Revolución Cubana: símbolo de juventud y valentía


Tomado de Revista Cuba Socialista
Por Guenadi Ziuganov

Hace exactamente 60 años, en enero de 1959, triunfó la Revolución Cubana. Anteriormente la isla dependía totalmente de los Estados Unidos. Después del triunfo revolucionario fue Cuba precisamente el primer país del hemisferio occidental en iniciar la construcción del socialismo. Los logros que ha alcanzado en esa dirección han sido reconocidos por todo el mundo. La Isla de la libertad continúa materializando ideas progresistas, provoca la furia de los círculos imperiales y despierta la admiración de millones de personas sencillas de nuestro planeta.

domingo, 2 de junio de 2019

La cultura en sesenta años de Revolución

La doctora Olga Portuondo. Fotos: La Jiribilla
Tomado de La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana.
Por Olga Portuondo Zúñiga.

Advierto que sería un gran atrevimiento de mi parte hablar aquí de la cultura en estos sesenta años transcurridos después del triunfo de la Revolución, ni siquiera pretendo sentar cátedra con una conferencia. Mi único propósito es compartir algunos criterios generales sobre un tema de importancia significativa para la mejor comprensión de la Nación cubana en su devenir.
Pienso que hoy día es ya posible, libre de prejuicios, hacer un balance del transcurrir de la cultura en el período que nos ocupa. No hay que pretender fundamentarlo en rigurosa doctrina, aunque debe establecerse sobre los principios, que guiaron a mi generación, niña o adolescente, durante los años de lucha insurreccional hasta el triunfo de la Revolución. Entonces, implicó el evidente compromiso con aquella juventud que había luchado un 26 de Julio en el cuartel Moncada contra la tiranía y, luego de 1959, llevó a cabo las transformaciones imprescindibles para el progreso de la sociedad cubana.

jueves, 21 de marzo de 2019

¿Cómo citar a José Martí?

Imagen creada por Gustavo de la Torre Morales
Tomado de La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
Por Luis Toledo Sande 

Todo autor debe tratarse —también al citarlo— con respeto y cuidado, con rigor, especialmente si tiene la trascendencia de José Martí. Al calor del reciente referendo constitucional circuló una supuesta cita suya, líneas que lo ponen a decir: “Juraré ante la tumba de los muertos de la guerra del 68, con flores, que Cuba tiene que darse una nueva constitución aprobada en referéndum. Pero antes el pueblo ha de conocer en consulta popular de qué va la nueva constitución y hacia dónde va como nación”.
Se ha dicho que esas palabras han sido usadas en la enseñanza del Derecho, y se han visto en un cartel —reproducido en Internet— donde aparecen, con muy similar puntuación, calzando una foto de Martí y seguidas por una frase que, asimismo entre comillas, cabe inferir que también se le atribuye a él: “La Constitución es la voz del pueblo”. Así, estampada en una valla y al pie igualmente de un retrato de Martí, se reiteró al menos en una provincia del país, y se comenta que tuvo ecos en ese territorio.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El Partido filofranquista Ciudadanos intenta vestir de "Santo" a un criminal de la Corona española


Por Gustavo de la Torre Morales

Recientemente, el Ayuntamiento de Palma de Mallorca ha aprobado en el pleno celebrado el jueves 29 de noviembre, por unanimidad, una moción en la que se insta al Parlamento balear a «revisar y rectificar» una reciente proposición no de ley aprobada por la Cámara regional en la que se acusaba al general mallorquín Valeriano Weyler por el «exterminio de un tercio de la población cubana».
Por supuesto, la citada moción ha sido presentada por Cs por vía de urgencia, y con apoyo del Partido Popular, señalando de que las acusaciones contra el General Mayorquín eran "falsas".
Se puede decir mucho de las riquezas culturales compartidas entre España con las otroras colonias de ultramar, pero en el caso de Cuba y Cataluña se puede decir que también hemos compartido el sufrimiento que causa el crimen de la colonización y los personeros que la perpetúan.

jueves, 25 de octubre de 2018

El cuervo y la cultura

Tomado de Granma
Por Julio César Sánchez Guerra


No se trata del cuervo de Edgar Allan Poe, el pájaro que entra por la ventana a media noche, se posa sobre los hombros del busto de Palas Atenea, y luego lanza a un hombre triste la frase como una sentencia: «Nunca más». Tampoco es para hablar del cuervo que sostiene un queso, o la advertencia de «cría cuervos y te sacarán los ojos».

jueves, 7 de junio de 2018

“No me sentí cubano hasta que aprendí a leer y a escribir”


Tomado de Asociación de Cubanos en Cataluña José Martí
Por Gustavo dela Torre Morales
Fidel Castro, en su alegato de defensa por las acciones llevadas a cabo con un grupo de jóvenes contra los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes y Moncada, en 1953, y cuyo testimonio se publicó con el título “La historia me absolverá”, planteó la problemática de la educación como uno de los 5 problemas fundamentales que afrontaba Cuba en aquel entonces y que era parte de la degradante pictografía socio-política del país, causada por el régimen de Fulgencio Batista, un resultado de años de neocolonialismo y gobiernos de turnos a los servicios de los intereses de EEUU.

lunes, 26 de marzo de 2018

La batalla de ideas es el camino de la victoria


Tomado de Razones de Cuba
Por Anabel Madiedo Oropeza.

Nuestra pequeña pero heroica tierra ha dado grandes muestras de valor, y es reconocida internacionalmente como una nación de hombres y mujeres revolucionarios y antimperialistas. Los cubanos defendemos nuestro suelo y hemos sabido repartir amor, humanismo y solidaridad por el mundo.

sábado, 26 de agosto de 2017

La cultura es ante todo una forma de vida

"Escritores, pintores, músicos, que no necesitaban demostrar quiénes eran porque sus obras lo justificaban".
Foto: Roberto Chile
Tomado de La Jiribilla
Por Carlos Rafael Rodríguez.
“A la cultura por la Revolución”, palabras de Carlos Rafael Rodríguez en el último día de sesiones del IV Congreso de la UNEAC, el 28 de enero de 1988, en periódico Granma, La Habana, viernes 29 de enero de 1988, p. 3.
Tomado de: Un texto absolutamente vigente. A 55 años de Palabras a los Intelectuales. Ediciones Unión, 2016.
Regresamos con el recuerdo de aquellos días, hace más de veintiséis años, en que la Revolución celebró su Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas.


¡Qué confusión tan maravillosa y creativa, pero, a la vez, colmada de peligros de la de entonces!

miércoles, 10 de mayo de 2017

“Libertad de expresión” como arma contra Cuba

Julio García Luis dando clases en la Facultad de Periodismo de la UH (Foto: Cubadebate)
Tomado de Cubaperiodistas.cu

En la papelería de Julio García Luis (1942-2012)* aparece este texto con el siguiente encabezado: “Carta de la UPEC a Armando S. Rollemberg con motivo de las imputaciones de este a la prensa y la Revolución cubanas. Fechada el 17 de febrero de 1992”.  Este documento inédito hasta hoy integra parte de un libro en preparación.

Para seguir hablando claro, en una lucha a vida o muerte como la que hoy se le plantea a Cuba, un país acosado, abandonado por sus antiguos aliados, sometido a todo tipo de presiones y agresiones, no hay ni puede haber “libertad de expresión” para los contrarrevolucionarios, que son, ciertamente, como tú dices, una exigua minoría, pero una minoría que representa la política de la superpotencia norteamericana y que cuenta para expresarse con todos los medios y recursos del imperio al que sirven.

¿En nombre de qué principio político o moral se le puede reclamar a Cuba espacio para estos elementos?

¿Acaso en nombre del espacio que se abre a las verdades de Cuba en la prensa de Estados Unidos y otros países occidentales?

Tú defiendes una libertad de prensa abstracta, que no existe ni existirá en lugar alguno. Nosotros defendemos una libertad de prensa concreta y real nacida de la Revolución.

Esta libertad es incompleta, es cierto. Si Estados Unidos suspendiera su bloqueo y renunciara a la política de destruirnos, no hay duda de que se crearían condiciones nuevas y podría haber tolerancia y flexibilidad. No tenemos ningún temor a la discusión de ideas y a la diversidad de opiniones. Somos nosotros mismos, los periodistas revolucionarios, quienes defendemos en Cuba el proyecto de una prensa más abierta, variada y polémica. Pero nuestras propuestas han quedado paralizadas por el asedio y la campaña de los que tratan de interpretar cualquier cambio interno como síntoma de debilidad de la Revolución.

Para seguir hablando claro, lo que tú planteas sólo sería posible con el triunfo de la contrarrevolución y la restauración del capitalismo en Cuba, porque sólo bajo esas premisas pudiera existir una “libertad de expresión” como la que pretendes, que es la misma que nos reclaman desde Miami y Washington.

Tendría, pues, que ocurrir una tragedia histórica cuyo precio en vidas humanas es incalculable, que devolviera a nuestro país al pasado, que le arrancara al pueblo sus medios de prensa y los privatizara, poniéndolos en manos de reaccionarios y mafiosos —como ocurre ahora, por cierto, en algunos países ex socialistas, sin que provoque preocupaciones en la OIP.

Nosotros pensamos distinto. Resistir y sobrevivir ahora; superar esta etapa dura y decisiva en que nos debatimos; y luego continuar desde adentro, con lealtad y determinación, los esfuerzos por liberar a nuestra prensa de deficiencias e insuficiencias, que las tiene, y que sólo nosotros podemos y debemos resolver.
Ese es nuestro camino y en él perseveramos.


*Julio García Luis, periodista y doctor en Ciencias de la Comunicación, fue presidente de la UPEC, Premio Nacional José Martí  y Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

martes, 10 de enero de 2017

¿El final de la ideología en Cuba?

Arnold August
Periodista y conferencista canadiense. Cursó una Maestría en Ciencias Políticas en la Universidad McGill de Montreal. Es miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, por sus siglas en inglés), con sede en los Estados Unidos de América; la Asociación Canadiense de Estudios Latinoamericanos y del Caribe (ACELC); la Cátedra de Investigaciones de la Universidad de Nottingham sobre Cuba (Gran Bretaña) y la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad, en Caracas.
Tomado de Firmas Selectas. Prensa Latina
Por Arnold August.

En 1960, el sociólogo y académico norteamericano Daniel Bell (1919-2011) publicó “El final de la ideología”, obra que llegó a ser un clásico en las ciencias políticas oficiales. La publicación fue catalogada por el Times Literary Supplement como uno de los 100 libros más influyentes de la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de que en los años 1950 e inicios de los 60 había otros partidarios del “Final de la ideología”, Bell es considerado como el más influyente. Aun cuando tuvieron lugar algunas variaciones, esta escuela de pensamiento tiene un común denominador. Tratando de no simplificar excesivamente esta importante tendencia, para el propósito de este artículo es posible afirmar que ésta surgió debido al fracaso percibido tanto del socialismo en la antigua URSS, como del capitalismo en Occidente. Ésta nació en oposición al “extremismo”.

En noviembre de 1968, junto con otros estudiantes de ciencias políticas de la Universidad de McGill, en Montreal, fundamos la Asociación de estudiantes de ciencias políticas. Organizamos una huelga y presentamos dos reivindicaciones principales: la primera consistía en exigir la participación estudiantil en los comités de contratación de la Facultad y la segunda —asociada a este potencial empoderamiento estudiantil, reclamar un profesorado y un currículum más incluyente. Esto podría incluir publicaciones no solamente de Daniel Bell —quien era por supuesto considerado obligatorio y una indiscutible referencia en ciencias políticas, sino también de científicos sociales progresistas, así como los trabajos de Marx y Lenin. En aquella época todo esto estaba excluido. Después de diez días de ocupación y huelga, la solicitud de los estudiantes fue aceptada por la universidad.

Bell no vio llegar la inevitable insurrección que se estaba fraguando en Estados Unidos entre los ciudadanos afrodescendientes, poco después de que su best-seller saliese de prensa. Estas luchas progresistas, así como la de los pueblos indígenas, tienen su origen al inicio de las Trece Colonias. En los años 1960, los estudiantes estadounidenses fueron atraídos por ideologías y políticas alternativas. De hecho, el movimiento de los jóvenes era omnipresente en toda Norteamérica y en gran parte de Europa.

Mientras, en los años 1960, esta tendencia se caracterizaba por diferentes aspectos de la izquierda política e ideológica, y experimentaba sus propios altibajos, parecía la despedida de la tesis del final de la ideología. Sin embargo, el legado de Bell nos sigue acechando.
 
En el último año aproximadamente, en Cuba ha tenido lugar un aumento continuo de artículos en un lenguaje indirecto acerca de la idea del final de la ideología, escritos por algunos blogueros e intelectuales cubanos marginales. Al inicio eran tímidos, pero luego cada vez más audaces.

Hablaban de la “estéril dicotomía entre socialismo y capitalismo”, aconsejando a los revolucionarios cubanos ser “equilibrados y profundos en sus criterios” cuando se trata de criticar el imperialismo estadounidense, o de evitar el extremo de ser “fidelista o anticastrista”, etiquetando de “extremistas” o “fanáticos” a los marxistas-leninistas o a los fidelistas, escribiendo sobre dos grandes falacias acerca de lo revolucionario en Cuba, la derecha y la izquierda como un “dogma excluyente” y, por último, postulando que “la vida es más compleja incluso que las ideologías”.

Leyendo estos artículos, regresaban continuamente a mi mente aquellos días universitarios de 1968. ¿Cómo pudo ser posible que nos opusiéramos al final de la ideología en el corazón del capitalismo, y que ahora esto vuelva a surgir —entre todos los lugares imaginables, justamente en Cuba? Podría argumentarse que la oposición en Cuba está viniendo de la “izquierda”, es decir de quienes pretenden apoyar a la revolución. Pues bien, ¿de dónde más podría surgir sino es de la llamada izquierda?

No olvidemos que Bell se consideraba a sí mismo de izquierda y que su oposición a la ideología fue ostensiblemente desde una perspectiva de izquierda y no de derecha. Es así como logró construir su credibilidad. Bell se había desilusionado del socialismo y no veía otra alternativa, por lo que libró una batalla tanto contra el capitalismo como contra el socialismo. Su trabajo refleja su propio dilema personal y político. Sin embargo, objetivamente hablando, esta llamada neutralidad respecto a los extremos consistió en lanzar un salvavidas al capitalismo. No es un accidente que Bell sea tan apreciado por las élites gobernantes de Occidente.

Siempre he aseverado que la más peligrosa oposición a la Revolución cubana proviene de la llamada izquierda, y no de la derecha abiertamente plattista. Es un cáncer en la sociedad cubana que, si se deja crecer sin una fuerte resistencia ideológica, podría influir en algunos ingenuos, especialmente entre los jóvenes, los intelectuales y los artistas.

Al mismo tiempo, cuando Bell escribía sus ensayos a finales de los años 1950, compilados en su volumen de 1960, Cuba constituía el escenario de la más evidente refutación de su teoría: el ataque a Moncada de 1953, su programa resultante y el triunfo de la revolución el 1° de enero de 1959. Fidel Castro y el Movimiento 26 de julio constituyeron el camino embrionario hacia a una nueva ideología revolucionaria marxista-leninista en Cuba.

Lejos de ser un periodo caracterizado por el final de la ideología, Cuba dio al mundo el resurgimiento y la confianza en la necesidad de la ideología. Cuba representó el fin del final de la ideología. La revolución cubana surgió durante el auge de la Guerra fría, pero se erigió resueltamente en contra de cualquier intimidación por parte de la izquierda o del imperialismo. Para la izquierda de aquella época, y más aún para la derecha, esta posición no se conformaba a lo políticamente correcto. De esta manera, Fidel tuvo la perspicacia de no revelar el escenario completo en el periodo inicial. Sin embargo, la ideología se encontraba en el centro del pensamiento y la acción.

Desde 1953 Cuba siempre ha sido —y lo sigue siendo, la quintaesencia del desarrollo de los principios ideológicos. Cada palabra escrita y pronunciada por Fidel está impregnada de ideología. Cuba no está anquilosada, por el contrario, sigue evolucionando según la situación. De otra manera, Cuba no hubiese podido sobrevivir a sus enemigos durante todo este tiempo.
 
Estoy convencido de que uno de los principales objetivos implícitos de la campaña mediática corporativa internacional contra Fidel, justo después de su fallecimiento, consistió en una revancha del imperialismo contra él por negarse a capitular en el tema de la ideología.

Pero, ¿por qué —podrán preguntarse los medios interminablemente— la revolución cubana nunca suscribió el final de la ideología, como debía hacerse, según las ciencias políticas oficiales? En todos estos años, desde el 26 julio de 1953 hasta el 25 noviembre de 2016, Fidel vivió y murió tal como lo exigió a los demás: como un humilde revolucionario.

En el actual contexto histórico, tratar de impregnar la cultura política cubana de “neutralidad” acerca de la ideología, oposición a los “extremos”, “equidistancia” entre socialismo y capitalismo, etc., no constituye un desafío al dogmatismo de la izquierda tal como tratan de presentarlo.
El verdadero desafío es contra el socialismo y la ideología del marxista-leninista. En los años 1960, la teoría del Bell complacía a los círculos de gobernantes que deseaban preservar el statu quo. ¡Las élites estaban en el poder y no temían ser desalojadas por su propio capitalismo! El Final de la ideología y su crítica al capitalismo fue tan sólo un pretexto para criticar al socialismo. En 1968, en la Universidad McGill, esto constituyó el principal argumento de los profesores y administradores conservadores.

Aparentemente ellos no estaban ni a favor y en contra de ninguna ideología. “Todas las opciones políticas son bienvenidas”. Sin embargo, Bell fue aún más aceptado. Él se oponía, decían ellos, tanto al capitalismo como al socialismo. Sin embargo, quienes favorecían el statu quo del capitalismo se apoyaron en el final de la ideología.

Quienes se oponen a la ideología “extrema” de la izquierda fueron totalmente integrados a la ideología capitalista y ayudaron a elaborarla y a difundirla. El propósito del “Final de la ideología”, en los años 1960 y ahora en Cuba, es poner fin a las ideologías marxista-leninista y socialista.

martes, 1 de noviembre de 2016

Saber para comprender

Tomado de La Jiribilla, Revista de Cultura Cubana
Fragmento del Artículo: Cultura popular: laberintos de un concepto histórico.
Por Antonio Álvarez Pitaluga.

A contrapelo de varios países del continente americano, el proceso de integración nacional cubano fue tardío, pero muy sólido desde el inicio de la colonización europea (1510) hasta los albores del siglo XX. En la tercera década de ese siglo surgió el vanguardismo cubano. Uno de sus mejores aportes a la formación nacional fue el hecho de demostrar que la transculturación no solo era una realidad histórica, sino además un modelo cultural e interpretativo de la sociedad que las elites no siempre aceptaron desde el pensamiento y obras de muchos de sus intelectuales de entonces, cuyos orígenes se remontaban al sistema de plantaciones azucareras a fines del XVIII. En los principios hermenéuticos de la vanguardia isleña también hallamos el gran elemento diferenciador frente a otros movimientos vanguardistas internacionales: una rica imbricación cultural de altura continental.
La obra de Fernando Ortiz concede a la transculturación una centralidad única en la América Latina de la primera mitad del XX a la hora de explicar la existencia de una cultura cubana. Para proyectar ese modelo no fue preciso desmembrar de ningún modo los componentes de la identidad nacional; todo lo contrario, en la diversidad radicaba la unidad cultural de Cuba. Otros autores como el brasileño Gilberto Freyre y el cubano Alejo Carpentier vieron el mismo asunto desde otras perspectivas americanas.
Sin embargo, determinadas prácticas culturales de la contemporaneidad cubana pueden dañar esa composición, como pequeñas gotas que indefinida e insistentemente caen en una superficie hasta agrietarla. En la novela En el cielo con diamantes, de Senel Paz (2008), se hace un divertido recuento de cómo en los años iniciales de la Revolución en las escuelas al campo se pregonaba la crítica y la ruptura con las normas oficiales que la otrora burguesía republicana dictaba para sentarse a comer a la mesa. El desafío a la norma consistía en hacer lo contrario de modo descompuesto; no comer con cuchillos sino con cuchara, no masticar moderadamente sino eructar y así otras acciones más. Los refinamientos importados de la burguesía fueron eliminados por el cambio del 59, pero a la actuación antiburguesa se le adicionó una cuota de populismo colectivo que no siempre la benefició. Otras prácticas semejantes pueden ser encontradas en el decurso del tiempo histórico.
Por años y descuidadamente se ha identificado muchas veces lo popular con lo marginal. Programas musicales, informativos, de entrevistas y entretenimiento de la televisión han inducido la idea de que la actitud marginal es una conducta normal y popular, practicable, una moda en ascenso. En el cine y la literatura de fines de siglo e inicios del XXI también es posible hallarla. En el imaginario colectivo una frase puede resumir el hecho, “los inteligentes no están de moda”. El culpable de su ascensión fue o es todavía el Periodo Especial (crisis económica surgida en los años 90 del siglo pasado) y sus múltiples consecuencias sociales. Si bien oficialmente es rechazada por los medios de comunicación y el discurso público, su práctica oficiosa en los propios medios es una realidad de efectos sociales no siempre calculados. Esta paradoja semeja la imagen de un perro girando en círculo mordiéndose su cola.
Durante décadas y con énfasis en los últimos 25 años, en la Isla se ha ido construyendo una imagen de la cultura popular donde los antiguos marginados de la historia han sido sus principales protagonistas. Pero darles voz y lugar social no significa necesariamente que sus prácticas cotidianas sean bases únicas de la cultura popular, menos aún confundir su promoción con vulgarización.
En esa dirección se ha descuidado un tanto el sentido de la integralidad cultural. En el imaginario colectivo lo popular es hoy religiones de orígenes africanos, música bailable, barrios pobres, fiestas y ritos de los grupos tradicionalmente preteridos, modas o conductas de aliento informal. Se ha propiciado ―formal e informalmente― una cierta banalización de estas prácticas etiquetándolas como representativas de lo “popular” y a su vez distantes de otras, haciendo el juego de ese modo a las diferenciaciones culturales y por ende sociales.
En dicha mentalidad resulta difícil concebir, por ejemplo, que el protestantismo cubano es parte de la cultura popular, que la música de Leo Brouwer, el teatro de Carlos Díaz o el cine de Fernando Pérez pertenezcan a ella. No se trata de asumir o no estos ejemplos, entre otros muchos, a partir de la cantidad de público que son capaces de convocar o sus practicantes. No es una cuestión de aceptación o niveles cuantitativos y de consumo. Es más bien la capacidad de reflejar la sociedad con sus problemáticas y dinámicas.
Separar producciones culturales por niveles de consumo, gustos estéticos y cantidad de seguidores, es reproducir inconscientemente un modelo social divisor de grupos y sectores sociales. El resultado de lo anterior es una automarginación de grupos sociales atrincherados en dicho enfoque.
La universalidad de la cultura no es solo de alcance geográfico. Es también una cuestión social; de inclusión, no de separación, aunque esta sea no tradicional aduciendo que la cultura de las mayorías sí es la verdaderamente emblemática y no la de las minorías. A veces la historia no es como se quiere hacer ver, sino como es.
Una cultura popular que pregone fusiones y unidad aplicando métodos habituales, prodigando a unos o reduciendo a otros, terminará siendo una cultura a la antigua usanza; perderá progresivamente su condición de aglutinar, de ser universal y por ende nacional. De allí la vigencia del término aglutinador “color cubano”, que el Poeta Nacional Nicolás Guillén esgrimía a la hora de referirse a la cultura nacional como un todo y no fragmentada por colores, religiones, lugares de procedencia o cantidad de seguidores y practicantes.
Es preciso, además, tener en cuenta que la identidad puede ser marcada por el fenómeno anterior. Ella no es un concepto abstracto que se puede encapsular en un párrafo. Es un proceso vivo que se reinventa y define constantemente, pero no solo por una voluntad oficial. Se crea y recrea también en el pensamiento colectivo.
Por tanto, no es saludable asociarla desde o con posiciones de poder a ese modelo tradicional de cultura popular aspirando a los mismos objetivos de la Roma antigua. De hacerlo reproduciríamos la imagen identitaria de un pueblo amante solo de diversiones y placeres cotidianos, algo que rechazamos alegando, esencialmente, que es una imposición foránea. Parafraseando al historiador cubano Jorge Núñez, hay que evitar que la gloria mundana devore a la gloria épica.
La cultura popular deberá estructurarse desde un horizonte integral, sin predominio de simples expresiones populistas que desvirtúen la unidad o la multiculturalidad de una nación. Sus laberintos históricos han ser conocidos para llegar a la verdadera comprensión de sus usos. Necesita ser integradora y no disociadora, aunque para esto último sus motivos sean aparentemente nobles o necesarios. Las ciencias sociales son un instrumento intelectual de primera mano para hacer que el hombre común pueda comprender cuál es su lugar y papel en el diseño de su sociedad; no para aceptar cíclicamente su condición social, sino para integrarse armónicamente y situar la cultura popular en el verdadero entramado de una cultura nacional.
Notas:
1. Crepali, Gabriele (2007). Gran Atlas del Impresionismo. Italia, Milán, Editorial Mondadori Electa, p. 20.
2. Idem, p. 4.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Una reflexión necesaria sobre "Ser revolucionario en Cuba, hoy"

Tomado de Dialogar Dialogar.

SER REVOLUCIONARIO EN CUBA, HOY.
Por Enrique Ubieta Gómez


¿Qué significa ser revolucionario? Los estudiosos del marxismo saben que en sus orígenes, el partido socialdemócrata se fracturó: los reformistas, cada vez más alejados de las concepciones de Marx, se quedaron con el nombre y los revolucionarios crearon el partido comunista. La polémica “reforma vs. revolución” tiene una larga historia. Ahí están los textos de Lenin, de Rosa Luxemburgo, entre otros. Pero la definición o la opción revolucionaria, y su existencia práctica, no son exclusivas de un partido o de una clase social, aunque sí de una época. Porque los burgueses fueron revolucionarios en su momento. Y el movimiento anticolonial en la era del imperialismo tuvo por lo general un carácter revolucionario. José Martí creó el Partido Revolucionario para lograr la independencia de Cuba, y dicen que hablaba de la revolución necesaria que habría de iniciar una vez alcanzado el poder. Por eso, me gusta hacer referencia a la tradición cubana del término. Cintio Vitier, por ejemplo, asumiendo los riesgos reductores de cualquier agrupamiento, establece dos tendencias “espirituales” en el último tercio del siglo XIX: la revolucionaria (independentismo, modernismo literario, antievolucionismo) y la reformista (autonomismo, preceptismo literario, evolucionismo positivista). Lo cierto es que Revolución es Creación, salto sobre el abismo, o sobre el muro de la aparente imposibilidad –“seamos realistas, hagamos lo imposible”, decían los estudiantes parisinos del 68–, mirada de cóndor, pero es sobre todo una toma de partido “con los pobres de la Tierra”. Si tomamos a José Martí como modelo de revolucionario, observaremos en él tres características que se repiten en Fidel Castro:

1. Opción ética antes que teórica: se adopta una teoría para luchar contra la explotación, y no a la inversa. Es vocación de justicia social. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, escribía Martí. “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, acotaba Ernesto Che Guevara. “Es precisamente el hombre, el semejante, la redención de sus semejantes, lo que constituye el objetivo de los revolucionarios”–ha dicho Fidel. El poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton se burlaba de las posiciones esnobistas de la pequeña burguesía en estos versos:

Los que
en el mejor de los casos
quieren hacer la revolución
para la Historia para la lógica
para la ciencia y la naturaleza
para los libros del próximo año o el futuro
para ganar la discusión e incluso
para salir por fin en los diarios
y no simplemente
para eliminar el hambre
para eliminar la explotación de los explotados.

Hay revolucionarios que desconocen la teoría marxista. Y hay académicos marxistas muy conocedores de cada texto, de cada frase de Marx, que jamás han salido a la calle, que son incapaces de sentir, de vibrar, con el dolor o el júbilo ajenos, que no militan; esos académicos “marxistas” no son revolucionarios. Tampoco son continuadores de Marx. Uno de los resortes formadores y auspiciadores de una Revolución, es la solidaridad.

2. Radicalidad en la comprensión y en los actos; el revolucionario busca la raíz del problema, aún cuando no pueda extirparla de inmediato, aún cuando se equivoque al señalarla, y pasa rápidamente a la acción. A diferencia del reformista, no pretende mitigar el dolor o enmascararlo, sino eliminar la enfermedad.

3. El revolucionario es una persona de fe. No en el sentido religioso. Ninguna declaración mejor que la que hace Martí (otra vez Martí) a su hijo, en la dedicatoria del Ismaelillo: tengo, le dice, “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. Fe en el pueblo, en sus capacidades. El revolucionario entiende los límites aparentes de lo posible, y los trasgrede, porque cree en el pueblo. En esto también se diferencia el reformista, que por razones de clase desconfía o subestima al pueblo. Creer, no es extirpar la duda; los revolucionarios vivimos la angustia de la duda, que es la del conocimiento. Sin embargo, el cínico es contrarrevolucionario, aunque no lo sepa.

Algunos ideólogos de la contrarrevolución reducen la actitud revolucionaria al acto violento, al uso de las armas. Como si las revoluciones armadas no ocurrieran en respuesta a la violencia del poder burgués. Ser un radical –ir a las raíces–, no es optar por la violencia. En su afán por desideologizar hasta el mismísimo concepto de revolución, pretenden hacer pasar como acciones revolucionarias las revueltas violentas de los politiqueros de la seudo república, que querían hacer valer el poder personal. Ni siquiera los antimachadistas o antibatistianos eran necesariamente revolucionarios. Y contraponen el socialismo revolucionario al que llaman “democrático” (socialdemócrata), porque aquel no respeta el orden burgués. El socialismo no solo puede, sino que debe ser democrático, aunque no en el sentido que el sistema capitalista otorga al término. Debe y puede ser más participativo, más inclusivo, más solidario, más representativo. Debe y puede defender la individualidad, no el individualismo, porque el socialismo es el único camino capaz de transformar a las masas en colectivos de individuos.

Ciertas cualidades o virtudes éticas constituyen el fundamento o la base sobre la que se erige un revolucionario. Pero es una ética esencialmente política, social, no privada, que no puede vaciarse o desligarse de las contradicciones fundamentales de la época. No se es revolucionario con respecto a los intereses personales, sino de cara a la sociedad. Hay personas conservadoras –por razones biográficas, y quién sabe si hasta por razones genéticas–, que repelen los cambios bruscos, la incertidumbre de lo nuevo, que disfrutan el orden y la rutina. No son contrarrevolucionarias. En sus Palabras a los intelectuales (1961), Fidel Castro decía: “Nadie ha supuesto nunca que (…) todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Ser revolucionario es también una actitud ante la vida, ser revolucionario es también una actitud ante la realidad existente (…)”. Y agregaba más adelante: “Es posible que los hombres y las mujeres que tengan una actitud realmente revolucionaria ante la realidad no constituyan el sector mayoritario de la población; los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos todo el pueblo (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo; a contar, no sólo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos que aunque no sean revolucionarios, es decir, que aunque no tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con ella. La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.

Allí donde una Revolución ha triunfado, el adjetivo –que en el globalizado mundo del oficialismo burgués suele endilgarse como insulto–, se convierte en elogio. Una persona es trabajadora, “buena gente” y revolucionaria. La cotidianidad puede descontextualizar el sustrato rebelde y el significado político del término y reducir la condición del revolucionario a la honradez o a la decencia. A veces, puesto que la Revolución ha tomado el poder, se identifica con el buen comportamiento o la corrección. Decimos: “en el fondo él (ella) es revolucionario(a)”, como si dijéramos que, más allá de sus apariencias, “es una persona noble”. Y creemos que el niño o el joven “más revolucionario”, es el que “se porta bien”. De cierta forma, el calificativo se aburguesa. Esto parece casi inevitable, pero no lo es: una Revolución en el poder necesita establecer su “normalidad”, su gobernabilidad. Defenderse como poder político es la premisa de cualquier poder político, mucho más cuando se trata de un contrapoder acorralado por el Poder Global –que no solo acecha en el plano físico (material, militar), sino también en el espiritual, en el ámbito de la reproducción de valores–, y su normalidad es una “anormalidad” fuera de sus fronteras geográficas. Ser revolucionario es participar en la consolidación del gobierno revolucionario, establecer un frente común con ese gobierno, para defender cada conquista y establecer las nuevas metas, aún cuando los grados de participación en la determinación de esas metas son aún insuficientes o se ejercen de manera formal. La democracia socialista, esencialmente superior, tiene todavía un largo camino por recorrer. Ser revolucionario también es participar desde la crítica comprometida. Criticar no es enunciar un hecho cierto, es actuar sobre él, empujarlo hacia su solución. Lo que otorga veracidad y justeza a una crítica no es el hecho enunciado, es su sentido. Si se desideologiza la crítica, se deshuesa, y se falsean sus enunciados.

De manera imperceptible, ocurre un lento proceso de separación o destilación del contenido “rebelde” que toda actitud revolucionaria presupone. Esto no es bueno. Vienen entonces los que enarbolan la rebeldía y la contraponen al ser revolucionario –vieja aspiración de la subversión imperialista: promover la rebeldía antirrevolucionaria, lo que significa decir, que los rebeldes sean antirebeldes, que aspiren a ser “normales”, inconformes frente a la rebeldía y conformes frente a la enajenación global–, o en sus antípodas, aquellos que consideran que el ser rebelde es el verdadero ser revolucionario. Estos últimos pueden perder el sentido de orientación, porque la rebeldía a secas, habitualmente manipulada por el mercado capitalista, tiene una larga historia de convivencia y a veces de connivencia con el capitalismo. La rebeldía juvenil no es ni puede ser enemiga del espíritu revolucionario; ser revolucionario es la forma superior de ser rebelde. Sin la inconformidad que propicia la rebeldía y sin su disposición para romper moldes, normas, esquemas, es difícil ser revolucionario. Las universidades cubanas no pueden ser “de o para los revolucionarios”, son centros formadores; deben ser, eso sí, formadoras de revolucionarios. De sus aulas salieron Mella y Fidel. El capitalismo (la cultura del tener) intenta domar la rebeldía incentivando sus formas primarias: el desacato, la irreverencia; intenta aislar al rebelde, concentrarlo en sí mismo, explotar al máximo su expresión individualista, transformarlo en un cínico. El socialismo (la cultura del ser), pretende encauzar esa rebeldía hacia la acción transformadora, ponerle mayúsculas, hacerla partícipe de las causas más justas de su época.

Vivo en el barrio centrohabanero de Colón, y muchas personas en mi entorno deben enfrentar enemigos más concretos e inmediatos que el imperialismo norteamericano, al menos eso parece, cuando la corrupción, la burocracia, la doble moral, la insensibilidad, el “sálvese quien pueda” se imponen. Creo, como ellos, que ese es el enemigo principal. Pero no podemos confundir su nombre: se trata del capitalismo, de su capacidad para regenerarse dentro del socialismo, que no es más que un camino (no un lugar de llegada) hacia otro lugar, hacia otra esperanza o certeza de vida mejor. Si desvinculamos ese nombre de aquellas manifestaciones, o las enlazamos erróneamente al camino socialista que hemos emprendido, perdemos el rumbo. No podemos ser revolucionarios hoy, en este mundo globalizado, si no somos anticapitalistas, si no somos antiimperialistas. Si no sentimos como propios las conquistas, los peligros, las humillaciones, de otros pueblos. Si no defendemos la unidad de los revolucionarios cubanos y la de los pueblos latinoamericanos frente al imperialismo. No podemos ser revolucionarios si creemos que el mundo tiene el largo y el ancho de una calle, o de un barrio, o de un país. Si aceptamos los consensos que otros construyen, y no construimos los nuestros. Si vaciamos cada palabra de los contenidos de combate, porque de inmediato serán llenadas de otros contenidos, por aquellos que nos combaten.

Martí, Mella, Guiteras, el Che, Fidel, se parecen demasiado, para que nos inventemos ese asunto de las generaciones. No han dejado de ser jóvenes. Cambian las tareas, las coordenadas, pero no las actitudes, los principios, el horizonte al que siempre nos acercamos sin llegar. Por otra parte, nadie se hace revolucionario de una vez y para siempre. Hay que nacer como revolucionario cada mañana, cada día. Los papeles no están predestinados ni son inmutables: el héroe de 1868 pudo convertirse en traidor veinte años después; el indeciso de entonces, quizás empuñó las armas con dignidad en 1895; el guerrero valiente de la manigua pudo dejarse seducir por la corruptora política neocolonial; el enérgico antimachadista, desilusionarse de sus ideales de juventud o convertirse en un profesional de la violencia; el revolucionario de la Sierra o del Llano, acomodarse o enredarse en las redes del burocratismo; el escéptico de aquellos días, transformarse en un miliciano fervoroso, en un héroe cotidiano e invisible; el dirigente juvenil, acodado en el balcón de la buena conducta y los aplausos, convertirse en un repetidor de consignas vacías y el profesional rebelde, crecer como tal hasta hacerse revolucionario. Entre unos y otros, disfrazados, están los oportunistas, los “pragmáticos”, los cínicos de siempre. A todos los cerca la historia y, de sus actos múltiples, solo perdura el instante de eticidad fundadora que sostiene a la Patria: “ese sol del mundo moral” que ilumina y define a los seres humanos, según la frase que Cintio rescatara de José de la Luz y Caballero. Una Patria que es Humanidad, que no está en la “hierba que pisan nuestras plantas”, o en unas costumbres siempre en evolución, sino en un proyecto colectivo de justicia. Una Patria que aspira a fundirse con la Humanidad, y que mientras, defiende su espacio para fundar, para crear, para proteger la dignidad plena de sus hombres y mujeres.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Los verdaderos alternativos somos nosotros

Tomado de Granma
Por Iroel Sánchez

El gobierno de Estados Unidos organizó los días 12 y 13 de septiembre una Primera conferencia sobre la libertad en el uso de internet en Cuba, a cargo de su Oficina de Transmisiones hacia Cuba que opera las emisiones ilegales de radio y televisión contra nuestro país. Resulta una confirmación más de que dentro de su denominada nueva política hacia Cuba el uso de la Red de redes como herramienta de subversión lejos de disminuir se incrementa.
En los últimos años se ha venido construyendo un sistema de publicaciones en Internet, con financiamiento externo, destinadas a influir en sectores claves de nuestra sociedad para que operen al interior de nuestras instituciones como Caballos de Troya en función de los intereses norteameri­canos.
A esta labor de zapa se ha referido sistemáticamente el General de Ejército Raúl Castro. El primero de enero del 2014, en Santiago de Cuba afirmó:
 «En nuestro caso, como sucede en varias regiones del mundo, se perciben intentos de introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial, enfiladas contra las esencias mismas de la Revolución Socialista…»
Sobre el tema volvió en abril de este año en el 7mo. Congreso del PCC. Y más recientemente, en su mensaje por el 55 aniversario de la Uneac expresó:
«Hoy estamos doblemente amenazados en el campo de la cultura: por los proyectos subversivos que pretenden dividirnos y la oleada colonizadora global».
Analistas, periodistas e investigadores norteamericanos que nada tienen que ver con la Revolución Cubana coinciden con lo denunciado por Raúl:
John Lee Anderson: «Yo no soy oráculo ni sé lo que piensa Barack Obama, pero lo que se puede deducir es que desde la óptica de Washington, sienten que con este acercamiento el efecto norteamericano será arrollador para Cuba. El reto realmente es para Cuba, no para Estados Unidos, de cómo Cuba valora su integridad cultural».
Tracey Eaton: «Me parece muy interesante que Office of Cuba Broadcasting ha tomado un papel más activo dentro de la Isla, porque en el pasado muchos de sus reportajes dependían de reporteros de Miami. Ahora hay más reporteros en Cuba que reciben dinero de Radio Martí y algunos de los programas que realiza son parecidos a los de la USAID».
Abunda el dinero para imponernos la libertad de expresión a la carta, solo para sus empleados, y favorecer becas, viajes y medios de comunicación solo para quienes sirvan a sus intereses de dividirnos y enconarnos.
Convencidos de que la contrarrevolución tradicional solo le sirve para mantener contentos a los sectores más extremistas de la ultraderecha miamense vinculados al terrorismo, y de que estos continúan aislados de la sociedad cubana, los ideólogos imperiales han estructurado en Internet un abanico de proyectos que abarcan desde lo cultural y lo académico hasta el humor político, el periodismo sensacionalista, el comunitario y el literario. Todos coinciden en una base ideológica común: el ataque a las instituciones, las organizaciones sociales y de masas y sus líderes, así como la exhibición malsana de las carencias que la propia política estadounidense de bloqueo lleva más de cinco décadas ocasionando a nuestro pueblo.
Esos proyectos han venido a renovar la vieja propaganda contrarrevolucionaria en el nuevo escenario, con la «virtud» de poner nuevos rostros a la desgastada guerra sicológica contra Cuba. Algunos de los colaboradores llegan a argumentar su participación allí como parte de su realización profesional, al tiempo que reconocen recibir una remuneración que nuestras publicaciones no les pueden brindar.
Lo que resulta cierto es que allí no se puede decir todo lo que se piensa porque hay un encargo indirecto, como se preguntaba una joven periodista:
 «¿Se puede en ellos criticar las monarquías constitucionales que los sustentan, las dependencias coloniales que poseen en el Caribe y su participación como parte de la OTAN en guerras como las de Afganistán? ¿En otro que no es propiedad de poderosos gobiernos sino de un dueño que declaró “contraproducente” pedir la libertad de Los Cinco en un medio de comunicación de Miami, se puede hacer un reportaje de investigación sobre los graves problemas financieros que la agencia Reuters le sacó a la luz el pasado año? ¿O la única libertad posible allí es para denostar a esta Isla?».
Desde esos nuevos espacios se ha emprendido un ataque a fondo contra los periodistas cubanos, su organización gremial, la UPEC, y el Partido, pretendiendo utilizar como quinta columna una especie de aristocracia mediática dependiente económicamente de la estrategia norteamericana que ahora se disfraza de «nuevos medios».
Las instituciones cubanas tienen el derecho legítimo de adoptar las medidas correspondientes ante una práctica pe­riodística tendenciosa marcada por la superficialidad, la descontextualización y la inexactitud, que sirve a la guerra mediática y a los que aspiran a desmontar el socialismo en nuestro país.
El Estado revolucionario ha hecho y hará todo lo posible por incrementar la conectividad al servicio de los cubanos, es algo que ningún programa subversivo hará detener y seguirá siendo impulsado de manera decidida en la medida que los recursos disponibles lo permitan. Una prueba de ello es la crea­ción de la plataforma gratuita de blogs Reflejos, pero en cuanto se creó, los blogs cubanos dejaron de ser noticia para la maquinaria mediática hegemónica y surgió un nuevo producto: los «medios alternativos».
Por arte de magia lingüística, lo alternativo ha dejado de ser aquello donde escasea el dinero y se critica la ideología dominante (esa donde se sublima el mercado, y se promueven el american way of life y la cada vez más desgastada democracia representativa) para convertirse en la promoción de la restauración capitalista y el ataque marcado contra nuestro Partido y su papel dirigente de la sociedad cubana. Existen muchos medios alternativos y no son pocos los cubanos que participan en ellos: van desde televisoras como Telesur y RussiaToday, programas de radio por Internet en Miami hasta sitios como Rebelión y Cubain­for­mación, pero ninguno cuenta con apoyo de gobiernos miembros de la OTAN ni les llueve el dinero de ONGs vinculadas a Washington.
Tenemos conciencia de que nuestra prensa debe renovarse funcional y estructuralmente, y transitamos hacia ese propósito con el objetivo de servir mejor a nuestro pueblo en la construcción del socialismo por el que este decidió vencer o morir hace 11 lustros, no para entregarse a los oscuros intereses que quieren regresarnos al capitalismo. Como escribió el reconocido periodista y leal militante comunista Julio García Luis, quien nos dejó una obra de extraordinario valor:
«Creemos que puede haber una mejor alternativa cubana, socialista, revolucionaria y de mérito periodístico. Que sintetice y mantenga lo que deba ser conservado, y cambie lo que deba ser cambiado.
«Una alternativa que salvaguarde el papel político y clasista de nuestra prensa, la propiedad social en la que se sustenta, y el papel dirigente del Partido como fuerza de vanguardia de nuestra sociedad».
 La hazaña de construir una sociedad alternativa al capitalismo en las fauces del imperialismo más poderoso de la historia ha tenido y tendrá una prensa alternativa. Los verdaderos alternativos somos nosotros, los revolucionarios cubanos y quienes nos acompañan en esta lucha en todo el mundo, a los que Raúl nos pidió en el 7mo. Congreso del Partido fomentar en nuestro pueblo una cultura anticapitalista y antimperia­lista.

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