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sábado, 28 de julio de 2018

En el corazón de la Revolución: las doctrinas del Maestro

Fidel presentado en el Vivac Municipal de Santiago, el 1ro de agosto de 1953. Foto: Archivo Granma
Tomado de Granma
Por 
Pensar en las acciones del 26 de Julio de 1953 en Santiago de Cuba y Bayamo, volver a vivir los hechos junto a Fidel y la Generación del Centenario es también, inevitablemente, volver a Martí. Fidel nos enseñó que gracias a la obra y la luz que nos legó el Maestro, se fraguaron las acciones del Moncada y con ellas, se encendió el motor pequeño que dio fuerzas al motor grande de la Revolución que nos ha traído hasta aquí.

miércoles, 8 de marzo de 2017

¿Se cumplió el Programa del Moncada? Un acercamiento a los programas sociales de la Revolución en la década de 1960

Resultado de imagen de el Programa del Moncada
Tomado de Pensar en Cuba.
Por José Gabriel Martínez Rodríguez.

En la mayor parte de los artículos y ensayos relacionados con el tema se profundiza en la planificación de las acciones, sus resultados y la trascendencia que tuvo en el mediano plazo para el proceso insurreccional que sacudió el país y condujo al triunfo de enero de 1959. En medio de estos, emerge una arista sumamente importante de la gesta moncadista: su programa –dado a conocer por Fidel Castro, líder del grupo, durante el juicio celebrado en septiembre de 1953, y publicado clandestinamente pocos meses después, bajo el título de La historia me absolverá–, que se convertiría en expresión máxima de la importancia que desde su nacimiento como movimiento, los jóvenes asaltantes le conferían al componente social dentro el desarrollo de la nación, así como en una guía esencial del actuar del gobierno revolucionario una vez ocupado el poder. En torno a la materialización de las aspiraciones contenidas en dicho programa gira el objetivo central de este artículo, que además propone un repaso de las principales políticas sociales instrumentadas por el gobierno revolucionario durante en los primeros años para darle cumplimiento.

lunes, 1 de agosto de 2016

El Moncada, cambio en el orden social y económico

Tomado de Editorial Capitán San Luis
Por Marta de la A. Rojas.

El asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, y de su antesala territorial, el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, no fue concebido y realizado solo para revertir a un gobierno de facto que había asumido el poder mediante un artero golpe de estado militar un año antes. No se trataba de un “quítate tu para ponerme yo”, ni siquiera representaba solo el justo castigo por haber interrumpido la gestión de otro gobierno legalmente electo  por sufragio universal, o sea de forma constitucional, aunque se caracterizara por el robo a los fondos públicos y cualquier tipo inimaginable de corrupción desde el poder.
La heroica acción dirigida por el joven abogado Fidel Castro, perteneciente entonces al ala más radical del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), fue concebido con la voluntad de restablecer, sí, el orden constitucional, pero consecuente con un cambio radical en la vida social y económica en Cuba.
El propio Fidel se referiría  a esa necesidad impostergable en el año en que se celebraba el centenario del nacimiento de José Martí y la república cumplía cincuenta de su tormentoso advenimiento, derrotado el colonialismo español luego de más de cuatro siglos.
De ahí que la primera ley revolucionaria del programa del Moncada –entre seis fundamentales--, que debían ser proclamadas tan pronto el regimiento del Moncada cayera sorpresivamente (según el plan trazado) en manos de los revolucionarios, sería devolver la verdadera soberanía a Cuba. Con ello se proclamaba como válida, de inicio, la Constitución del 40, sustituida alevosamente por unos Estatutos Constitucionales que decretó el artero golpe de Estado Militar del general Fulgencio Batista y demás militares, ejecutado la madrugada del 10 de marzo de 1952, en el campamento de Columbia, sede entonces del Estado Mayor del Ejército y hoy Ciudad Escolar .
La concepción del programa revolucionario del Moncada iba a hacer valer de inmediato la Constitución del 40 (una de las más adelantadas de América) cabalmente, no solo en su letra, ya que los artículos básicos de esta, resultaban “virtuales”, en sus capítulos básicos, porque la Carta Magna precisaba de leyes complementarias para su articulado se hiciera valer y entre los más notables estaba la “erradicación del latifundio”, la cual no aparecía en la agenda de ningún partido político representado en la Cámara de Representantes o el Senado de la República.
El programa del Moncada, por la cual lucharon y cayeron decenas de jóvenes, en casi su totalidad vilmente asesinados (se registra históricamente que solo seis murieron en combate) victimas  de horribles torturas, planteaba como premisa irreversible: La Reforma Agraria, la Reforma Integral de la Enseñanza y la Nacionalización del Trust eléctrico y del Trust telefónico, para comenzar.
Obviamente el primer enunciado era crucial, pues eliminaba el latifundio. En el sumario de la Causa 37 por los hechos del 26 de julio de 1953, quedaron recogidas para la historia esas leyes y otras consideraciones básicas del programa revolucionario por el cual luchaban los protagonistas de la acción:
El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el de la vivienda, la batalla definitiva contra el desempleo; el problema entonces tan precario de la salud del pueblo y la educación, dada la magnitud del analfabetismo, entre otros, sería expresados por el propio doctor Fidel Castro en su calidad de acusado y acusador en el proceso del juicio del Moncada. Aunque obviamente fueron desconocidos de inmediato por la nación, en virtud de la censura de prensa establecida por el régimen devenido tiranía, desde el día 26 de Julio, horas después del asalto.
Con un retrato verbal Fidel denunció cómo “en Oriente, la provincia más ancha de la isla, las tierras de la United Fruit Company y la West Indians, solamente, unían la costa norte con la costa sur”.
Tanto la acción del Moncada, como la lucha ininterrumpida que siguió a esta, con el proceso de organización de la expedición del Granma, el desembarco de los expedicionarios y el ascenso a la Sierra Maestra, constituido el Ejército Rebelde del 26 de Julio, se ciñeron al programa social y económico del Moncada. Nunca ninguno de esos pasos heroicos fue obra de improvisación, ni de determinación única de derrocar la tiranía, aunque ello era una necesidad indispensable, sino de pasos enrumbados a cumplir el programa. Hoy diríamos con Fidel que a “cambiar todo lo que debe ser cambiado”.
Nada escapó a las ideas fundamentales que requería un gobierno revolucionario. La Historia me Absolverá, documento movilizador, aunque un año después, publicado y distribuido clandestinamente, deja constancia de cómo nada fundamental faltaba al programa revolucionario:
Ni la necesidad de barcos mercantes. Ni la necesidad de proyectar el turismo como fuente de riqueza, por ejemplo. En cuanto al turismo, que podría parecer a las nuevas generaciones un asunto actual, debe recordarse que tan pronto triunfó la Revolución. Esta creó el INIT (Instituto de la Industria Turística). Por cierto fue el abogado de oficio en el juicio del Moncada, doctor Baudilio Castellanos, compañero de Fidel en las luchas estudiantiles, el primer director, conjuntamente con el comandante del Moncada y el Granma, Jesús Montané y Fidel al frente del equipoel Presidente.
Tampoco el fomento de las cooperativas de agricultura para la utilización común de equipos desde tractores a frigoríficos; dirección profesional y técnica en el cultivo y otras especificaciones, estuvieron ausentes de la proyección revolucionaria en el programa proclamado por Fidel, así como otras medidas sobre la participación de los obreros en fábricas, sin exceptuar los centrales azucareros.
Todo ello requería de educación y cultura, de ahí que el programa de la enseñanza, después de la Reforma Agraria, sería privilegiado por la Revolución y el pueblo, desde los adolescentes a los más experimentados profesores, con la Campaña de Alfabetización, la cual no se interrumpió ni ante la invasión mercenaria de Playa Girón, cuya victoria fue fulminante y subrayó el carácter socialista de la Revolución, aceptado con los fusiles en alto por las milicias revolucionarios artífices de la victoria,  antes de partir hacia la batalla.

sábado, 30 de julio de 2016

LA HORA CERO PARA PEDRO TRIGO

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Tomado de La Calle, Revista de la Gente
Por Rosana Zamora

Cuesta creer que esos muchachos atacantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en 1953, promediaban su edad entre los 20 y 30 años, la mayoría, y es que en la época republicana, la madurez, delatada en las fotografías que hoy nos llegan de esos jóvenes, respondía al ambiente hostil imperante en la Isla.
Pedro Trigo se contaba entre los más nuevos, quizás por eso aún recuerda con exquisito detalle nombres y apellidos de sus compañeros, calles de Santiago de Cuba y La Habana, y horas y minutos de los encuentros que sobrevinieron después de conocer a Fidel en uno de los encuentros de los integrantes del Partido Ortodoxo en 1952.
“Me había parado a denunciar cómo Carlos Prío Socarrás no solo había intervenido miles de kilómetros de tierra en Calabazar para conformar lo que sería la finca del Rocío, sino que había desalojado, sin previo mandamiento judicial, a más de seis campesinos con sus familias. Recuerdo que uno de esos hombres había trabajado más de 18 años como arrendatario.
“Cuando me bajo de la tribuna, un joven fuerte, alto y corpulento me agarra por el brazo y me pregunta: “¿Todo eso que usted ha dicho es cierto?”
Lo primero que atinó a pensar Pedro era que se trataba de un policía, no obstante, ratificó su exposición. Cuál no sería la sorpresa al escuchar la presentación de aquel mozo, que casi siempre vestía de traje: “Yo soy el doctor Fidel Castro y me has dado una gran idea. ¿Qué te parece si buscamos todas las pruebas y yo como abogado hago la denuncia ante el Tribunal de Cuentas y reivindicamos la memoria de Eduardo Chivás?”
“Para mí aquel planteamiento fue extraordinario, refiere Trigo, y cooperé con Fidel buscando todos los datos, hasta retratábamos a los soldados del Ejército que iban a realizar labores agrícolas a favor de Carlos Prío”.
En los “trajines” andaban Fidel y Trigo para llevar el caso a la justicia cuando les sorprende el cuartelazo militar del 10 de marzo de 1952, protagonizado por Fulgencio Batista. Como no pocos jóvenes de la capital, los de Calabazar marcharon hacia la Universidad de La Habana “porque nos dijeron que ahí habría armas”. Pero en ese marzo de 1952, no hubo una respuesta satisfactoria ante el atropello del que sería uno de los presidentes más tiránicos de Cuba.
Poco tiempo después, miembros del Partido Ortodoxo, en un estado prácticamente desarticulado, se reuniría en la playa de Guanabo.
“Fidel me dice: Trigo, ¿no te parece que ha llegado el momento de ir a la creación de un movimiento verdaderamente revolucionario, un movimiento que esté integrado por campesinos, obreros y aquellos intelectuales que estén en disposición de empuñar las armas?
“Porque fíjate, me decía Fidel, vamos a hacer un movimiento que no solo derroque a la dictadura sino que vamos a ir a las raíces de los males que padece nuestra seudorrepública… Así hablaba Fidel siendo joven ¿quién no lo seguía, dime?”
¿QUÉ SÉ TRAÍA ENTRE MANOS FIDEL?
Luego de aquella reunión, coincidentemente entre los jóvenes se extendió la idea de accionar a través de las armas, como mismo había entrado Batista, así mismo lo sacarían.
“A mi cargo estuvo la conformación de una célula en Calabazar”, dice Pedro Trigo. Otras células insurreccionales surgirían en La Habana; Artemisa; Colón, en la provincia de Matanzas, dirigido por Mario Muñoz Monroy; y otra en Santiago de Cuba, de la cual era responsable Pedro Celestino Aguilera; hasta llegar a aunar a cerca de mil doscientos compañeros en todo el país.
“Capté a Florentino Fernández León por orden de Fidel, explica Trigo. Era un sargento sanitario del Hospital Militar de Columbia y él usualmente compraba a los soldados los uniformes militares para los campesinos que trabajaban en la finca de su suegro. Los soldados vendían las prendas porque el salario era muy bajo. Para mí Florentino es un ejemplo de revolucionario, con él adquirimos la casi totalidad de los uniformes, y la pistola Luger que Fidel Castro utilizó en el Moncada se la regaló ese sargento.
“Recuerdo que para el uniforme de Fidel pasamos trabajo. La talla mayor no le servía, solo la manga de la camisa le quedaba por el codo. Y Fidel seguía preguntándonos a Abel Santamaría y a mí si nos parecía que tenía aspecto de militar. Abel y yo asentíamos, como es natural. Pero yo  me preguntaba qué se traía entre manos Fidel”.
Para resolver el asunto, Aidé Santamaría y Elena Rodríguez Rey fueron a una tienda de la calle Muralla y compraron unas telas similares a las de los uniformes de los soldados del Ejército. En la casa de Melba, en Jobellar 107, se montó un taller de confecciones y allí se hicieron los uniformes de talla mayor para Fidel, Abel, Boris y otros compañeros que los necesitaban.
LA HORA CERO
El 24 de julio de 1953, sobre las cinco de la tarde, Fidel da la orden de salir para Santiago de Cuba, y específicamente a Pedro Trigo le dice: “No vayas por tu casa que a lo mejor te reblandeces con tu hijo”. Trigo cogió un bus que lo llevaría hasta la calle Z número 8 en Santiago de Cuba y de ahí para la Granjita Siboney.
“Cuando entro por el fondo, la primera impresión que recibí fue la presencia de la mujer cubana, ahí estaban Melba Hernández y Aidé Santamaría, que nos inspiraron todavía más valor.
“No fue hasta ese entonces que nos fuimos enterando dónde sería la acción, porque el movimiento se caracterizó por la discreción y la compartimentación”.
Entre las figuras más impactantes de la gesta del Moncada se encontraba Abel Santamaría, usted que lo conoció ¿qué me diría?
Tuve un momento con Abel antes de marchar hacia la acción que me hizo reflexionar: “Piensa lo peor, me dice Abel, que perezcamos en las acciones. De todas formas ganamos, porque en el centenario del nacimiento de José Martí demostramos la vigencia de su pensamiento”.
Así pensaba Abel Santamaría, horas antes de haber sido prisionero y ser torturado y asesinado salvajemente, como hicieron con mi hermano Julio Trigo, y con otros muchos compañeros.
¿Entonces el asalto ha sido una victoria desde el primer momento para usted?
Fuimos a la acción inspirados en la posibilidad de iniciar una Revolución como la que hemos creado hasta hoy. Así que sí, y Fidel lo sabe, mientras que esto (se señala la cabeza) no me falle, estaré al lado de la Revolución.

martes, 17 de mayo de 2016

Pensamiento Social en Cuba. Una mirada desde la memoria

Tomado de Pensar en Cuba
Por Pedro Pablo Rodríguez.

Bajo el indudable predominio del marxismo hubo en la isla una verdadera revolución de las ideas sustentada en un devorador afán por atrapar la mayor cantidad de conocimientos posibles. La filosofía a lo largo de su historia y particularmente los sistemas modernos y los pensadores del siglo XX atrajeron notablemente; la ética y la estética provocaron a más de uno; las teorías sociológicas fueron atendidas desde los fundadores de la disciplina hasta las escuelas de los años cincuenta; la psicología social ganó adeptos; las teorías económicas se divulgaron y debatieron ampliamente; y la historia ganó muchos interesados, especialmente la de Cuba desde 1790 hacia adelante.

Una observación inicial.

Este se trata de un terreno apenas examinado. He tenido que contener la tentación de ahondar en cada aspecto, de polemizar explícitamente con algunos y de ofrecer el estudio monográfico que el tema amerita. Escribo en medio de muchas obligaciones, estimulado y presionado a la vez por una fecha de entrega, con la esperanza de echar un granito de arena, desde mi estricta visión personal,  a lo que ojalá se convierta en uno de los grandes temas del pensamiento social cubano actual, necesitado de reflexionar sobre sí mismo. Pedro Pablo Rodríguez.

1.    La época revolucionaria.

Fue un tiempo de acelerados cambios sociales que, en poco más de dos años, echó por la borda las estructuras económicas y gran parte de las sociales sobre las que se asentaban la dominación imperialista de Estados Unidos sobre Cuba y la hegemonía de la burguesía dependiente cubana. Para 1961 habían desaparecido las propiedades estadounidenses mediante su nacionalización al igual que la gran propiedad burguesa insular, buena parte de la tierra se había entregado al campesino productor y aparecían grandes unidades agrícolas en forma de granjas estatales y de cooperativas campesinas. El mercado estadounidense se había cerrado completamente, y las viviendas se habían entregado a sus residentes. Desde principios de 1959 se habían eliminado el ejército y demás aparatos represivos tradicionales, y también los partidos políticos vinculados al sistema de dominación.

    Desapareció el ejercicio privado de la enseñanza, se trabajó en una reforma universitaria y educacional modernizadora, que eliminó en 1961 la alta tasa de analfabetismo. Se ampliaron significativamente los servicios de salud  y el país tuvo que dedicar enormes recursos para afrontar la hostilidad del gobierno estadounidense, que incluyó desde la ruptura de relaciones diplomáticas hasta las agresiones armadas como el desembarco por Playa Girón en abril de ese mismo año y que avanzaba hasta el bloqueo económico total. Cuba fue aislada de su natural entorno latinoamericano y sólo México mantuvo sus relaciones diplomáticas con la Isla.

   De hecho, pues, la nación toda se transformaba a ritmo velocísimo: el Estado asumía nuevos roles, las masas irrumpieron protagónicamente, la conciencia social se revolucionaba por días. En unos treinta meses el país ya era otro y debía pelear duramente para sobrevivir al mismo tiempo que se reorganizaba en todos los órdenes. Por todo eso, y por mucho más que no hay tiempo para referir, la Revolución Cubana fue desde entonces un fenómeno de cambio social de una profundidad asombrosa e inesperada quien sabe si hasta para sus propios actores, y se convirtió en uno de los más destacados procesos que transformaron ese decenio a escala universal.

   Los años sesenta, se ha dicho a menudo, fueron una época de crisis de la cultura de dominación burguesa. La liberación nacional se extendió por África y Asia, mientras que Latinoamérica pasó por un auge de la secular voluntad de transformaciones populares, especialmente a través de las luchas guerrilleras, asunto hoy lamentablemente subvalorado y apenas estudiado. El sistema mundial burgués atravesó por un muy serio cuestionamiento de sus valores y paradigmas hasta en los llamados países centrales, y muchos aspectos de las relaciones sociales cotidianas, incluidas numerosas expresiones de la psicología social, los hábitos y las costumbres fueron puestos en solfa, al punto que amplias masas y sectores sociales expresaron disgusto y rechazo a todo lo que les significara el orden burgués establecido.

   Con grandes esfuerzos, el sistema de dominación mundial logró recomponerse desde los años ochenta a pesar de las largas y encadenadas crisis económicas de los decenios finiseculares y pasó a la ofensiva neoliberal. No se produjo la revolución mundial pregonada y deseada por muchos, mas, indudablemente, hubo cambios notables de mentalidades, de estilos de vida, de sensibilidades, de cultura. Y, reitero, la Revolución  Cubana estuvo en el epicentro de esos cambios.

2.    La búsqueda de un pensamiento propio

La brusquedad de las transformaciones revolucionarias cubanas obligó a la dirección revolucionaria, urgida además por el propio desenvolvimiento del proceso histórico-social, a implementar con suma rapidez no solo una ideología capaz de legitimar esos cambios, sino también a algo más complicado: darle a esas transformaciones una apoyatura teórica y conceptual que explicase tanto lo que se iba haciendo en la práctica social como que, de algún modo, permitiese trazar objetivos a mediano y a largo plazo, y que, sobre todo, diese un fundamento a la práctica y a esos objetivos. Se trataba, nada más y nada menos, que de pensar la Revolución desde y como parte de su misma marcha.

     A mi juicio, esa fue de una de las aventuras más extraordinarias del pensamiento social contemporáneo: someter a crítica la sociedad y la cultura burguesas en sus variedades sociológicas (tanto para los países hegemónicos como para los subordinados) en medio del propio proceso de demolición de ambas dentro de Cuba, y, a la vez, ir construyendo una nueva cultura y una nueva sociedad que, con toda probabilidad, no tenía otra manera de llamarse que socialismo, dadas las experiencias universales previas y la propia lógica anticapitalista.

   Para hacerse de su teoría, la Revolución Cubana tenía enseñanzas nacionales como la frustrada y entonces todavía reciente Revolución del ´30, buena parte de cuyos hacedores y pensadores aún se mantenían activos, algunos de los cuales habían participado en la lucha contra la tiranía batistiana. Además, se disponía, sobre todo, de una poderosa línea del pensar nacionalista y de liberación que venía desde los tiempos de la formación nacional durante las luchas anticoloniales, sistematizada en uno de los símbolos de la nación que es José Martí. Su amplio y profundo ideario antimperialista, de liberación nacional para Cuba, de unidad latinoamericana, y de una ética humanista y de servicio social y patriótico, más el abanico de la diversidad de miradas teóricas aportadas por la variopinta de los grupos revolucionarios del ´30 —que van desde el marxismo hasta el reformismo burgués modernizador, pasando por otras corrientes socialistas y el anarquismo— entregaron una poderosa matriz de nacionalismo revolucionario y antimperialista que marcó —de diferentes maneras, pero dejando siempre su impronta crítica acerca de la república plattista—, a los múltiples proyectos de renovación de la sociedad cubana tras el aplastamiento de las fuerzas revolucionarias en 1935, al punto de que la opción socialista no quedó circunscrita meramente al partido que se autocalificó como marxista-leninista y que fue miembro de la III Internacional hasta la disolución de esta organización inspirada por la Unión Soviética.

   También estaban a mano  las experiencias reformistas y revolucionarias latinoamericanas del siglo xx, en particular las revoluciones mexicana, guatemalteca y boliviana, junto al desarrollo de las ideas en la región, enrumbadas desde los años treinta y cuarenta por la crítica a los modelos dependientes tradicionales.

   La Revolución llegó al poder en 1959 con un país que mayoritariamente portaba un rechazo a la dependencia azucarera y al latifundio, con una voluntad de buscar la diversificación productiva y de mercados, y un ansia de industrialización, además de una conciencia social escandalizada por la miseria del campesino sin tierras y por el inocultable crecimiento de la marginalización urbana, con sectores obreros de amplia experiencia sindical que habían obtenido muchas reivindicaciones y de elevada conciencia clasista. De hecho, de muy distintas formas, tendía a predominar en la conciencia social una actitud crítica hacia puntos clave de las estructuras de la sociedad, combinada con una elevada dosis de sentimientos nacionalistas.

   Todo eso explica el rápido y radical desenvolvimiento de la Revolución Cubana entre 1959 y 1960, y el acelerón por el que atravesó el pensamiento social insular en aquel momento. Por entonces tuvo lugar crecientemente un intenso debate en la prensa, en la cátedra y en muchas instituciones acerca del marxismo, las ideas y la práctica del socialismo en la URSS y Europa oriental y una vuelta al pensamiento cubano del siglo xix.

   El marxismo fue, pues, la teoría asumida y se convirtió en la ideología de la Revolución. Durante un tiempo relativamente breve hubo una tendencia a masificar su conocimiento para justificar a través suyo el rumbo socialista que tomaba el país. Las escuelas de Instrucción Revolucionaria popularizaron el marxismo soviético, aunque los primeros cursos se siguieron por el manual del francés Georges Politzer. Luego quedó más circunscrito al ámbito universitario y académico donde también con suma rapidez se produjo el desplazamiento de los manuales soviéticos en su enseñanza por la entrada de los marxistas europeos, asiáticos y latinoamericanos. En menos de dos años, tras los manuales, en Cuba se comenzó a estudiar desde los textos de Marx, Engels y Lenin hasta Plejanov, Kautski y los bolcheviques como Bujarin y Trostki; fueron descubiertos Gramsci, Lucácks, la Escuela de Frankfurt; se manejaba a los marxistas europeos contemporáneos, incluyendo los que intentaban renovarlo en la URSS. Se leía lo mismo a Stalin que a Mao Ze Dong y Ho Chi Minh; Mariátegui entusiasmaba, al igual que  los líderes revolucionarios de nuestra América y de África.

Bajo el indudable predominio del marxismo hubo en la isla una verdadera revolución de las ideas sustentada en un devorador afán por atrapar la mayor cantidad de conocimientos posibles. La filosofía a lo largo de su historia y particularmente los sistemas modernos y los pensadores del siglo xx atrajeron notablemente; la ética y la estética provocaron a más de uno; las teorías sociológicas fueron atendidas desde los fundadores de la disciplina hasta las escuelas de los años cincuenta; la psicología social ganó adeptos; las teorías económicas se divulgaron y debatieron ampliamente; y la historia ganó muchos interesados, especialmente la de Cuba desde 1790 hacia adelante.  

   Fue como una vorágine de intereses de una amplitud desmedida en la que participaron con pleno gozo muchas personas de edad avanzada y madura, y una  gran cantidad de jóvenes con pretensiones intelectuales. No solo los impulsos de la marcha de la Revolución explican ese fenómeno; también se prestigiaba la función del intelectual, y hasta la del artista, a pesar de los prejuicios contra ambos provenientes de la sociedad anterior subdesarrollada y dependiente, pero que se hicieron sentir hasta mucho después en ciertas filas de la dirigencia revolucionaria.

   Sin embargo, la fiebre revolucionaria, transformadora en todos los órdenes, tendía a remover obstáculos. Fue común que el mundo artístico se sumara al estudio y a la expresión del pensamiento social: cineastas, escritores, actores, músicos, pintores participaron de las discusiones de aquellos años con lucidez y sinceridad, y a plena conciencia expresaron aquel aprendizaje en sus creaciones.

  El debate de ideas fue intenso, a veces duro. Durante los dos primeros años de Revolución no dejó de haberlo con quienes sostenían la ideología de la dependencia y el anticomunismo de la guerra fría. También ocurrió entre los sectores y los exponentes de la Revolución. El mismo Fidel Castro, más de una vez, manifestó en público sus discrepancias con el modelo del socialismo soviético, y Ernesto Che Guevara promovió y sostuvo un riquísimo debate teórico acerca de la conformación económica del socialismo que pronto derivó hacia la propia naturaleza y carácter del nuevo régimen social.

   El primer decenio de Revolución transcurrió en medio de un debate universal, muy fuerte especialmente en Latinoamérica, acerca de las maneras de llegar al poder por parte de las fuerzas revolucionarias simplificadas desde entonces en el choque entre los partidarios del foco guerrillero y los de la lucha de masas. Y se extendió hacia la manera de entender el socialismo: si este era un simple cambio en la propiedad de las fuerzas productivas o si se trataba de toda una renovación cultural, de conciencia y de formas de existencia.

   Quizás hoy se pueda comprender mejor que no solo se manifestaba la necesidad de  un cambio del estilo y de ciertas concepciones de hacer política en y parael socialismo, con un indudable e importante matiz generacional, sino que se buscaba responder casi que intuitivamente a los factores que ya indicaban una crisis estructural de las prácticas del socialismo en la URSS y en Europa oriental, como decían algunos pocos y avizoró pioneramente Che Guevara.

    Esas polémicas, a primera vista de franco sabor político y quizás hasta doctrinario, estimulaban al pensamiento social en su conjunto porque éste entregaba argumentos a los contendientes. Los años sesenta fueron un decenio sumamente aportador para las disciplinas sociales particulares a escala planetaria por la cantidad de viejos problemas que se afrontaban y la enormidad en cantidad y complejidad de los nuevos que surgieron entonces desde regiones –lo que comenzaba a ser llamado Tercer Mundo–  hasta entonces forzadamente alejadas del intercambio de ideas. El capitalismo, de cierto modo a la defensiva, tuvo que pulir y refinar sus mecanismos de dominación y desde entonces concedió  cada vez más creciente importancia al control de la conciencia de los dominados, y perfeccionó su cultura de la dominación mediante el poder mediático. Surgieron nuevas disciplinas y especialidades de lo social y se comenzó a comprender que esta realidad no era cognoscible ni, mucho menos, transformable, si no había una mirada abarcadora e integradora de los procesos sociales. Mas los debates dentro de la Revolución Cubana en los sesenta apuntaban ya hacia ese camino en virtud de ese afán de valerse de todos los instrumentos y de sostener una concepción totalizadora de lo social como la expresada por Carlos Marx. Quienes lo vivimos y nos formamos entonces quizás tuvimos la mejor enseñanza de lo que solía decirse con la equívoca frase de la unidad entre teoría y práctica.

   Ese pensamiento social cubano partió de Cuba en función de Cuba, pero, al mismo tiempo, tuvo plena conciencia de que era de y para el mundo, o, mejor, para la revolución contra el capitalismo. Probablemente esa inclinación, seguida a plena voluntad por sus tantos expositores, permitió su supervivencia en el mundo intelectual cubano a pesar de la desaparición de varias de sus instituciones y órganos de expresión más representativos en los años setenta, cuando se implantó el modelo soviético de organización económica y política, y particularmente en la educación. Pero esa es otra historia, más allá de los límites temporales que me he impuesto. Baste, por ahora, asegurar que el pensamiento social cubano avanzó muchísimo en los sesenta para expresar con originalidad y autoctonía, y por eso ha constituido una sólida base para pensar y trabajar por un socialismo de raíz nacional en medio de las adversidades por la hegemonía del capitalismo y del dominio unipolar de Estados Unidos, el rival imperial de la nación cubana.

miércoles, 24 de junio de 2015

“Fidel entró en vida en el Panteón de los libertadores latinoamericanos”.

Max Lesnik, director de Radio Miami
Max Lesnik, director de Radio Miami
Tomado de AlMayadeen.
Por Salim Lamrani.

Conversaciones con Max Lesnik 1/4.

Nacido en 1930 en Cuba, en el pequeño pueblo de Vueltas, de un padre judío polaco que huyó de la persecución antisemita de su país y de una madre cubana, Max Lesnik se involucró tempranamente, a los 15 años de edad, en la militancia política. Frecuentaba las filas del Partido Ortodoxo que fundó Eduardo Chibás, uno de los padres espirituales de la Revolución Cubana, símbolo de la lucha contra la corrupción gubernamental, y rápidamente se convirtió en el secretario nacional de la Juventud Ortodoxa en los años 1950. Max Lesnik adquirió fama en todo el país y trabó amistad con Fidel Castro, a quien conoció en la Universidad de La Habana. Fidel militaba también en el Partido Ortodoxo y hasta presentó su candidatura a las elecciones de 1952 para el Congreso de la República antes de que el golpe de Estado de Fulgencio Batista pusiera término a la legalidad constitucional. Lesnik, como muchos jóvenes cubanos, se sublevó contra la dictadura militar de Batista, apoyada por Estados Unidos y formó parte de la dirección del Segundo Frente del Escambray, dirigido por Eloy Gutiérrez Menoyo en la actividad del trabajo ideológico, político y propagandístico.

jueves, 14 de agosto de 2014

Decir Fidel es...



Tomado de Visiones de Cuba.
Por Félix Manuel Calvo Araújo.

Decir Fidel es pensar en pruebas, adversidades y victorias. Su nombre ha entrado a la historia mundial por haber convertido en potencia moral a un pequeño país de apenas 110 922 kilómetros cuadrados. Mencionar su nombre es pensar en voluntad férrea, en carácter indoblegable e inteligencia profunda; su defensa de los países en desarrollo, lo han hecho líder de los humildes, de los que añoran y creen en que un mundo mejor, de paz, sí es posible.

Decir Fidel es decir Cuba, Martí, Moncada, Sierra Maestra, Revolución. Su mayor reto es estar vivo y haber desafiado a la muerte en 667 oportunidades, cifra idéntica a los intentos de atentados “conocidos”, planificados por el imperialismo para intentar desaparecer al hombre, desconociendo que “las ideas no se matan”. Nuestros enemigos históricos han ayudado a convertirlo en leyenda, desde aquel día en que en la Sierra, frente a un bohío destruido por bombas “Made in USA”, le hicieron jurar que los yanquis pagarían por lo que habían hecho. La vida le ha dado la razón a sus 88 años.

Fidel le pertenece a cada país saqueado, agredido, a cada niño con hambre, pero con esperanza en un futuro diferente; Fidel es nuestro, de todos, incluso de quienes siendo sus enemigos, le admiran y enaltecen. “Fidel, ve del otro lado de la esquina, Fidel escucha la hierba crecer”; Fidel es su pueblo rebelde, estoico y creador. Su humildad y sencillez, únicas e inequívocas virtudes sinónimos de grandeza pura y real, que le llevan a creer, como Martí, que la gloria toda, cabe en un grano de maíz.

Fidel para los cubanos y cubanas se ha convertido en un estado del alma, parte intrínseca de quienes pertenecemos al bando de los dignos. Su altura de hombre de ideas, padre, constructor de pueblos, impulsan el sol junto a otro Comandante solar y volcánico, “que sintió como sienten las entrañas de la tierra, la inmensidad continental y lo alto de las montañas”, Chávez, su amigo, hijo, hermano… que a su lado lucha y luchará mientras haya un hombre y una mujer de bien, enfrentados a quienes pretenden cubrir a la América nuestra, de miseria en nombre de la libertad.

Fidel ha sabido, tan grande como el Turquino, hacer realidad la frase martiana allí anclada para la eternidad: “Escaso como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación y humanidad”. Fidel ha sabido alzarse y mirar desde una altura que le ha permitido desde el presente “acudir al futuro y regresar para contárnoslo”. Él, Martí y todos los héroes y heroínas de una Revolución victoriosa a pesar de los pesares, iluminarán nuestro camino de tierra irredenta hasta la victoria siempre.

domingo, 27 de julio de 2014

La Revolución Cubana en 2014



Tomado de TeleSur
Por Adalberto Santana.

El 26 de julio de 2014 se cumplen 61 años del asalto al cuartel Moncada, hecho histórico que tuvo lugar en la ciudad oriental de Santiago de Cuba. Ese acontecimiento transcendental dejó una huella imborrable para la historia, tanto del país caribeño como para gran parte de América Latina y el Caribe. Hace más de seis décadas un grupo de 131 jóvenes se dispuso a barrer de la historia a una sangrienta dictadura como la de Fulgencio Batista (1940-1944 y 1952-1958) que había dejado una estela de terror y muerte. En enero de aquel año de 1953, se cumplía el centenario del natalicio del prócer cubano, José Martí. Sus ideas habían nutrido ideológicamente las acciones de los jóvenes combatientes que asaltaron el Moncada.

En la madrugada de aquel día el ataque armado encabezado por tres grupos tenía como objetivo tomar por sorpresa la fortaleza militar y los dos edificios contiguos al cuartel (el Hospital Civil y el Palacio de Justicia). La toma de esos puntos estratégicos estaban dirigidos por tres jóvenes rebeldes cubanos: Fidel y Raúl Castro Ruz y Abel Santamaría.

En los comienzos del decenio de los cincuenta, era una época que en buena parte de los países de América Central y el Caribe dominaban las sangrientas dictaduras militares apoyadas por la Casa Blanca. Precisamente lo que el ex presidente dominicano Juan Bosch, tituló en uno de sus libros: Póker de espanto en el Caribe. En esos años el escenario latinoamericano palidecía con dictaduras como la de los Somoza (1937-1979) en Nicaragua; Carlos Castillo Armas (1954-1957) en Guatemala; Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961) en República Dominicana; Paul Maglorie (1950-1956) y la de los Duvalier, padre e hijo (1957-1986) en Haití; Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) en Colombia; Alfredo Stroessner (1954-1989) en Paraguay y Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) en Venezuela.

El asalto al cuartel Moncada operativamente tuvo muchos errores y fue desde la perspectiva insurreccional un fracaso. Políticamente la derrota militar se convirtió en un gran triunfo político. Los hermanos Castro y otros dirigentes fueron reprimidos y llevados a prisión, otros combatientes del asalto al Moncada murieron en los combates y otros más fueron asesinados por la dictadura. Durante la defensa que hizo el joven abogado Fidel Castro en el juicio que le hizo la dictadura, había argumentado que el autor intelectual del asalto al Moncada era José Martí.

Así, el intento por tomar el Moncada, se convirtió en una gran victoria ya que legitimó una lucha que finalmente triunfó el primero de enero de 1959, precisamente cuando las columnas del Ejército Rebelde dirigido por el Movimiento 26 de Julio entraron a La Habana para tomar el poder y extirpar a la dictadura.

Seis décadas después, el escenario latinoamericano y caribeño es otro. En los tiempos actuales ya no predominan las dictaduras militares. En la región se desarrolla la lucha electoral y buena parte de los gobiernos muestran el arribo de distintas fuerzas de la izquierda latinoamericana.

Durante muchos años la Revolución Cubana estuvo sola en el paisaje político latinoamericano. Eran escasos los gobiernos que podían y querían expresar abiertamente su simpatía, amistad y solidaridad con Cuba. La sombra de Washington se hacía presente. De hecho, el bloqueo económico del imperialismo estadounidense no ha cesado. Sin embargo, hoy Cuba y su revolución se encuentran acompañadas por otros procesos democráticos y revolucionarios que han triunfado en nuestra América.

En la segunda década del siglo XXI América Latina y el Caribe, es un espacio mucho más alentador y prometedor de lo que era la situación hace más de 60 años. En los momentos actuales Cuba esta acompañada por una gama de gobiernos progresistas. Gran parte de los países del Caribe, Centro y Sudamérica han sido modificados por la emergencia de nuevas fuerzas políticas que configuran la capacidad organizativa y el avance de las izquierdas latinoamericanas. La sombra de Washington cada vez es más reducida y su peso es relativo.

La mejor expresión del avance de las fuerzas democráticas y progresistas muestra un panorama donde los gobiernos de Argentina con Cristina Fernández de Kirchner; Brasil con Dilma Rousseff; Bolivia con Evo Morales; Chile con Michelle Bachelet; Costa Rica con Luis Guillermo Solís; Ecuador con Rafael Correa; El Salvador con Salvador Sánchez Cerén; Nicaragua con Daniel Ortega; República Dominicana con Danilo Medina Sánchez; Surinam con Desiré Delano Bouterse; Uruguay con José Mújica y Venezuela con Nicolás Maduro, han generado una inercia mucho más progresista que apunta, sin duda, al fortalecimiento del socialismo cubano. De igual manera es deseable que en un futuro no lejano, finalmente el gobierno estadounidense se vea obligado a levantar el criminal bloqueo económico.

La situación que prevalece en el mundo con el fortalecimiento de economías emergentes como la del grupo de los BRICS y la región de América Latina y el Caribe, hacen ver un nuevo escenario en el que Cuba cada vez se integra más al desarrollo global y genera políticas de integración más dinámicas e incluyentes.

Finalmente, podemos mencionar que el fortalecimiento de las relaciones de Cuba con otras potencias emergentes como Rusia y la República Popular China, apuntan en estos comienzos del siglo XXI a generan nuevas inercias como las que señaló el presidente chino Xi Jiping en su reciente visita a la isla, en el sentido de que: "Los dos países avanzan de la mano en el camino de la construcción del socialismo con características propias, se prestan apoyo recíproco en los temas relativos a sus respectivos intereses vitales y mantienen una estrecha colaboración en el manejo de las cuestiones internacionales y regionales de trascendencia".

Traza martiana en el pensamiento y la acción del Moncada

José Martí y el Moncada
Tomado de Juventud Rebelde
Por Frank Agüero Gómez

"Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos"
Fidel Castro.
 
Ernesto Ocaña, fotógrafo del Diario de Cuba, dormía en su casa cuando lo despertó el intenso tiroteo. Se vistió y fue al periódico  de Santiago de Cuba para el cual trabajaba. Allí supo que la balacera se producía en el cuartel Moncada. Con otros dos colegas llegaron al escenario  alrededor de las siete de la mañana y aún se escuchaban disparos. Comenzó a fotografiar las primeras imágenes de cadáveres con uniformes militares a la entrada del cuartel, pero la cámara le fue quitada por los uniformados.  No pudo rescatar ninguna de las fotos que tomó el 26 de julio de 1953.

Seis días después, el primero de agosto, Fidel Castro fue hecho prisionero junto a otros compañeros que intentaban internarse en las montañas para continuar la lucha armada. El jefe revolucionario salvó su vida gracias al gesto honorable del teniente Pedro Sarría Tartabull. Fue conducido al Vivac de Santiago de Cuba. Ocaña estaba allí y tomó fotos de los detenidos, entre otros: Juan Almeida, Armando Mestre y Oscar Alcalde. En una de ellas, captó la mirada adusta de Fidel y detrás, en una pared  de la oficina donde estaba siendo interrogado, un retrato del Apóstol José  Martí.

Ni Ocaña ni los captores del líder revolucionario imaginaron  que esa gráfica se convertiría en un símbolo vigente seis décadas después, fruto de una casual coincidencia que identificó al  hasta entonces poco conocido jefe de los audaces combatientes con el autor intelectual de aquel frustrado intento de tomar el cielo por sorpresa.

Sí sabían  los más de un centenar y medio de combatientes, escogidos entre los 1 200 jóvenes reclutados y entrenados secretamente durante meses, que la acción proyectada (sin revelarles cuándo ni dónde) no sería un golpe de Estado como  el del 10 de marzo, encabezado por el dictador Fulgencio Batista, ni una  batalla entre pandillas como las que enseñorearon el ambiente político en las épocas de los expresidentes Grau y Prío.

UNA IDEOLOGÍA FUNDADA EN EL PATRIOTISMO

Se trataba, esta vez, de un movimiento armado revolucionario contra la dictadura militar impuesta por Batista, que proclamaba su ideario en las reivindicaciones populares del programa cívico de la Ortodoxia fundada por Eduardo R.Chibás, con principios asentados en la ideología del Apóstol de la independencia, José Martí, y en las esencias  marxistas-leninistas que nutrían el pensamiento de los principales jefes de la acción.

Lo curioso es que por mucho que se hurgase en el Programa del Moncada, a realizar después de obtener el triunfo popular, contenido en la autodefensa conocida por La Historia me Absolverá, y en  los manifiestos anteriores y posteriores al 26 de julio, no se encontrarían en esos textos palabras ni conceptos de la retórica marxista, ni mención a los creadores de esa ideología, aunque los análisis de la situación histórica parecieran salidos del método científico y la pluma de los amigos alemanes autores del Manifiesto Comunista.

En cambio, la traza de los móviles políticos e ideológicos que atrajeron al sacrificio supremo por la Patria a tantos valiosos jóvenes, la mayoría de procedencia muy humilde, conduce al ejemplo y pensamiento del hombre que más influyó en la historia de Cuba desde finales del siglo XIX, intelectual y político íntegro cuyo nombre sabían desde muy pequeños casi todos los cubanos: José Martí y Pérez.

Fidel Castro ha insistido en  que él no tuvo necesidad de convencer a nadie para que participara en aquellas acciones, pues de las conversaciones  que sostuvo con cada uno, brotaba espontáneamente el ideario inculcado por la vida consecuente  de Martí y el odio a la tiranía que usurpaba el poder de la nación, precisamente cuando se conmemoraba el Centenario del Apóstol.

Si algo había sembrado la semilla de la rebeldía ante la tiranía y la disposición  a entregar la vida cuando el honor lo exigiera, era precisamente el patriotismo emanado del ejemplo de aquel hijo de españoles que, desde adolescente, sufrió por amor a su tierra y a su pueblo, y enseñó la legitimidad de hacer la guerra para conquistar la independencia, predicando la unión y el amor entre todos los cubanos, el respeto a la dignidad de los humanos, sin importar razas, sexos ni nacionalidades.

“Los que reanudamos el 26 de julio de 1953 la lucha por la independencia, iniciada el 10 de octubre de 1868 precisamente cuando se cumplían cien años del nacimiento de Martí, de él habíamos recibido, por encima de todo, los principios éticos sin los cuales no puede siquiera concebirse una revolución.

“De él recibimos igualmente su inspirador patriotismo y un concepto tan alto del honor y de la dignidad humana como nadie en el mundo podría habernos enseñado”, expresó Fidel.

Explicaba el Comandante en Jefe de la Revolución al teólogo Frei Beto: “Frases fabulosas, como aquella cuando afirma: “ni al golpe del látigo, ni a la voz del insulto, ni al rumor de mis cadenas, he aprendido todavía a odiar; dejadme que os desprecie, ya que no puedo odiar a nadie.” A lo largo de su vida, Martí predicó la lucha por la independencia, por la liberación, pero no predicó el odio al español”

Así lo enseñó también a sus continuadores.

En el Manifiesto del Moncada a la Nación, que debía ser leído en una popular estación de radio santiaguera una vez tomado el Cuartel Moncada, se expresan con singular elocuencia las razones que llevaron a los jóvenes al sacrificio por la Patria, frente a la quietud de los partidos políticos tradicionales y las flagrantes violaciones de la dictadura a los derechos constitucionales.

Con pluma del poeta del grupo, Raúl Gómez García, por indicación  de Fidel, y conocimiento exacto del pensamiento de los jefes principales de la acción, los combatientes se proclamaban  “Juventud del Centenario, pináculo histórico de la Revolución Cubana, época de sacrificio y de grandeza martiana.”

Inspirado evidentemente en el Manifiesto de Montecristi, suscrito en tierras dominicanas por el Apóstol y Máximo Gómez antes de partir a la Guerra Necesaria, la proclama de los moncadistas explicaba en forma resumida las razones, principios y programa de la lucha que se iniciaba en los cuarteles orientales de Santiago de Cuba y Bayamo.

El  texto declaraba: “En la vergüenza de los hombres de Cuba está el triunfo de la revolución cubana: la revolución de Céspedes, de Agramonte, de Maceo y de Martí, de Mella y de Guiteras, de Trejo y de Chibás. La revolución que no ha triunfado todavía. Por la dignidad y el decoro de los hombres, esta revolución triunfará.”

El extraordinario documento no fue radiado para evitar la frustración de la opinión pública, toda vez que el cuartel no pudo ser tomado y el llamamiento podía justificar una masacre de los militares con la población santiaguera. Sería conocido con mayor amplitud después de la salida de prisión de Fidel.

En el citado Manifiesto suscriben : “La  Revolución declara que reconoce y se orienta en los ideales de Martí, contenidos en sus discursos, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano y en el Manifiesto de Montecristi…”    

Durante el juicio  por la Causa 37 no hubo un solo combatiente que negase su participación en las acciones, como había sido acordado entre ellos en breves contactos en las galeras en la cárcel provincial de Boniato. Se exceptuaban  aquellos contra los cuales la fiscalía carecía de evidencias físicas sobre su vínculo con el grupo.

Con sus propias palabras, todos los acusados confesaron su filiación martiana al concepto de Patria, y la convicción de que ella requería del sacrificio personal para lavar la afrenta de la sangrienta dictadura, la cual dejó en claro su grado extremo de criminalidad en el alto número de revolucionarios asesinados, en el cuartel Moncada y en los alrededores de la ciudad cuando fueron capturados durante el repliegue.

LA PALABRA Y LOS PRINCIPIOS

En la persona de Fidel quisieron ensañarse, primero llenándole de adjetivos soltados en contactos con la prensa; luego, tratando de eliminarlo físicamente para evitar llegara vivo al Vivac; más tarde,  intentando suministrarle veneno en las raciones del rancho mientras permaneció en espera del juicio.

Era  propósito del dictador y sus genízaros evitar que el jefe máximo de la acción, aislado durante dos meses de sus compañeros,  pudiera presentarse al juicio donde asumió su propia defensa. Ya conocían y temían el verbo duro y explícito que desharía todas las patrañas que contra él y sus compañeros se encargaron de propagar, además de la viril denuncia que seguramente haría sobre los crímenes del 26, 27, 28 y 29 de julio  conocidas por testimonios e informaciones que pudo reunir.

La astucia del jefe revolucionario en combinación con sus dos compañeras prisioneras Melba y  Haydeé logró burlar la vigilancia de la galera y hacer llegar al Tribunal, presentada por la primera en su condición también de abogada,  una denuncia de la maniobra que se tramaba para impedirle acudir al juicio, aduciendo supuesta falsa enfermedad, y en cambio,  pedía que un médico de prestigio con presencia de un magistrado lo revisase para comprobar su real estado de salud.

La solicitud fue atendida y Fidel pudo incorporarse al juicio, pero la suscribió convencido de que su petición surtiría efecto positivo, como efectivamente ocurrió, porque la apuntalaba con su disposición a perder mil veces la vida si fuese necesario, sin ceder un ápice de su derecho u honor, basado en el pensamiento martiano expuesto en la carta que envió a los jueces: “Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.”

El juicio del Moncada, para muchos el proceso judicial más trascendente de Cuba en el siglo XX, propició al líder histórico de la Revolución hacer una brillante exposición política, militar, histórica, jurídica y económica sobre las raíces  de los hechos que ocurrieron el 26 de julio de 1953.

Era también la posibilidad de saber que  había surgido a la palestra pública  una generación de hombres y mujeres que mantenía vivos los ideales de una República digna y justa, con todos y para el bien de todos, recogiendo el legado olvidado del Héroe de Dos Ríos,  plasmado en el  programa de la Revolución que apenas se iniciaba.  

La frase pronunciada por Fidel en el Vivac de Santiago de Cuba declarando a Martí como el autor intelectual de aquellas acciones heroicas se argumenta ampliamente en el relato que mantuvo en vilo a los presentes durante más de dos horas en la sala de enfermeras del hospital provincial Saturnino Lora, rodeado de centenares de bayonetas y en las peores condiciones materiales para que el acusado devenido acusador ejerciese su oficio.

Se le  impidió contar para la preparación de su defensa como abogado, siendo el principal encartado en la causa, ningún tratado de derecho penal, ni los libros de Martí, cuyo rico y variado pensamiento citó de memoria innumerables veces para argumentar, denunciar las violaciones y crímenes de la dictadura contra sus hermanos asesinados y ratificar la convicción que le animaba en la justeza final de la lucha que habían emprendido.

“¿Será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de julio?”, preguntó a los magistrados atónitos.

 “¡No importa en  absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”, les espetó.            

Casi al finalizar su exposición, resumiendo las razones éticas que llevaron a los jóvenes del Centenario a la lucha, recordó lo que escribió el Apóstol para la educación de los ciudadanos libres en La Edad de Oro: “  En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro como ha de haber cierta cantidad de luz.  Cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana…”

Lo que aconteció luego de este juicio es otra historia, tan larga y apasionante como la que antecedió y culminó en el juicio por los sucesos del Moncada y Bayamo, apuntalada también con  el ejemplo de la vida y pensamiento de quien justamente ha sido considerado el Héroe Nacional cubano.

A propósito de sus enseñanzas, el Jefe de la Revolución confesó hace pocos años, en la etapa más dura del período especial, a un pequeño grupo de periodistas en el cementerio de Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, donde descansan los restos de José Martí, de los combatientes del Moncada y de otras gestas posteriores.

“Yo creo que Martí estaría muy orgulloso de su pueblo, pero muy orgulloso y, desde luego, luchó y murió por un pueblo como ese. Por darle a ese pueblo toda la dignidad que se requería. Él y otros muchos. Él y los que lucharon en la guerra del 95. Yo creo que es un pueblo digno del Martí que cayó en dos Ríos”. (Crónica de Katiuska Blanco, Fidel en Dos Ríos y en Santa Ifigenia).

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