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miércoles, 26 de septiembre de 2012

EE.UU.: una foto de la democracia representativa.

Campaña electoral Mc Cain vs Obama, 2008.
Tomado de Tercera Información.

Por Néstor García Iturbe.

Ahora que se está hablando tanto de las elecciones en Estados Unidos, creo que vale la pena entrar en el análisis de unos datos que me remitió el Profesor Nelson P. Valdes, lo cual agradezco, pues me permite socializarlos con los receptores de El Heraldo y mostrarles la verdadera imagen de lo que algunos llaman “democracia representativa”.
 
El término da una idea de que es el sistema perfecto. Los que son elegidos realmente representen a la mayoría y los intereses de esta. Analicemos los datos que recibimos sobre las elecciones presidenciales del 2008, en el que el Premio Nobel de la Paz, resultó electo.
 
La población de Estados Unidos que se encontraba en edad de votar ascendía a 230 878 030, la población apta para votar totalizó 213 313 508. La cantidad de personas que ejerció el derecho al voto fueron 132 653 958, por lo que se abstuvieron de participar en el sufragio 80 659 550, el 37,8 por ciento de los aptos para votar.
 
Más de una tercera parte de los que podían votar decidieron no hacerlo. Ninguno de los dos candidatos les ofrecía confianza, ni esperaban que hiciera algo que valiera la pena por mejorar la situación en que se encontraban. En octubre del 2008, las estadísticas oficiales informaban que había un 6,5 por ciento de desempleo. La economía estaba presentando problemas.
 
Los votantes fueron, tal y como ya dijimos, 132 653 958, el 62,2 por ciento de total. Por Barack Obama votaron 66 882 230 personas, el 31,4 por ciento de las personas con derecho al voto.
 
Su oponente, John McCain, recibió 58 343 671 votos, el 27,3 por ciento de todos los que podían votar.
 
El señor Obama recibió las llaves de la Casa Blanca con menos de un tercio de los votos posibles. Es decir que no es democracia porque dejaron de votar el 37, 8 por ciento de los que podían vota y el proclamado vencedor, que ocupó la presidencia, solamente representaba el 31,4 por ciento de todos los que podían ejercer el derecho al voto, una minoría, por lo que tampoco pude llamársele representativa.
 
Si la abstención fue de esa magnitud en noviembre del 2008 y el porciento de desempleo de octubre del propio año era del 6,5 , pueden ustedes imaginarse lo que sucederá en noviembre del 2012 si en octubre el porciento de desempleo continúa por encima de 8 y la economía, como hasta el momento sigue presentando serios problemas.
 
Como siempre, el votante estadounidense toma su decisión el día de las elecciones en horas de la mañana. Borra toda la propaganda que le han metido en la cabeza, se mete la mano en el bolsillo y según lo que encuentre votará por uno u otro candidato.
 
Fuente: EL HERALDO CUBANO

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Es Estados Unidos una democracia?

Tomado de Tercera Información.

Por Vicenç Navarro.

Esta pregunta parece, a primera vista, una provocación, pero no lo es. En un momento como el actual con una extensa cobertura mediática de las elecciones a la Presidencia y al Congreso de EEUU, en la que aparece un debate vivo e intenso entre dos posturas distintas representadas por dos opciones claramente diferenciadas, el Partido Republicano y el Partido Demócrata, cuyos candidatos a la Presidencia del país han sido resultado de unas primarias, especialmente intensas en el caso del Partido Republicano, tal pregunta será interpretada por la sabiduría convencional que tales medios reproducen, como una “frivolidad” en el mejor de los casos, o como un indicador más del supuesto “antiamericanismo” que supuestamente caracteriza a las izquierdas europeas.

Puesto que tal acusación ya se ha hecho en más de una ocasión, me siento en la necesidad de aclarar que he vivido durante muchos años en EEUU y que me siento comprometido emotiva y políticamente con el bienestar de las clases populares de aquel país a las que he intentado servir durante mis años de trabajo en EEUU (desde las aulas de la academia hasta los despachos de la Casa Blanca), siendo mis críticas a las instituciones representativas de aquel país fruto de tal compromiso, pues comparto la percepción generalizada que tiene la mayoría de la población estadounidense de que tales instituciones representativas no representan en realidad sus intereses. El 85% (repito, el 85%) de la población estadounidense, por ejemplo, no considera que el Congreso de los EEUU represente sus intereses. Y cuando se les pide a quién creen que representa, la respuesta mayoritaría (el 82%) es la Corporate Class (los componentes de las élites empresariales de las grandes compañías o empresas del país).

La mayoría de la población lleva razón. Los debates de la vida política se hacen dentro de unos márgenes muy limitados definidos precisamente por tal Corporate Class, que es la que financia el proceso electoral y las campañas electorales de la gran mayoría de los políticos. Ni que decir tiene que existe diversidad en el abanico de propuestas hechas por los dos partidos mayoritarios –el Partido Republicano y el Partido Demócrata-, diversidad que es la que alimenta el debate político y mediático en el país. Pero tal diversidad está muy limitada debido a las fronteras ideológicas definidas por la Corporate Class. Existen miles de ejemplos de esta falta de diversidad. Por ejemplo, todas las ofertas de cambio en el sistema de sanidad, eminentemente privado (aunque financiado públicamente en un 48% de todo el gasto sanitario) no cuestionan el protagonismo de las compañías de seguro privadas en la gestión del sistema, y ello a pesar de que según las encuestas de opinión popular, una mayoría de ciudadanos en aquel país preferiría un sistema (como existe en Canadá) en que el papel de tales compañías sería muy inferior. En realidad, la aplicación del sistema canadiense en EEUU permitiría la extensión de la cobertura sanitaria a toda la población (medida deseada por la mayoría de la población) a un coste mucho menor que el actual de EEUU (que alcanza a ser un 16% del PIB). Tal posibilidad, sin embargo, ha sido descartada, incluso por el Presidente Obama. Las compañías de seguros privadas han financiado extensamente las campañas de todos los candidatos (tanto de los demócratas como de los republicanos) a la Presidencia de EEUU, impidiendo que tal alternativa sea incluso discutida. Y ello, repito, a pesar de su popularidad.

La baja calidad democrática de los sistemas mayoritarios. El sistema bilateral mayoritario, sin ningún sesgo de proporcionalidad, favorece esta captura de los partidos por los componentes de la Corporate Class. Es paradójico que EEUU, el prototipo del sistema electoral mayoritario sea tomado como ejemplo por algunas voces en España. El reciente artículo en El País “Una teoría de la clase política española” (14.09.12) proponiendo el sistema mayoritario muestra un claro desconocimiento de su autor, César Molinas, de la realidad política estadounidense, el sistema mayoritario “por excelencia”. En realidad las graves limitaciones que existen en la democracia española se basan precisamente en la escasa proporcionalidad de su sistema electoral. El protagonismo de la vida política y mediática del país por parte de dos opciones mayoritarias (favorecido por tal sistema electoral) en España ha empobrecido enormemente la vida política del país, facilitando, a su vez, su adaptación (cuando no coaptación) a los poderes financieros y económicos dominantes en España. No es extraño, por cierto, que los movimientos a favor de cambios profundos en sus sistemas democráticos –como el Occupy Wall Street y el 15M- hayan ocurrido en dos de los países con menor proporcionalidad en su sistema político (EEUU y España).

La privatización del sistema electoral. El otro problema de la democracia estadounidense es la privatización del sistema electoral. Las elecciones son financiadas predominantemente por fondos privados provenientes en su gran mayoría de las grandes empresas y de los grupos fácticos que donan su dinero con el objetivo (exitoso) de influenciar a aquellos que reciben el dinero. La gran mayoría de fondos que financian a los candidatos (incluyendo a Barack Obama en las últimas elecciones presidenciales y en las presentes) procedían y proceden de grandes empresas o asociaciones comerciales o profesionales.

Esta situación ha alcanzado su máxima dimensión con la aprobación por parte del Tribunal Supremo de EEUU, de una sentencia, en el caso Citizens United vs Federal Electoral Commission, permitiendo que las empresas pudieran dar tanto dinero como quisieran a los candidatos políticos a fin de influenciar las elecciones y/o las decisiones políticas. Estas empresas pueden, incluso, ser extranjeras. Hemos visto así como el Instituto Americano del Petróleo (IAP), el portavoz de las compañías petrolíferas, se ha gastado 7.3 millones de dólares para oponerse (exitosamente) a cualquier legislación federal que previniera el calentamiento ambiental, resultado de la utilización de petróleo. Uno de los dirigentes más activos ha sido Tofiq Al-Gabsani, el representante de las empresas petrolíferas basadas en Arabia Saudí, hoy uno de los mayores financiadores del candidato republicano Romney.

La participación activa del IAP en la financiación del Partido Republicano fue la causa de que el 86% de los nuevos miembros republicanos en las últimas elecciones al Congreso de EEUU firmaran un manifiesto, redactado por IAP, en el que se comprometían a oponerse a cualquier tipo de legislación que regulara el comportamiento de la industria petrolífera para prevenir el cambio climático. El IAP ha negado que el obvio cambio climático tenga nada que ver con la utilización del petróleo, financiando estudios de nula credibilidad científica que supuestamente muestran que tal cambio climático se deba a causas naturales (ver Lee Fang “How Citizens United unleashed millions in secretive spending by US and foreign firms”. The Nation. 27.08.12).

Otro ejemplo es la Asociación de la Industria Farmacéutica, que ha gastado 10 millones de dólares para evitar (exitosamente) que el gobierno federal sea el que defina el precio de los fármacos que éste compra, con lo cual el precio de tales fármacos los dicta la propia industria farmacéutica en lugar del gobierno federal. EEUU es el único país que no utiliza su enorme poder de compra de fármacos para dictar los precios de los productos farmacéuticos que compra. Tiene que comprarlos al precio marcado por la industria.

¿En qué se gasta el dinero? Esta cantidad de dinero se utiliza sobre todo para comprar tiempo televisivo y radiofónico, abierto al mejor pagador sin ninguna regulación en la distribución de tal espacio. Y el contenido de los anuncios políticos, cuyo número y tiempo de exposición depende del dinero del candidato político, tampoco tiene ningún tipo de regulación. Un anuncio puede mentir descaradamente –como lo hacen los candidatos Romney y Ryan- sobre sus adversarios políticos sin que haya ninguna capacidad de respuesta, excepto comprando otro anuncio que lo rebata. El que tiene menos fondos puede aparecer y rebatir menos. De ahí que el objetivo de Romney sea conseguir varias veces más dinero que el candidato Obama, hoy Presidente, pues está seguro (y lleva razón en sus predicciones) que con tal abundancia de fondos puede derrotarlo. Y estos fondos proceden, de nuevo, en su gran mayoría de la Corporate Class. Como ha reconocido nada menos que el Senador Republicano John McCain, candidato republicano a la presidencia de EEUU en 2008, “las elecciones en EEUU son un juego de poder en el que ambos partidos políticos –el Republicano y el Demócrata- compiten para permanecer en sus cargos, vendiendo el país al mejor postor” (citado en Bill Moyers, Money in Politics: where is the outrage?). ¿Es esto una democracia? Imagínense que esto ocurriera en Venezuela. El follón que se armaría en los medios sería enorme. Ocurre en EEUU, y tales medios dedican horas y horas a lo que llaman proceso democrático en aquel país, sin cuestionar, ni una sola vez, si es, en realidad, un proceso democrático.

***Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University.

viernes, 11 de mayo de 2012

Las dos caras de la moneda andan por las ramas.

Tomado de Granma.
Por Ramón Sánchez-Parodi Montoto (*)

Las elecciones del 2012 en Estados Unidos


Candidatos: Mitt Romney y Barack Obama
En su artículo del 2 de noviembre de 1889 a "La Nación" de Buenos Aires, donde enjuiciaba el Congreso Internacional de Washington, José Martí sentenciaba que sus opiniones surgían "después de ver con ojos judiciales, los antecedentes, causas y factores" de la convocatoria a dicha conferencia. Siguiendo ese postulado martiano, podemos señalar que en lo esencial, en el proceso eleccionario presidencial en Estados Unidos no hay diferencias sustanciales entre los candidatos de una y otra agrupaciones de los poderes fácticos (la elite) que encabezan la plutocracia (predominio de los ricos en el gobierno del país) norteamericana.

El actual proceso de elecciones presidenciales en Estados Unidos está signado por dos circunstancias que le confieren ribetes históricos: la más profunda crisis del mundo capitalista desde la II Guerra Mundial y la intervención prácticamente irrestricta del capital billonario de Estados Unidos en el financiamiento de las elecciones, que al privatizarlo le imprime un sello de competencia mediática a la mecánica electoral y lo convierte en el espectáculo electoral más costoso del mundo.

Los discursos y la retórica electoral de Obama y de Romney prefieren soslayar los fundamentos de la crisis, achacar los problemas del aumento de la pobreza y las desigualdades a la mala intención de elementos externos e internos y prometer la reinstauración del liderazgo universal de Estados Unidos, contradiciendo las evidencias del desarrollo histórico durante el último medio siglo.

El "demócrata" Obama se guía por una concepción filosófica ecléctica, pretende conciliar a todas las facciones y a todos los intereses, manteniendo el predominio del gran capital. Representa aquel sector del capitalismo norteamericano que considera posible llegar a soluciones mediante la intervención estatal, sobre la base de un eventual acuerdo "bipartidista" de los demócratas y republicanos, que mediante las elecciones se reparten el poder gubernamental en Estados Unidos.

El "republicano" Romney, por su parte, es el portavoz de otro poderoso sector que ofrece resolver los problemas del país incrementando el papel directo del capital privado, junto con la reducción o eliminación total del papel del gobierno federal. Es decir, privatizar y privatizar y que cada cual se las arregle como pueda. Por eso, el subconsciente lo traiciona cuando llegó a decir el 1ro. de febrero de este año que a él "no le preocupan los muy pobres". La fórmula de Romney es sencilla: dejar que el estado reparta las migajas a los pobres y que el gran capital tenga rienda suelta para operar.

En realidad, ni uno ni otro van a la raíz de los problemas; andan por las ramas.

En cuanto a los problemas financieros, se han agudizado las situaciones relativas a la deuda oficial de Estados Unidos, cuyo techo o límite fue incrementado en 400 mil millones de dólares mediante la Ley de Control del Presupuesto del 2011 aprobada por el Congreso el 31 de julio y firmada por Obama el 2 de agosto, después de una traumática confrontación entre el presidente Obama y los elementos republicanos que dominan la Cámara de Representantes. El acuerdo incluía la formación de un Supercomité de representantes y senadores por cada partido que debía encontrar formas de reducción del déficit presupuestario antes del 21 de noviembre del 2011. Al llegar ese día, el Supercomité anunció que no le era posible llegar a un acuerdo.

En tándem con la deuda oficial federal, marcha el persistente déficit de los gastos gubernamentales, en toda la cadena de gobierno. El ítem presupuestario de mayor trascendencia para la población, especialmente entre la llamada "clase media" y las que le siguen en menores ingresos, hasta llegar a los muy pobres que no le preocupan a Romney (en este último grupo se ubica aproximadamente uno de cada seis estadounidenses), se refiere a los programas gubernamentales de asistencia social: atención a la salud, educación pública, seguro contra el desempleo. Estos temas son los que dividen a los llamados "conservadores fiscales" de los moderados o liberales y constituyen uno de los más relevantes temas de la campaña electoral. En este aspecto se reflejan con fuerza los criterios de si la acción oficial sobre estos programas deben ser ampliados (posición de los moderados y liberales) o colocados bajo la atención de las entidades privadas, tal como demandan con insistencia los elementos conservadores, por ejemplo, los agrupados en el llamado Tea Party.

De máxima atención entre estos programas está el referido a la atención a la salud. Los republicanos y conservadores han centrado sus ataques contra la reforma de los programas de salud que Obama logró fuese aprobada por el Congreso, luego de un campal enfrentamiento y múltiples tran-sacciones con diferentes fuerzas, donde Obama aceptó ir reduciendo el alcance de la propuesta en cuanto a su universalidad (es decir, el garantizar la cobertura a toda la población, especialmente la de menores ingresos). La confrontación acerca de la reforma del sistema de salud (que los republicanos y conservadores han bautizado como "Obamacare") fue el detonante del surgimiento del movimiento Tea Party y de la soberana paliza política propinada al Partido Demócrata en las elecciones de mitad de mandato de noviembre del 2010.

Los analistas políticos norteamericanos consideran que la cuestión de la salud puede ser un elemento determinante en el resultado electoral final, sobre todo si el recurso de inconstitucionalidad presentado contra la ley que lo reformó y que hoy está siendo valorado por la Corte Suprema de Estados Unidos es sentenciado con lugar, ya que este resultado sería desastroso para las aspiraciones de reelección de Obama. No obstante, hay evidencias de que la Corte prefiere aplazar su decisión hasta después de las elecciones de noviembre, precisamente para evitar una actuación judicial con implicaciones directas fundamentales para el curso político del país.

En este panorama, tal como se demostró durante las primarias, la política impositiva (los impuestos) será muy llevada y traída en el debate electoral. Los campos están suficientemente delineados: los republicanos defienden el criterio de bajar la carga impositiva a las grandes empresas y a los más ricos para que esos recursos puedan ser empleados por el sector privado directamente en inversiones que reaviven la economía; los demócratas de Obama insisten en la idea de que hay que incrementar los impuestos a las corporaciones y a los ricos (junto con la reducción de gastos presupuestarios) para que esos fondos puedan ser empleados para reducir el déficit fiscal, el endeudamiento oficial y garantizar los programas de asistencia social.

Para Obama (que tiene que defender su actuación como presidente) es de vital importancia que durante los próximos seis meses no haya un repunte del desempleo, pero ello está realmente fuera de sus manos, ya que depende del comportamiento de la economía mundial. Por ahora, las acciones del gobierno de Obama indican que el principal esfuerzo para controlar la situación está concentrado en evitar, al menos hasta las elecciones, un desplome del euro.

El mayor peligro para las aspiraciones reeleccionistas de Obama en estos momentos reside en los resultados de las elecciones en Grecia y Francia, especialmente en el primero de ellos, porque la posibilidad de que un nuevo gobierno griego demande una renegociación de los términos de austeridad fijados en el acuerdo de rescate financiero, puede llevar al desmantelamiento de toda la estructura financiera creada para apuntalar el euro y repercutir en desacelerar la economía de Estados Unidos. Por su parte, Romney hará del de-sempleo uno de sus caballos de batalla contra Obama.

Romney también concentrará sus ataques contra Obama en responsabilizarlo con la lenta e insuficiente recuperación de la economía y, sobre todo, en acusar al actual presidente por malgastar el dinero federal en los programas de rescate a los bancos y algunas industrias. Aquí Obama tiene un elemento que tratará de usar en su favor: la oposición de Romney al plan, hasta cierto punto exitoso, de rescate de la industria automotriz, sector muy importante en Michigan, uno de la docena de estados que se disputan fieramente ambos candidatos.

Hay otro grupo de asuntos de carácter social y cultural muy enraizados en las concepciones de los conservadores fundamentalistas (el movimiento Tea Party, los evangélicos blancos, los católicos): la oposición al aborto y a la legalización de la unión entre homosexuales. Estos son temas muy complejos, ya que por una parte son defendidos por estos grupos ultraconservadores, pero por la otra pueden obligar a Romney a girar más hacia la derecha en esos temas y alienarse el favor de elementos más moderados, especialmente los no afiliados a ningún partido, que resultan decisivos en la elección.
El tema de la política hacia los inmigrantes tiene igual connotación, pero quizás de mayor peso electoral presidencial, ya que son temas de mucha sensibilidad en algunos estados con un alto porcentaje de población de origen latino, particularmente mexicano, tales como Nuevo México, Colorado, Arizona y Nevada, todos ellos del reducido grupo que pudieran ser ganados por uno u otro candidato y que, al final, pudieran ser decisivos en cuál de los dos llega o sobrepasa los 270 votos electorales.

Finalmente, en esta apretada síntesis, una breve referencia a los temas internacionales. Paradójicamente, esta es un área considerada por el equipo de campaña de Obama como uno de sus puntos más fuertes, ya que en las pasadas elecciones del 2008 fue su punto más débil. Se hace evidente que Obama está tratando de lograr un bajo nivel de agudización de los conflictos, al menos por el momento, pero con un discurso donde se resalta la decisión de mantener el liderazgo global de Estados Unidos, en consonancia con las bases enunciadas en su Estrategia de Seguridad Nacional dada a conocer en mayo del 2010. En esta área, Romney se encuentra a la riposta.

(*) Fue Jefe de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington entre 1977 y 1989 y Viceministro de Relaciones Exteriores

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